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La querida

Las lecturas fundamentalistas de las religiones impiden el encuentro y la búsqueda de principios éticos comunes

09/11/2010 - Autor: Octavio Salazar - Fuente: www.diariocordoba.com
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(Foto: cadenaser.com).
(Foto: cadenaser.com).

La reciente visita del Papa ha vuelto a demostrarnos que el español es un Estado aconfesional "con querida". Como bien explicó Juan José Tamayo hace unos días en la presentación de la Fundación Paradigma Córdoba, los poderes públicos españoles siguen manteniendo unas relaciones privilegiadas con la Iglesia Católica, la cual es tratada, como buena querida, mucho mejor que la "legítima". Y no solo por toda una serie de beneficios que rompen flagrantemente con el principio de igualdad, sino también por un descarado apoyo institucional y por una excesiva presencia en el espacio público, alentada por unos representantes que deberían mantenerse al margen de las religiones.

Ante la cada vez mayor diversidad religiosa de nuestra sociedad debería resultar obvio que, desde el punto de vista jurídico-constitucional, el modelo que mejor puede garantizar la paz social es el Estado laico. Es decir, el modelo que propugna una estricta separación entre el César y los dioses, al tiempo que es escrupulosamente respetuoso con la libertad de conciencia, la igualdad y el pluralismo. Sin ese espacio laico es imposible avanzar en el objetivo del diálogo intercultural y en las respuestas a los retos que plantea el reconocimiento de las diferencias. Sin embargo, dos obstáculos siguen impidiendo hoy que el "paradigma Córdoba" sea algo más que una brillante idea.

Por una parte, las lecturas fundamentalistas de las religiones impiden el encuentro y la búsqueda de principios éticos comunes. La absolutización de las tradiciones, las identidades reactivas y la confusión entre lo público y lo privado que se proponen desde posiciones terriblemente dogmáticas son el prinicipal freno para el logro de uns pacífica convivencia de los diferentes. Y cuando hablo de fundamentalimos no me refiero solo a los que Occidente está convirtiendo en chivo expiatorio --léase por ejemplo el Islam--, sino a todas las posiciones reaccionarias que están afianzándose en otras muchas religiones. En este sentido, basta con recordar las posiciones de la jerarquía católica española frente a las conquistas sociales del gobierno socialistas o, en general, la actitud de una Iglesia que insiste en que fuera de sus principios morales solo cabe el infierno del relativismo.

Por otra parte, no podemos olvidar la complicidad de nuestros representantes con una confesionalidad que parece otorgarles beneficios electorales. Nunca he entendido, por ejemplo, que mujeres progresistas y feministas alienten una estructura basada en la autoridad del varón. Algo que frecuencia seguimos viendo en nuestras ciudades, en las que es fotografiar a alcaldesas colgándole medallas a Cristos o a "Reinas de las Peñas" haciendo genuflexiones ante los obispos. Como bien ha escrito el jurista italiano Zagrebelsky, la Iglesia Católica se resiste a dejar de ser la potestas indirecta de otro tiempo y, para ello, continúa seduciendo e incluso, cuando es necesario, amonestando a los líderes políticos.

Lo lamentable es que estos sigan dejándose querer y continúen siendo tan cobardes antes lo que deberían ser exigencias ineludibles de una democracia. Algo que el gobierno socialista ha vuelto a demostrarnos al condenar al cajón del olvido la tan necesaria reforma de la ley orgánica de libertad religiosa. Una reforma que debería haber subrayado las garantías de la libertad de conciencia y que debería haber puesto las bases para hacer definitivamente la transición desde el Estado confesional al laico.

Viendo las imágenes del Papa en Santiago y en Barcelona, y confirmando que su liderazgo está a mitad de camino entre el poder espiritual, el terrenal y la seducción mediática de una estrella de rock, he sentido más que nunca la necesidad de que las iglesias, en cuanto clubes privados que son, se financien solo y exclusivamente por sus socios. Y que el Estado asuma de una vez por todas una posición neutral con respecto a las creencias de la ciudadanía. Un reto que siguen eludiendo muchos de nuestrs polítics a ls que parece seguir entusiasmando llevar un báculo en la procesión.

Octavio salazar es profesor de Derecho Constitucional de la UCO
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