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Mawlana, mi amigo

...Oh Hombre, usa la capacidad que hay en ti, utilízala, de forma que no llegues a este mundo como un potro y salgas de él como un asno...

27/12/2010 - Autor: Abuk Kamal - Fuente: Webislam
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La falta de luz influye en nuestro estado de ánimo
La falta de luz influye en nuestro estado de ánimo

Quieran nuestro Amado Creador, Allah Todopoderoso, Su Sagrado Profeta –Sayyidina Muhammad (sall-Allahu ‘alayhi wa sallam)-, los Maestros Naqshbandis y el Sultán ul Awliya de nuestro tiempo, Mawlana Sheikh Nazim al Haqqani, estar complacidos con este trabajo.

“Cada día tiene una nueva cara y un aspecto distinto.

Oh humanidad, ¡comprende que un ser humano es el Sultán que reina sobre toda la creación!

Tú también eres un ser humano, por tanto debes tener también esa misma capacidad.

Si es así, entonces, Oh Hombre, usa la capacidad que hay en ti.
Utilízala, de forma que no llegues a este mundo como un potro y salgas de él como un asno.

Entiende esto: llegas a este mundo desde el desconocido mundo de la nada, y en algún momento reemprenderás el viaje a otro desconocido territorio en la nada.
Si sólo nos ocupamos y nos preocupamos de llenar nuestros estómagos y de obtener placeres físicos –si tu vida trata de eso–, entonces es una vida privada del valor y del honor humanos.

Sólo al Creador de los mundos puede entregársele la gratitud y la gloria”.

Mawlana Sheikh Nazim al Haqqani

I. De lo personal a lo impersonal

No recuerdo cuándo conocí a Rumi, pero sí que fue hace mucho. Durante décadas, singularmente en mis emergencias espirituales, él era la expresión más profunda de mi alma. Sin embargo, pasaron muchísimos años antes de que me interesara por el sufismo. En cambio, al Corán sí que intenté aproximarme, infructuosamente, varias veces, desde que era joven.

Quiso Dios que, entrados los cuarenta, viniese a vivir al pueblo de mis padres. El desprecio de mucha gente aquí nacida hacia los inmigrantes marroquíes me hizo ponerme de parte de éstos.

Fue justo en mi última emergencia espiritual cuando, confusamente, algo me llevó a plantearme la posibilidad de ingresar en el Islam, sin tener una clara idea de lo que representaba. Tras unos años de liberación mental y emocional, por fin encauzadas las emergencias (alhamdulillah) conocí a un maestro sufí. Nunca olvidaré aquel día…

Llegué al lugar donde una mujer me había invitado. Como es mi costumbre, aparecí por allí antes de hora. Mientras dudaba y cavilaba, llegó alguien más: un chico que yo interpreté disfrazado. No me sentí cómodo al verlo. Se dirigió a mí y me preguntó: “Tú eres Víctor, ¿no? Disculpa que vista de esta manera. No suelo hacerlo. No tiene importancia”. En realidad, era yo quien le debía las disculpas, por haberlo considerado frívolo.

Entramos al lugar donde habíamos quedado y las mujeres, mayoría, empezaron a ponerse pañuelos en la cabeza. Me dieron ganas de salir corriendo. No tengo nada en contra de los pañuelos, al contrario, pero aquello me resultaba superficial. Así se vistió mi ignorancia en aquel momento…

Finalmente llegó un hombre con una ropa todavía más diferente. Prometo que su cráneo y sus hombros me parecieron mayores de lo normal. Casi me asustaron.
Gracias a Dios no tuve valor para irme, y entré, junto al resto, en una sala, donde nos sentamos en el suelo. El hombre extraño se puso a rezar, y en ese instante comprendí que era mi hermano.

Tras contactar consigo mismo y con el Universo, con lo Innombrado, comenzó a hablar, y cada una de sus palabras taladró definitivamente mi espíritu. Alhamdulillah.

