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Islam y musulmán: ¿sinónimo o antónimo?

Desde el punto de vista sociológico –reflejo de nuestra propia dimensión interior– nuestras cualidades como musulmanes, son ostensiblemente mejorables

26/09/2010 - Autor: Abdelkáder Muhámmad Ali - Fuente: Webislam
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Islam y musulmán: ¿sinónimo o antónimo?

Recientemente, en una de las habituales visitas vacacionales que junto a mi familia hemos hecho a la siempre añorada ciudad de Granada, se desató una interesante conversación con mi primogénito cuando éste me interpeló a la salida de la Mezquita Mayor de Granada, tras el rezo del viernes: “Papá, ¿por qué los musulmanes en esta mezquita, me son diferentes a los de Melilla?”. En la matización que le pedí a su pregunta antes de proceder a contestarle, me quedó aclarado que se refería a diferencia de lo que le suscitaban los musulmanes de Melilla, “aquí, en Granada, en esta mezquita, las vibraciones emocionales entre nosotros, entre los musulmanes, son abundantes, intensas y entrañables. El ambiente es altamente confortante. La paz interior trasciende de corazón a corazón con absoluta naturalidad”. Mientras concluía estas palabras mi hijo, subhana-Allah, le sonrojaban vivamente los ojos, desencadenando un caudal de lágrimas inconsolables.

Bien sabe Dios que este hecho me hizo reflexionar seriamente, al mismo tiempo que me contagiaba esa emoción ingenua de una juventud que se abre camino en la vida mientras va descubriendo las sempiternas contradicciones del ser humano. Simplificando la larga conversación que mantuve con mi hijo, entre otras muchas cosas, le argumenté: “Los musulmanes de aquí, ‘conversos’ la inmensa mayoría de ellos, han hecho exactamente la trayectoria opuesta a la que hemos hecho los musulmanes no sólo de Melilla. Estos musulmanes, de origen occidental, han optado por evitar y esquivar la sociedad de consumo y la filosofía que la sustenta, abrazando el Islam con absoluta identificación a su doctrina integral. Nosotros, ‘los musulmanes de siempre’, estamos haciendo el trayecto inverso, en un viaje incierto que sabe Dios a donde nos desembocará. Estamos atrapados en una esquizofrenia aparentemente irresoluble. Sin renunciar al Islam, pretendemos hacer compatible la filosofía del consumismo con nuestras creencias islámicas. Y a la postre surge un híbrido amorfo, escaso de coherencia que dificulta, cuando no impide, objetivar la condición islámica”.

El individualismo, la competitividad, y sus consecuencias como el egoísmo ciego, la codicia, la ambición, la avaricia, el ansia desmedida, la apetencia desbocada, el deseo crónico, todos estos vicios de la sociedad de consumo los han asumido con tal ímpetu y decisión los musulmanes que han demostrado ser alumnos muy aventajados. Véase el inexorable cambio que va experimentando cada año el mes sagrado de Ramadán. Siendo en esencia un mes de recogimiento, de introspección y retiro espiritual, de conciliación con lo mejor de la condición humana, los musulmanes están transformando este mes sagrado en un mes especialmente de consumo. “Aunque no llega a ser el monstruo mundial de consumismo que es la Navidad, el Ramadán ocupa un respetable segundo lugar” decía Vali Nasr en un artículo publicado en el último numero de la revista Foreign Policy, Edición española. Por otra parte un reportaje emitido por RNE de Melilla en el mes de Ramadán recientemente concluso, nos mostraba una familia musulmana que en sus explicaciones sobre los cambios cotidianos que implicaba el mes sagrado, en los extendidos minutos de pedagogía de la locuaz señora y portavoz de la familia, se centró en disertar sobre la cantidad de platos que conquistaban su mesa en la ruptura del ayuno y el laborioso proceso de preparación de los mismos. Ni un minuto, ni un modesto segundo dedicó la referida señora a glosar los significados religioso y espiritual del Ramadán. Conclusión para el neófito radioyente: el Ramadán es un mes de festín interminable.

