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El mar de arena

Noches negras del desierto. ¡Cuánto os debo!

09/09/2010 - Autor: Carlos Samaniego - Fuente: Webislam
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Makam de Sidi Youssef Ben Ali. (Foto Abdullah Taufiq)
Makam de Sidi Youssef Ben Ali. (Foto Abdullah Taufiq)

Me desperté sobresaltado con las primeras luces del amanecer por el concierto de los gorriones, que, al parecer, dormían en el porche de cañizo del Albergue. Bueno, el Albergue donde estábamos parecía un fuerte militar de altos muros, como los de las películas francesas en blanco y negro de los años 50, que protegían a la guarnición de la arena, cuando el viento enloquecía durante semanas.

Pero los pájaros –aquellos benditos pájaros– se despertaban y se ponían a cantar a coro doce minutos antes de que saliera el Sol por entre las dunas. No fallaban ni un solo día. Cantaban y saltaban de alegría, sin parar, movidos por el reloj biológico de la luz matinal y quién sabe por qué otros motivos ornitológicos. ¿Qué celebrarían con sus trinos? ¿cantarían solo por estar vivos un día mas?

Eran solo las 6 de la mañana y la claridad ya se filtraba por la tela de la cortina que tapaba el ventanuco que había en el muro de barro y paja de nuestra habitación. Luz y un guirigay de mil demonios. ¡Menudo plan! Si así empezábamos el primer día en el desierto ¿cómo lo terminaríamos?

Tras reunirnos en el patio, abandonamos el Albergue y caminamos, adormilados, sobre las primeras dunas onduladas hacia el este, buscando al responsable de aquel griterío que pronto se haría visible. El viejo y esperanzador ritual que perpetúa la vida en la Tierra: la salida del Sol.

El nacimiento del Sol cada mañana, devuelve la esperanza a todos los que se mueven, respiran y piensan, porque acaba con la oscuridad del sueño. Es la prueba irrefutable de que el universo no se ha roto aún. Sigue intacto, y el caos que gobierna la materia oscura no ha desviado nuestra orbita planetaria. ¡Menuda alegría saber que todo funciona! El nacimiento del Sol en el desierto es el momento más importante del día. El momento en el que puedes mirar al Sol directamente sin que te pase nada.

Habíamos pasado junto a los tres camellos que tenían su vivac en un pequeño montículo de tierra junto al Albergue, detrás de las jaimas oscuras. Después apareció ante nosotros un mar de olas gigantescas de color albero que se movía en perfecta quietud hacia los picos más altos de arena, que buscaban el cielo con la ayuda del viento. Ese viejo escultor, autor de las más bellas montañas de arena del Planeta.

Mientras avanzábamos en silencio, no podíamos ver lo que había más allá de las más altas dunas que teníamos enfrente, pero sabíamos que había arena. Arena y arena para variar. Provincias y países de arena: mas allá de lo imaginable, hasta la desmesura. La duna Air Chabi presidia la cota más alta, a la que todos soñábamos con llegar, para poder contemplar lo que había al otro lado: más arena; distancias inacabables, oleaje de dunas acariciadas por el viento. Pisábamos un paraje que los naturales llaman Aras Lark.

Cuando metí mi mano en la monótona superficie que pisaba, me sobresalté. La arena era muy fina, suave, e idéntica a sí misma. Era prodigioso que hubiera tanta similitud en toda ella. ¿Cómo era posible que todos los granos fueran iguales, que miraras donde miraras y tocaras donde tocaras toda la materia del desierto fuera idéntica? ¡El mismo color, el mismo peso, y la misma nubecilla que se separaba de la vertical por la brisa al caer de la mano! Toda igual. Identidad hasta el infinito, un día tras otro, desde antes de la salida del Sol, hasta la noche: cuando todo se vuelve espeso y frío.

¿Por qué gritarían los gorriones al llegar el amanecer –me preguntaba–? ¿Celebraban la huida de las temibles sombras de la noche? Ellos debían conocerlas bien. Seguramente sabían que cantando con fuerza las hacían retroceder… pero ¿hacia dónde?

Descalzos unos y con las zapatillas llenas de arena otros, avanzábamos como podíamos en ayunas a donde nuestro querido y omnipresente Maestro Carlos nos llevaba esa primera mañana de finales de marzo 2010, y todas las de aquel viaje que hicimos en los confines de la Tierra Plana, a las orillas del Mar de Arena.

Estábamos en Marruecos, a pocos kilómetros de Argelia, ante esa monumental presencia que es el Sahara, que hoy se mostraba apacible y caluroso, para estar en los primeros días de primavera. La zona de Merzuga cuenta con varios albergues turísticos, donde los aficionados a los ralis de automóviles y motocicletas se pasean en los camellos al atardecer.