Después hicimos, dirigidos por él, unos movimientos físicos con cantos, para mí no muy cómodos, y también hubo un tiempo para hacerle preguntas. Él respondió desde la paciencia a lo que yo habría respondido a veces desde el sarcasmo. Él, pues, veía desde más alto.

La primera vez que vi una foto de Mawlana mi impresión fue de todo, menos comunicativa. Su mirada y sus cejas me amenazaban, más que darme la bienvenida. Mal aconsejado –insh’Allah- compré su libro ‘Amor’, con el que tampoco conseguí comunicarme lo más mínimo.

Era mayo de 2010, y me dijeron que mi hermano no volvería hasta febrero de 2011, más o menos para el fin del mundo, dada mi nula paciencia. Pero Dios es grande y en agosto me avisaron de que iba a dar un curso inesperado sobre el Eneagrama. Aunque el tema no me interesaba, sí quería volver a ver a mi amigo y, tal vez, hacerle una pregunta que apareció una madrugada.

Asistí al Taller, que para mí rozó los límites de lo soportable, quizá porque muchos de los asistentes me parecían aburridos adictos a talleres de pseudocrecimiento. Mentiría si dijese lo contrario. Al menos, eso pensaba mi ego. No obstante, comencé a descubrir el Eneagrama Sufí (no las tonterías psicológicas que había leído antes) y, en el último momento, llegó la sorpresa: Abdul Karim nos propuso comunicarnos con el Sheikh Nazim… Ahí volvió a dar la vuelta todo. Mi percepción de su mirada cambió radicalmente: en sus ojos encontré al más íntimo de mis amigos.

Lo primero que me dijo el Sheikh Nazim fue que ayunara. Acababa de comenzar el Ramadán, así que entendí que me incorporara al ayuno, y así lo hice.
Muchos años atrás ya había practicado yo una semana de ayuno al año, pero por razones higiénicas, no religiosas. Ahora se trataba de no probar ni una gota de agua durante el día. Al principio, el impulso a beber fue lo más complicado. Después, algo dentro comenzó a transformarse…

Solía comunicarme espiritualmente con Mawlana todos los días a primera hora de la mañana. Le contaba mis miserias y le pedía consejos sobre cualquier cosa que me preocupara. Algunos de ellos resultaron definitivos.

El día antes del final del Ramadán, un musulmán al que conocía me invitó a acudir al día siguiente a la Mezquita. Desde que la cambiaron de sitio en el pueblo donde vivo, yo no sabía dónde estaba. Buscándola me metí por dirección prohibida (sin darme cuenta, claro), al ver que por ella caminaba un hombre con una chilaba. Subió al coche y hacia allí nos dirigimos. Me contó que ese día era la fiesta más importante del año. Yo no sabía nada. Sólo meses después me enteré de que tampoco ese dato era exacto (en realidad se trata de ‘La Fiesta Pequeña’; ‘La Fiesta Grande’ es el Sacrificio del Cordero).

En efecto, la Mezquita estaba llena. Yo era allí el único español, entre cientos de marroquíes, algún argelino, etc.

La semana anterior había estado buscando información sobre el Profeta (s.w.s.). Sabía que, para ser musulmán, se requiere hacer la ‘Declaración de Fe’, y que la misma consta de dos afirmaciones:

- Declaro que no hay más dios que Dios.

- Declaro que Muhammad es su Mensajero.

De lo primero nunca me cupo duda. Sólo un idiota pensaría lo contrario. Pero, ¿cómo podía yo saber si Muhammad era su Mensajero? Todo lo que había encontrado hasta la fecha resultaba muy confuso.

Justo al final del Ramadán logré una cierta aproximación al más desconocido de los profetas. Fue cómo se produjo el inicio del descenso del Libro y el Discurso de Despedida lo que más hondamente tocó mi alma. Comprendía perfectamente aquello. Si Muhammad (s.w.s.) no era un profeta, en realidad, nadie más podía serlo.

Acudí también al cementerio donde están enterrados los cuerpos de mis antepasados. Con la cabeza cubierta y el tasbih en la mano, recé y les pedí que me aconsejaran: “Sigue adelante”, sentí que mi padre me decía.

