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El libro manuscrito entre los moriscos

La labor de los copistas y destinatarios dentro del complejo entramado de la producción y transmisión de los manuscritos aljamiados

04/11/2011 - Autor: Nuria Martínez de Castilla Muñoz - Fuente: Memoria de los Moriscos
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Regimiento de las lunas. Manuscrito, s. XVI. 152 f., 1 f. de guardas; papel; 16 x 11 cm.

Alphonse Dain afirmaba en su libro Les manuscrits que «en cualquier circunstancia, el ideal es saber cómo las cosas han sucedido. La psicología de los copistas de los manuscritos que podemos estudiar, y mejor todavía la de los escribas de manuscritos perdidos, debería estar en el orden del día de los futuros trabajos de los filólogos» (1). Recojo el guante en este capítulo, intentando identificar la labor de los copistas y destinatarios dentro del complejo entramado de la producción y transmisión de los manuscritos, en este caso aljamiados.

Como ocurre con el resto de la producción manuscrita, las características materiales de los códices aljamiados debieron de estar sujetas a la naturaleza de su contenido y la posición social y cultural de su destinatario, así como al uso que este le iba a dar.

De este modo, el origen y la finalidad de los manuscritos aljamiados queda reflejado en la amplia tipología que presentan: en cuanto a su tamaño, los hay desde 100 x 80 mm y 49 folios como el Junta LV, hasta bellísimos códices unitarios de 415 x 275 mm y 340 folios como BNE 4871, o Junta XXXIII, que llega a ocupar 992 folios. En cuanto a su contenido, los hay facticios desordenados y prácticamente sin espacios en blanco ni márgenes, como el Junta XIII, monográficos como La exposición abreviada de jurisprudencia, recogida en el cuidado BNM 4870, o misceláneos, en la mayor parte de los casos, como BNM 5313.

Escritos por una misma mano, como Aix 1223, o por manos diferentes, como Junta XXVI. Con máximo aprovechamiento del papel, caligrafía torpe y sin ningún tipo de decoración ni policromía, como JuntaVIII, o con amplios márgenes, caligrafía cuidada, como BNF Arabe 447, y profusa decoración, como BNE 5380.

Con estos datos es difícil deducir que nos encontramos ante un proceso de producción y transmisión similar en todos los casos. Pero lo que sí que no parece posible es llegar a las siguientes conclusiones, aunque se empleen de forma generalizada desde hace ya décadas: a) los manuscritos aljamiados eran producto de individuos aislados cuya única preocupación era preservar la tradición religiosa –íntimamente relacionada con lo cultural y lo cotidiano para los musulmanes– para las generaciones futuras; y b) debido a su propia autoexclusión social –«las condiciones socioculturales no permiten la plena participación del grupo minoritario en la cultura oficial del grupo mayoritario, impidiendo que las novedades lingüísticas se filtren hasta ellos» (2)–; mantienen una lengua arcaica y alejada de toda innovación lingüística, ya que «no comparten el ideal lingüístico del Renacimiento y, por extensión, de conocimientos e inquietudes, y se quedan al margen del movimiento lingüístico que enriquece la lengua española por medio de cultismos procedentes del latín y del italiano» (3).

Frente a estas características que constituyen la visión más extendida del fenómeno aljamiado, algunos códices, como es el caso del T19 de la Real Academia de la Historia o el Arabe 447 de la Bibliothèque National de France, entre otros, permiten plantear una realidad en ocasiones bien distinta.

Conocimientos de las corrientes lingüísticas de la época y familiaridad con textos en caracteres latinos

Tanto en RAH T19 como en BNF Arabe 447, vemos que hay un conocimiento de las corrientes lingüísticas de la época –ya que se emplean cultismos y latinismos, e incluso hápax (palabras que no he conseguido documentar en ningún otro texto morisco ni cristiano)–, así como una gran familiaridad con textos en caracteres latinos (4).

