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El ciclo de la vida

Lujuria del otoño en tu mirada...

07/12/2010 - Autor: Germán Gorraiz López - Fuente: Webislam
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Amanecer nevado.
Amanecer nevado.

Luz de primavera

El espacio se puebla de claridades desusadas y una estación aletea en las yemas de la brisa.

El sol se despierta ahora en soledad y la atmósfera desempolva lentamente sus azules, mientras los mediodías dulcifican su aliento y las aguas terminan por romper su mutismo.

Lenta sucesión de huellas en el cielo hacia la primavera soñada...

La tierra se sabe ya embarazada en sus raíces y los campos destilan sin pausa sus pardos mientras bandadas de grullas triangulan sin interrupción la altura y latidos de nuevas voces inundan el aire.

Al fin, la luz desconocida de una mañana inesperada vence la resistencia de las últimas umbrías y la hora se rinde al guiño palpitante de la nueva vida.

Agoniza el invierno en mis manos...

Consagración del verde

Los últimos estertores de la noche agonizan en la brisa y una luz inesperada sorprende al cielo en su desnudez mientras el sol va pintando gotas al rocío y el paisaje renueva sin pausa sus tonos...

Un torbellino de vencejos desvela el silencio de la hora y lejanos alimoches prestan sus blancos a la altura y de improviso, un incendio de amapolas y de botones de oro se propaga por los prados.

Poco a poco, los minutos despiertan mil aromas dormidos y el campo se recrea en sus notas de frescor mientras los más altos tilos desperezan al viento insinuado y la hierba relame sin pudor sus jugos...

El aire se llena de fragancias del saúco y el día se encamina hacia su verde plenitud cuando surge la voz del cuco de las entrañas del bosque y la mirada verdea sin remedio sus iris.

Por fin, el mediodía se extasía en sus azules y la tierra esboza un guiño sensual.

Consagración del verde en tus ojos...

Agonía del estío

La hora sestea en la hamaca del mediodía y una brisa encendida dibuja inconclusas estelas de un boceto de tormenta.

Imperceptiblemente, cientos de manos han desparramado un tablero de cúmulos nimbados por el azul infinito y ya la atmósfera se abochorna sin remedio y los charcos transpiran por todos sus poros...

El sol enardecido arremete de nuevo contra las reminiscencias del verde e incendia los latidos de la tarde convirtiendo los campos en una amalgama de sudores y de jadeos de la sombra, pero la agonía es breve, pues densos nubarrones desandan ya sus pasos y el paisaje se hunde sin remedio en claroscuros.

Sin interrupción, se inmolan las últimas claridades en un mar de sombras y la tormenta avanza con las velas desplegadas mientras mudas chispas recorren con celeridad un espacio de iones y un trueno herido aúlla su dolor al viento desatado.

Los relámpagos entrecortan sus silencios y la vida detiene la respiración esperando que gruesos goterones desempolven una estación que desentumecerá lentamente sus amarillos mientras los rayos sucumban en lo alto y la tierra se embriague de verde.

Murió el estío en mi corazón...

Lujuria del otoño

El viento desnuda la aurora y la vida se despierta extasiada en sus colores mientras los bosques viven un apasionado idilio de ocre y oro y los campos amamantan sus verdes incipientes.

El aire se llena ahora de latidos del valle y lejanas cumbres se insinúan con trazos desusados, luego un vuelo de palomas enlutará la tibieza del cielo y la vista azuleará sin remedio su mirada.

Una brisa cálida de besos inunda la hora, miles de ramas deshojan sus manos y ya los minutos son ahora una sucesión de jilgueros y la altura se suspende en las alas del cernícalo.

Lentamente, la corriente va derramando aguafuertes de oro en sus orillas y un otoño inacabado dibuja las primeras umbrías al bosque sabedor de que más tarde la atmósfera atenuará sus tonalidades y las hojas reflejarán minutos de una tarde que agonizará cada vez más lejos.

Lujuria del otoño en tu mirada...

Amanecer nevado

Una luna inacabada desgrana su mustia sombra y despunta solitarios mástiles de un infinito océano de blancura.

Todo es nieve en la mañana..., la vista se humedece en la luz helada y el alma se blanquea en el alba desvelada.

El viento ya desatado restriega las manos de las más altas ramas y la nieve se renueva en el goteo de sus pinceladas mientras el río verdea al cielo con sus espejos y el aire hibernado se fragmenta en mil cristales.

El espacio se ahoga ya sin remedio entre irisaciones de blanco y azul helado y las huellas de la noche trepan por escalas de silencio hasta morir cegadas en la altura hasta que la esencia de lo níveo termine al fin por aguarse y el paisaje se diluya en las mil gamas del blanco primigenio.

Amanecer nevado de mi alma... 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

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