Llegó la fiesta del fin del Ramadán y yo aún no había encontrado a nadie que me orientara sobre lo que más me interesaba en aquel momento: el salat. En la puerta de la Mezquita, un hermano me propuso hacer ese mismo día la Declaración de Fe. Recordé el permiso de mi padre y pedí ayuda a Mawlana. Le dije al hermano que me parecía bien lo que él me propusiera.

Me dieron una chilaba y me sentaron entre las primeras filas. No entendía casi ninguna palabra de los bellísimos cantos que allí se repetían. Durante el tiempo que estuve sentado, pedí ayuda cien veces a Mawlana, y permanecí sereno, como cualquiera de las alfombras sobre las que descansábamos. Hacia el final, noté que se decía mi nombre (el que yo les había dado, el que Abdul Karim me había puesto) y me pidieron que me colocara junto al Imam. Leí con él la nota transliterada del árabe que me habían escrito a mano, de cara al resto de los hombres congregados. Evité mirar al frente, a todos los ojos que en mí suponía que se estaban fijando. Aún así noté la emoción en muchos de ellos. Después me dijeron que la mayoría lloraron.

La Declaración de Fe no me hacía musulmán. Lo único que sabía y que sé es que ‘musulmán’ significa ‘sumiso’, y eso es algo que yo no puedo lograr solo. Ser sumiso, musulmán, es fundirse en Dios, desaparecer en Él. En ese sentido, he sido musulmán desde antes de haber nacido y, al mismo tiempo, sólo lo conseguiré si Dios me lo regala. Mi parte es pedirlo. Ya wadud.

Comencé a frecuentar la Mezquita y a volverme loco con la información tan contradictoria que recibía. Ahora veo que todo eso no era sino una prueba más para mi recalcitrante impaciencia.

Un día Mawlana me dijo: “Ven a verme”. Bien, acepté el consejo de una hermana y preveía que podría ir la primera parte del año siguiente.

Mi confusión iba en aumento, y Mawlana me dijo: “Puedes venir ya, si quieres”. Supe que ese “si quieres” era para medir mi miedo. Consulté la posibilidad de incorporarme a un viaje inminente. La tercera transformación comenzaba a gestarse.

Relojes rotos
Viaje a casa de Mawlana

Muy pocos días antes de mi primer viaje a Chipre comencé a leer una noche ‘Haqiqat ul Haqqani’, del Sheikh Adnan Kabbani. Intenté interrumpir la lectura hacia la mitad, pero al rato, desvelado, decidí terminar el libro. La confusión que me produjo, que me produje, fue tal que desde ese momento ya no fui capaz de comunicarme con Mawlana.

¿Con qué iba a encontrarme? ¿En qué clase de locura me estaba metiendo? ¿Eran insensatos mis compañeros, o es que iban al viaje por divertirse? Desde la intranquilidad y el desasosiego emprendí el vuelo.

Al llegar a Chipre me sentí inseguro conmigo mismo. Gracias a Dios, hace tiempo que aprendí a encomendarme a Él, por lo que la fuerza del ego nunca acaba venciendo.

El ambiente de la casa de Mawlana era muy agradable. Aparte de mis dudas, para mí sería una residencia perfecta: un espacio donde poder rezar, suficientemente aislado.

En torno y dentro de la casa había bastante gente, calculo que cerca de doscientas personas, número que bajó mucho al pasar el fin de semana, cuando nos quedamos casi solos.

El único ‘musulmán’ de los tres hombres que íbamos era yo. Aunque me empeñaba en empujar a mis dos compañeros al salat, pocas veces lo conseguía. La oración en la Derga es algo distinta a la que hacemos en la Mezquita. Yo no podía seguirla, por desconocimiento, aunque llegaba a entusiasmarme. De hecho, fue lo que más me gustó de los primeros días.

