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Se acabó la multicultura

Cuatro mujeres nos cuentan cómo un inmigrante, para adaptarse a nuestro país, debe aceptar nuestra cultura democrática y también nuestros valores

25/10/2010 - Autor: Ángeles López - Fuente: La Razón
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Laure, Eugenia, Ling y Sara posan antes de la entrevista en el hotel ABBA de Madrid. (Foto: Jesús G. Feria).
Laure, Eugenia, Ling y Sara posan antes de la entrevista en el hotel ABBA de Madrid. (Foto: Jesús G. Feria).

Una rumana, una china, una peruana y una francesa musulmana –apóstata y feminista–... Ni es un chiste, ni un cóctel molotov, ni un coan zen con moraleja. Se trata de un encuentro en el centro de la capital. La canciller alemana Angela Merkel anunció esta semana que la «multiculturalidad» había fracasado, que la inmigración debía integrarse en los valores del país que le acoge. Ellas nos cuentan cómo lo han hecho.

Musulmana, emigrante, apóstata y feminista

«¿Reúno todo, verdad? –se ríe con naturalidad, la directora de la Unión de Mujeres Musulmanas y codirectora del Congreso Internacional de Feminismo Islámico que se celebra hasta hoy domingo–. De haber sido por los musulmanes que conocí durante diez años, en mi ejercicio de trabajadora social, jamás me hubiera convertido a la religión islámica». Se llama Laure, tiene 35 años, es hija de emigrantes, nacida en Francia y convertida a la fe del Corán hace 8 años por «convicción personal».

«Cuando la canciller Merkel asegura que la sociedad multicultural alemana ha muerto, refleja el pensamiento de la sociedad alemana desde hace décadas. Nunca ha sido integrador, el modelo alemán. En el fondo esconde una islamofobia latente que crece. Hasta cierto punto puedo ponerme en su piel, porque los propios musulmanes luchamos contra los radicalismos de nuestro credo –no en vano, estoy aprendiendo árabe clásico para que nadie me interprete los textos sagrados–».

Sabe que las reglas las marca la democracia: «Las religiones tienen el límite de los derechos fundamentales. Todos debemos hacer autocrítica. El Islam no es el único causante del mal, pero hay que luchar contra prácticas contrarias a la democracia y a los derechos humanos. Quizá no todo el mundo sepa que del 80% de los musulmanes de los 1.500 millones que somos, lo hacemos bajo sistemas democráticos y luchamos porque siga siendo así: vivir en democracia y luchar contra las prácticas tiranas. ¿Por qué asociar barbarismo a Islam y excluirlo de los derechos humanos y la igualdad de géneros? Yo soy musulmana y– aunque parezca un contrasentido– como consecuencia de ello soy feminista. Sé que es una idea extendida pero no pretendemos la conversión del resto. Simplemente existen, y no podemos negarlo, musulmanes radicales que no se integran, sino que ‘‘desintegran”: son problemáticos, incluso para nosotros y no respetan los países donde residen. Nosotros mismos, denunciamos esta situación. La fe islámica es otra cosa mucho más profunda».

Me habla de una Teología Islámica de la liberación de los grupos más progresistas, que intenta terminar «con el sistema impositivo de los más radicales, los más visibles, los que más titulares os dan a los medios. No sé cuál es la fórmula, pero se me ocurre que ocupar el mismo espacio territorial, participar activamente de la sociedad y remar a favor, respetándonos, sería la única vía. Luchar contra quienes no respeten las normas y muchas dosis de e-du-ca-ción para todos. Quizá sea la única vía. Lo del crisol de culturas español no es un eslogan. Desde que España es España, habéis sabido convivir con cualquier raza y credo».

China, atea y demócrata

¿Qué le va a hacer Ling Ni, si no viene del mediterráneo, aunque nuestro modo de vida le haya calado tan hondo? A sus 28 años, esta licenciada en Filología Hispánica –y trabajadora de Seprotec, en traducción jurídica-, atea por más datos, es una mujer oscilobatiente como ciertas ventanas: «Entiendo que odiéis a algunos de mis compatriotas porque no se mezclan, no se integran, no aprenden vuestro idioma y pasan por esta piel de toro, como un cristal, sin romperlo ni mancharlo... A veces, yo misma me enfado, pero hay que entender que sólo vienen aquí a mejorar sus condiciones de vida, trabajar mucho y a marcharse a su país. Son gentes, en su mayoría, muy pobres; quienes vienen no representan a la sociedad china. No se planean echar raíces, por lo que la integración les viene ancha... En un sentido, aunque no me gustan las palabras de Merkel puede tener razón: si yo vengo a España, no aprendo el idioma, no como chorizo y no me adapto a vuestras costumbres, ¡no tengo cabida aquí! Por eso existe la definición de país: si no, hablaríamos de un mundo sin fronteras, y eso es una utopía inviable». No obstante, con su risa labrada en Murcia y forjada a golpe de seis años en Madrid, reconoce que el «nivel de tolerancia del español es alta. No tengo problemas con la religión: vengo de un país, en su mayoría ateo y nadie me lo recrimina. Además me encuentro con una sociedad democrática que me permite expresarme y ser feliz y encima tenéis una alegría que no hay en ningún sitio. ¡Hasta un mileurista es feliz! China es machista y una mujer extrovertida como yo, tiene mala aceptación. Estoy menos integrada que aquí».

