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El amante despierto IV

Ya el pájaro no encuentra rama donde posarse ni aguadero…

12/11/2010 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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¿Qué te importa ya que el día sea gris si la luz que disfrutas ya no es la del sol sino Aquella que ilumina a los astros? (Foto: Hashim Cabrera).
¿Qué te importa ya que el día sea gris si la luz que disfrutas ya no es la del sol sino Aquella que ilumina a los astros? (Foto: Hashim Cabrera).

Transformar la palabra en luz te es fácil ahora pues la luz está por todos lados, libre, como una metáfora abierta y develada para siempre, como el sueño de los poetas y alumbrados, como el discurso de las antiguas profecías que sólo hay que oír con el oído del corazón, con la mayor delicadeza, porque es la materia más frágil de tu imaginación.

¿Qué te importa entonces que tu mundo, aquel mundo pleno de belleza, se halle hoy perdido en medio de una creación inabarcable? Lo único que puedes sentir es una llamarada, la gracia de los antiguos iluminados, los rasgos primarios de sus pensamientos, y aún te parece poco. No seas ingrato ¿Qué te importa ya que el día sea gris si la luz que disfrutas ya no es la del sol sino Aquella que ilumina a los astros? La paz sea con esos alumbrados y contigo, con quienes albergamos la inconsciencia al tiempo que ansiamos la realidad, con quienes olvidamos nuestro recuerdo creyendo ser conscientes mientras aún andamos entretenidos con las imágenes.

Ya no hay un yo que te pregunte. Así tus ojos se conforman en paz y las irrealidades desaparecen en un abierto deseo, en una vuelta al sonido puro, al color primordial. Ves cómo sonidos y colores componen Su atavío, una creación que ahora se te manifiesta a través de una grieta entre los mundos —humana vestidura es el olvido— y en la expresión y en el vacío de todo objeto, de su significado particular. Palabras son, sin embargo, las que articulan la creación humana, las que tejen el viaje apasionado de la vida interior, las que claman insatisfechas por una migaja de silencio.

“Y rotundas son las palabras, cualquiera de ellas...”

Y dijiste de ellas que “…nos proveen de soluciones como si fueran las alhajas de una diosa del conocimiento, que comportan sumisión a sus procedimientos fabricados, que producen sufrimientos sin cuento…”, pero ¿Qué sería de tu escritura sin la ayuda de esa metáfora cuyas alas inspiran a los seres humanos?
“… la color de la tierra no es la misma” Es verdad, pero aquellos árboles que no fueron sembrados nos respondieron, sin pedir nada a cambio, a todas esas necesidades que teníamos: “…en agonía callada con su poeta.”

Tiempo irreal que nos exigía atención a sus signos, que no era sino metáfora que nos redimía de muchas oscuridades e ingratitudes, pero fue también un tiempo que nos enseñó a ambos que “cuando las luces son plurales y dispersas nada sugieren pues nadie hay que pueda contemplarlas, que surgen como la vida, en medio de la herrumbre, que baten la luz y surcan el aire como huellas de una conocida y al mismo tiempo misteriosa presencia….”

Y nos evitaron en más de una ocasión el roce con la materia vil. Y que huyeron al fin hacia ninguna parte, que fueron después taladas, quemadas, muertas, olvidadas, pero que, al volver hoy la vista atrás, de nuevo se nos muestran engalanadas…

“…no hay poeta sin árbol entre los humanos
ni poesía que no soporte muerte alguna.”

El bosque, mientas tanto, continúa replegándose hacia las montañas. Pero desde aquel crudo desamparo ya nada nos detuvo y regresamos, callados, al rincón donde ahora nos encontramos… Ya no encuentras la metáfora entre los árboles caídos, no te es posible hallarla allí donde se deshacen las visiones ante tus ojos atónitos…

“Ya el pájaro no encuentra rama donde posarse ni aguadero…”

Aquí donde se estremecen los sentimientos, donde no pasa nada, espacios sin color, luces sin brillo, silencios que se alzan entre las ondas de nuestra compañía, entre las tapias de la táriqa, en esos senderos donde nuestras almas andan y el desamor divide con su implacable espada, aquí mismo, en una contemplación sin objeto, aquí mismo renace tu conciencia perdida.

“…sólo, en el inmenso espacio donde se cruzan las estaciones y los días.”

Aquí mismo, donde se acalla el grito, donde mueren los deseos como carbones entre las ascuas, una voz desoída muchas veces apaga nuestra sed, el ansia de la madre, el grito del amor, de la llamada, el cansancio de cualquier peregrino.

Para calmar el ansia del buscador y procurarle su sosiego es necesario regalarle palabras verdaderas, que broten del instante, entre las cenizas ciertas de su memoria, en el mismo lugar donde se alza la forma de su recuerdo… La sabiduría te alcanza cuando te das cuenta de tu finitud, de que el mundo no es sino constante desaparición de la existencia en la existencia misma. Y si, además, tienes la buena fortuna de que te aniquile la verdad, entonces nada habrás de temer, ninguna pérdida, ninguna tristeza.

¿Dónde se albergarán entonces nuestros miedos, cuando, cara a cara con lo otro, nos demos cuenta al fin de la ficción: que el otro, o lo otro, no es sino lo uno. ¿A quién llorar o reír, si no hay nada sino lo uno y único? ¿Quién se sentirá entonces triste y Quién le hablará a quién?

¿Dónde estarás tú entonces, en qué paisaje, en qué tiempo vivirás, en qué conciencia te mirarás? ¿A quién pedirás perdón y a quién te volverás al saber con certeza que nunca has sido?

Supiste entonces que tu existencia estaba ligada a la mía, que un vínculo misterioso nos unía: ¡Illa Allah, Illa Allah!, más allá del poema, más allá de la nada.

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