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El amante despierto V

¿Era tuya, entonces, aquella conciencia, o era, más bien, una conciencia secuestrada, velada por aquellas imágenes y recuerdos que te impedían la trascendencia?

19/11/2010 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Los paisajes no nos pertenecían, que eran sólo fragmentos de nuestra memoria... (Foto: Hashim Cabrera)
Los paisajes no nos pertenecían, que eran sólo fragmentos de nuestra memoria... (Foto: Hashim Cabrera)

Por fin te has dado cuenta que regresamos al origen, a la fuente de nuestra vida, al manantial de nuestra conciencia, y ese regreso te yergue desde lo horizontal hacia esa vertical infinita que une el cielo con la tierra, el cuerpo con el alma, la materia con ese espíritu del que nada puedes decir…

En medio de la restricción, tu casa segrega un gemido de cansancio, existencia y respiración, la luz se ha oscurecido y la realidad te habla entonces, en ese intervalo que distrae sus sonidos, en ese lenguaje que resuena como un grito huero, sin aparente significado.

Atiendes ahora, por fin, a aquel grito, preguntándote qué quiere decir tu hijo, ahora que el agua abre un espacio y un tiempo placenteros y necesitas tocar de nuevo el mundo, la solidez de algún momento, sentir la permanencia…

¿Ya te has olvidado? ¿No cesaste durante muchos años de buscarte a ti mismo sin encontrar nada más que fango? No quisiste entonces tirar la toalla y ahora ya no puedes hacerlo, y no porque te sientas encadenado a tu pensamiento sino porque los sonidos se sobreponen y solapan entre sí de la misma manera que tus células, porque las imágenes que ahora te asaltan son creadas constantemente igual que estas palabras que hieren tus oídos y los colores que conforman tus ojos. No sabes de dónde surgen ni lo sabías entonces, pero ahora sí sabes que la realidad te está dando la vida y la muerte, librándote de cualquier dualidad.

En el tiempo de tu meditación, las figuras de la memoria desfilaban mendigando un rincón en la conciencia ¿Era tuya, entonces, aquella conciencia, o era, más bien, una conciencia secuestrada, velada por aquellas imágenes y recuerdos que te impedían la trascendencia? ¿No era, quizás, un miedo aterrador al vacío lo que te hacía aferrarte a su velada inexistencia, a su aparente irrealidad?

(Crear un espacio inclusivo y radiante, carente de toda interpretación se hace posible cuando no interponemos nuestras representaciones, cuando las imágenes surgen del vacío, de la renuncia a nuestra pretensión de existencia)

Mira: la tortuga no tiene prisa, anda despacio disfrutando del sol, encima de las guirnaldas se desplaza… pero tú transitas los mismos paisajes, los mismos caminos, aunque tú ya no seas el mismo, aunque ya ni tan siquiera seas, aunque ahora sean otros ojos los que miran y sea otro corazón el que suspira desolado. Ya no te queda nadie, ya nada te responde y te preguntas si tal vez ha terminado tu viaje, pero ¿Adónde has llegado?

Llegaste hasta el mundo y te sentiste desencantado, viste la nada entre los seres y no hallaste en ellos nada que te perteneciera. Se rompió el hechizo del yo y volviste, una vez más, a tu poema:

Te conocí cuando regresaba del desierto
tú vivías en el delta
en las tierras anegadas de agua
en medio del arrozal inmenso y verde
Nos encontramos junto a la orilla del océano
las olas fueron nuestros testigos
y el cielo de poniente nos acercó.
Tú eras entonces un arcano
unos ojos dulces y misteriosos
un enigma que quería salir a la luz
y yo era tan sólo un desconocido
un regresado
una criatura en trance de desaparición.

¿Cómo podías saber entonces que las palabras servían a tu razón, a tu sentir? ¿Cómo podías estar seguro de que no te llevaban a una tierra de muerte y confusión?

