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Desde la táriqa del corazón (V): La quietud del caminante

A mayor negación de lo otro se produce una mayor afirmación del yo

28/12/2010 - Autor: Sáleh Abdurrahim ‘Isa - Fuente: Webislam
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¿Quién es ese yo?. (Foto: caucasoypampa.blogspot.com).
¿Quién es ese yo?. (Foto: caucasoypampa.blogspot.com)

Bismil-Lahi r-Rahmani r-Rahim, que Al-Lah facilite nuestro reencuentro y autoconocimiento, Él que es Ash-Shahid y Al-‘Alim, pues en verdad quien se conoce a sí mismo, conoce el universo y sus leyes, como quien conoce la simple gota, conoce la inmensa gota que es el océano…

Cuando Arnaud Desjardins estaba grabando su serie documental “Soufis d’Afghanistan”, acababa de abandonar en la India o Pakistán a su propio sheij, o “maestro en la vía espiritual”, “desesperado por la lentitud de su enseñanza” –según relató el propio Arnaud–, y se sintió impactado por los relatos que le llegaron sobre un sheij concreto, cuya búsqueda dio origen a dicho film. Tras una larga e insistente indagación, Arnaud tuvo la oportunidad de ser presentado a aquel sheij y, lleno de alegría y ansioso por iniciar una larga conversación para conocerle, Arnaud se sentó finalmente ante el venerable entre una enorme concurrencia de discípulos.

Antes de que el sheij iniciase su disertación, Arnaud levantó la vista hacia él sintiendo cómo se le clavaba su mirada. “¿Quién eres?”, dijo de repente la voz del maestro. “Soy Arnaud Desjardins”, contestó el otro. “No, no. No te pregunto cuál es tu nombre. ¿Quién eres?”… “Soy un periodista que está grabando un documental sobre el sufismo y los maestros sufis”… “No, no –volvió a decir el maestro, levantando la mano como quien intenta alejar a una mosca o apartar una mosquitera–. No te pregunto cuál es tu empleo. ¿Quién eres?”… Definitivamente, Arnaud, calló y agachó la mirada, no sabía qué responder… “¿No sabes quién eres –continuó el sheij–, y pretendes saber de mí y sobre el mejor camino para ti?” Entonces, cogiéndole la mano, le levantó del suelo, le abrazó y le despidió diciéndole: “Termina ya lo que viniste a hacer aquí y regresa con aquel que te espera y sabe mejor que tú el ritmo al que debe dársete lo que desconoces aún”.

¿Quiénes somos? ¿Quién soy “yo”?... Confeccionamos nuestras vidas en torno a un “yo” que entendemos como “esencial”; así, para cualquiera de nosotros, “vivir” significa una compleja declinación gramatical de “yo pienso”, “yo siento”, “yo digo”, “yo hago”, “ yo tengo”, “yo quiero”, “yo busco”, “yo veo”, “yo escucho”… Y no es que nos convirtamos, con ese “yo”, en la “medida de todas las cosas”, sino que convertimos todas las cosas en una apreciación a la medida de nuestro “yo”, el cual tamiza, interpreta y dispone tanto la percepción del estímulo, como la respuesta. O sea, el “yo” resulta como un velo que se interpone a nuestra mirada, o como dice el refrán “vemos la realidad según el color del cristal con el que se mira”, y ese cristal no es otro que lo que denominamos “yo”. Nuestra apreciación, comprensión y correspondencia con la Realidad está determinada por nuestro “yo”, de manera que, nos dice de nuevo otro refrán “cree el ladrón que todos son de su condición”.

