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A la sombra del árbol de la paz (II)

¡Qué intensa fue tu vida y qué melancólica huella te ha quedado!

03/12/2010 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Esa luz que tanto te ha herido y siempre te ha influido profundamente. (Foto: Hashim Cabrera).
Esa luz que tanto te ha herido y siempre te ha influido profundamente. (Foto: Hashim Cabrera).

Noviembre 2009

El sonido de la vieja torre se esparce por el taller. Quiere ocupar un vacío que no se deja ver ni tocar, tal vez el aire que respiras; en el exterior todo está en calma y los cristales dejan pasar un cierto frío. Los papiros no arañan el cristal con su chillido porque no corre viento. La luz ya se ha marchado pero, dentro, la lámpara de bajo consumo mantiene la ilusión de lo vivo, la visión de la máquina que soporta una gruesa pantalla de vidrio que emite luces pixeladas.

Piensas en tus amigos y sientes el inmenso valor que tienen los momentos compartidos, las palabras cruzadas, las salidas felices de ese tremendo cerco que la historia ha construido en torno a todos nosotros, dentro de los seres humanos.

Nadie sabe qué ocurrirá mañana y esa idea te hace suspirar hondamente, recordar que estoy aquí, sentir el aire dentro de tu cuerpo, sentir que aún habitas esta tierra del tiempo y del cansancio.

Lo inédito se abre paso a pesar de todo. No hay poder en este planeta que pueda contradecir la muerte, no ya la muerte del ser humano, sino el final de todo aquello que ha experimentado una vida, una creación. Y lo nuevo es, en este caso, aquello que hemos tenido desde un principio, aquella conciencia que hemos ido enterrando a fuerza de creer en la realidad de las cosas, en la realidad de nosotros mismos.

Como si el aire fuese atravesado por mi conciencia
como si el frío me hiriera en la memoria
y aquella se inclinara al instante
adorando desde la lejanía

La realidad es lo único pues nada hay que no sea real

abril 2010

Antes de comprender el misterio de la unidad, el amor desapareció de tus ojos, se adueñó de tu alma un vacío doloroso y una separación infranqueable, una distancia infinita, se instaló en tu interior. Entonces eras un joven soñador, tu imaginación tejía sueños inacabables que trazaban una identidad, que fundaban unos mundos más sólidos que aquel al que se asomaban tus ojos. Soñabas con el arte, con obras grandiosas instaladas en espacios inmensos y abiertos, iluminadas por una luz natural que, en aquel universo imaginal, era aún más intensa que aquella otra que barría los paisajes de tu vida sensorial, esa luz que tanto te ha herido y siempre te ha influido profundamente.

No lo sabías, pero ahora tienes la certeza de que hay determinadas sustancias en tu cerebro que se activan con la luz natural, y por eso la depresión de los inviernos y esa súbita alegría de cada mes de abril, brotando al unísono con las flores…. Y por eso, tal vez, nublado mayo, nubladas están también tu conciencia y tu alma.

Hoy eres más sabio, más fuerte y viejo que entonces, cuando aún no podías librarte de las circunstancias ni de aquellos avatares inevitables, pero ahora ni tan siquiera te consuela saber que estás aquí de paso, que aquella herida se cerrará algún día, sólo Dios sabe cuándo. Por eso, aunque llega la noche, ahora no llega con ella la tristeza sino un continuo latir que no distingue entre luces y sombras, sólo conciencia pura, sin sujeto ni objeto, sin cansancio ni estado, ni lleno ni vacío…

¡Cuántos párrafos no quedaron atrás, cuando eras tan sólo un buscador lleno de promesas, de ilusiones, de ideas…! Tuviste que elegir, no podías decirlo todo, vivirlo todo. Pero, ni siquiera aquella decisión fue lo que te trajo hasta aquí, hasta este ahora donde tu Señor te habla con dulzura, hasta este instante en que Le escuchas sin saber siquiera si eres alguien pero sabiendo con certeza quién eres.

¡Qué intensa fue tu vida y qué melancólica huella te ha quedado! Una huella impresa en un poema:

¿Qué ha quedado, Señor, de todo aquello
de aquel paisaje que ayer era tan elocuente
y hoy enmudece ante mis ojos secos?

¿Qué propósito tiene este silencio
esta lluvia incesante o ese llanto
que no reclama nada ni humedece?

¿La imagen remota, la luz
de aquella tarde que sentí como mía
que vuelve con claridad infinita?

¿Qué mensaje puede ya anunciarme
si ese yo que escribe y habla todavía
no es sino la inercia de toda aquella vida?

Esa imagen antigua recortada
con claridad en el vacío
sin alma, sin ningún significado
testigo de la extinción irreversible
de quien vio más allá de los velos
de aquel cuya mirada traspasó la apariencia.

¿Para qué tanta verdad
tanta realidad, tanto desvelo
si Tú has querido para nosotros la existencia
como seres humanos, con un nombre
con una biografía y una memoria?

Quise volver a la tierra de mi memoria
y los paisajes anegaron mi vida
dejando traslucir sólo un rastro de agua
de árboles, de horizontes y ríos…

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