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La mística judía, cristiana y musulmana

22/12/2010 - Autor: Agencias - Fuente: Qantara
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Miniatura representando a Rumi
Miniatura representando a Rumi

La noción de «mística» se diferencia de la de «religión» en que no designa una fe ni una práctica basadas en la espera de un más allá después de la muerte, sino en la búsqueda de una experiencia de lo divino vivida desde aquí abajo. La mística se manifiesta históricamente mediante destacables recorridos individuales de figuras de santidad: pensemos, entre otros mil, en los de Baal Shem Tov (siglo XVIII) en el jasidismo, de Juan de la Cruz (siglo XVI) en el catolicismo, o del sufí Yalal ad-Din Muhammad Rumi (siglo XIII) a título de ejemplo. Pero también puede suscitar corrientes espirituales, que se inspiran de estos modelos - jasidismo, espiritualidad carmelita o cofradía mevleví - para retomar los casos evocados. Estas corrientes han desempeñado, a veces, un importante papel en la historia de las tres religiones consideradas.

Se pueden observar rasgos comunes a esta experiencia mística monoteísta, que la diferencia de las espiritualidades orientales (hinduismo, budismo, taoísmo) o antiguas (pitagorismo, neoplatonismo). Efectivamente, el Dios bíblico y coránico se interesa por los humanos: Él Se revela a ellos, para ellos, a través de una revelación. Los creyentes leen su intervención en su Historia. La mística lleva al extremo la importancia de esta relación entre la persona humana y la Presencia divina. Este encuentro se expresa, a menudo, en términos de amor recíproco entre el hombre y Dios, según la analogía del amor humano. La mística judía y cristiana se inspira de textos bíblicos, como el Cántico de los cánticos; la mística musulmana dio rienda suelta a una prodigiosa poesía lírica en árabe (Hallâj, m. 922 o Ibn al-Fârid, m. 1235), persa (Rumi o Eraqi, m. 1289), turco (Yunus Emre, siglo XIV), etc. Cabe citar entonces la proximidad de los símbolos en los tres climas religiosos: ebriedad de la belleza del ser amado, espera de su presencia, nostalgia de la separación...

El resultado de este amor se describe, en los tres climas religiosos considerados, en narraciones de experiencias extáticas, que a veces son visionarias: visión del Trono divino en la mística del «Carro divino» (Merkaba) en el judaísmo de la antigüedad tardía, de la dimensión cósmica de Cristo (Hildegarde de Bingen, siglo XII), ascensiones celestes a ejemplo de la del profeta Mahoma (Mi‘râj) en el sufismo. Pero estos éxtasis también pueden no ser visionarios y presentarse como puros encantos. Esta última tendencia, más intelectualista, influenciada por el pensamiento neoplatónico, se encuentra en las místicas de las tres religiones.

En las tres religiones concernidas, estas experiencias se han expuesto e interpretado en doctrinas más sistemáticas, como por ejemplo las de Abulafia (siglo XIII), Juan de la Cruz, Ibn ‘Arabî (m. 1241). Estas doctrinas pueden decantarse por un sentido panteísta: Dios es, en definitiva, la única realidad, el alma humana es una emanación divina. También pueden conservar un sentido personalista, el de una unión amorosa intermitente, acordada por gracia divina. Dios sigue siendo completamente trascendente respecto al hombre. Sea como fuere, la finalidad última del esfuerzo místico es el acceso al estado de santidad, de cooperación total entre vida humana y acción divina, restauración de la armonía destruida por culpa de Adán. El santo es un ser que se ha hecho «perfecto», es decir perfectamente humano. Gracias a su presencia sobre la tierra, la humanidad pecadora puede seguir existiendo. Así, el tsadiq en el jasidismo, el «Polo» y la jerarquía de los santos en el sufismo y, más generalmente, la «comunión de los santos» en el cristianismo, traducen la intuición del papel central de los santos en la historia de toda la humanidad.