A un lado teníamos el desierto, y a otro una plataforma de tierra oscura y lisa, surcada por innumerables caminos de tierra, por donde transitaban los 4X4. La carretera asfaltada por la que habíamos venido desde Marrakech terminó a unos 10 kilómetros de donde estábamos. El viento podía ser peligroso. Un día nos alcanzó una tormenta de arena cuando volvíamos de una excursión a un oasis y el cielo se oscureció hasta el punto de que nos perdimos, porque no se veía prácticamente nada. Millones de partículas de arena en suspensión pueden dar muchos problemas en el desierto si no se dispone de la ropa adecuada y de los conocimientos que los hombres azules han adquirido generación tras generación.

¿Pero cómo podía ser todo tan elemental aquí? El viento, la luz, los pájaros, la arena… … Un universo de elementales. Ni arboles, ni ríos, ni vaguadas. Solo arena, luz y viento. Luz a raudales y aquellos pájaros matutinos, como dueños absolutos del lugar y de su cielo.

Cuando encontramos nuestra duna nos quedamos de pie en silencio, esperando la llegada de Sol. La claridad que irradiaba una duna lejana me recordaba el Veleta de Sierra Nevada. Y de repente, apareció un rayo dorado. Al principio era diminuto como la cabeza de un alfiler, pero al poco empezó a derramar aceite de luz de una imaginaria acequia celeste. Magma de hidrogeno y lava atravesaban veloces las moléculas de una atmosfera espesa de arena y agua, como una pequeña luna que ascendía en busca de la bóveda nocturna.

Así veía yo la aparición de mi padre el Sol, en el amanecer de aquel día de marzo, al comienzo de todo lo que vendría después.

Aquella experiencia me llevó al color de la arena de la Plaza de Toros de La Maestranza de Sevilla. Comprendí el origen del color que tanto y tan bien regaba Andalucía, especialmente en el Valle del Guadalquivir. Un color que estaba en los rincones de las calles, en las fachadas de las iglesias y en las plazas. Albero en los cosos taurinos. Albero en los jardines. Albero en las ventanas. Albero en todos los pueblos y ciudades de Andalucía.

Albero: ¡sangre del desierto!

Imborrable herencia de los Almohades, que dejaron en Al andalus para siempre, como regalo del desierto a la península y hermanamiento espiritual que esta hacia con el Sahara al adoptar el Albero como suyo.

Estábamos contemplando el nacimiento de la vida y los misterios de la creación en directo. En medio de todo un monumental escenario iniciático, en el templo más ancho y alto que imaginarse pueda.

Tal vez el desierto fuera como la superficie del hogar original de nuestros antepasados, en el otro mundo paralelo al nuestro que conocemos como Marte. Tal vez provengamos de sus inabarcables desiertos, que un día albergaron nuestra sangre inicial. Si así es, si el desierto fue la cuna de nuestro origen en otro tiempo y planeta, al tocar con mis manos aquella arena y al mirar con mis ojos las dunas y el sol que salía de ellas, me sentí volver de nuevo a mi centro. Al mar de arena de donde provengo. A mi hogar eterno.

El Sahara es un misterio del tiempo envuelto en tradiciones y leyendas. ¿Serán los camellos originarios de ese otro mundo? ¿Por qué me fascina tanto contemplarlos? Sus largos cuellos que se mueven lentamente y sus ojos que me miran despacio con una atención casi extraterrestre, como observándote más allá de donde nace la luz visible. Justo en la intersección donde se cruzan mis átomos de carne con la energía primordial de la luz. Los camellos del desierto son hermanos de los hombres azules y ambos provienen de un linaje antiguo que alimenta a sus hijos con la energía invisible que solo habita en las arenas.

Viento que silba en las laderas de las dunas en amaneceres escarlata.
Lenguas de viento en movimiento.
Olas que hablan, juegan y corren por la piel lisa y cristalina del Sahara.
Hogar de ángeles y almas errantes.
Pedazo de Marte traspuesto en África.
Misterio sin solución conocida.
Profundidad primordial.
Sílice.
Espacio que nos lleva al final de nosotros mismos.
Lugar donde todo acaba y se repite.

Un escarabajo venia todas las mañanas a saludarme cuando abismaba en mi alma desierta. Aparecía de improviso. Veía sus huellas irregulares hacia mí y después venía otro y otro más; como serafines negros surgidos de una noche sin cielo en busca de aire y agua.

Escarabajos del desierto.
Habitantes de un universo paralelo del que nada sabemos.
Amigos silenciosos siempre en movimiento,
o en una quietud apabullante que recuerda la muerte.

