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No somos lo que creemos

Reseña de la última obra de Abdelmumin Aya El Islam no es lo que crees

30/12/2010 - Autor: A. García Espada - Fuente: Webislam
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Portada del libro El Islam no es lo que crees, Kairós, 2010.
Portada del libro El Islam no es lo que crees, Kairós, 2010

Bismillâh – Acabo de terminar uno de los libros más contundentes, directos y sanadores que he leído en toda mí vida. No puedo decir que me acercara a él de manera inocente pues, además de conseguir abrir dos inmensos campos de expectativas con un solo título (El Islam no es lo que crees, Kairós, 2010), se trata de una autor al que sigo desde hace años y cuyas obras se han ido convirtiendo en hitos vitales.

El libro arranca a toda velocidad, como si de una carrera corta se tratara, cómo si el Yaum al-qiyâna estuviera a la vuelta de la esquina y tuviera que terminar sin dilación lo que estaba haciendo, sin guardarse energías ni sorpresas, con un dominio del lenguaje y la estructura gramatical propias del genio literario que pone hasta su última carta boca arriba. Ya de entrada Aya nos sitúa en un contexto exacto: 1. su nueva obra sigue la línea trazada por El Secreto de Muhammad (Kairós, 2006), 2. su principal herramienta metodológica es el desentrañamiento de las raíces trilíteras del árabe coránico y 3. su objetivo es ir quitándole añadidos – superfluos, artificiosos, perniciosos o perversos – al Islam de Muhammad, esto es, el Corán.

Consecuentemente rechaza de plano el salafismo (“los más grandes cafres, los más hipócritas y los más propensos a ignorar los límites revelados por Allâh sobre su Enviado” palabras del 9:97 del Corán 37), la penitencia shiíta (“imposible de vincular moral o estéticamente con el Islam de Muhammad” 97) y con mayor vehemencia, si cabe, los excesos de muchas de las llamadas prácticas sufís; desde la tarîqua Malang indopakistaní cuyos varones se visten de mujeres y se consideran casadas con Allâh, a la muy extendida “papilla intelectual de Nueva Era” que en realidad no es sino una mala copia del cristianismo místico, mezclada con el psicologismo más pueril y el onanismo intelectual de la posmodernidad más complaciente con la tiranía humanista.

Aquí es donde primero parece concentrarse la gran energía crítica y propositiva del autor, en lo que él llama la descristianización del Islam. En principio se trata de volver sobre un proceso histórico perfectamente reconstruible: “la transformación del Islam por el encuentro con las grandes civilizaciones vecinas a los árabes” 13. A partir de ahí, la rozadura del tiempo, del empeño del ser humano en dejar la huella de su paso por este mundo, la historia misma habría enturbiado el agua clara del Corán con el perfume mundanal de la filosofía aristotélica, la metafísica neoplatónica, la ascesis cristiana y más recientemente la clericalización católica, el patriotismo colonial y el confrontacionismo neoliberal.

De este inevitable encuentro nace en el Islam la teología. Sin embargo el Islam de Muhammad desconfía del teólogo (mutakallim, es decir, charlatán 40) y prefiere el sabor de las palabras a su posesión, la contundente sencillez del lenguaje de los camelleros a la morbidez oportunista del sofista. Dice por eso Aya que hay más Islam en un recetario de comida marroquí que en los libros de Ibn Arabi, Guenon o Schuon 23; más Islam en el emigrante de Badalona que en el imân de las grandes mezquitas 195. La teoría, los dogmas, las doctrinas de fe traicionan el Islam de Muhammad, pues se trata de algo “que se comprende desde el cuerpo”.

En cierta manera, la contaminación es un proceso natural y, desde una perspectiva muy querida por los modernos antropólogos, se trata de una saludable manifestación de mestizaje o aculturación. Este tipo de lectura bienpensante y típicamente académica de la realidad está concebida para hacer desistir a los mandatarios de las sociedades tecnológicas de su empeño de exterminar la humanidad. Valdría una mera constatación de los resultados prácticos a lo largo del más de medio siglo de vigencia de este tipo de discurso para cambiar inmediatamente de estrategia. Pero, es que aquí no se trata de seguir afilando instrumentos de análisis textual ni de seguir engordando el ya inservible arsenal humanista sino de dar con soluciones efectivas a los problemas de verdad; los derivados de no saber vivir ni a título individual ni colectivo de manera saludable, pacífica y agradecida.

