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Más allá de la tradición monoteísta

No podemos limitar el fenómeno universal de la profecía a una tradición determinada, y menos a eso que los antropólogos e historiadores de la religión han clasificado como tradición monoteísta.

25/11/2010 - Autor: Seyyed az-Zahirí - Fuente: Webislam
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Abraham no fue judío ni cristiano. Imagen: miniatura otomana
Abraham no fue judío ni cristiano. Imagen: miniatura otomana

El Islâm no es únicamente la religión histórica que enseñó el Profeta Muhámmad —que la paz de Al-lâh sea con él, y Su salat— a los árabes en el siglo séptimo después de Cristo, sino que es nombrado por el Qur’án como el Dîn (juicio, camino) primigenio del hombre, como la tradición universal del ser humano tal y como ha sido enseñada por múltiples profetas desde el principio de los tiempos. Esto es evidente en el Generoso Qur’án, en el que se habla de “musulmanes” en un tiempo anterior a la venida de Muhámmad, paz y salat. Según el Libro de Al-lâh, hombres anteriores a Muhámmad se reconocieron como musulmanes:

• Noé: “Se me ha ordenado ser de los musulmanes” (Yunus, 72)
• Abraham e Ismael: “¡Oh, Señor! Haznos ser musulmanes ante ti” (al-Baqara, 132)
• Jacob: “Al-lâh ha elegido vuestro Dïn: no muráis sino siendo musulmanes” (al-Baqara, 132).
• Moisés: “¡Confiad en Él, si realmente sois musulmanes!” (Yunus, 84).
• Yusuf: “¡Haz que muera como musulmán y adhiéreme a los justos” (Yusuf, 101).
• Los hechiceros del Faraón, en su derrota ante Musa: “¡Señor, danos paciencia y haznos morir como musulmanes!” (al-‘Araf, 126).
• Los apóstoles de Jesús —los hawariyin— dijeron al Mesías, hijo de Maryam: “Nos hemos abierto hacia Al-lâh. ¡Sé testigo de que somos musulmanes!” (al-Miran, 52).
• El hombre justo dijo: “Cuida de mi descendencia. Hacia Ti me vuelvo y soy de los musulmanes” (al-Ahqaf, 15).
• Y la Reina de Saba: “Me rindo como musulmana junto a Suleyman ante Al-lâh, el Señor de los Mundos” (al-Naml, 44).

La mayoría de los ejemplos mencionados en el Qur’án pertenecen a la misma rama abrahámica, que era la conocida por los habitantes del Hiyaz, el lugar de la predicación de Muhámmad, que la paz y la salat de Al-lâh sean siempre con él, y con su descendencia. A partir de aquí es —hasta cierto punto— comprensible que se tienda a situar el Islâm en la tradición judeo-cristiana. Debemos renunciar, sin embargo, a la clasificación del Islâm como “una de las tres religiones monoteístas”, lo cual suena a eslogan publicitario, olvidando que la cifra de Mensajeros que ha recibido la humanidad es de 124.000, según un conocido hadîz, y que éstos pertenecen a las diferentes lenguas y pueblos que han poblado el mundo.

“¡Y cuantos profetas enviamos a los pueblos antiguos!” (Qur’án, Sujruf, 6)

"Y si tu Señor quisiera creerían todos los que están en la tierra. Acaso puedes tú obligar a los hombres a que sean creyentes? Ningún alma puede creer si no es con permiso de Al-lâh" (Corán, 10, 99,100)

Además, el Corán repite la idea según la cual a cada Comunidad le corresponde un Mensajero particular y cada una de ellas tiene el término decretado por Al-lâh:

"Cada comunidad tiene un mensajero. Y una vez que su mensajero les llega, se decide entre ellos con ecuanimidad y no son tratados injustamente" (Qurán 10,47).

"Hemos enviado un mensajero a cada comunidad: ‘¡Adorad a Al-lâh y apartaos de los Taghut!’" (Qurán 16,36)

Siendo para el musulmán una obligación el aceptar “todas las revelaciones anteriores”, tal y como Al-lâh mismo nos ha dicho a través del Qur’án, sin que nadie haya podido borrar esta Palabra luminosa.

Esto implica que el Islâm no sólo no es contrario a la diversidad de tradiciones, sino que reconoce en ellas un origen y una esencia comunes, que no hace distinción entre unos y otros, pues no existe una gradación en la existencia, sino pura implicación, interactuación y mutua dependencia de todos los elementos de la Creación que nos aparecen como separados en un origen Absoluto, donde las diferencias que a nosotros nos parecen esenciales se disipan en humo, dejándonos tan solo con “el viento que viene del desierto”, la pura Presencia de Al-lâh como centro irradiante. Siendo así, es normal que encontremos a muchos musulmanes que aceptan sin dificultad a grandes maestros de la humanidad —Lao Tsé, Buda, Empédocles, Zoroastro, etc.— como íntimos de Al-lâh, e incluso como profetas, y que no se cierran en la temática árabe o semita sino que mantienen una apertura de miras hacia todas vías de acercamiento a lo Absoluto.