Además del empleo de léxico especializado y latinizante, en T19 quedan plasmadas otras características en el plano formal y fonológico, lo que llevan a pensar en el conocimiento y familiaridad del copista con los textos romances en caracteres latinos. Así, por ejemplo, la agrupación y división que hace de las palabras y sintagmas es la habitual en el Siglo de Oro, caracterizada por la división silábica y la práctica ausencia de toda aglutinación. Este conocimiento por parte del copista de textos romances coetáneos también podría explicar el que, a finales del siglo XVI (fecha en al que parece estar copiado T19), la confusión de sibilantes no quede reflejada de forma tan flagrante como se podría esperar. Y es que, a menos que se trate de un cambio fonológico propio de un subdialecto aljamiado general o del idiolecto individual del propio copista, este aspecto podría deberse a que el escribano tenía perfectamente interiorizada la grafía latina del romance e intenta reflejarla lo más correctamente posible. Originalmente, el sistema tenía un indudable soporte acústico, no gráfico; pero más tarde, al acudir los niños moriscos a las escuelas cristianas, adquirirían una mayor familiaridad con la  grafía latina, lo que se traduciría en una transformación de las costumbres gráficas tradicionales de la aljamía. Esto no supone la invalidez de la escritura aljamiada como testigo privilegiado de los cambios fonéticos, sino que obliga a manejarlos con una mayor cautela de lo que se ha venido haciendo hasta ahora y, sobre todo, a poner más cuidado en la datación antes de extraer conclusiones al respecto, tanto menos fiables cuanto más reciente sea el manuscrito, por las razones aducidas.

Este mismo conocimiento de los textos en caracteres latinos podría explicar a su vez que en este testimonio tardío que es T19, frente a lo que ocurre sistemáticamente en los comienzos de la aljamía, se encuentre una clara distinción gráfica entre <š/šš>, equivalente en grafía latina a la oposición . Y lo mismo ocurre con la existencia de palabras escritas con antietimológica, como «hallar» (<afflāre) o «hinche» (<inflāre), que solo pueden explicarse por imitación de la grafía de los textos en caracteres latinos, puesto que en árabe (ه) equivale a h, es decir, una aspirada, y no a Ø.

Estos datos insertan automáticamente al copista en la sociedad culta coetánea, y el hecho de ser musulmán en una época poco adecuada para serlo no excluye la posibilidad de que sea un buen profesional en su oficio, además de un conocedor de su literatura coetánea. Por tanto, parece que es el momento de revisar afirmaciones decimonónicas que han venido marcando desde sus orígenes a los estudios aljamiados:

«Como la instrucción del pueblo morisco no podía ser tan selecta como la de los cristianos, usaban de un lenguaje más vulgar, lleno de aragonesismos, que se les escapaban sin querer: un castellano de formas más groseras y más arcaicas que el de los autores cristianos contemporáneos (…). El arcaísmo (…) se explica también por la esquivez y hasta la aversión que los alfaquíes y más celosos musulmanes solían inculcar en los moriscos contra los cristianos, para preservarlos de la infidelidad que con el trato de estos se comunica» (5).

Este tipo de afirmaciones se quedan sin respaldo si tenemos en cuenta la educación que han seguido los niños moriscos, como cualquier otro niño cristiano, en las escuelas de los distintos reinos peninsulares, desde los 6 años, donde aprendían romance, además del catecismo; o cuando tenemos la constancia de que entre 1568 y 1620 casi el 50% de los detenidos por la Inquisición fue por posesión de libros (409 de 900), y que de estos 409, 311 tienen al menos un volumen, mientras que el resto posee tan solo hojas sueltas. Aunque habría que considerar que un buen número de ellos era analfabeto y que tenían esas obras como talismanes, no eran todos los casos: se conservan testimonios de salas llenas de libros: «Le mostró una estancia muy bien adereçada y en ella muchos libros puestos en derredor de las paredes en unos atriles» (6).

Conocimiento del arte librario

En cuanto a la producción del libro, antes de abordar cualquier copia de un texto con un mínimo de profesionalidad, es preciso que el escribano haga una previsión de la distribución del texto en los distintos cuadernos. Así debió de hacerse también para la elaboración de los códices aljamiados: el copista (o un auxiliar suyo) tomaba una serie de resmas de papel que cortaba en un tamaño determinado, dependiendo del tipo de contenido que se quisiera transmitir y del uso que se pretendiera dar al códice. En algunos casos es habitual el empleo de un solo tipo de papel, especialmente en manuscritos de pocos folios o más extensos pero de alta calidad material. Sin embargo, lo más común es encontrar papeles de diferente fabricante —frecuentemente dos, pero puede haber más, aunque en apariencia tengan un aspecto muy similar— en un mismo códice unitario o misceláneo; si bien es verdad que hay casos en los que hay diferentes papeles dentro de un mismo cuaderno, no es lo más frecuente. A pesar de que el sexterno es el cuaderno más habitual desde la generalización del papel, en los códices aljamiados, a fecha de hoy, no se puede afirmar que se emplee de forma sistemática ningún tipo de cuaderno concreto, aunque el uso del quinión, sexterno y septerno parecen ser los más comunes. Una vez elegido el tamaño, cortado y plegado el cuaderno, se procede al pautado. El fin del pautado es el de servir como guía de escritura; es decir, ayuda al copista a que la caja sea homogénea y regular y las líneas de texto mantengan su horizontalidad.