La última obra de Abdelmumin Aya parecerá rigorista o intransigente solo a quienes se queden shockados ante la lacerante honestidad de una lectura crítica de la sociedad en la que vivimos y no sean capaces de ir más allá. Pero ¿de verdad nos sorprende leer que esta es una sociedad donde “la idea de pecado ha llegado al culmen de su eficiencia en el control de las conciencias” 72? Una idea de pecado que por no saberse adaptar a la realidad humana es una auténtica “invención diabólica de la mentalidad religiosa” 75. Los musulmanes no deberíamos retroceder en este aspectos ni un milímetro pues el empeño de la Iglesia de “amplificar hasta lo enfermizo la idea judía de culpa” 72 fue algo que Muhammad rechazó abiertamente.

Ciertamente esta es una sociedad enferma que, no solo en lo “espiritual”, sino también a la hora de fijar nuevos horizontes de desarrollo político o económico sigue apoyándose en la utopía y en la fe: “ese detritus que la razón humana no ha podido asimilar y que sin embargo las castas sacerdotales le obligan a volver ingerir una y otra vez presentándoselo como algo imprescindible para la vida” 57 con el único fin de que “aceptamos que los curas nos canjeen ese miedo por poder” 50. Palabras duras pero inevitables también contra el cafre que diseña las inhumanas ciudades de hoy, esos madriles de avenidas amplias y vacías, de plazas duras y frías 127… Aya deja bien clara la posición de musulmán ante el Poder (“el que se convierta al Islam y no denuncie el Poder está cambiando una mentira por otra”), aunque prefiere aplazar el veredicto: “Por ahora contentémonos con que nuestra vía sea depurada de caprichos teológicos e irracionalidad con envoltura de sabiduría, y algún día proyectaremos toda esa sinceridad contra el Estado, la gran mentira” 183.

No. Lejos de ser el suyo un discurso de denuncia social, de movilización política o meramente antisistémico, la obra de Aya recorre un sendero más bien opuesto, en las antípodas de la confrontación electoralista, y en el que encuentran cabida desde movimientos católicos de todos conocidos “que no especulan sino que actúan para transformar su mundo y tienen una experiencia real de Dios” nota 27 hasta el más fiero ateo que, si lo es hasta sus últimas consecuencias y ama verdaderamente la vida, es porque tiene un gran conocimiento de Dios; de hecho, su equivalente en el Islam no es otro que el místico 188.

Aya renuncia a ensuciar las sabias palabras que nos ofrece con la hiel de la acusación. No hace apenas mención al juego sucio de Israel sino es para dirigir nuestra atención hacia el valor del judaísmo antisionista 37, ni al lamentable e insultante espectáculo cotidiano de identificar Islam con la violencia y terrorismo. Y ¿por qué iba a hacerlo? ¿no le basta la más sencilla prosa para delatar al verdadero terrorista, al que atenta contra la humanidad, las plantas, los animales el planeta y todo lo que contiene?: “es musulmán todo aquel cuya actitud en la vida sea la preservación de lo que hay, sepa o no que lo que está cuidando contiene algo que le excede infinitamente, pertenezca a la religión que pertenezca o no pertenezca a ninguna” 62.

Aya parece saber muy bien que la cristianización del Islam opera en múltiples niveles: por ejemplo en el diálogo interreligioso – diálogo de sordos a la postre – o como estrategia orientalista dirigida claramente a desposeer el Islam de su idiosincrasia y atractivo natural en uno de los muchos momentos críticos por los que ha pasado el Occidente europeo durante sus últimos ocho siglos 17. Pero, la más ubicua y perversa tergiversación del Islam está ocurriendo ahora, ante nuestros propios ojos y no es otra que atribuirle los rasgos de una religión, el cristianismo, superada por irracional, arcana y atemorizante. Todos los procesos diseñados en su día para emancipar la cultura del poder del liderazgo eclesiástico son los mismos que ahora se utilizan contra el Islam. Paradójicamente, la Iglesia sigue ocupando un puesto de honor en la esfera más alta del Poder secular y el Islam ha pasado a ocupar en el mundo actual el papel desempeñado por la Iglesia en los tiempos de la Inquisición: guardiana del dogma y útil solo a las instancias de poder más serviles y espurias.

Como decía, creo que Abdelmumin Aya lo sabe y por eso insiste en la imperiosa necesidad de identificar con precisión los límites exactos de la Revelación coránica; los límites de lo que verdaderamente somos para no permitir que nadie se apodere de la libertad, la voluntad y el impulso vital con el que Dios nos ha bendecido a nosotros, los seres humanos.