Te dabas cuenta de que aprendías y avanzabas, sobre todo cuando eras capaz de contemplar tus errores sin aquellos velos emocionales que tanto te habían hecho sufrir. También cuando te libraste de las doctrinas, de los otros velos, de la costumbre, de los hábitos del mirar y del ver… Avanzabas misteriosamente a la vez que presentías a lo lejos la presencia divina, al tiempo que desaparecías, hasta que no quedó nada de ti…

Mientras tanto, yo te esperaba y me desesperaba, ansiaba y sufría, sentía miedo y huía, extraviándome una y otra vez, regresando sin cesar a tu lado.

Y así, poco a poco, se fue secando el manantial de las palabras mientras nuestras almas se vaciaban de pensamientos, hasta que al fin quedaron yertas las manos del poeta… Porque tú eras un poeta, un prisionero de la palabra, un ser humano condenado al lenguaje y a la conciencia. Sabías, porque lo habías vivido, que los paisajes no nos pertenecían, que eran sólo fragmentos de nuestra memoria, rincones de nuestro pensamiento, palabras inscritas en nuestra visión y también sabías que aquella visión no era nuestra, que era sólo un recuerdo.

Fue entonces cuando brotó dentro de tí un apego intenso a aquella tierra que sentiste tuya, a sus olores húmedos y oscuros que tantas veces colmaron tus anhelos… conciencia fugaz fue tu visión y efímera tu vida…, si, sentiste con toda claridad el apego a aquella tierra que soportó tus ojos, que sostuvo tu alma tantos años, a las estaciones que quedaron atrás casi sin darte cuenta, y el mundo exhaló entonces su incomprensión, su más cruda palabra.

Te preguntabas cómo podrías hablar o escribir, o trazar, en medio de aquel mar de vacío que no te ofrecía ningún descanso, ningún asidero. Cómo callar siendo testigo del desastre insuperable de tu ignorancia… Cómo danzar al ritmo de lo único… en medio de aquel viejo mar de imágenes biográficas que ahora era surcado por sonidos y señales que te obligaban a abrir los ojos, a dormir y despertar al recuerdo sin poder aferrarte a nada.

Ya no podías descansar en las huellas y, sin embargo, seguías aún empeñado en descifrar un último secreto, fingiendo ser un ignorante de las formas que tejen el mundo porque, aunque no querías reconocerlo, aún lo sentías como tuyo. Tú y el mundo, cuando sólo era el mundo, cuando aún no te habías entregado a la realidad…

La fiebre fue la excusa perfecta para apuntalar la ficción de aquel yo agonístico que se sentía morir y no quería, cuando la realidad era y es el puro sentir que no conoce sujeto ni movimiento alguno. Y volviste de nuevo a tus andadas y escribiste los poemas del frío:

Vacíos todos los rincones
a mi memoria sólo le queda
el sentimiento de lo sagrado
vigas y techumbres caídas
puertas y ventanas abiertas
de unas almas deshabitadas.

El frío de la noche larga
da oscuras dentelladas
y oscuras ramas de amanecer
dibujan contra la luz el sueño,
signos que a nadie pertenecen,
señales sin aparente dueño
hilvanadas en una señal de hielo
que me nutre y atrae.

En una noche fría
transida de ruidos exteriores
y señales zigzagueantes.
con la sola misericordia del Recuerdo.

Noche más larga que ninguna
más despojada y huera,
ramas nerviosas contra la negrura
hojas contra el fulgor que brota
de la oquedad interior.

Allí donde se esbozan formas inacabadas
mil deseos inconclusos
ojos que ansiarán cruzarse
en las otras miradas
buscando ese mundo perdido y paralelo
de paisajes constantes

El frío de esta noche tan larga
a nadie acuna
ninguna semilla guarda
no es la gruta húmeda del deseo
ni la memoria que se nos abre al alba

Es un signo, tal vez, de otros espacios
de esa verdad que late con insistencia
y brota sin remedio en el frío.

La helada ha destrozado
la ternura de los almendros
y sus flores han muerto
entre locura y sinsentido
trazando gestos horizontales
ruidos y fricción.

La helada no perdona ninguna ternura
no permite promesas
nada brota, sólo el horizonte
gélido y blanco del invierno
que atraviesa mis estaciones
 

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