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Elegía por un pueblo noble que antaño conoció la alegría

Siento pena del mundo, del ser humano, de la memoria y de la cultura…

04/11/2010 - Autor: Hashim Cabrera - Fuente: Webislam
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Siento pena del mundo, del ser humano, de la memoria y de la cultura…
Siento pena del mundo, del ser humano, de la memoria y de la cultura…

Yo no sé qué es lo que está ocurriendo en el mundo, qué hace que nuestras ideas se conmuevan tanto, que nuestro imaginario se tambalee de manera que nuestra memoria caiga hecha pedazos en una visión, como si fuese una máscara que nos muestra la mueca final de una impostura.

Siento pena del mundo, del ser humano, de la memoria y de la cultura…, de las criaturas que en este mundo más amo… porque entre rápidas lecturas electrónicas y esfuerzos visuales en la red, los rostros de la memoria me ofrecen una expresión vacía, contraria a lo que un día pensé que eran las cosas, los pueblos, las personas…

Contrariamente a lo que pudiera pensarse en una tierra tan ásperamente marcada por la islamofobia como lo es la nuestra, tan llena de episodios oscuros de limpiezas de sangre, la imagen que yo soñé de los árabes cuando aún era un niño, tejía mis mejores ensoñaciones, llenas de cultura, de ciencia, de respeto y disfrute de la naturaleza, de los frutos de la imaginación y de la luz que acaba con la nostalgia…

Mi padre era un enamorado secreto del islam, bajo la excusa de la superioridad intelectual y científica de los árabes que un día vivieron en Al Ándalus. Su amor a la naturaleza y a la agricultura hacía que sus sueños se cruzaran con el alma coránica en los reflejos de las albercas, o en una mirada de soslayo al espejo, que le devolvía con claridad una fisonomía del desierto, unos ojos melancólicos y tristes llenos de sentimiento, una piel blanca oscurecida y cuarteada por el seco verano de Córdoba…

La paradoja de la genealogía andaluza se tornaba elocuente al relatar la exposición detallada del árbol castellano, cristiano-viejo, mientras los gestos y latidos se tornaban inevitablemente hacia el sur, hacia la luz caliente, hacia ese rincón del alma donde las plantas regalan sus perfumes…, hacia el agua y los manantiales sonrientes que alegran nuestros oidos y nuestros ojos…

Posiblemente aquella sensibilidad y aquella visión tan favorables a los árabes, a Al Ándalus, sin mencionar apenas el islam, fuera una puerta o ventana que abrió mi visión a aquello que, con el paso del tiempo, fue mi más feliz hallazgo.

Y, sin embargo, a medida que voy conociendo la realidad del islam y la situación de los árabes en el mundo contemporáneo, va abriéndose en mi interior una pena inmensa, una sensación de pérdida de algo realmente valioso. Porque aún siendo verdad que el islam no es la religión de los árabes, como aseguraron los orientalistas modernos, aunque el Corán, su gran milagro fuera revelado en esta lengua a un profeta árabe que la transformó y ennobleció mediante una transmisión fidedigna, también es cierto que los árabes fueron especialmente agraciados al ser los receptores del último mensaje divino. Incluso la historia nos muestra cómo su esplendor cultural coincide con esa privilegiada recepción del mensaje y con su progresiva islamización.

Pero ahora, en nuestro tiempo, la expresión de lo árabe chirria, duele, no resulta explicable más que como una decadencia debida al lujo y al exceso, a la facilidad repentina y sin una causa cultural ni espiritual sino más bien azarosa como el petróleo. No se comprende más que como inconsciencia o secreta ebriedad, como éxtasis del poder y de una ¿inmerecida? soberanía terrenal. Sólo Allah lo sabe.

¿Cómo han podido los árabes caer en una trampa tan grosera, haber asumido un papel tan servil en el peor sentido de la palabra? ¿Cómo han ofrecido al mundo, en una burda emulación de los cafres, la imagen del más puro terror e intransigencia? ¿Cómo han consentido en la destrucción del patrimonio profético en nombre de la lucha contra la idolatría? ¿Cómo caen en la celada de erigir el reloj más grande del mundo? ¿Qué grado de insensibilidad y de autoengaño es necesario para consolidar una visión del islam y de los musulmanes como la que ellos aportan hoy al panóptico global? ¿Dónde vive, entre los árabes de hoy, el legado profético?

Paralelamente a mi reconocimiento como musulmán, quizás por aquella filia de mi padre, siempre he sentido un gran aprecio y cariño hacia los pueblos árabes, hacia sus costumbres, hacia su profunda y cálida humanidad, y quizás de ese sentir surja hoy mi pena, mi desconcierto ante tanto despropósito…, porque más allá de toda mixtificación laten palabras verdaderas aún en medio de la batalla más feroz, tal vez por mi convicción en la capacidad del ser humano de recobrar la memoria, de regresar antes o después a su manantial. No sé, pero este hecho me muestra, una vez más, que la resolución de nuestras contradicciones no ha de venir de manos de la cultura, ni de la etnia, ni de la filosofía, ni de la doctrina religiosa, sino más bien de la experiencia espiritual, de una sinceridad tan radical que no deje ni un solo resquicio a la duda.

Quiera Dios que podamos seguir hablando de todo ello con libertad, y hablar con los árabes que sean capaces de ejercer una sana autocrítica y no ver en estas líneas un ataque irracional sino, más bien, una observación llena de buenos sentimientos y buenos deseos, una visión bastante desprejuiciada de alguien que no los necesita sino que los ama y los respeta como pueblo y como cultura. También en estas tierras occidentalizadas hemos sido y somos críticos con la sinrazón de los gobernantes, con la destrucción de la memoria cultural y espiritual, con los desmanes incesantes del dinero y el poder, y en eso, no son en absoluto originales. Masha Allah.


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