Habitualmente, el papel se pauta mediante el empleo de la técnica de punta seca, aprovechando en muchos casos las líneas secundarias; es decir, el pautado no se lleva a cabo en todos y cada uno de los folios, sino que la presión del estilete sobre la hoja va dejando un surco en las páginas contiguas, suficiente para enmarcar la caja y las líneas de texto. Aunque en menor medida, para marcar el pautado se emplea también la tinta (en copias habitualmente poco cuidadas) y un instrumento llamado misṭara. En algunos casos, se emplean objetos, como la piedra pómez, para esconder estos trazos dejados especialmente por la punta seca y hacer que la copia sea más limpia. El resultado de esta preparación de la página de escritura es, en no pocos casos, una armónica distribución entre la mancha y los blancos; entre el cuerpo del texto y los márgenes. Así, nos encontramos que, en muchos códices, los márgenes inferior y externo tienen unas dimensiones mayores a las del superior e interno. Esta distribución, heredada de la tradición anterior, transmite un gran equilibrio entre las diferentes partes, ofreciendo un desplazamiento de la mancha (es decir, de la superficie escrita de la página) hacia la parte superior e interna del códice (7).

Los manuscritos aljamiados carecen de iluminaciones y de rúbricas con ornamento especial y letras capitulares, aspectos todos ellos para los que se hubiera requerido una ordenación previa del espacio. De este modo, una vez tomada la decisión sobre el tamaño de papel y de caja y el tipo de cuaderno, así como marcadas las cajas de texto mediante líneas maestras y rectrices, ya se podría considerar el cuaderno preparado para proceder a la transcripción del texto. La planificación de la mayoría de los textos aljamiados debió de ser una tarea fácil, puesto que la copia se realizaría a plana y renglón; es decir, en una sola columna sin distribución por párrafos. Así, no parece que se presentara la necesidad, en general, de una planificación previa del testimonio completo, sino que más bien parece que el espacio se distribuye a medida que se copia, prestando en algunos casos una atención especial a las líneas viudas y huérfanas (8), que tienden a evitarse cuanto más cuidada es la copia—coincidiendo habitualmente con el grado de formación del copista—, en detrimento de las medidas de la caja del texto y de la homogeneidad del número de líneas. Pero, en general, la planificación es mínima: en algunos manuscritos, se deja un espacio en blanco para marcar el cambio de capítulo; en otros, se refuerza este cambio por una cenefa polícroma que se extiende por toda una línea de caja rematada por unas hojas de acanto en el lateral; a su vez, este comienzo de capítulo se puede ver realzado por el empleo de una grafía de mayor módulo y pesantez, a veces con la vocalización en rojo, y en otras ocasiones adornada mediante la utilización de pequeñas barras oblicuas que cortan los astiles de las consonantes o el relleno de los blancos de algunas consonantes.

La mayoría de los textos recogidos en esta tradición aljamiada debieron de ser copiados directamente de sus modelos correspondientes, no redactados al dictado, según se puede desprender del cuidado de la copia y el alto porcentaje de corrección lingüística y textual que presentan en muchos casos (9), así como de los errores de salto de igual a igual. Si bien es cierto que en distintas ocasiones, el copista se percata de su error e intenta subsanarlo incluyendo en el interlineado o en el margen alguna sílaba olvidada, o modificando alguna letra mal empleada (10), también se cometen, en el mismo hecho de copia, errores oculares, produciéndose saltos de igual a igual (homoioteleuton): el escribano lee un fragmento, breve, del texto modelo que se propone transcribir (perícopa); y una vez reproducido en la nueva copia, vuelve al modelo para continuar en el punto en el que lo había dejado. Si se da el caso de que dos secuencias, habitualmente cercanas, empiezan o terminan de la misma forma, no es de extrañar que el ojo del copista identifique la incorrecta, porque la información que ha memorizado se duplica. Este error tiene como consecuencia la presencia de pequeñas lagunas textuales, que aunque en algunos casos no modifican cualitativamente el contenido semántico (hecho que dificulta la detección de este tipo de error a menos que se pueda saber por la existencia de otro testimonio de la misma tradición textual), en otros su ausencia es evidente porque el significado de la frase queda trunco. También se documentan lapsus calami, como las simplificaciones (haplografías) o repeticiones (duplografías), resultado involuntario de un fallo de coordinación neuromuscular. En los manuscritos más cuidados, realizados por copistas más duchos en la materia, las correcciones llegan a ser casi imperceptibles, sobre todo en lo que respecta a la enmienda del texto que se quiere omitir, empleando unos trazos cuyo resultado hace pensar más en un adorno geométrico o vegetal que en una tachadura. Sin embargo, hay tachones de incluso líneas enteras muy poco cuidados, que aparentan ser más borrones que una supresión o corrección de un texto inicial, que indican el bajo rigor estético del copista, llevándonos a pensar en su bajo nivel de profesionalidad.