El “yo” nos justifica en nuestras acciones, palabras, pensamientos y emociones, mitiga los resultados, y culpa al “otro” dejándole fuera, aparte, excluido de “nosotros mismos”. Porque tenemos una sensación absoluta de que nuestro “yo” existe, y de que, además, su esencia se configura como una “distinción de lo otro”, de aquello que no es nuestro “yo”. Permitiéndonos mirar al “otro” con la frialdad de la distancia que consideramos que nos separa. O sea, terminamos pasando al lado de quien sufre, tiene frío y hambre, duerme en las calles, se ve explotado laboral y sexualmente desde su infancia, etc., permitiéndonos el lujo de sentir lástima, angustia, horror, repugnancia, inquietud… ¡¡¡Lejanía!!! Pero no de sentir que es “a nosotros mismos” a quién realmente estamos viendo, y que somos nosotros mismos los que hacemos sufrir, tener frío y hambre, explotamos a los demás, que es lo mismo que decir “a nosotros mismos”… Porque es nuestro “yo” quien fragmenta la Unidad en antítesis que nos impiden acceder a la Realidad, de la misma manera que, para quien interpreta una fotografía como una antítesis de colores, nunca le será visible la propia imagen fotografiada.

Son muchas las personas que buscan en los demás algo que rompa su soledad: alguien que les ame, que les comprenda, o, incluso, un ser especial que guíe sus pasos, un “sheij”. Pero son pocas las personas que entienden que son ellos quienes provocan su propia soledad con su encierro y su exilio de los demás… En una ocasión, un hermano perteneciente a una conocida senda espiritual autodenominada como “tariqa sufí no musulmana”, me preguntaba por mi “sheij”.

Le miré a los ojos y le dije: “yo tengo un hermano mayor, que no quiere ser llamado sheij, que me habla como un hermano le habla a otro, y tengo un trabajo, que me habla reflejándome a mí mismo en toda aquella persona que se acerca a mi lado”. ¿Qué podemos ver en los demás sino es lo que nos permiten nuestros propios velos inferir de lo que percibimos? o sea, lo que vemos en los demás son nuestros propios estereotipos, nuestras propias interpretaciones y conclusiones, nuestras propias luces y nuestras propias sombras. En pocas palabras, nos vemos a nosotros mismos. Y, por otra parte, ¿qué son los demás sino seres en las mismas condiciones de reducción a su “yo”, a sus propios velos?

¿De qué nos puede servir encontrar a alguien que nos ame, que nos comprenda, que nos guíe, si no somos capaces de sentirnos amados, comprendidos ni guiados?... ¿De qué nos sirve que alguien nos demuestre, incluso científica y racionalmente, la paradoja de la existencia del “yo”, o que alguien nos hable de lo que implica Amar, Comprender y Acompañar, tal vez usando hasta hermosas palabras, si no iniciamos la senda que implique llegar a Conocer?... Nadie puede alcanzar la Realidad por nosotros, porque nadie puede ver a través de los ojos de otro si no es convirtiéndose en el “otro”, dejando de ser “yo”… Dice Al-Lah, subhana wa ta’ala, “entre tú y yo hay setenta mil velos, entre yo y tú, no hay ninguno”. Si Él quisiera retirarnos tales velos a uno de “nosotros”, siquiera por un momento, ¿no seguiríamos, el resto, teniendo nuestros velos? ¿De qué serviría que aquél nos contara cuanto ve, si no nos dedicamos nosotros mismos a percibir nuestros propios velos y a solicitar que se nos retiren?... Y aunque aquel que no tiene velos no sea ciego, ¿acaso no le percibiríamos como ciego aquellos que aún no vemos, como le ocurrió al profeta Moisés cuando conoció al Jidr, paz y bendiciones sean con ellos, al no poder ver de la Realidad más de lo que nos permiten nuestros propios velos?

Hasta que seamos capaces de pasar junto a quien nos mira solicitando ayuda, y nos encontremos a nosotros mismos en su mirada, entendiendo que ambos somos dos gotas iguales fundidas en un mismo océano, y que, por tanto sólo hay una gota, hasta entonces, no podremos entender qué significa la “vivir”, ni lo afortunados que somos “teniéndonos” unos a otros… Ni el regalo que Jesús, paz y bendiciones sean con él, nos hizo al donarnos aquel mandamiento nuevo de: “Amaos unos a otros”.


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