Rumana, ortodoxa y activa políticamente

Vientos del Este la traen y no puede negarlo: esa innegable mezcla de rigor, sobriedad, autoexigencia y ternura nada amanerada. «Yo vengo de un país donde hay decenas de etnias conviviendo y han aprendido a respetarse. Por eso, lucho por integrar a los rumanos recién llegados». Eugenia tiene 42 años, y hace siete reside en España con su marido y sus dos hijas. Su actividad diaria agota con sólo escucharla: diplomada en el sector sanitario, trabaja en una residencia, además es presidenta de la asociación de vecinos de Brunete –donde un 11% de residentes son compatriotas–, y entrará en las próximas listas del PSOE para las elecciones municipales de su localidad. «Es que España es mi casa. No estoy de paso, me quiero quedar porque soy feliz. Este país, no es Alemania, no sé si es multicultural, pluricultural, integrador o como quieran llamarlo los antropólogos sociales... Pero, por mi piel blanca, mi religión ortodoxa, mi rápido aprendizaje del idioma y las costumbres, desde el primer momento, me sentí parte de vosotros. Cuando coges las maletas y rompes con tu vida anterior, sabes a qué te expones. Si te ofrecen cosas buenas, es absurdo no aceptarlas. De igual modo, si te “imponen” otras, debes acatarlas porque son las reglas del juego de la convivencia democrática. Uno de los momentos de mayor felicidad ha sido asistir a misas concelebradas en Brunete entre un sacerdote católico y un pope ortodoxo. Los expertos deberán analizar todo este tráfico de gente, todo este mestizaje desde el medievo hasta hoy, con pueblos entrando y saliendo y claro está: hay que regular las cosas».

Peruana, psicóloga y creadora de puentes de relación

Si esperaba encontrarme una peruana al uso, erré en el tiro: Sara es un metro setenta y cinco de mujer, guapa, ojos claros y facciones europeas. Lleva 13 años en España. Casada con español y tres hijos –una nacida en Perú y dos en España–, además de psicóloga, coordina un proyecto educativo, para la empresa «Entornos. Servicios Socioculturales» que busca la integración de los menores a través de sus propias habilidades en sus centros escolares: «Un niño llegado de Cuenca puede tener más problemas para integrarse que un niño que ha llegado de Chequia o de Marruecos, por cuestión de habilidades. Más que con cultos o razas, los niños tienen problemas con las ideas aprendidas en el seno familiar».

Tiene una buena imagen de los españoles: «Sois curiosos y empáticos: si se os muestra un modelo nuevo os hace gracia saber, indagar y sintonizar.... Aunque en tiempos de crisis, el chivo expiatorio es el emigrante, claro. Pero también inevitable. Quiero que me vean en persona y valoren mis capacidades, no que me descarten por mis rasgos peruanos». Sara, con una amplia sonrisa. La Sara llegada de la rara democracia de Fujimori, concluye: «En nombre de la humanidad es deseable que en el siglo XXI, un país de acogida, acoja. Hasta en términos egoístas: serán productivos mañana, si se quedan, y los recursos invertidos en ellos habrán servido para mucho. Y si luego se marchan: redundará en el bien universal y por fin habrá un mundo mejor. Evitarán a largo plazo una emigración basada solamente en la miseria. Ahora, si quieres, llámame utópica».

Desayuno sin arquetipos

Este desayuno en el hotel ABBA Plaza Castilla intenta ser: multicultural, pluriétnico, integrador y barredor de arquetipos. En ciertos lugares sería el reflejo de una maravillosa «contaminación» intercultural, en la periferia de ciertas localidades: una mezcla letal, fruto de conflictos y falta de integración. Pero aquí, entre ellas hay abrazos, besos, intercambios de teléfonos y gestación amistades. Da igual donde tengan partida de nacimiento, qué idioma hablen, la religión que profesen o el puesto de trabajo que ocupen: hoy son cuatro españolas en busca de una identidad perdida y hallada... en nuestro país. El café transcurre lento, primero caliente y después frío, y mi identidad de rancia estirpe castellana, se diluye entre sus firmes voces.
 

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