Por supuesto, la experiencia mística no es posible para todos. En el cristianismo, pertenecía más bien a los monjes, o a laicos aislados (señora Guyon). Pero en el judaísmo y el islam, ha representado a menudo una verdadera fuerza social (jasidismo de Europa Oriental; cofradías sufíes a partir del siglo XII). Miles, o incluso cientos de miles de creyentes pudieron prometer lealtad a maestros espirituales, concederles una profunda confianza, esperando que las bendiciones del santo repercutieran sobre ellos mismos. Los poderes religiosos, los doctores de la Ley, desconfiaron a menudo de la relación directa con lo divino. Pero, a pesar de algunas condenas espectaculares (Hallâj, crucificado y decapitado en Bagdad en 922; Marguerite Porète, quemada viva en París en 1310), se observó un statu quo. Los místicos no son contestatarios y, la mayoría de las veces, han manifestado un respeto militante por la religión dominante - judaísmo rabínico, Iglesia, orden de la sharia.

No obstante, las corrientes místicas manifiestan naturalmente divergencias profundas, debidas a las diferencias de referencias religiosas. El judaísmo, como el islam, concede una importancia central al Libro enviado por Dios. Él Se da a conocer a través de un libro (Tora, Corán), una palabra. El libro – y la lengua que lo lleva – se convierten no sólo en medios de conocimiento, sino también en vectores eficaces de la fuerza divina, vías de encuentro con lo divino. Por ello, la Kabbalah judía se presenta como una mística de la Palabra. Las grandes obras de la Kabbalah – el Sefer yetsira o el Zohar, las enseñanzas de Isaac Luria (siglo XVI) son un testimonio: el mundo – y, por tanto, el hombre – tiene la estructura, o incluso la consistencia, de una palabra. En islam, han nacido corrientes similares, que han culminado en la obra monumental de Ibn ‘Arabî, fundada en la idea de una divulgación cósmica de la palabra / soplo divino, que crea la totalidad de los mundos. Pero una vez más, aunque haya acercamiento, no se encuentra identidad: el papel colectivo del pueblo judío como vector de la Palabra divina no tiene equivalente en el sufismo. El islam es una religión de salvación individual. Por ello, no se expresa la preocupación de una redención cósmica – que aparece en la mística judía, así como en la espiritualidad cristiana.

Por contraste con estas religiones del «Libro», la religión cristiana, fundada en la manifestación de Dios en la forma humana de Jesús, engendrará una mística, donde la mediación crística está presente constantemente. El Libro – el Antiguo y el Nuevo Testamento – es una vía en el camino de la verdad, pero no contiene una presencia divina, y puede traducirse en diversas lenguas, sin perder valor espiritual. Para el místico, no se trata de «convertirse en el Libro» - Tora o Corán - sino de convertirse en Cristo. Los sentimientos, visiones y doctrinas nacidos en el marco del cristianismo expresan, de diversas formas, esta idea del «endiosamiento» del ser humano dentro y mediante el modelo perfecto, que es Cristo.

Sin embargo, no podemos dejar de lado la diversidad de las corrientes místicas en el seno de cada religión. Las rupturas más profundas no son confesionales, atraviesan de principio a fin las corrientes místicas. No existe una sola forma de experiencia mística judía, cristiana, musulmana, sino varias; de manera que cualquier generalización sería profundamente errónea. Así, hemos evocado la oposición entre tendencias panteístas y personalistas, entre fervor visionario e intelectualismo, entre místico extático (Baal Shem Tov, Francisco de Asís, Rumi) y místico «sobrio». Se puede considerar legítimamente que cada experiencia mística es única, y acordarse de que finalmente es indecible. Vemos pues que es muy arriesgado afirmar que «todos los místicos han dicho lo mismo». Precisamente, los místicos no dicen «algo», sino que intentan transmitir una experiencia de transformación del ser, profundamente única y que, por definición, no puede expresarse en términos usuales. Estudiar las enseñanzas de los místicos equivale a aplicarse en comprender sus palabras con minuciosidad y humildad, intentando entender la vivencia que quieren traducir, al menos parcialmente.

P. L.

Bibliografía
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Gardet L., La mystique, PUF, Que sais-je ?, 1970
Hatem J., La rosace : prolégomènes à la mystique comparée, Editions du Cygne
Scholem G., La mystique juive : les thèmes fondamentaux, Paris, Le Cerf, 1985
Popovic A. et Veinstein G. (ss dir.), Les Voies d’Allah, Fayard, 1996
Clément O., Les mystiques chrétiens des origines, Desclée de Brouwer, 1999
 
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