Algo de mí, tal vez mi alma, se quedó en aquella Derga. Recuerdo que mientras hacíamos el salat, a menudo paseaba entre nosotros un niño de no más de tres años, cantando a voz en grito ‘La illaha…’. Otra vez llegó a cruzarse por allí un cachorrito de gato, respecto al cual casi todo el mundo reaccionó con indiferencia. Alguien, sin embargo, se sintió muy enfadado y lo expulsó con violencia.

No sabía por qué tenía el fortísimo impulso a comprar ropa naqshbandi, careciendo de cualquier tendencia consumista, cuando mi comunicación con el Sheikh parecía interrumpida. Se lo comenté a un hermano: ¿algo de lo que no era consciente me avisaba de que éste sería mi camino finalmente?

Me apostillé una tarde en la puerta de la casa para ver salir a Mawlana, y así fue. Sólo vi en él a un hombre anciano. Tal vez por el alboroto que se montó, o tal vez no, mi corazón se aceleró al verlo por primera vez en su cuerpo físico.

Repetí lo mismo el segundo día, y llegué incluso a tocarle el hombro. Ya no era sólo un anciano: era un anciano entrañable, al que yo no comprendía, pero al que podía querer como a cualquier otro… O tal vez más fácilmente, porque entre su espíritu y el mío no había la menor interferencia.

Me enteré en esos días de que teníamos la opción de dormir en la Derga, y sentí fastidio por no haberlo sabido antes. También cené allí una noche, un guisado que alguien se empeñaba extrañamente en llamar sopa, junto a muchos otros hombres.

Nos habían dicho que Mawlana recibía el último día y a última hora. Un hermano que no viajó con nosotros nos aconsejó mentir y decir que nos íbamos un día antes. A ese hermano Mawlana lo recibió, en efecto, cuando él quería y le aconsejó ponerse a vender verduras en un mercado. El consejo de mentir fue aceptado y le dijeron a la persona que coordina las recepciones que nuestro avión salía muy pronto por la tarde, por lo que sólo teníamos la opción de ser recibidos justo al acabar el Dhuhur, a las tres de la tarde, como mucho.

Las seis mujeres estaban desde mediodía esperando sentadas dentro de la casa. Los tres hombres estuvimos de pie casi todo el tiempo desde las diez, en la calle.
Pasó la hora embustera y no nos recibió, ni a nosotros ni a un grupo de hermanos paquistaníes, a quienes tomé un gran afecto, que esperaban con más devoción, paciencia y entusiasmo.

Cuando ya todos se daban por vencidos y estábamos a punto de regresar, ahora sí, para salir al aeropuerto, saltó la alarma: “¡Mawlana nos recibe!”, gritaron las mujeres desde la puerta de la casa.

Estoy llorando cuando escribo esto. “Primero los hombres”, decía la mujer que ejercía como jefa. Subieron primero mis dos compañeros por una vieja escalera de madera, después yo y después las mujeres.

En el piso de arriba, al fondo, frente a una ventana, estaba el anciano Mawlana, tendido en una butaca. Por allí había una mujer, que después supe que era su secretaria, y en los dos o tres metros entre la escalera y Mawlana había, a nuestra izquierda, sentado, un hombre, y poco más adelante un chico muy joven, casi un niño, luminoso, nieto del Sheikh, nos dirían más tarde, jugando con una maquinita, y vestido con ropa nada naqshbandi.

Tras besarle todos la mano, mis dos compañeros se sentaron en el suelo a la izquierda de Mawlana, yo haciendo casi de bisagra, y enfrente las mujeres.
Mawlana miraba de una manera peculiar, como si no mirase. Me explico: sus ojos se dirigen a quien le habla, pero su mirada parece enfocarse no sé dónde. Bueno… creo que mi explicación dista de ser exacta, pero no se me ocurre otra. Ya gaffar.

