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Port-au-Prince, capital del dolor

¿Qué he de escribir que su corazón no sepa?

09/09/2010 - Autor: Esteban Díaz - Fuente: Webislam
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...hombres y mujeres, de niños y ancianos que caminan como si el mundo se hallara perdido en cualquier lugar de la calle...
...hombres y mujeres, de niños y ancianos que caminan como si el mundo se hallara perdido en cualquier lugar de la calle...

Domingo, 12 de Agosto de 2010. Port-au-Prince

Estoy sentado frente a la página del ordenador, luminosa y ajena al dolor de un país cuya desgracia remueve hoy las conciencias de una sociedad global que se jacta enaltecida de ser la expresión acabada de una sociedad del bienestar que idolatra los valores del mercantilismo capitalista, del mismo modo que hicieran los judíos con el becerro de oro en su marcha por el desierto. El mundo que pone en “valor” de mercado todo cuanto vive, respira y toca, ha sufrido también él una convulsión en su conciencia al conocer el infortunio de un pueblo sacudido por la devastación más virulenta que conoce la civilización contemporánea provocada por la acción de las fuerzas de la naturaleza. Este mundo de capitalismo global ha sido hartamente hostigado por imágenes desoladas, durante semanas, a través de los medios, a causa de la desgracia que quebrantó la vida de un país con heridas que acaso no cicatricen nunca y no devuelvan a sus gentes el rostro ya apenado por la escasez de un pueblo que venía padeciendo hambre, desidia y abandono, todos estos infortunios ocasionados por otros temblores aún más dañinos que el causado por las fuerzas de la naturaleza que desató tanto sufrimiento el 12 de enero del año en curso. Hablo de la convulsión sobrevenida por la ineficacia de los gobiernos sucesivos que los haitianos han soportado, a duras penas, desde hace más de doscientos años, desde que el pueblo haitiano culminó su independencia, la primera del continente americano, y hablo de la inercia de los haitianos por levantar un país encallado en la rapiña y en la usura de los poderosos, en la penuria de un pueblo que se resigna a no vivir en la dignidad que le confiere el derecho por nacimiento a todo ser humano.

Mientras las palabras se suceden sobre la luminosidad de la página, entrándome yo en el fulgor de su nada, en el lugar donde mis pensamientos toman la forma de las palabras que los explicitan, percibo cómo su blancura se diluye en nubarrones de mañana oscura. La siento infinita e inapresable en su extensión virtual e inasible, como el dolor de este país, Haití, verde de lluvia y gris de puertos de mar y de desesperanza cernida sobre un horizonte de dolor amargo que abre la vida de mis palabras y las divide y las separa como un cuchillo corta en dos trozos el pan que fracciona cuando hiende sobre su costado la afilada base. ¿Qué he de decir al mundo con el lenguaje de las palabras? ¿Qué debo describir al mundo que no hayan visto sus ojos envueltos por las imágenes que los medios visuales les llevó hasta sus hogares confortables, sacudidas por unos cuantos días sus conciencias acomodadas en la confortabilidad de sus sillones de primera fila televisiva? ¿Qué podría decirles a ustedes, lectores privilegiados de las desgracias ajenas, que mueva a su compasión fraternal ante el abandono de estas gentes heridas por el dolor más descarnado, que nos miran y nos reclaman su parte de dignidad y de derecho a compartir la mesa de la abundancia, ahora que el destino cargó sobre su ya adversamente cotidianidad de desheredados? ¿Qué he de escribir que su corazón no sepa? ¿Podrán mis palabras despertar lo que está escrito en la morada más íntima del corazón de cada ser humano?

