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Una reflexión crítica sobre la política y la cuestión de la justicia

La actividad política de hoy día no convence ni estimula a crear ciudadanos pensantes, justos, recíprocos, deliberantes y autocríticos

10/11/2010 - Autor: Nicolás Chadud - Fuente: Webislam
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La decadencia política.
La decadencia política

Por primera vez en la historia, más de 1.000 millones de personas se van a la cama con hambre cada noche”. Robert B. Zoellick. Presidente del Banco Mundial. (Diario El País, 19-9-10).

El presente escrito pretende reflexionar sobre la necesidad de pensar la política en términos de la obtención de satisfactorios niveles de justicia y bienestar social. Entendiendo que la política es una actividad colectiva que tiene la aspiración de generar ciertos resultados o efectos en una comunidad de ciudadanos.

La discusión se hace relevante en nuestros tiempos no tan sólo porque se encuentran disponibles datos actualizados e información medida de manera sistemática, que dan cuenta del hambre como efecto de las profundas desigualdades socioeconómicas al interior de los países y entre los estados que componen lo que se conoce como el sistema internacional o mundo globalizado, sino también porque desde principios de los noventa se ha venido instalando un “tipo de votante” que ya no obedece a los clásicos patrones ideológicos, propios de la Guerra Fría. Un supuesto votante más “autónomo e independiente” que más bien piensa en su bienestar personal. Lo que no tiene nada de extraño en una realidad económica y sociocultural de gran expansión y despliegue del individuo como referente y espacio subjetivo de realización.

El problema radica en que dicho elector en términos generales siente un divorcio entre el bienestar social y el personal, que no son necesariamente contradictorios. En definitiva no piensa posible que se pueda mejorar sus condiciones materiales de vida, mediante la política, sino más bien como resultado de “su esfuerzo personal” y del “consumo”, no asumido como instrumento, sino como un fin en si mismo. No cree en que “Otro Mundo sea Posible”, ni se lo imagina, puesto que carece de grandes expectativas e ilusiones.

Por tanto, se percibe a la política en la teoría y en la praxis bastante disminuida, “expropiada” o desdibujada como mecanismo e instancia para generar grandes cambios, reformas estructurales o políticas auténticamente revolucionarias, al menos en un sentido de lograr mayores niveles de inclusión e integración social. A lo sumo, en la democracia representativa, se pueden elegir “buenos tipos” o “buenas personas”, que nos podrían “echar una mano” para lograr ciertos fines personales o con el objetivo de gestionar más o menos eficientemente un modelo económico.

Sería muy largo y pretencioso hacer una genealogía que diera cuenta del cómo se ha ido configurando este tipo de ciudadano-votante, en las últimas décadas. Lo que sí nos atrevemos a sostener es que se trata del resultado de sociedades altamente complejas y estratificadas, en donde predomina un tipo de individualismo (atomizado) escasamente sociabilizado y sensibilizado en cuanto a pensar una sociedad y la realidad que lo rodea, en términos macros de justicia, solidaridad y bienestar social, que a ratos se homologa equivocadamente con la caridad. Por de pronto, se evidencia un predominio del conservadurismo político, no tan sólo en un plano institucional (formal), sino también en un plano subjetivo.

Lo anterior se explicita en que por lo general cada ciudadano realiza una evaluación de una determinada política (pública) en relación a cómo me va a afectar personalmente y no en términos del beneficio ciudadano o público de más largo aliento. O bien, que contemple la consideración de conceptos aplicables como el “desarrollo humano” y un “desarrollo sustentable”. Una explicación posible de por qué opera de éste modo es la prescindencia de un “velo de ignorancia” que nos permita revisar, pensar y analizar la vida en comunidad de una manera abstracta, en donde cada persona reflexione a cerca de cómo conseguir una convivencia armónica, justa y en libertad .

Para ello, se requiere que cada sujeto abandone (teóricamente) su condición actual; su clase social, que no sepa donde va a nacer, que no tenga conocimiento del nivel de estudios de sus padres o de su nivel intelectual, sus cualidades físicas, ni tampoco de las circunstancias que van a rodear su vida, en fin. Bajo esta propuesta teórica, por ejemplo, no tiene ningún sentido preliminar que un empresario argumente de que siempre es conveniente disminuir los impuestos para incentivar la actividad económica, que un trabajador se encuentre a favor de entregar más poder a los sindicatos o que los profesionales pretendan ser retribuidos también, según su aporte social(cualitativo) a la sociedad y no bajo criterios estrictamente economicistas, propios del mercado del trabajo, puesto que no se sabe qué lugar vamos a ocupar en la sociedad. El asunto decisivo es prescindir de nuestras coordenadas socioeconómicas y culturales , para construir una sociedad justa por medio de instituciones que contengan y neutralicen las diferencias propias de la “fortuna o el azar de la naturaleza”, como diría Rowls.

