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A la sombra del árbol de la paz (I)

La tierra, ayer sedienta, está hoy empapada

26/11/2010 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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...mira cómo las sombras se diluyen unas en otras y todas en esa luz que por ser única ya no alberga ninguna oscuridad… (Foto: Hashim Cabrera).
...mira cómo las sombras se diluyen unas en otras y todas en esa luz que por ser única ya no alberga ninguna oscuridad… (Foto: Hashim Cabrera).

“Assalamu aleikun, hermano: Has de cortar el árbol que está frente a tu casa. El jalifa lo ordena. Aleikun salam, hermano ¿Dónde está ese jalifa que manda cortar un árbol y talar un sueño? Hermano, has de talar el árbol que crece junto a la puerta de tu casa”.

I

Llueve, lloras, ya no hay consuelo, el agua lustral es sólo Rahma. Privado de la electricidad, una lámpara te acompañó aquella noche, una luz que brotó de la sangre de un árbol bendecido, de un olivo que no es de aquí ni de allá, que no es tuyo ni mío, sino que es sólo Suyo, que es un regalo luminoso que va dando forma a tu conciencia, que hace brotar la vida de la nada y que además construye los silencios, las sombras, ese recuerdo que ahora te sorprende y te guía…

¡Rompe la privación, atraviesa la cáscara, la rutina que ha tejido tu cárcel! Mira las formas que surgen inéditas en una creación pura, mira cómo las sombras se diluyen unas en otras y todas en esa luz que por ser única ya no alberga ninguna oscuridad…

Te diste cuenta de que en las palabras de los niños, en los rincones de sus miradas, se van tejiendo las visiones de los adultos, de quienes tratamos de congelar las formas, tratando así, inútilmente, de conformar el rostro actual de nuestra memoria…, en sus distracciones, en su aprendizaje, en su ensimismamiento, que es el mismo que les negamos los adultos.

Tu hijo hizo que recordaras las historias más antiguas, las que narraba aquella mujer que tanta ternura te regaló cuando tú eras un niño, la sabia anciana que tanta paciencia tuvo contigo. Te sentiste agradecido a la realidad por haber podido rememorar con tanta vividez aquella voz sensata y tan hermosa, aquella entonación sobrenatural con que relataba las hazañas de los héroes antiguos que, ya por entonces, no existían porque estaban desapareciendo las narraciones…, las historias de Roldán y Olivero, las sagas orientales del Kalila e Dimna o de las Mil y una Noches, lecturas de ajados pero limpios volúmenes que guardaba en un baúl, ediciones sencillas de otros tiempos, tal vez recuerdos o adaptaciones de las viejas historias.

Así, rotos los momentos por la realidad, única visión que sobrevive, recobraste el tiempo en el vacío, en el signo de la palabra que une, en el viento que aquel día te enseño que los momentos no perduran. Mientras las luces de aquella tarde te arropaban y las miradas entretejían una historia, sentiste que la realidad te regalaba Su sakina.

El paisaje se llenó de sonidos y los pensamientos se inscribieron en ellos, en las risas y en los cantos del pueblo, pero también resonaban en aquel paisaje los sueños de la globalización, las miserias, cicatrices y huellas de la memoria que te devolvían de nuevo a la historia contemporánea, al compromiso intelectual. Rota el alma como el cuaderno roto, como las hojas rotas, los trazos quebrados, los momentos y el pensamiento fragmentados, todo roto, como el mundo es.

Pudiste darte cuenta de que sólo la realidad permanece entera, incólume, inalterable a los sucesos, completa y única, que el mundo es sólo una sucesión de intentos frustrados, un encadenamiento de fracasos, cuyo sentido, orden y armonía, sólo pueden vivirse en la aniquilación. No habia ninguna duda: aquel paisaje era fruto de tu pensamiento, obra de tu imaginación.

Ya no queda espacio para el poema
porque ya no queda nada de mi alma
y entre jirones grises sólo surgen
las luces del invierno
ya no queda tampoco tiempo para vernos
ya no hay ningún espejo que nos guarde memoria
estamos solos en el universo deshabitado
los ecos de los viejos poemas
tampoco han resistido
pues no hay visión
ni forma que albergue la metáfora:
sola, insonora
ni siquiera escondida
ni viva ni muerta
la palabra
sin tanto esperar nos dice
señala un punto que,
lejos del instante,
parece haberse sido.