Otra razón que apoya el que una copia esté hecha a la vista y no a través de la redacción al dictado es la inclusión de signos de puntuación que encontramos en algunos manuscritos, aunque no es habitual que se encuentre de forma sistemática con un interés semántico concreto. Y esta característica indica que está escrito para ser leído, por lo que parece probable que el destinatario o demandante fuera un alfaquí, imam o ulema que necesitaba de un determinado tipo de materiales (11), dependiendo de la ocasión, para poder explicar una serie de conocimientos a su comunidad (12). Y es la misma comunidad, a través de la limosna obligatoria o azaque, quien a veces financiaría estos volúmenes, según se indica en T19: «se puede gastar el azaque en edificar meçquidas. Se pueden hazer libros con el azaque, los cuales an de ser para todos los muçlimes con tal que no se pierdan; y será el señor d’ellos el amo del azaque, y en parte donde aya alimam á de ser el señor d’ellos el alimam para que guíe por ellos» (fols. 132v-133r).

Por tanto, es el imam el encargado de la custodia y presumible difusión de estos textos entre su comunidad; en su ausencia, el alfaquí que administra el azaque será la persona que se tenga que encargar de ellos (13). Este destinatario, pues, se solapará en un porcentaje elevado de las veces con la figura del demandante, que solicitará una copia de los materiales que necesita, indicando no solo los contenidos en los que está interesado, sino también el grado de exhaustividad de los mismos (por ejemplo, con una descripción mayor del rito en caso de que el destinatario lo desconozca o con tan solo un guión mnemotécnico para alguien que está muy familiarizado con el asunto), y del porcentaje de traducción lingüística (habrá casos que los textos, incluso las oraciones, necesitarán ser traducidos de forma sistemática a esa variante romance que es la aljamía en detrimento de la presencia del árabe original, puesto que el destinatario no siempre sabrá este idioma, al menos con suficiente fluidez como para emplearlo en sus intervenciones públicas).

Como hemos visto, un aspecto fundamental de la profesionalidad del escribano es el rigor estético que caracteriza su copia. La regularidad de la escritura que solemos encontrar en estos códices nos impide averiguar las fases en las que se distribuyó el trabajo, siendo el resultado una obra homogénea, con una gran uniformidad.

A pesar de que algunos de los manuscritos presentan policromía, lo más habitual es encontrar tinta marrón oscura o negra para el ductus, mientras que se emplea la roja para la vocalización del texto árabe. En cuanto a la decoración, como ya se ha visto, en muchos casos está ausente en su totalidad, pero, de existir, es más bien sencilla: cenefas geométricas, palmetas, hojas de acanto, etc., y está al servicio de la impaginación; es decir, en un porcentaje muy elevado de las ocasiones, su función es ayudar a marcar la distribución del texto y a resaltar partes importantes. Esta decoración no siempre va policromada pero, de hacerlo, se emplea la habitual en la tradición del arte del libro: rojo, blanco y negro especialmente, pero también amarillo, azul y verde.

Si a todos estos saberes, que tienen que ser aprehendidos en un lugar especializado, se une el hecho de que «el arte de la escritura es fruto de un adiestramiento» (14), solo nos queda pensar que hay una buena parte de manuscritos entre la producción morisca en los que se aprecia un amplio conocimiento sobre el mundo del códice y de la escritura, y que son fruto de copistas profesionales –prácticamente anónimos en su totalidad, aunque sabemos el nombre de algunos de ellos (15)–, que habían sido avezados en estas artes librarias.