Por lo tanto, a lo menos es un incentivo para pensar agudamente sobre cómo promover una sociedad justa y en libertad, puesto que si no sé qué me deparará el destino en lo social, al menos no me gustaría que el lugar menos cómodo o confortable, sea “un infierno en vida”. O bien, que no haya diferencias tan radicales, como las realmente existentes, entre un lado y otro en la ciudad o entre las grandes urbes y las zonas rurales. Es decir, un cierto equilibrio democrático en lo político, pero también en lo social y en lo económico, en donde los individuos menos aventajados no sean condenados a la miseria y la exclusión de por vida, por no haber nacido o estudiado en un “lugar adecuado” o que predominen otros criterios para marginar y discriminar como el género o la etnia.

Del mismo modo, esta perspectiva podría ser aplicable a nivel interestatal, a propósito de que nos encontramos en una realidad de alta interdependencia, deslocalización y flujos migratorios . Los países no tendrían ni idea sobre qué nivel van a ocupar en el concierto internacional. Si serán una democracia clásica y representativa, una dictadura militar, un estado teocrático, una potencia nuclear, un estado fallido y fragmentado, un país sin recursos naturales, sin mar, con bastante pobreza o sin ésta, países con gran deuda externa, en guerra civil, embargados, si serán parte del centro, la periferia o países del tercer mundo, países desarrollados o emergentes, etcétera.

Si bien una teoría de dichas características puede ser perfectamente blanco de críticas , por su ingenuidad en cuanto a que no dimensiona la complejidad y heterogeneidad de intereses y de los sistemas de poderes a nivel local, regional y mundial, que harían muy difícil la tarea de conducir una sociedad por medio de un “arreglo institucional” hacia mayores niveles de desarrollo con justicia social y en libertad, basándose previamente en un “acuerdo original” (contractual). También podría ser cuestionada por su afán universalista y liberal de pretender que la sociedad toda, inclusive, “la humanidad”, se condujera por un mismo camino teleológico basado en una reflexión “aprehendida, imparcial, razonable, racional y justa”.

De todas formas, pareciera ser un pertinente ejercicio intelectual y vigente para pensar y evaluar la política en donde no predomine, como actualmente suele acontecer, una política cortoplacista, sin ideas consistentes, sin un proyecto estratégico, de escasa densidad, sin real oposición contra hegemónica, carente de utopías libertarias y de genuinos líderes políticos . Es decir, una política de faramalla, sustentada en una espectacularización persistente que se agota en lo cotidiano, en conseguir los objetivos de un mercadeo político que no aspira a satisfacer con derechos, sino a contentar, por medio de imágenes bien logradas, de cuñas, “una pura fiesta” mediática.

Se trata de una política que no convence, que no estimula a crear ciudadanos pensantes, justos, recíprocos, deliberantes y autocríticos, sino personas que se conforman con usar una marca, un peinado, una “maldita moda”, un modelo de auto, tal vez complacidos de ocupar un puestito en el engranaje burocrático o financiero contemporáneo. No es una sociedad sin valores como se dice, sino con valores puramente mercantilistas, neoliberales, desprovista de contenido justiciero, de propuestas cívicas colegiadas, al menos inspiradas en la igualdad, fraternidad y justicia social. Se trata de ciudadanos “embobados” (con ayuda de los “medios de incomunicación”.) por un sistema que ya no necesita hacerlos desaparecer como hicieron ciertos regímenes políticos de antaño, sino “integrarlos” como chusma al mercado, clasificándolos oportunamente como C3, C4, D.

Entonces, es desafío de las nuevas generaciones de jóvenes políticos, utopistas, intelectuales, politólogos y críticos de su mundo, dar cuenta de los diversos, renovados y sofisticados mecanismos de colonización, segregación y exclusión, para así hacer evidente la necesidad de repensar y reformular la sociedad realmente existente. Es nuestro deber situarnos en la política, para reencantar y seducir a las grandes mayorías, de tal forma de construir un “Mundo, mundializado de justicia, diversidad y fraternidad”. Eso sí, aprendiendo de las lecciones históricas y neutralizando cualquier intento de instaurar un nuevo régimen de verdad.

Nicolás Chadud es politólogo e investigador
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