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Octavio Paz y el umbral de lo trascendente

La experiencia de lo sagrado es una revelación de nuestra condición original, de nuestra fitra

27/09/2010 - Autor: Fausto Leonardo Henríquez - Fuente: LitArt
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Trascendencia
Trascendencia

Mi pasión más antigua y constante ha sido la poesía”, afirma Paz. Es aquí donde hallamos el acicate más genuino y pujante en la obra paciana. Octavio Paz siente pasión por la poesía, es decir, un ardiente y caluroso gusto por la belleza intrínseca a todo decir poético.

No hay como tal un ensayo de Paz en torno al Umbral trascendente. Creo que es uno de los pocos temas, hasta donde he leído su obra, que no trató frontalmente, sin embargo existe en sus ensayos genuinos escritos que confirman que sí se preocupó de las laderas más sutiles del alma humana. Sobre todo en su obra El Arco y la lira.

El poema en sí es como una casa donde mora una presencia: «El poema es la casa de la presencia», dice locuazmente.

La poesía es conocimiento, ejercicio espiritual, un método de liberación interior, regreso a la tierra natal, oración, letanía, Epifanía, según paz. Esta concepción de la poesía no dista de mucho de las intuiciones troncales del Movimiento Interiorista.

El poema es un recurso, de los pocos que hay, para navegar en el espacio de la trascendencia y “para ir más allá de sí mismo”.

El poeta puede sumergirse en un estado de “receptividad”, en el cual, al estilo de San Juan de la Cruz “deseando la nada”, no desaparece la voluntad de querer contemplar la nada, de oír la “música callada” o de sentir el perfume de que “el vacío es plenitud”, como dijera Lao-Tsé.

Hay estados pasivos, esto es, momentos de plenitud, o lo que es lo mismo, “experiencias cumbres”, como diría el psicólogo humanista A. Maslow, en los que “del núcleo del ser salta un chorro de imágenes”. Un poeta azteca confirma esta afirmación: “mi corazón está brotando flores en metal de la noche”.

La poesía se sitúa más allá de las ideas y las opiniones y se arraiga en las esferas más intimas del ser. De ahí que el poema se convierta en Epifanía de nuestro Yo más profundo, es decir, de aquello que somos y podemos ser.

El poeta dejándose llevar por las aguas rumorosas de las imágenes, roza las orillas de la existencia e intuye un ámbito, un estado de unidad de su ser con el cosmos.

El poeta no es un filósofo conocedor de muchas cosas, sino un ser distinto con poder recreador a través de la poesía. Paz afirma: «la revelación poética implica la búsqueda interior», y no se toca, más real y trascendente.

Paz cree que somos tiempo. El tiempo no pasa, somos nosotros los que pasamos. El tiempo, es decir, nosotros estamos en un continuo “infieri”, en un constante ir más allá trascendiéndonos.

Hay una manera de ver y oír la realidad, desapercibida a veces, y es la de ver con los sentidos interiores.

Desde las imágenes poéticas se puede llegar a la otra discusión de la realidad. Para ilustrar esta afirmación recordemos al taoísmo, hinduismo o el sufismo los cuales sostienen un tipo de experiencia sublime, trascendente que es “un volver a una suerte de conciencia elemental u original”. Chuang Tsé dice al respecto: es «como entrar en la jaula de los pájaros sin ponerlos a cantar» esto es, «regresar allá donde los nombres salen sobrando».

La realidad trascendente sólo es captable, decible, desde el decir poético, porque “el decir poético dice lo indecible”. Y sólo desde un tipo de poesía Interiorista se puede entrar en el ser.

El salto al vacío. Hui-neng, legendario sabio Chino de S. VII de nuestra era, dice que el “ciclo del vivir y el morir se llama la otra orilla, que es como las olas que se levantan en el mar”.

Para Huig-neng se llama la otra orilla “al desprendernos del mundo objetivo”, donde “no hay ni muerte ni vida y se es como agua corriendo incesante; a esto se llama la otra orilla”, Kierkegaard llama “salto” a esa experiencia sagrada de la realidad trascendente.

Dar ese salto es aspirar a ser lo que somos y soñamos. Esto es, “cambiarnos, hacernos otros”. La otra orilla no está fuera, sino en nuestro ser más íntimo. La otra orilla es un viento que nos transporta fuera de nosotros mismos, como un árbol arrojado a la otra orilla, y que a la vez nos empuja hacia el interior de nosotros mismos.

El salto Kierkegaardino constituye un salto al vacío, a la nada, o al pleno ser, paradójicamente. El salto nos traslada simultáneamente –porque es una experiencia sagrada – al aquí y al allá. El salto nos arrastra a lo sobrenatural.

La realidad objetiva es una presencia natural habitada por lo otro, de manera que, «la experiencia de lo sobrenatural es la experiencia de lo otro». Esta experiencia sublime en contacto con la presencia de lo otro produce en el alma humana un asombro que linda con la estupefacción, semejante al niño que, boquiabierto y sin aliento, descubre fascinado un objeto fabuloso.

