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De Tánger al Nilo, nuevo libro de Javier Valenzuela

Extractos del prólogo del último libro del periodista Javier Valenzuela, De Tánger al Nilo

31/12/2010 - Autor: Redacción Webislam - Fuente: El Plural
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Javier Valenzuela con el escritor marroquí Mohamed Chukri, autor de El pan
desnudo, en Tánger, en 2002.
Javier Valenzuela con el escritor marroquí Mohamed Chukri, autor de El pandesnudo, en Tánger, en 2002

I

A comienzos de los noventa me instalé en París, procedente de Marruecos. Los primeros días se me fueron volando en diversos trámites administrativos, inmobiliarios y profesionales. Había, sin embargo, algo en la capital francesa que me provocaba una persistente sensación de perplejidad y hasta desazón, aunque no lograba identificarlo. Hasta que una mañana de sábado, paseando por primera vez con calma por las calles del centro de París, descubrí lo que era: ¿dónde estaban los niños? Allí había muchas señoras mayores y elegantes paseando perritos abrigados y perfumados, pero no había niños, o si los había, eran muy pocos. Y es que en los años anteriores yo había vivido rodeado de niños, adolescentes y jovenzuelos. Entraban y salían alborotando de las escuelas, jugaban al fútbol en cualquier plaza o descampado, abarrotaban las calles aunque fuera paseando aburridos o haciendo eso que algunos llamaban sostener las paredes, te asaltaban en masa en los zocos para ofrecer sus servicios de guías. Tanto como las diferencias de clima y de riqueza, lo que chocaba al llegar a Europa procedente del norte de África era la senectud de la población de la primera en contraste con la juventud de la segunda.

El norte de África, el territorio que va desde el Atlántico al mar Rojo, cuenta en este comienzo de la segunda década del siglo XXI con unos 200 millones de habitantes, de los que un tercio son menores de 15 años y más de la mitad menores de 25. Puede verse como una bomba demográfica, y lo es si se piensa en la incapacidad de las elites políticas y económicas de los países norteafricanos para ofrecer trabajo, libertad y dignidad a esa muchedumbre de chavales y chavalas. De ahí se derivan, en efecto, el impulso hacia la inmigración clandestina a Europa y la tentación del islamismo político y hasta del yihadismo. Pero puede verse también como una fuente de vitalidad en las puertas meridionales de una Europa envejecida y fatigada. Desde Marruecos a Egipto, el norte de África presenta una serie de características comunes. Estamos hablando de una franja de tierra atrapada entre el Mediterráneo y el gran desierto del Sahara, una franja escasa en agua, de cultivos precarios y polvorientos, de devastadoras sequías y plagas de langostas, pero también de sabrosos frutos, hortalizas y verduras, de cocinas sofisticadas y deliciosas. Estamos hablando de poblaciones arabizadas lingüística y culturalmente desde hace siglos sobre sustratos bereberes, faraónicos y grecolatinos. Estamos hablando de tierras del islam donde también han vivido, y aún viven, aunque con creciente dificultad, minorías judías y cristianas. Estamos hablando de pueblos con mucha civilización a sus espaldas, pero que se quedaron atrás hace tiempo. Estamos hablando de gentes que sufren regímenes políticos despóticos y corruptos y sistemas socioeconómicos con tremendas desigualdades, con minorías muy ricas y mayorías modestas o pobres. Estamos hablando de individuos y comunidades que tienen unas enormes ganas de vivir, que adoran la música y el baile, el humor y la sensualidad, que veneran a los ancianos, les consienten casi todo a los niños y consideran sagrada la hospitalidad. Estamos hablando, ni más ni menos, que de países como Marruecos, Túnez y Egipto, riquísimos en oferta cultural y turística, aunque pobres en minerales e hidrocarburos, y de paísescomo Argelia y Libia, bendecidos por el gas y el petróleo, aunque de faz algo más hosca para el exterior.

II

Durante los últimos 25 años he cubierto como periodista el norte de África y he tenido que ver decenas de veces el asombro y la incredulidad pintados en los rostros de mis amigos españoles cuando les contaba que sí, que se podía beber cerveza en Casablanca; que sí, que había discotecas en Argel; que sí, que había chicas sin velo y con faldas cortas en Túnez; que sí, que había demócratas laicistas en El Cairo. Ese asombro y esa incredulidad eran fruto tanto de los estereotipos seculares contra el moro como de la impotencia de los periodistas de mi generación para convencer a sus editores en Madrid, París, Roma, Londres o Berlín de que allí no sólo había yihadistas cejijuntos y barbudos deseosos de hacer saltar por los aires una estación de metro europea y mujeres cubiertas con un manto desde la coronilla a los dedos de los pies; de que allí también había, y de hecho eran mayoría, musulmanes piadosos, sí, pero tan violentos como mi abuela Salomé que iba a misa todos los domingos con un pañuelito en la cabeza, y marroquíes, argelinos, tunecinos y egipcios a los que les daba una higa la religión, cualquier religión, y que soñaban despiertos con libertad, desarrollo y justicia.

Pero no hay manera. Como ha comprobado en carne propia el gran Juan Goytisolo, no hay manera de que la complejidad, la pluralidad del norte de África y, en general, del mundo árabe y musulmán llegue a las grandes masas. El cronista se puede dar con un canto en los dientes si una minoría ilustrada, desprejuiciada y verdaderamente deseosa de conocer la realidad le presta alguna atención. Y así nos va. Nuestra visión mayoritaria se retroalimenta con la visión de los que en el otro lado sostienen que no sólo queremos explotar sus tierras, sino también aniquilar sus almas. Nuestros discursos retóricos sobre llevar a aquellas tierras la democracia, los derechos humanos y la igualdad de los géneros se compadecen mal con la poca atención que concedemos a los que luchan por eso mismo en el otro lado, con la exagerada atención que prestamos a los milenaristas locos y violentos del otro lado, con nuestro apoyo a los regímenes despóticos y corruptos que oprimen a los del otro lado, siempre y cuando nos envíen gas y petróleo y repriman con dureza a los disidentes, a cualquier disidente, el demócrata o el islamista.

Nuestra supuesta superioridad moral y política se compadece mal con el doble rasero con el que tratamos a los israelíes, a los que les perdonamos todo, y a los palestinos, a los que no les pasamos ni una. Nuestra apología del libre comercio se compadece mal con nuestra exigencia de que ellos levanten todas sus barreras aduaneras mientras nosotros les regateamos las cantidades de tomates y naranjas que pueden llevar a nuestros mercados.

Sí, nos hemos ganado en el otro lado una sólida reputación de hipócritas.


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