Para ello no hace ni la más mínima concesión a postura alguna que esté asentada en el dogma. Y para los que pensáramos que el consuelo último del Jardín (al menos ese) formaba parte de las verdades indemostrables del Corán que era conveniente creer, Aya demuestra que su determinación en este sentido no es negociable. Aya afirma no creer sin más en la existencia de Otra Vida. Eso si tampoco acepta su negación y más allá de lo uno y de lo otro lo definitivamente cierto es que “Allâh es eterno y que la muerte es un derecho de la criatura” 188

No. El âjira que interesa a Aya es el que no distingue entre la muerte aniquiladora y la ubicación en el puro presente 119. Si el autor insiste en que îmân no es fe, que mu’min no es creyente y kâfir no es infiel no es por prurito filológico ni para deslumbrar a sus lectores con una ingeniosa interpretación del Islam. De hecho ni siquiera es el Islam lo que interesa al autor de El Islam no es lo que crees; le interesa en cambio esa “verdad que tiene la facultad de afirmar nuestros pasos en la existencia” 54. El principal perjuicio de confundir dznab, harâm o shirk con la noción judeocristiano de pecado no es otro que el de privarnos a nosotros mismos de la inteligencia que vino con Muhammad para enseñarnos a protegernos de nuestros propios errores, para evitar la dispersión de todo el poder personal que consigamos reunir y para evitarnos la angustia de la separación, de la fragmentación 77.

Si insiste Aya en que es un error atribuir el acto de arrepentimiento a los musulmanes es porque de hecho resta eficacia a su ‘ibâda y trivializa la dimensión cotidiana de la vida 87. La idea de pedir perdón a Dios por nuestros pecados es aberrante para el musulmán porque para él el dznab es en realidad un regalo, la gran oportunidad que tiene de encontrar su “madurez como criatura a partir del error, para obrar desde la incertidumbre” 71. No existe en el Islam la posibilidad de ofender a Dios, de restarle autoridad ni dominio. El beneficio de entender correctamente Su mensaje es todo para nosotros.

Huelga por tanto el ascetismo, la privación, el desapego y el aislamiento. El musulmán no puede renunciar al placer por que se crearía “una visión distorsionada de Nuestro Señor: la de un Señor que mantiene a sus criaturas en el sufrimiento” 105. Al contrario, es el placer lo que te hace más existente, más unido a la vida. Si te relacionas con el mundo despreciándolo, has elegido mal, has elegido el duniâ y no estás sino dejándote robar el espacio que necesitas 118.

Nos movemos entre dos aspectos de la realidad: el hipnótico y el transcendente; el hechizante y el significativo 121. Pero esa cortina que separa uniendo hace posible el gesto de desvelar lo oculto, da pleno sentido y entidad al esfuerzo humano y permite la “realización de lo que todavía no es” 119. Un esfuerzo hecho de emoción y no de sufrimiento. Aquí la poderosa inercia cristianizante vuelve a manifestarse en toda su nocividad. La palabra kabad que aparece en la cuarta aleya de la azora 90 ha sido entendida prácticamente por todo traductor del Corán como sufrimiento, penalidades o pruebas. Aya en cambio propone un concepto realmente útil y que dignifica al ser humano porque lo hace un agente activo, atento y alerta: “Dios nos ha hecho con nervio y sentimientos”.

La suya es una propuesta seria, fundada en deliberadas consideraciones etimológicas y que tienen la virtud de restituir al hombre su capacidad de dar respuesta a los conflictos, de empujar a la humanidad hacia lo infinito, y que va “contra ese estado de distracción y atontamiento que promueve el kufr” 114. Es por tanto esa tensión “la garantía de que se está produciendo en nosotros un encuentro con lo real” 116. Subhanallâh.

No creerá quien no lo vea con sus propios ojos, la gran cantidad de revelaciones filológicas de este corte que pueden albergar poco más de doscientas páginas. ¿Qué es eso de traducir sabr por resignada paciencia cuando en realidad es una invocación a la más proactiva de las actitudes humanas, la resistencia, la capacidad de lucha, justo lo contrario de la mansedumbre 172? Y ¿por qué amar a Allâh? ¿por qué seguirle con el corazón cuando en el hadîz correspondiente esta víscera se refiere a la capacidad humana de entenderle más que de posesionarle, de nuestra capacidad para extraer significado de lo que es cambiante y en continuo movimiento, esto es nuestra capacidad para seguir el curso de las cosas, el manifestarse de Allâh nota 165? El amor tiene muchas formas y Allâh es “un Dios que al parecer va a admitir todas las metáforas que nos acerquen a Él pero que rehusará quedarse fijado en ninguna de ellas” 159.

