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Contra la clericalización del islam

El objetivo de este artículo es mostrar hasta qué punto las injerencias del Estado y la burocratización creciente del islam son una anomalía

22/12/2010 - Autor: Ahmed Lahori
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Ulemas, muftíes, imames, alfaquíes... el islam ha generado toda una burocracia religiosa, que la modernidad ha puesto al servicio del Estado.
Ulemas, muftíes, imames, alfaquíes... el islam ha generado toda una burocracia religiosa, que la modernidad ha puesto al servicio del Estado.

El objetivo de este artículo no es otro que mostrar hasta que punto las injerencias del Estado y la burocratización creciente del islam son una anomalía, y prevenir contra la consolidación de este fenómeno en la España del siglo XXI.

La creciente apropiación del islam por parte del Estado es uno de los síntomas de la entrada del islam en la modernidad, aunque aquí el término modernidad no tiene en absoluto un sentido positivo. Durante el último siglo, asistimos a la creación de Ministerios de Asuntos Islámicos, Consejos de Grandes Ulemas y otras instituciones similares, encargadas de velar por la pureza doctrinal de los musulmanes. Todo un aparato de burocracia religiosa que tiene muy poco que ver con el islam tradicional, y mucho con la modernidad, en el sentido de Max Weber. Weber consideró a la burocracia como un tipo de poder ejercido desde el Estado por medio de su “clase en el poder”, la clase dominante. El aparato organizatorio es el de la burocracia, un marco racional y legal donde se concentra la autoridad formal en la cúspide del sistema. La burocratización del discurso religioso es parte de la burocratización creciente de la vida, típica del Estado nación moderno.

La clericalización creciente del islam es, en este sentido, uno de los síntomas más claros de la occidentalización de los países de tradición musulmana. De hecho, tiene su origen en los Estados-nación creados por el colonialismo. No es que una cierta burocratización no existiese antes, durante el período pre-colonial. Pero en el islam clásico la mayoría de las instituciones son independientes del Estado, como las fundaciones de beneficencia, los waqf. El waqf distribuía el dinero del zakat, la contribución obligatoria que los musulmanes dan para garantizar la distribución de la riqueza, o para obras de bien común. Los waqf llegaron a ser instituciones poderosísimas, que en algunas ciudades mantenían el control de los servicios públicos al margen del Estado. También las cofradías sufíes se han desarrollado mayoritariamente al margen del poder central. Otro ejemplo: la independencia de la enseñanza, incluida la enseñanza de la religión, que generalmente fue privada y no estuvo bajo el control del Estado.

El islam burocratizado tiende a hacerse omnipresente, abarca cada vez más, hasta el punto de que busca ahogar cualquier otra manifestación. Aquí es necesario tener muy claro que no es que el Estado se base en los valores del islam, sino que el Estado se apropia del islam como un instrumento de legitimización, un fenómeno paralelo a la falta de popularidad de las políticas públicas, al aumento de la corrupción y a la vulneración de los derechos sociales más elementales. Los Estados tratan por un lado de desarticular sus potencialidades revolucionarias, y por otro contentar a las masas con políticas “de apariencia islámica”. Esta apropiación es pues típicamente alienante y reaccionaria. No solo no viene acompañada de políticas de redistribución de la riqueza, sino que suele ser paralela a la implementación de políticas neoliberales dictadas desde los centros de poder occidentales. No es el islam lo que se extiende a través del Estado. Más bien, es el Estado quien utiliza al islam para controlar a la ciudadanía.

El control se extiende cada vez más a las mezquitas, y existen países en los cuales el Ministerio de Asuntos religiosos distribuye las jutbas de los viernes a toda una red estatal de mezquitas, para que los jatibs repitan como loros las doctrinas oficiales, la visión del islam que conviene a cada Estado. Los Estados favorecen la implantación de grandes mezquitas, más fáciles de controlar que las mezquitas populares. La creatividad y el pensamiento crítico son desterrados del discurso religioso oficial, que se limita a repetir consignas morales y todos los tópicos más manidos sobre la religión. Si nos vamos al islam tradicional, vemos que las mezquitas han sido masivamente privadas, y que en ellas se reunía la sociedad civil para debatir los problemas de la comunidad e incluso plantear sus reivindicaciones a los gobernantes. Las mezquitas también han sido la cuna de las más diversas corrientes filosóficas, aportando una gran vitalidad intelectual al islam clásico. Todo ello es impensable hoy en día, hasta el punto de que mezquita y libertad de pensamiento parecen términos opuestos. Nadie acude a una mezquita para enterase de los últimos desarrollos en materia de conocimiento.

Esta burocratización ahoga al islam tradicional, lo expulsa del centro de la sociedad hacia la periferia. Además de amenazar a las instituciones islámicas tradicionales, amenaza con la uniformización. El islam del Estado dicta doctrina y pretende constituirse en ortodoxia. Escoge sus “clérigos autorizados” y les otorga títulos pomposos. Ahoga la libertad de conciencia y la efervescencia intelectual característica del islam clásico, en el cual las más diversas corrientes coexistían.

Como fenómeno característico, resulta ya casi habitual escuchar a jefes de Estado hablar en nombre del islam, y eso con independencia de que sean dictadores o gobernantes elegidos democráticamente, de que sus países sean (supuestamente) laicos o estados que reclaman el título de “islámicos”. En los últimos años se han producido discursos de carácter religioso por parte de Abdallah bin Saud (Arabia Saudí), Gaddafi (Libia), Mahathir (Malasia), Mohammed VI (Marruecos)…

En Marruecos, el rey se presenta como Comendador de los Creyentes, las jutbas son escritas por burócratas, e incluso se han instalado cámaras en las mezquitas para vigilar que no se produzcan “reuniones islámicas no controladas”. En Arabia Saudí y en Irán existen una policía religiosa que se ocupa de velar por el cumplimiento estricto del islam de Estado. Uzbekistán es un caso típico de Estado laico que ha creado un islam oficial y donde represión hacia todas las manifestaciones islámicas “no oficiales” es rigurosa. Existen leyes que establecen horarios estrictos para la asistencia a las mezquitas, y que prohíben cualquier reunión de carácter islámico “fuera de programa”. En Argelia existe un Alto Consejo Islámico, que tiene el monopolio de la emisión de fatuas… La lista sería interminable.

En España, esta clericalización ha sido uno de los objetivos del Estado. Para ello han contado con la inestimable colaboración de Ryad Tatary, presidente de la Unión de Comunidades Islámicas de España (UCIDE), una entidad creada e inflada desde el Estado, para servir a los intereses del Estado en contra de las legitimas reivindicaciones de los musulmanes. De ahí la evidente parálisis en el desarrollo de la Ley de los Acuerdos de Cooperación, firmados en 1992 entre el Estado y la Comisión Islámica de España.

Hace años pregunté a Mansur Escudero (ra) sobre los motivos de su implicación en la organización del islam en España, y me contestó que su principal objetivo era el de luchar contra la clericalización del islam, pues este constituiría un instrumento de control, que tendería a hogar su creatividad y su libre desarrollo. Eso explica el porque el Estado español ha actuado desde siempre en contra de las tesis de la Junta Islámica, como han dado la espalda a la mayoría de nuestras iniciativas, para favorecer el liderazgo de Ryad Tatary. Aunque este sea más conservador en términos religiosos, sin duda su actitud de clérigo sumiso lo convierte en la opción más valorada por parte del Estado.

Por desgracia, los Estados siempre encontrarán musulmanes dispuestos a venderse. Pues no hay duda de que esta clericalización creciente del islam es mayor mientras más corrupta es la sociedad donde sucede.
 

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