Uno de los temas más recurrentes durante el viaje de ida era que Mawlana solía pedir que cantasen a las mujeres españolas. Mis compañeras ensayaban.
“¡Cantad!”, les dijo inmediatamente Sheikh Nazim a las mujeres. Ellas no reaccionaron… “Dice que cantéis”, les urgí. “¡Cantad!”, insistía Mawlana, y, ellas, mirando embobadas sin hacer caso. Finalmente Alauddín, a mi lado, comenzó a cantar y ellas se unieron. Mawlana, cuyo cuerpo queda en mi recuerdo muy pequeño, comenzó a bailar al ritmo, supongo, que la canción habría tenido de ser perfectamente cantada. En ese instante para mí cambió todo de nuevo. Ya no me importaba, ni me importa, lo que había leído en aquel libro la noche del desvelo (claro que me importa, pero puedo dejarlo para otro momento); delante de mí había Alguien, delante de mí estaban la Comprensión y la Ternura. Acababa de recuperar al Maestro.

Tras la primera canción, que no salió muy bien, Mawlana pidió otra, que salió aún peor, y que quiso Dios cortar a tiempo, antes de que cayésemos todos en una depresión profunda.

Mawlana tomó de una cajita unos triangulitos protectores que repartió entre quienes no tenían. Después hizo lo mismo con caramelos, ahora para todos, y se guardó él uno en el bolsillo, haciendo un guiño travieso.

Un bastón sirvió de prolongación a la mano del Sheikh, sobre el cual los nueve nos agarramos, renovando su aceptación como maestro. Mi conciencia entonces aún no se había dado cuenta de que eso se había producido en mi corazón sólo un instante antes, cuando Sheikh Nazim, desde su postración permanente, bailaba con los cantos, mientras yo guardaba silencio.

Parecía que ahí acababa la recepción (un coche lo esperaba en la puerta para su paseo diario desde un rato antes que nosotros subiéramos), y nos íbamos sin poder preguntarle nada.

Una mujer pidió algo para su hijo, y Alauddín apresuró a todas a que comenzaran a hacer preguntas. Me llenó el alma oírlas pedir por sus hijos.

Casi nadie tuvo tiempo de hacer una sola pregunta, y una de las mujeres exigía, supongo que alterada, que, en la habitación, la familia de Mawlana guardase silencio para hacer ella la suya. Tras la primera, hizo otra.

En una nota que escribí al regreso del viaje decía que ya no me interesaba ver a mis compañeras desde el mundo, aunque lo hago a menudo, porque desde el alma sé que son velas encendidas… Desde el mundo que juzga, es decir, desde mi ego, H., por ejemplo, habría sido una vasija de emociones confundidas. B. me parecería una estúpida, que no se da cuenta de que con ella vive un ángel, y ella intenta ‘curarlo’. Así, más o menos, el resto… Pero Dios permite ver que eso es sólo desde el mundo, desde la apariencia, desde el velo. Desde el Espíritu sólo hay velas encendidas, dirigidas al Altísimo. La Realidad es ésa. “Si te ha sido dado ver a un Sheikh, ¿cómo no vas a estar en el camino correcto?”, respondió Mawlana sonriéndose a una de ellas…

Íbamos contra el tiempo. Parecía que ya hubiera que irse. Algunos no habían preguntado nada. Y no se me iban de la cabeza mis hermanos paquistaníes, que seguían esperando abajo cada vez con menos opciones. Estuve a punto de no hacerle yo mi pregunta, pero me di cuenta de que no era por falta de tiempo, sino por cobardía. Me acordé de mi hermano argentino, y con la ayuda de su fuerza se la hice: ¿Qué es la luz negra?

Pocos días antes de conocer a Abdul Karim ocurrió lo siguiente:

Desde hace unos años, pero más marcadamente desde finales del pasado, me venía acompañando la presencia en mi corazón de… mi Maestro. A principios de mayo caí en la cuenta de que, cuando lo evocaba o aparecía como imagen, su luz era gris oscura, como de un color negro transparente.

El martes cuatro de mayo, por la tarde, se lo comenté a un amigo: ¿Sabes? Cuando veo al Maestro, su Luz es negra. Mi amigo hizo un gesto de rechazo. Le expliqué que se equivocaba, que esa luz era completamente acogedora. De hecho, yo me agarraba como un niño muy pequeño a la cintura de una figura gigantesca.
Esa noche, a las cinco de la madrugada, me desperté sobresaltado. Delante de mí, en percepción espiritual, estaba mi Maestro, el Amado, y me decía: “Averigua qué es la Luz negra”.