Y la lista de palabras del árabe coránico que están esperando nuevas y rigurosas matrices de comprensión que permitan su pleno aprovechamiento como fuente de conocimiento de la Realidad dará para otro libro según anuncia el propio autor. Insallâh.

De momento Abdelmumin Aya ha conseguido, desde dentro del Islam más concreto, el más próximo a Muhammad, dar con soluciones reales a problemas de hoy, de todos y de siempre. No es necesario demostrar la compatibilidad o adecuación del Islam con los valores humanitarios y democráticos porque en realidad no son referencias válidas, no son valores estables ni están arraigados, al contrario, necesitan nuevos criterios y ulterior elaboración. De hecho su grandeza, su único mérito, es estar abiertos, ser porosos, depender del consenso y la capacidad humana para aprender. Todos esos valores del mundo de hoy a lo mejor resulten válidos en la medida que nos ayuden a estrechar los vínculos entre nosotros y entre nosotros y Dios. Pero de ninguna manera puede ser al revés.

El vibrante Islam andalusí ha reasumido de nuevo, tras casi un milenio, la gran responsabilidad de elevar el nivel de exigencia al musulmán. El Islam andalusí se mueve en un medio hostil y necesita afinar con gran precisión su lenguaje, su puesta en escena, su comunicación con los demás y entre nosotros mismos. Aya ha dado con este libro un paso importantísimo en este sentido pero sabiendo evitar polémicos ejercicios interpretativos que en vez de ensanchar nuestra capacidad de pensar la realidad solo promueven la división entre musulmanes, nos alejan del consenso y del crecimiento de cada uno de nosotros pues “el Islam es un modo de transcendencia colectivo” 124. Solo estimulando a la rahma (Corán 90:17), solo estrechando los vínculos entre nosotros nos encontraremos con Allâh 126.

Aya se mueve en este terreno como si “anduviera por un zarzal con su mejor prenda de vestir” palabras del Sheij al-Alawî en relación a la taquà citadas en 175 para aprovechar los últimos restos de cordura y sensibilidad que le quedan a nuestro lenguaje y a nuestra cultura – o lo que sea que ha llegado a nosotros en forma de libros y bites – para proporcionarnos imágenes accesibles, con las que estamos plenamente familiarizados, de alguno de los temas centrales de la Revelación coránica. A lo largo de su obra, Aya consigue atrapar el concepto de idolatría porque en lugar de identificarlo con posibles contenidos, se detiene en su modus operandi, en la configuración de imágenes mentales envolventes y paralizantes, en el perjuicio que supone darle forma, meta, pureza, perfección, o santidad a nuestro impulso vital 43, 62, 182, 184, 218.

En estas memorable páginas Aya aborda preocupaciones, que especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XX han caracterizado el pensamiento de masas enteras de desamparados: cuestiones como las tratadas por David Bohm sobre la fragmentación de la mente humana y su efecto reflejo en una realidad que de hecho está sujeta a movimiento continuo; la preocupación de Jiddu Krishnamurti por conseguir un incremento de conciencia sin que quede circunscrito a los límites de un objetivo predefinido; la defensa hecha por Alan Watts de un proceder firmemente asentado en la incertidumbre; o la afirmación del instante como único ámbito de actuación valido de Eckhart Tolle.

Se trata de diagnósticos, más o menos afortunados, más o menos precoces, de los males de esta opresiva e invasiva civilización occidental. Diagnósticos que han acabado constituyendo esa “papilla intelectual de Nueva Era” de la que todos estamos hartos pero que conforman todo un horizonte de preocupaciones genuinas para varias generaciones de la posmodernidad. Sin embargo y a fin de cuentas se quedan en eso, en diagnósticos.

