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Historias de nuevos musulmanes: Kari Ann Owen

Como la mayoría de las mujeres norteamericanas, yo crecí en un mercado de esclavitud

17/09/2010 - Autor: Kari Ann Owen - Fuente: islamreligion.com
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Kari Ann Owen se dedica a ayudar a los discapacitados mediante terapias con caballos (Foto napavalleyregister.com).
Kari Ann Owen se dedica a ayudar a los discapacitados mediante terapias con caballos (Foto napavalleyregister.com).

“No hay otro dios mas que Dios, y Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, es su mensajero”.

Estas son las palabras del testimonio de fe Shahadah, creo.

El creador es conocido por muchos nombres. Su sabiduría es siempre reconocida, y su presencia se manifiesta en el amor, la tolerancia y la compasión presente en nuestra comunidad.

Su profunda habilidad para guiarnos desde el individualismo de la Guerra, tan desenfrenado en la sociedad norteamericana,  a una creencia en la gloria y dignidad de la familia humana del Creador, y nuestras obligaciones como miembros de esta familia. Esto describe la maduración de una personalidad espiritual, y tal vez la maduración más deseable del ser psicológico, también.

Mi camino hacia la Shahadah comenzó cuando un admirado director, Tony Richardson, murió de sida. El Sr. Richardson ya era un brillante profesional reconocido internacionalmente cuando lo conocí en el backstage de la obra Luther a los 14 años.

Escribir obras siempre ha sido para mi una manera de encontrar grados de reconciliación espiritual y emocional, entre mi persona y un mundo que encontré brutal debido a circunstancias de mi niñez. En lugar de pelear con el mundo, dejé que mis conflictos volaran en mis obras. Sorprendentemente, algunos de nosotros hasta crecimos juntos.

Por lo tanto, comencé a acumular créditos (producciones y conferencias en el escenario), comenzando a los 17 años, siempre retuve la esperanza de que algún día cumpliría el sueño de mi niñez de estudiar y trabajar con el Sr. Richardson. Cuando admitió su homosexualidad en Norteamérica (venía de Inglaterra) en una comunidad promiscua, el sida lo mató, y con él se fue otra porción de mi sentimiento de pertenencia a la sociedad norteamericana.

Comencé a mirar fuera de la sociedad norteamericana y occidental hacia la cultura islámica para más orientación.

¿Por qué en el Islam y no en otro lado?

Los ancestros de mi madre biológica eran judíos españoles que vivieron entre los musulmanes hasta que la inquisición los expulsó de la comunidad judía en 1492. En mi memoria histórica, que siento a un nivel muy profundo, la llamada del muecín es tan profunda como la calma en el océano, es la afirmación del amor frente a la opresión.

Sentí el nacimiento de una historia dentro de mí y el drama tomó forma cuando conocí la humanidad de un Califa Otomano hacia los refugiados judíos en los tiempos de la expulsión de mis ancestros. Dios guió mi aprendizaje, y así yo aprendí acerca del Islam a través de figuras tan diversas como el Imam Siddiqi de la asociación islámica de South Bay; la hermana Hussein de Rahima; y la adorada hermana adoptada, Maria Abdin, que es una norteamericana nativa, musulmana y escritora de la revista SBIA, IQRA. Mi primera entrevista fue en una carnicería halal la carne degollada acorde al rito islámico en el Distrito de la Misión de San Francisco, donde mi comprensión del modo de vida islámico fue profundamente influido por la primera mujer musulmana que conocí: una clienta que vestía hiyab, se comportaba con una adorable bondad y gracia y también leía, escribía y hablaba cuatro lenguas.

Su resplandor, acompañado con su asombrosa (para mi) nula arrogancia, afectó profundamente al principio, a mis percepciones de cómo el Islam podía influir en el comportamiento humano. Poco sabía en ese entonces que estaba por nacer una nueva musulmana.

El curso de mi investigación me introdujo más en el Islam que los hechos, porque el Islam es una religión viviente. Aprendí cómo los musulmanes se conducen a si mismos con una dignidad y bondad que los coloca por encima del mercado de esclavos sexuales de Norteamérica, yde  la violencia. Aprendí que los hombres musulmanes y las mujeres pueden de hecho estar en la presencia del otro sin romperse en pedazos, verbal y físicamente. Y aprendí que el vestido modesto, percibido como un estado espiritual, puede mejorar el comportamiento del ser humano y garantizar al hombre y a la mujer un sentido del propio valor espiritual.

¿Por qué esto parece tan sorprendente y tan increíblemente nuevo?

Como la mayoría de las mujeres norteamericanas, yo crecí en un mercado de esclavitud, comprendido no sólo por la enfermedad sexual de mi familia, sino por el constante juicio negativo de mi apariencia, comenzando en edades tan tempranas como los siete años. La sociedad norteamericana me enseñó desde una temprana edad que mi valor como ser humano consistía simplemente en mi atractivo (o, en mi caso en la falta de éste). No es necesario decir que, en esta atmósfera, niños y niñas, hombres y mujeres, a menudo crecen para recelar el uno del otro profundamente, dado el deseo desesperado de ser ceptado por los demás, un deseo que parece casi totalmente dependiente no de nuestra bondad o compasión o incluso inteligencia, sino de la forma en que nos perciben las miradas de los otros.

Mientras que no esperaba o buscaba la perfección humana entre los musulmanes, las diferencias sociales son profundas, y casi increíbles para alguien como yo.

No pretendo tener ninguna respuesta para estos conflictos del Medio Oriente, excepto lo que los profetas, amados en el Islam, ya han expresado. Mis discapacidades no me dejaban ayunar, ni rezar con las mismas posturas que la mayoría de los musulmanes.

Pero yo amo y respeto el Islam y he llegado a conocerlo a través del comportamiento y las palabras de los hombres y las mujeres que conocí en AMILA (American Muslims Intent on Learning and Activism) y en otros lados, donde encontré una liberación de mis crueles conflictos emocionales y un sentido de inmensa espiritualidad.

¿Qué más siento y creo acerca del Islam?

Apoyo y admiro profundamente el respeto de los musulmanes por la educación sexual; por los derechos de la mujer así como de los hombres en la sociedad, por la vestimenta modesta; y mas que nada por la sobriedad y el matrimonio,  las mas profundas fuentes de mi vida, ya que ya llevo 21 años felizmente casada. Cuán hermoso es sentir que millones de personas musulmanas comparten mi fe en el desarrollo del carácter que nos permite el matrimonio, y también en mi decisión de permanecer libre de drogas y alcohol.

¿Cuál es, entonces, el mayor regalo del Islam?

En una sociedad que se nos presenta con constante presión para inmolarnos a nosotros mismos en los altares del instinto desenfrenado sin respeto por las consecuencias, el Islam nos pide considerarnos seres humanos creados por Dios con la capacidad de responsabilidad en nuestras relaciones con los otros. A través de la plegaria, la caridad y el compromiso de sobriedad y educación, si seguimos el camino del Islam, tenemos la oportunidad de criar niños que serán libres de la violencia y explotación que está robando la vida a padres e hijos, incluso en escuelas y barrios aparentemente seguros.

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