Desconcertado fui al ordenador y descubrí que, en efecto, la luz negra es un concepto presente en el sufismo. Había un artículo que hablaba de ello, pero se me indicó que no lo leyera.

Pocas horas después, la mañana siguiente, una paciente mencionó la luz negra, y un par de días más tarde hizo lo mismo un especialista en medicina china que me invitó a comer a su casa. Mi incomodidad iba en aumento. Por una parte, quería saber lo que representaba; por otra parte, no quería ofender a Dios con mi impaciencia (uno sabe lo que sabe en cada momento, y el saber no es nunca el objetivo más importante, sino sólo un medio) y, me parece que, más radicalmente, lo que sucedía es que tenía miedo de saberlo.

Cuando conocí a Abdul Karim me quedé con las ganas de preguntarle qué era la Luz negra. Lo hice unos meses después en el Taller sobre el Eneagrama que él dirigía. A lo largo de meses me imaginaba que le hacía la pregunta y que él se detenía y miraba a otro sitio. Finalmente se dirigía a mí y me preguntaba: ¿Para qué quieres saberlo? Eso fue exactamente lo que ocurrió cuando se lo pregunté, pero me pilló en fuera de juego. Me asusté y le conté la verdad a medias. Su respuesta fue también a medias.

Días más tarde le escribí detallándoselo todo. Entonces me dijo que le preguntara a Mawlana. Cinco minutos antes de recibir su respuesta, ya me había apuntado para viajar a Lefke.

Mawlana me habló, para mi sorpresa, de poder: “Power. Secret power. Unseen power. You ok! Ok!”. Eso significa la luz negra.

Me quedé desconcertado no sólo porque me hablase de poder (yo temía que me dijese que yo era malo o que estaba loco o que era un idiota) sino, fundamentalmente, porque me infundió apoyo. Es más, mis compañeras le oyeron decirme al principio (yo no lo escuché) “Good face!”. Gracias a Dios que no lo oí, porque me habría derrumbado.

Cuando ya me retiraba, confundido, observé que mis dos hermanos permanecían con el Sheikh, y regresé sobre mis pasos, para no perderme nada. A uno de ellos, a su lado, le decía que tenía un corazón grande, y a continuación, lo mismo al otro. A mí, que estaba enfrente, esperando a ver si también me lo decía, no volvió a mirarme. En cierto sentido, me habló el silencio, me hablé yo mismo: no me conformo con el corazón que tengo. Es pequeño y todavía a veces se encoge con dureza, mientras rezo para que se libere y reviente. Insha Allah.

Al salir, la secretaria regaló a cada mujer un pañuelo y a los hombres un par de calcetines. Ni que decir tiene que cuido los míos como una reliquia.
No me dolía la espalda aun viniendo tan cargado de tesoros. Lo más importante era que ahora sabía que no rezo solo. Descubrí lo que significa Sheikh: Gran Amigo. Insh Allah. La voluntad de Dios es Perfecta. Siempre también es su Nombre, para quien pueda entenderlo… Insh Allah.

Durante un par de semanas, a mi regreso, no fui capaz de ver a Mawlana en los sohbets que se retransmitían a diario por Internet. Prefería –y prefiero- la intimidad de la comunicación espiritual con él, aunque me acompañé de varios de sus libros.

El primero que había leído, al principio de conocerlo (‘Amor’) no reventó mi alma como lo hacían los textos de Rumi o Ibn ‘Arabi. Más bien me decepcionó bastante. En cambio, en el avión, una hermana me dejó otro, ‘Prácticas espirituales sufis’, que llegó a entusiasmarme.

Acababa de finalizar de redactar un libro sobre psicología, que iba a publicar con la misma editorial que ha lanzado en España los últimos libros del Sheikh (yo no sabía eso cuando elegí esa editorial y rechacé otra), y decidí comenzar inmediatamente un nuevo texto sobre los escritos de Mawlana.