El feliz esfuerzo de Aya por desentrañar la ingente riqueza semántica del Corán está destinado a proporcionar soluciones concretas, efectivas y sobradamente contrastadas a estos males que no terminan de ser identificados del todo, y mucho menos solucionados, por la misma mentalidad que los creó. Mientras leía El Islam no es lo que crees resonaban en mis oídos esos lúgubres diagnósticos que la modernidad ha hecho de sí misma (y por eso ha querido llamarse posmodernidad) descubriendo que tan sofisticados planteamientos no los pone fuera del alcance de la Sabiduría tradicional, milenaria, sagrada… al contrario. Ese celo iconoclasta que salpica la historia de Occidente y va pegada al curso del Islam como una garrota a su pierna seguramente sea la comprensión intuitiva de que “Dios es una entelequia que va conformándose con todo aquello que queremos ser o decimos que queremos ser” nota 72, que “Allâh se crea a partir de nuestra intención por descubrir y con los contenidos de nuestros propios descubrimientos. Pero a Allâh no lo racionalizas sino que lo integras” 43. En suma de lo que se trata es que “tus experiencias pasadas no te impidan dejarte llevar, porque en el acto mismo de dejarte llevar empezamos a descubrir cosas fundamentales respecto a lo real. El Islam es un adiestramiento en la realidad. Allâh es aquello que satisface aquello que no sabemos qué necesitamos” 182.

El Islam que nos presenta Abdelmumin Aya es la inmersión en una Realidad que es inaprehensible pero ineludible. Una Realidad perfecta a la que no se puede añadir nada pero que descansa en el esfuerzo y la realización. ¿Un círculo cerrado? No. El Islam que nos presenta Aya es en realidad una ética. Consiste en alcanzar “la completa adecuación entre lo que demanda el instante y nuestro modo de estar” mediante la adquisición de “la máxima sensibilidad al actuar” 168. Con ello desarrollamos una forma de protección que es la propia del ser humano, le es familiar y plenamente efectiva (el îmân).

Con el îmân conseguimos vivir bajo protección y aquí está la base de la constitución de una nueva y verdadera sociedad sin injusticia. Una sociedad que reconoce al ser humano como lo que es y a partir de ahí está destinada por completo a posibilitar su máximo desarrollo. Una sociedad que anima a sus miembros a sostener la incertidumbre inherente a la vida y no a canjearla por la seguridad pasajera proporcionada por el déspota. Una sociedad que no da la espalda al conflicto y que de hecho es capaz de sacar provecho de ello. Una sociedad especialmente atenta y cariñosa con los huérfanos, las viudas, los pobres, los desvalidos y todo tipo de marginados. Una sociedad articulada por “la equidad y la bondad y la liberalidad” (Corán 16:90) privilegios éstos que dan altura de miras también a la hora de corresponder. Es ahí, dice Aya, que tienen su razón de ser las conversiones en los arrabales y las cárceles de las grandes ciudades americanas y europeas de hoy, porque “el Islam es la única protección de los desahuciados” 173 porque el Islam más que un “mensaje para los pobres; es el mensaje de los pobres” nota 114.

Y ahí nos deja Abdelmumin Aya, justo ahí donde estamos ahora mismo, en el total desamparo de un mundo injusto y recientemente además al borde del colapso. Los desahuciados ahora somos todos y todos clamamos por un mundo mejor, más justo y llevadero. Muhammad creó las bases de una nueva estructura mental para crear una nueva sociedad; eso es el Islam 173 Desde entonces el compromiso del musulmán que aspira a llegar al Jardín es construir el Jardín en esta vida 177.

Y aquí me quedo yo. Al escribir esto mi intención no ha sido otra que dar cuerpo al incontenible deseo de reaccionar que me han dejado las palabras de Abdelmumin Aya. A mi agradecimiento añado una petición para ser descargado de los errores y las torpezas derivados de los límites de mi entendimiento. Soy plenamente consciente de estar ante una obra que supera todas mis expectativas y mi capacidad de domesticación. Lo último que quiero es que ni una sola de mis palabras haga sombra a ni una sola de las suyas pues están iluminadas desde todos los lados. Dado que no aspiro sino a animar a cuantos sean y puedan a leer este libro, solo pido disculpas si lo que obtengo es lo contrario. Mashâllah.

Y me permito acabar con palabras de optimismo, con un buen presagio, con un deseo de Abdelmumin Aya que se ha constituido desde ya en mi horizonte: “A cada uno de los que nos hemos reconocido musulmanes nos ha sorprendido la palabra como algo insólito, la Palabra que se deslizó por los labios de Muhammad y levantó a la gente para construir una sociedad sin injusticia. Desde entonces sabemos que no todas las palabras son iguales. Nosotros buscamos oír solo palabras que desencadenen lo que está en nuestro interior. Estamos hechos para dejarnos arrastrar por las palabras que tienen vida dentro... La palabra convocante, sí: la palabra que construye un grupo, una nación, un mundo” 182 Âmîn.


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