El musulmán de Melilla después de muchas décadas viviendo bajo la presión continuada de la discriminación, sin duda también por su propia condición confesional, tras alcanzar esos derechos civiles largamente ansiados, en su nuevo amanecer vive hoy el gran desfogue en el que los excesos y extremos visualizan claramente las tremendas contradicciones en las que discurre. Es altamente ilustrativo cómo, después de tanto tiempo de “convivencia”, ni en la época negra de la represión, ni ahora, tras varios lustros de libertad conquistada, se ha dado el caso de alguna conversión significativa al Islam en Melilla. Algo tan insólito como indicativo por cuanto que a lo largo de toda la historia del Islam, sin tener ni precisar de misioneros como los tiene el cristianismo para difundir su doctrina, el referente del Islam siendo invariablemente la figura del musulmán, del buen musulmán, siempre, donde ha llegado ha causado impresión por la ejemplaridad en sus actos, por su comportamiento, la entrega desinteresada a sus semejantes, la lealtad a la verdad, la seguridad plena en sus postulados doctrinales…

Esa divisa manifiesta, y sin necesidad de poses proselitistas, a la postre ha originado numerosas conversiones rendidos a la fascinación del Islam. Eso es lo que ocurrió cuando los mercaderes musulmanes llegaron a países remotos de Asia. Sorprendidos los lugareños por una inusitada honestidad, profundizaban en el conocimiento de ese hombre diferente. Así el Islam no sólo encontró un hueco en los corazones de los autóctonos, sino que hoy día los países de población musulmana más densamente poblados son asiáticos, siendo los árabes actualmente a penas un 20 del cómputo total de musulmanes en el mundo.

¿Por qué los musulmanes de Melilla jamás hemos infundido admiración o simplemente inducido a la curiosidad por el Islam? Sencillamente porque no hacemos justicia a nuestra condición de musulmanes. Nuestra infalible teoría frecuentemente anda disociada con nuestro verdadero comportamiento. No existe la debida sincronización. Ante esta disociación, es lógico no encontrar adhesiones al Islam. Más bien es ‘normal’ que se haya dado todo lo contrario, es decir, el desprecio a la civilización islámica. Si bien hoy se disimula por motivos diversos, especialmente por el poder electoral que antaño no teníamos.

Por supuesto el epígrafe de este artículo, “Islam y musulmán: ¿sinónimo o antónimo?” pretende ser un recurso dialéctico que nos estimule la reflexión oportuna, como es mi caso. Nadie tiene autoridad para cuestionar el grado de adhesión al credo islámico de los musulmanes. Y mucho menos a prejuzgar algo tan íntimo como los sentimientos. Pero al menos se reconocerá que desde el punto de vista sociológico –reflejo de nuestra propia dimensión interior– nuestras cualidades, globalmente, son ostensiblemente mejorables.

Recuerdo la pesadumbre que me originó cuando un grupo de hermanos, amigos foráneos que llegaron a Melilla para experimentar una inmersión integral en el Islam tras la ‘conversión’ a este credo, persuadidos de que el contacto con los ‘los musulmanes de toda la vida’ les aproximaría a la esencia primigenia del Islam, terminaron sucumbiendo a la decepción ante la realidad cotidiana. La mayoría de estos ‘nuevos musulmanes’ ante el viciado ambiente con el que se toparon en Melilla, y tras una permanencia de un tiempo entre nosotros, emprendieron rumbo a nuevas experiencias, lejos de nuestra ciudad, esperanzados de encontrar los condicionantes oportunos que hicieran progresar adecuadamente su aquida (creencia) islámica. Quizás eso mismo debiéramos hacer nosotros, huir, exiliarnos de nosotros mismos, y reencontrarnos con la verdadera naturaleza del Islam. No en vano el Islam nació y se fortaleció en el exilio. 

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