Existen experiencias de completud, esos felices instantes en que todo lo circundante adquiere otro color, una nueva transfiguración, en la que uno descubre que es de otra latitud y desea regresar a ella.

El encuentro con lo otro es un estado de soledad que nos hace entrar en contacto con la esencia de nuestro ser. «El hombre anda desaforado, angustiado buscando a ese otro que es él mismo, y nada puede volverlo en sí, excepto el salto mortal: el amor, la imagen, la Aparición» argumenta Paz.

«El hombre anda desaforado, angustiado buscando a ese otro que es él mismo»

Vuelta al estado original, una experiencia límite y sagrada

Tanto la experiencia poética como la religiosa nos hacen volver a la naturaleza original, pues las dos nos abocan al salto que da a la plenitud, o sea a aquella esencia, al otro que somos. En este sentido la poesía es teofanía, revelación de nuestra propia identidad más genuina y originaria.

En la experiencia límite que colinda con lo sacro, lo místico, presentimos la evidencia de nuestro ser. “Toda aparición, dice Paz, implica una ruptura del tiempo o del espacio: la tierra se abre, el tiempo se escinde; por la herida o abertura vemos «al otro lado» del ser”.

Cuando los poetas hablan de vértigo nos están revelando que la “otra latitud” es ese abismo que se abre provocando asombro. Es como si de repente nos hallamos ante el Salto del Ángel, el que nos atrae al vacío, y nos impele a dejarnos caer en la completud del abismo de la experiencia cumbre.

Seguimos el viento suave que percibe el ser en sus momentos sublimes, y que no es distinto al rumor de la divinidad, o lo que es lo mismo, lo sagrado. Este estado no puede ser expresado sino a través de imágenes y paradojas, testimonio clásico lo es San Juan de la Cruz.

Esta experiencia sacra no es formalmente religiosa, sino que está como inscrita en el ser de la persona humana. La pudieron haber sentido los hombres de hace 2000 años antes de Cristo, como le pueden sentir los espíritus superiores hoy en día.

La vivencia de la trascendencia, de aquello que es intangible la expresa la noción de Nirvana y Nada. Por poner dos casos, uno budista y otro cristiano. «El hombre, arguye Paz, no está suspendido de la mano de Dios, sino que Dios "yace" oculto en el corazón del hombre».

Dios "yace" en las mismas entrañas del ser humano, como escondido, ralentizando su revelación para no colapsar de asombro al alma que lo ve cara a cara.

Es en el interior donde el numen se posa y mora, abocando al ser, al vacío, al despojo de todo para hacerle vibrar.

La poesía de la trascendencia o sea, interiorista, nace de lo sagrado, del “sentimiento original del que se desprende lo sublime y lo poético.”

Son metasemas interioristas en el léxico de nuestro autor las palabras: ausencia, presencia, silencio, vacío, plenitud o completud, por su proximidad con los estados poéticos sacros y los amores del ser con lo original.

Cuando la experiencia poética o religiosa nos descubre frente a frente al otro, a Dios, al Ser, «nos sentimos poca cosa o nada porque estamos ante el todo. Somos criaturas y tenemos conciencia de nosotros mismos porque hemos visto al creador». Es esa y no otra, la experiencia que no se puede decir, sino por medio de imágenes y balbuceos de la conciencia.

El “estado originalpaciano es un abismo que nos paraliza de asombro, porque es distinto a cualquier otra realidad objetiva o imaginaria. Tal asombro es la admiración, estupefacción y quietud. El ser se queda boquiabierto contemplando en ese estado original la presencia de un tú que nos atrae al abismo de eternidad en el cual mora. El “estado original”, lejos de ser una idea o una abstracción intelectual es una experiencia de lo sagrado cuyos efluvios nos hacen intuir que lo más intimo de nuestro ser es también sagrado, poético.

Parece innegable, en suma, que nuestra conciencia lúcida tiende, como los ríos desviados de sus cauces, a volver al “estado original”, experimentado en la soledad sonora o en la inocuidad y desasimiento del ser.

Paz considera que “la experiencia de lo sagrado es una revelación de nuestra condición original” o sea de nuestro ser más profundo.

En síntesis, en mi itinerario sobrio y modesto de lectura por la obra de O. Paz, he detectado lo que podríamos llamar el presupuesto básico de la realidad trascendente de nuestro autor. A mi juicio, podría quedar enunciado así: hay un “estado original”, llámese Nirvana, contemplación o nada, al cual volvemos porque de allí hemos salido.Es connatural y forma parte de nuestra esencia más profunda. Cuando la persona humana experimenta ese “estado original” está en un ámbito de realidad trascendente: sacro, porque es en ese estado donde nace la religión; poético, porque para decir o comunicar qué es lo que se siente en tal estado, sólo se puede expresar por medio de la imagen poética.

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