La mirada se llena de imágenes de hombres y mujeres, de niños y ancianos que caminan como si el mundo se hallara perdido en cualquier lugar de la calle recorrida por desheredados. Aquí, en la capital del dolor, Port-au-Prince, el
mundo ya no es terreno, tiene una medida y una densidad de mundos jamás pensados, tampoco previstos ni deseados por hombre alguno, sólo conocidos en el cansancio infinito que conduce en lengua francesa o crèol la palabra “souffrance”, que recorre todos los registros de la vida haitiana. Un mundo de desolación que no termina de comprender el haitiano, que se pregunta una y otra vez “¿Es real esto que estamos viviendo?”. “¿Acaso no esto un sueño que nos sobrevino a todos sin anuncio previo, mientras nuestras conciencias habitaban los luminosos espacios de la vigilia verde y azul de puerto de mar, de cerros altos que nos circunscriben y nos ocultan del mundo exterior y nos recogen en oleada de verdor y de brisa cálida y húmeda?”. El sueño se ha marchado de la noche de los haitianos. Nadie espera otra cosa que un alimento ofrecido en la calle o en los alrededores de los campamentos, orfelinatos, iglesias, escuelas, allí donde la solidaridad extranjera y nativa abraza el dolor y el vaciamiento de la vida que se escapa como instante o ala veloz que cruza el cielo hoy pintado de nubarrones grises que dejan caer una apacible lluvia que calma la mente y hace olvidar ¿el dolor? Imposible. Anida el dolor en la mente del haitiano, en el hueco de la mano, en el rizo del cabello de los niños, en la mirada del otro que cruza su desheredad con otra desheredad, y nada dice, nada pide, porque nada tiene.

Huye la vida. Huye el sueño. Huyen los niños al lugar donde el extranjero ofrece leche, sopa, vitaminas, chanclas, antiparasitarios, solidaridad, y una mirada tiernamente compasiva del nepalí Shanthi, que detiene la agitación de los niños que van y vienen arriesgando sus vidas entre los autos que circulan sin respeto de sus vidas desoladas para darles un plato de sopa nutritiva y amorosa. Huyó la esperanza. Huyó la confianza que nunca cabalgó pareja al haitiano. Permanece “la souffrance” en la capital el dolor.

El sueño ha huido de la noche de los haitianos. En la capital Port-au-Prince el cielo se ha ocultado bajo una densa nube de tristeza. El día es noche, la noche no despierta, la vida deambula peregrina. Vagan las gentes como si no pisaran la tierra. Como si el mundo se deslizara en otro nivel de realidad no terrena, densa como la angustia y esa expresión que el haitiano conoce y que endurece su rostro prieto mientras vaga por las calles, sin encontrar nada de lo que busca. Acaso porque se busca a sí mismo y no se halla, acaso porque mira “la souffrance” que le habita, que le enajena, que le embarga y le lleva, a golpe de dolor, a distancias que son miríadas de sí mismo. ¿Es este el dolor por el que se interesa la global sociedad del bienestar?

Haití. Puerto Príncipe. Capital del dolor. ¿Qué mira la sociedad del bienestar acomodada en su atalaya defendida tras el verdor adusto de los dólares, mientras el pueblo haitiano llena de “souffrance” la vida que se extingue como antaño se apagaba en los campos nazis otras vidas escondidas y olvidadas? ¿Hacia dónde mira el mundo global del lujo y del despilfarro, que examina el grado de dolor punzante de los haitianos, lo evalúa, lo recrimina, lo desplaza hacia las vertientes de lo inhóspito en una nueva África de isla cercada en su laberinto de exterminio por un hedor que apesta a muerto aún sepulto bajo los escombros de la ciudad de los cementerios, capital del dolor, de la infinita “souffrance” del negro africano, aún esclavo del dolor y del abandono?

Hay una muralla de cerros que congrega la vida de la ciudad descarnada, y allí donde la brisa húmeda hace cimbrear el horizonte, el mar retiró sus aguas del puerto, la desesperanza escombró las calles y los pájaros ya no cantan sus trinos a la luz del alba. Se silenció la mañana. Leve es el despertar de la roja mirada del flamboyán, junto a la iglesia de los franciscanos, donde los hermanos Víctor, Omar y Columbano asisten a los niños desamparados en las calles de mugre y malaria. De nuevo cantan los pájaros. Son niños con alas de pájaros y mirada confiada. No llevan hábito los hermanos franciscanos. Habitan en el amor fraterno del hermano Francisco. Hoy, a la luz del alba, junto a los devotos Sai Milou y Jude, con un vaso de leche, avena y chocolate, calientan las manos de los niños, acarician sus miradas, consuelan “la souffrance” de los pequeños desheredados.

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