II

Toda criatura tiene su rincón y su espacio, su discurso y su percepción. Por criatura se entiende ser, vida, relación. Toda muerte implica desvelamiento, mientras el frío enseña a las criaturas el valor del vacío. Brota la flor del almendro y enseguida se marchita en la helada. No termina de florecer y es como una imagen radical de la vida, de su destino en transmutación.

Brotando sin cualidad ninguna, sin emoción ni temperatura, perfectamente equilibrada, la criatura es fiel reflejo de su creación, de su creador y de cualquier par disuelto en la realidad de lo único. Por eso la criatura muere sin haber conocido la creación, viviendo aquello que sólo fue el sueño de su imaginación, la mente que apareció en el horizonte de su pensamiento, viviendo, fuera de sí misma, la realidad del otro, ajena, loca y sin sentido.

Fuera del clima y del espacio, la criatura siente la dentellada del frío, de la oquedad exterior, y segrega una llamarada de visión y deseo en el atanor donde se consume. La visión del creador en su creación consume las formas que tratan de expresar la realidad en la realidad, como especiales criaturas de carne imaginal, de sólida apariencia sensible y misericordiosa.

Criatura especial la humana que recibe y transmite los flujos de su creación a través de todos los rincones del cosmos, que es capaz de reflejar lo alto y lo mediano, lo grueso y lo sutil, lo tangible y lo imaginario, lo real y lo virtual, lo único y lo múltiple, de sondear el abismo de la existencia y aniquilarse en su llamarada.

Criatura dotada de una razón que tiene que usar y al mismo tiempo romper, si quiere alcanzar una comprensión adecuada de sí misma, de su naturaleza múltiple y mestiza, hecha de muchas cosas, de todas las cosas, como palabra construida sobre una quimera imposible, sobre la creación de los mundos y sobre su recuerdo.

Toda criatura alberga una tristeza, un vacío, la conciencia de su finitud, de su contingencia. Cuando la criatura asume su condición interior y su precariedad se dignifica, se libera, se lanza a la existencia sin miedo, con amor. Aunque puede cantar de esa nostalgia y sacar de su sentir una poesía, su silencio es siempre más profundo, y su vacío es así más verdadero.

Vuelve su mirada hacia el infinito buscando aquello que le falta, eso otro que no existe en parte ninguna, hasta que muere a la ficción, hasta que se rompen las alambradas imaginarias entre esa conciencia de sí y ese otro mundo que se creían y se vivían separados por la creación.

Y de esa unión le surge a la criatura la plenitud del gozo y la alabanza, el aliento vívido y húmedo de su crecimiento, de su peregrinar cósmico, de su decreto genuino.

Y, si realmente has perdido la batalla, si has dejado atrás tu pretensión de existencia ¿Qué sentido puede tener tu queja? No dejaste atrás, en cambio, tus latencias, los rasgos de tu escritura ni las inflexiones de tu voz ni el ritmo de tu respiración…, por eso no te extrañe que tus palabras sean reconocidas como aquellas de antaño, ni que los grafismos expresen un desamparo semejante o una verdadera alegría.

¿Dónde están ahora la identidad de nuestras almas, nuestra memoria y nuestras certezas?

Existes, sí, es cierto, pero no como crees existir, porque no te conoces, porque has perdido demasiado tiempo creyendo ser la idea que tienes de ti mismo. Mira dentro ¿Qué hay en tu memoria? Memoria de lo que no eres, de sucesos e imágenes que han buscado infructuosamente una vida, una continuidad, y ¿Quién recuerda? Y qué recuerda sino imágenes e instantes de una historia rota, los fragmentos de una imposible biografía…, trazos de una identidad flotando en un tiempo idéntico y continuo que no te sugieren ni tan siquiera los contornos de unan palabra completa o de un silencio reparador. Y así por fin lograste escribir un poema dentro del poema:

Reúno los restos del naufragio
en el corazón
y allí siguen inertes
esperando volver al alba de su puerto primero.
Regreso a mi interior con unos textos rotos
deshechos entre unas palabras

que muestran el poema:
veladura inconsútil y traslúcida.
Versos que quieren ver palabras
en orden de lectura
devolver y recrear sentido,
agua que nace del corazón
y al corazón regresa.
 

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