Al-lâh ha sido siempre Uno desde el principio de los tiempos y ha enviado mensajeros a todos los pueblos de la tierra, en todos los idiomas. Todos los profetas de todos los pueblos deben ser reconocidos por el musulmán como iguales ante Al-lâh, pues Él nos ha ordenado:

“Decid: ‘Creemos en Al-lâh y en lo que ha hecho descender sobre nosotros y en lo que descendió sobre Ibrahim, Ismail, Isaac, Jacob y sus descendientes, y los que fue entregado a Musa y a Îsa, y en lo que fue entregado a todos los demás profetas por su Sustentador: No hacemos distinción entre los profetas’.” (sura al-Baqara, 136).

En los países musulmanes se pueden encontrar sinagogas, iglesias, templos budistas, hindúes o zoroastrianos. Esta realidad contrasta con la imagen que se divulga en occidente del musulmán como fanático e intolerante, pero concuerda con los datos que poseemos de la historia, incluso con aquellos que nos transmiten los orientalistas. Es sabido que los primeros tratados de “religiones comparadas” fueron escritos por intelectuales musulmanes hace ya más de mil años, mucho antes de que los ilustrados se interesasen por las “culturas primitivas”. También sabemos de los contactos e intercambios entre musulmanes y miembros de otras tradiciones ya en los primeros tiempos del Islâm. Intercambios de ideas y experiencias realizados de igual a igual y no desde una supuesta superioridad racial o intelectual como portadores de la única verdad.

Las relaciones interconfesionales expresan una realidad cambiante, que no puede reducirse a una explicación única. Los judíos gozaron de una situación inmejorable en al-Andalus durante mucho tiempo, pero se vieron vejados y obligados a llevar un distintivo bajo los almohades. Unos y otros se declaraban musulmanes y sin embargo mostraron actitudes contrapuestas. No existen religiones excluyentes en su esencia sino en el momento en que los hombres utilizan la religión como símbolo de identidad político. Allí donde existe un estado que utiliza la religión como coartada, se le hace necesario que la mayoría de sus habitantes profesen el mismo credo, conduciendo inevitablemente a la persecución de las minorías. Ninguna religión, ninguna ideología, es libre de ser utilizada. Mucho se habla del pacifismo de los budistas, pero en más de un momento e han convertido en estado, armando ejércitos contra sus oponentes, persiguiendo a las minorías en nombre del budismo...

La actitud de superioridad y de rechazo que algunos adoptan tan solo consigue mostrar nuestras carencias. Recientemente leíamos un artículo que aquellos que no abrazasen formalmente el islâm estaban destinados al fuego, condenando así a taoístas, etc. Tal pretensión, además de ir claramente en contra del Qur’án y de la Sunna, es sintomática de una enfermedad de difícil catalogación. Resulta realmente extraño, y debemos hallar una explicación de este rechazo del otro al miedo a perder el sentido de los signos de identidad que nos hemos construido. 

Desde el momento en que sabemos que el fenómeno de la revelación es algo universal, que se manifiesta en cada lengua, en cada corazón, en cada hombre, afirmamos que no existe una revelación judía, ni musulmana, ni cristiana. Todas las revelaciones provienen de la Fuente Única de la existencia, y no pueden ser nombradas por el nombre de un pueblo, de un hombre o de una raza. Cuando decimos que el Qur’án es una “revelación árabe” estamos siendo incorrectos, deberíamos decir “en árabe”, que es un idioma, jamás un pueblo o una raza. No se puede decir “revelación judía” del mismo modo que no se puede decir “revelación española”, aunque dado que se suele llamar español a una lengua, la confusión es menor en este caso.

En ningún caso puede considerarse como parte de una “revelación judía” a la recibida por Ibrahim, pues él no era judío. En el Génesis, 11;31, se lee:

“Y tomó Thare a Abraham su hijo, y a Lot hijo de Harán, hijo de su hijo, y a Sara, su nuera, mujer de Abraham su hijo, y salió con ellos de Ur de los Caldeos, para ir a la tierra de Canaán: y vinieron hasta Harán, y asentaron allí.”

Ur de Caldea está en Mesopotamia. Ibrahim no era judío, sino más bien caldeo. El propio nombre “judío” se refiere a los descendientes de Judá, bisnieto de Ibrahim. ¿Cómo puede ser Ibrahim un miembro “de la tribu de Judá” si esa tribu aún no existía como tal? Es como decir que Ibn Hazm es español por el hecho de haber nacido en la al-Andalus del siglo X, que Schopenhauer es polaco o que Heráclito de Éfeso es turco: un sin sentido histórico. En todo caso Ibrahim es un antepasado remoto de los koreishitas —la tribu de la cual procedía Muhámmad— y de los judíos, por línea directa a través de Isaac e Ismael. Pero, entonces, con mayor motivo que se dice que Ibrahim era judío se puede decir que era árabe, pues árabes sí existían en los tiempos en que recibió la revelación.