Nuria Martínez de Castilla Muñoz Centro de Ciencias Humanas y Sociales. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Madrid
Notas
(1) ALPHONSEDAIN, Les manuscrits, París, Les Belles Lettres, 1949, p. 50.
(2) OTTMAR HEGYI, Cinco leyendas y otros relatos moriscos (ms. 4953 de la Biblioteca Nacional de Madrid), Madrid, Gredos, 1981, p. 22.
(3) Ibidem.
(4) No parece azar, puesto que encontramos situaciones paralelas en otros códices, que T19 presente el texto aljamiado de forma más correcta que el árabe, y que Arabe 447 ofrezca una grafía y una ortografía mucho más cuidada y depurada en la traducción romance en caracteres latinos que en el original árabe.
(5) JULIÁN RIBERA y MIGUEL ASÍN (dirs.), Manuscritos árabes y aljamiados de la Biblioteca de la Junta, Madrid, Junta para Ampliación de Estudios, 1912, p. XXV.
(6) AHN, Inq. Libro 965, fol. 201, apud JACQUELINE FOURNEL-GUERIN, «Le livre et la civilisation écrite dans la communauté morisque aragonaise (1540-1620)», Mélanges de la Casa de Velázquez, 15 (1979), pp. 241-260
(7) Característica generalizada en los siglos áureos y que fue retomada por el atento gusto de los impresores de la vanguardia española, que en tantas y diferentes ocasiones vuelven la vista a esta época. Sin embargo, en muchos de los manuscritos no podemos afirmar de forma contundente las relaciones entre las dimensiones de los blancos, puesto que a la hora de la encuadernación fueron considerablemente guillotinados.
(8) Así se denomina la línea de texto que queda suelta al principio o final de la hoja, permaneciendo el resto del párrafo en la página anterior o posterior. Esta práctica sigue vigente en el mundo editorial actual.
(9) Es en esta fase de autodictado donde «se reflejan las particularidades fonéticas del copista. De aquí nace el número más elevado de faltas encontradas en el texto, las cuales son de carácter auditivo» (ELISA RUIZ, Introducción a la codicología, Madrid, Fundación Germán Sánchez Ruipérez, 2002, p. 242).
(10) Estas correcciones se pueden realizar bien al tiempo que la escritura, o bien en una fase final de corrección del trabajo realizado, una vez terminada su transcripción. Hay casos que las enmiendas corrieron a cargo del mismo copista, tanto en lo que se refiere a las pequeñas adiciones interlineares como a las más extensas en los márgenes; mientras que, en otros casos, se deben a otra mano. Este sistema de corrección ulterior se adecuaría al proceso seguido por los talleres medievales, del que se encargaban el jefe del taller, un corrector o el propio copista (E. RUIZ, Introducción a la codicología, 2002, p. 252).
(11) Algo similar a los compendios de citas y ejemplos para la predicación medieval. Todo gira alrededor de la figura del alfaquí. Las autoridades religiosas cristianas informan al Inquisidor general en 1579 de que «hemos dado cuenta a vuestra señoría de cuán al descubierto viven estos convertidos de la secta de Mahoma y de los libros que tienen por enseñarla, y sospecha grande de que tratan con otros moriscos, y aun con los de Argel; y el remedio que parece más conveniente es prender a los alfaquíes y principales dellos» (AHN, Inq. Zaragoza, 964, fol. 282, apud J. FOURNEL-GUERIN, «Le livre et la civilisation écrite dans la communauté morisque aragonaise»,1979).
(12) «La selección de las obras copiadas parece deberse al interés general que pudiesen tener para la comunidad morisca, a preferencias personales de los copistas o, en los casos de encargo, a las de los mandantes» (ALBERTO MONTANER, «El auge de la literatura aljamiada en Aragón», en Actas del II curso sobre lengua y literatura en Aragón (Siglos de Oro), Zaragoza, Institución «Fernando el Católico», 1993, pp. 52-53).
(13) Evidentemente, la hipótesis de la existencia de talleres organizados que trabajan bajo demanda de un individuo que a su vez se encargará de difundir el texto oralmente, no anula la realidad coexistente de copias cuyo objetivo es mantenerlas en el núcleo familiar. Esto es lo que parece suceder con el manuscrito JuntaXIII, analizado por Alberto Montaner, que una vez en la familia sirve «en cierto modo de “archivo” para notas personales y para nuevas adquisiciones, que darán lugar, a su vez, a nuevos manuscritos» («El depósito de Almonacid y la producción de la literatura aljamiada. En torno al ms. misceláneo XIII», Archivo de Filología Aragonesa, XLI (1988), p. 143).
(14) E. RUIZ, Introducción a la codicología, p. 237.
(15) MARÍA JOSÉ CERVERA FRAS, Manuscritos moriscos aragoneses, Zaragoza, Instituto de Estudios Islámicos y del Oriente Próximo, 2010, pp. 62-64; CONSUELO LÓPEZ MORILLAS, «Copistas y escribanos moriscos», en Actes du II Symposium Internacional du CIEM, Túnez, 1984, vol. II, pp. 71-78; y de la misma autora, «Más sobre los escribanos moriscos», en La littérature aljamiado-morisque: hybridisme linguistique et univers discursif, Túnez, 1986, pp. 105-107.

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