Comencé a organizar el trabajo, como siempre hago cuando proyecto un libro, y entonces… me quedé completamente sorprendido: ¿Quién era yo para atreverme a escribir sobre lo que había escrito el maestro? ¿Podía haber por mi parte mayor arrogancia? ¿Acaso yo era capaz de añadir una sola palabra?
Aparqué pues tan disparatado proyecto.

La semana siguiente, al finalizar un Dhikr, se nos invitó a coger al azar algún libro de Mawlana y leer lo primero que saliera. Hice eso con ‘Corazones Puros’. Abrí el libro por una página donde se requería a personas de occidente a elaborar de otra manera aquel conocimiento. Puse cara de que aquello no tenía que ver conmigo, es decir, puse cara de tonto.

Sí lo tiene, pero no escribiré una sola línea sin la ayuda del maestro. Desde aquí te pido que, sólo si Dios quiere, muevas mis manos y mi entendimiento.
Siempre que me comunico espiritualmente contigo me dices “adelante”. El 1 de noviembre de 2010 te he solicitado también permiso por escrito.

II. De lo impersonal a lo Divino

No tiene nada que ver hablar a partir de un texto de un filósofo o de un literato, con hacer lo propio desde los textos de un místico.
En el colegio nos decían que ‘El Quijote’ era considerado como la obra suprema de la ‘Literatura Universal’. Quizá lo sea. Pero la ‘Literatura Universal’ pertenece al mundo, y carece de luz propia. Todo lo que hace y puede hacer, por tanto, es dar vueltas sobre sí misma, sin aspirar a salir nunca del infierno, sino buscando en él algún tipo de acomodo.

Volveré a la escritura de Rumi: si hoy se acabase el mundo, eso no importaría. Desde la mitad de cualquier verso del Diwan puede rehacerse no el mundo sino el cielo. Queda claro, pues, que aquí no podemos hablar de literatura ni de filosofía, sino de la esencia de la Vida. Y para hablar de eso no nos bastamos a nosotros mismos, no son suficientes nuestros talentos. Necesitamos la Luz del Maestro; precisamos que los planetas se conviertan en estrellas.

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2 Comentarios

Kamaluddin Ibrahim dijo el 05/01/2012 a las 12:01h:

B. R. R. Hace algo más de un año, yo (si eso existe) escribí el artículo de arriba. Ha sido desde entonces tal vez el tiempo más duro de mi vida. Tal vez Dios quiera que pueda alguien de ahí comunicarse conmigo y orientarme, sólo si Dios quiere. Mi e-mail es franjalzmz@gmail.com No sé acceder a otros comentarios que alguien pueda haber dejado. Sí observo que se ha cambiado el pie de foto. Que Dios se apiade de nosotros.

Kamaluddin Ibrahim dijo el 13/07/2013 a las 09:55h:

A’údhu bil-láhi mina-shaitánir-rayím. Bismillâhi-r-Rahmâni-r-Rahîm. Hoy, cuarto día del Ramadán, he recibido la siguiente carta de un hermano: Querido hermano Kammaluddin, he leído su artículo en web islam, y luego su comentario al final con fecha 5/1/12 y si bien ha pasado tiempo y supongo se ha acomodado su vida inshallah, le mando muchos Salams y Bendiciones desde mi argentina querida. Un abrazo fraterno del corazón para el corazón. Alhamdulillah me ha sido dado ver que debía añadir lo que sigue y que de momento ignoro. ¡Que Allah dirija las torpes palabras de este tonto...! Hace casi cuatro años de mi declaración de fe, que ahora, insallah, es mucho más fuerte que nunca. Alhamdulillah me di cuenta de que Dios tuvo a bien (y entre las facultades de Allah no está la de equivocarse) poner a prueba mi ego, mi miedo. En efecto, entré aparentemente en el Islam por una puerta falsa. Inshallah, escribiré otro artículo; las respuestas tienen caracteres limitados. Kamaluddí


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