Muhámmad —paz y bendiciones— descendió de lsmael a través de su segundo hijo Ceder, lo cual es reconocido por varias instituciones cristianas, que han aplicado sin prejuicios el método científico a la investigación bíblica. El Diccionario Davis de la Biblia, de 1980, editado bajo los auspicios del Consejo de Educación Cristiana de la Iglesia Presbiteriana de EE.UU., escribe en el articulo sobre Ceder: “...Una tribu descendiente de lsmael (Génesis 25:13)... La gente de Cedar eran los Cedrai de Plinio, y de su tribu vino más adelante Muhámmad”.

La Enciclopedia Bíblica Internacional cita lo siguiente de A.S. Fufton: “...De las tribus ismaelitas, Cedar debe haber sido una de las más importantes, y por ello en tiempos posteriores el nombre se terminó aplicando a todas las tribus salvajes del desierto.” Asimismo, el Diccionario Smith de la Biblia no se queda corto y contiene lo siguiente: Ceder (negro). Segundo hijo de lsmael (Génesis 25:13)... Así pues, varias instituciones cristianas han reconocido que Muhámmad desciende de Ibrahim, y que el nombre Koreish viene de Cedar. Ibrahim fundó en Meka la casa de adoración. En Génesis 14;13 se lo califica como “hebreo”, siendo ésta una palabra de dudosa etimología. No hay que pensar en el significado que dicho término ha adquirido en tiempos posteriores, sino en su significado en el momento de la composición del Génesis. Hay quien dice que su significado es “originario del otro lado del Eufrates”, aunque tradicionalmente se lo asocia con Heber, bisnieto de Sem (Génesis XI).

No existe una “revelación abrahámica” separada de una revelación musulmana, porque Ibrahim era musulmán, tal y como el Qur’án nos dice, en la Surah 3-67: 

“Ibrahim no fue ni judío ni cristiano, sino que se apartó de todo los falso, sometiéndose a Al-lâh, pues no estuvo entre los asociadores.”

Ibrahim no era un judío, sino un hombre sometido a la Realidad, de eso no tenemos duda alguna, y no puede ser segregado sin violencia en una supuesta revelación judía creada a posteriori y puesta aparte de una revelación musulmana o cristiana por categorías históricas o culturales de veracidad más que dudosa, creadas por el hombre para satisfacer un anhelo de clasificación o de dominio.

Tampoco el profeta Musa es judío, hablando con propiedad. En Éxodo 6:16-20 se lee:

“Y estos son los nombres de los hijos de Leví por sus lineajes: Gerson, y Coath, y Merar... Y los hijos de Coath: Amram... Y Amram tomó por mujer a Jochebed su tía, la cual le parió a Aaron y a Moisés.”

Si los judíos son los hijos de Judá, Musa es del linaje de Leví. La diferencia puede parecer insustancial, una cuestión de nombres, pero no es así. De hecho Musa es musulmán, como todos los profetas, desde Adám a Zoroastro. La palabra árabe “Islâm” no designa tan sólo la religión histórica formada a partir de la revelación del Qur’án, sino la actitud de sumisión y abandono al Creador de los mundos. La palabra Islâm viene de Istislâm, que significa rendición. La expresión “someterse a Al-lâh” significa abandonar todo egocentrismo y entregarse a aquello anterior a nosotros que nos ha hecho existir. No existe recepción de la Palabra profética sin esa entrega absoluta, sin Islâm. La palabra Islâm pertenece a la propia revelación, es pronunciada por Al-lâh como parte del Mensaje: “ínna d-dîna ‘inda l-lahî l-Islâm” (Surah Ali ‘imrân, 19), que podemos traducir: “He dispuesto que el autosometimiento a Mí sea vuestra senda”. La palabra Judaísmo, por el contrario, no pertenece a la Torah. Ningún profeta israelita, que nosotros sepamos, mencionó la palabra Judaísmo. Ésta es un modo de apropiación por parte de un pueblo determinado de una revelación que permanece abierta al corazón del hombre sometido.

Muhámmad, que la paz de Al-lâh sea sobre él, y Su salat, no se presentó diciendo que él era el portador de la única religión verdadera, excluyendo a todas las demás, sino como un Mensajero más entre los muchos enviados por Al-lâh a la humanidad. La universalidad del fenómeno profético es central a la concepción de la historia de la humanidad tal y como se desprende del texto qur’ánico. Los musulmanes sabemos que “todos los pueblos han tenido sus profetas” y no podemos limitar el fenómeno universal de la profecía a una tradición determinada, y menos a eso que los antropólogos e historiadores de la religión han clasificado como “tradición monoteísta”.

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