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Una herencia oriental

Los últimos estudios confirman que la mayoría de las zonas rurales que tradicionalmente han sido de regadío tienen su origen en la época árabe

29/11/2010 - Autor: Miguel Ángel González - Fuente: Diario de Ibiza
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Granado o safari, muy apreciado en la cultura islámica
Granado o safari, muy apreciado en la cultura islámica

«Él sabía que los sentidos pueden revelar los secretos del espíritu y quiso estudiar los perfumes; trató de descubrir por qué el incienso estimula el misticismo mientras el ámbar excita las pasiones, por qué el almizcle perturba el intelecto, la magnolia aviva la imaginación y las violetas despiertan el recuerdo de los amores muertos». (Oscar Wilde. El retrato de Dorian Gray)

Con referencia al aprovechamiento de plantas aromáticas en los tiempos antiguos, todos los indicios que tenemos nos llevan a pensar que los usos que se mantuvieron en Ibosim, Ebusus y Yabisah, se torcieron en 1235. A partir de entonces las cosas cambiaron porque la repoblación catalana introdujo las austeras costumbres ´cristianas´ que, aunque no dieron al traste con los usos farmacológicos y culinarios, sí abrieron un tiempo de oscurantismo en el arte de los perfumes que con los cartagineses, romanos y árabes, –sobre todo con estos últimos–, había alcanzado cotas elevadas de refinamiento.

Todo lo que el mundo púnico había conseguido a partir de maderas olorosas, resinas y plantas aromáticas, en el mundo árabe se vio potenciado, no en vano fue un pueblo abierto al goce de los sentidos y que elaboró con amor y conocimiento la más exquisita arquitectura del olfato. Además de disponer de los mejores alquimistas y naturalistas, los árabes detentaron el monopolio comercial de especies y aromas y nuestra isla no estuvo al margen de aquel trasiego porque su proximidad al reino de Denia y al continente africano la convertían en lugar de paso obligado en las rutas que, en el occidente mediterráneo, iban y venían entre norte y sur, entre este y oeste. Los barcos que, por ejemplo, partían de Antioquia o de cualquier puerto oriental, pasaban por Chipre, Rodas, Creta, Sicilia y Cerdeña, para seguir hacia Ibiza y alcanzar, luego, cualquier puerto del levante peninsular, Denia, Cartagena, Málaga o Almería.

Sabemos, por otra parte, –y coinciden en ello las noticias árabes y cristianas– que, durante los siglos XI y XII, Yabisah gozó de un notable grado de prosperidad. Tanto al-Maqqari como al-Idrisi nos hablan de una isla bella y poblada por gentes industriosas, que producían toda clase de granos y frutos, proveía a un buen número de plazas africanas de leña y sal, exportaba almendras, higos y uvas a la Península y a Mallorca, y que, sobrada de bosques, embarcaba maderas hacia Barcelona y otros puertos mediterráneos. Por el ´Liber Maiolichinus de gestis Pisanorum iIllustribus´ tenemos noticia de la formidable fortificación de la Vila, con tres cercas y fosos, y por la dilatada relación de alquerías y rafals sabemos que toda la isla estaba perfectamente colonizada.

Y ´colonización´, en manos árabes, significaba agricultura, abundantes cultivos y un inteligente aprovechamiento del agua, algo que todavía puede verse en la proliferación de norias, molinos, aljibes y pozos que, en buena medida, proceden de aquellas primitivas explotaciones. Los últimos estudios que se vienen haciendo confirman que la mayoría de las zonas rurales que tradicionalmente han sido de regadío tienen su origen en la época árabe. Y viendo el sistema de riego, las acequias y los perfiles netamente orientales de los portales que daban entrada a los huertos de Pla de Vila, hay que estar ciego para no atribuir un origen árabe –o tal vez anterior– a las maltratadas feixes que tanto nos está costando recuperar.

Visto lo visto, no puede extrañarnos el arraigo que en nuestras islas ha tenido la cultura islámica. Y no es algo, creo yo, que podamos ignorar, silenciar o minimizar. Todo lo contrario. Al-Andalus fue en su momento el país más culto y refinado de Occidente en artes, astronomía, medicina, música, poesía, botánica y agricultura. Verdaderos sabios como Abulcasis, Maslama al–Mayriti, Averroes, Ibn Tufayl, Ibn Arabi, Ibn Bassal, Ibn al-Awwam y muchos otros, consiguieron una eclosión cultural y espiritual de primer orden. Y en la misma Yabisah detectamos –a pesar del silencio documental que envuelve aquellos años– la presencia de notabilísimos personajes, caso del incansable viajero Abû al-´Abbâs, de los poetas Abü Muhammad ´Abd Allâh al-Husayn b´Asir y de Idrîs Ibn al-Yamân, único ibicenco que figura en la antología de Ibn Sa´id al-Magribi. Y no fue menor la fama del médico Abu Utham al-Jazzar al Yabisi, que participó en el equipo científico que se encargó de traducir la monumental ´Materia Médica´ de Dioscórides. Se tiene noticia, asimismo, de la presencia en Córdoba de destacados intelectuales de la isla que eran reclamados por sus conocimientos.

Si tenemos en cuenta, por otra parte, que esta potente influencia de la cultura islámica tuvo que ser especialmente intensa en los lugares en los que más tiempo permaneció, se entiende que nuestro suelo muestre, todavía hoy, inequívocos rastros de aquella cultura; no solo en la arqueología, sino en aspectos tan cercanos como la toponimia, la arquitectura, la agricultura o la gastronomía. De hecho, se trata de un legado que nos implica muy íntimamente porque está en nuestras costumbres, tradiciones, músicas, bailes, indumentaria, canciones, refranes y, por supuesto, en cierta forma hedonista de entender la vida.

Y alcanza, en fin, –aunque hoy los diluya la globalización y el inevitable mestizaje– aspectos más concretos, íntimos y familiares, el mundo de las vivencias sensoriales, de los sabores y los olores, un mundo secreto y fascinante al que no prestamos especial atención pero que permanece agazapado en nuestra vida cotidiana. Es éste el ámbito en el que queremos entrar para recuperar la herencia oriental que supone, como al principio decía, el uso secular, particularmente en el medio rural, de las plantas aromáticas que tanto juego han dado en nuestras islas. De ellas seguiremos hablando.

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