¿Cuánto tiempo tienen vuestros átomos desde el primer aliento?
¿Nacisteis en el Tercer planeta o en el Cuarto?
¿Quién os trajo hasta mí en este día que nunca volverá a repetirse idéntico?
¿Cuál es vuestro verdadero nombre?

Las ciudades de Occidente ven en el Desierto solo una mancha muerta. Una zona improductiva. Se desentienden de su aridez, pero les resulta exótico y pintoresco, y por eso organizan carreras para divertirse. Pero cabe preguntarse algo más…

¿Qué valores hemos perdido que aquí se han conservado?
¿Qué sabiduría nos ofrece el Desierto y el Marruecos profundo?
¿Qué tesoros tradicionales guarda Marruecos?

El Sufismo islámico es un tesoro. Y Marrakech una ciudad iluminada. Una ciudad que se proyecto hacia el norte, atravesó el mar y se detuvo un momento en Sevilla. La Kutubia y la Giralda forman un eje que conecta el desierto y la nieve con las verdes huertas y el agua cristalina. Pero, sobre todo, Marrakech tiene la plaza de la ilusión y el asombro. La Plaza Jemma el-Fna. La plaza del final.

El viaje al desierto nos llevó más allá del Sol. Mas allá de las dunas y más allá del azul. Nos llevó hasta las playas donde la tierra acaba. En el fin del mundo. Justo donde los niños y los hombres se dejan fascinar en esa Plaza de magos y adivinos, o donde un globo de aire caliente blanco flota entre los puestos, grabando en video la tarde, mientras los coches de caballos recuerdan demasiado a los de Sevilla.

Tiendas de cuero, de ropa, de alfombras. Tiendas en callejuelas estrechas que protegen a los visitantes con caña y paja. Hileras asimétricas de puestos, donde trabajan abuelos y padres en el negocio de cada familia.
Regateo continuo. Magisterio cum laude del arte del comercio.
Si en algún lugar se invento el mercado, fue en Marrakech.

El viaje interior ha consistido en un descenso a los infiernos, hasta tocar el fuego de la energía primordial. Ejercicios de Sufismo y Psicoterapia Integrativa y Transpersonal en un grupo humano de primera calidad. Genero único. Nuestro director y conductor es una enamorado de la vida, a la que se entrega a cada minuto. Entrenador deportivo, organizador, maestro espiritual, masajista y cocinero. ¿Me olvido de algo? Ah sí capitán de navío. De su mano probamos exquisitas recetas sufíes. Platos únicos, servidos en recipientes de oro. Alquimia espiritual. Corazón fuerte. Corazón tierno. Invocación diaria al Creador de los Mundos. Apuesta por la trascendencia. Mantras a la fiesta de la vida. Oraciones y alabanzas a Allah.

Hemos meditado con las manos abiertas mientras viajábamos y El Creador nos regaló el tiempo, que se nos hizo diminuto, y también nos inundó de sutilidad. Los días dejaron de tener 24 horas y cada instante se detuvo por arte de magia. El Sol paró su órbita para nosotros y la luna se volvió nuestra aliada en el camino hacia el corazón.

En Merzuga mis compañeros y yo entramos en un túnel de misterios. Cada día nos adentrábamos más y más en la espesura del sueño y descendíamos por cuerdas invisibles que pendían de oquedades pavorosas cada vez más abajo, cada vez más abajo, hacia la luz interior. Hacia la luz del Corazón.

Hemos alcanzado el fondo de nuestras conciencias. Hemos abierto los cofres y hemos contemplado nuestras vidas a la luz de diamantes subterráneos. Allí, donde pocos hombres y mujeres bajan, nosotros volamos sobre los espíritus del llanto y la alegría. Los ángeles nos abrieron las puertas y nos acogieron como príncipes y reinas. Allí, cada uno detuvo su pálpito y contempló el túnel inacabable de la vida.

El descenso al submundo ha sido completo. Bajo la protección de nuestro Maestro todo ha sido fácil y sin demora. A cambio de su protección y guía, nosotros le dimos nuestros sueños más puros, y con ellos tejimos una alfombra mágica con la que hemos volado hasta el principio y el final del tiempo.

Cada mañana, aquella mancha verde que se dibujaba en mi retina cuando cerraba los ojos al terminar de salir el Sol era la puerta de entrada que me llevaba hasta las minas de piedras preciosas que se esconden en mi corazón. Tras la puerta verde he recorrido túneles que me han llevado hasta el principio de las estrellas y sus cráteres.

Aquellas noches que después del ejercicio contemplábamos la bóveda celeste tumbados en la lona verde, poco antes de que saliera la Luna, en aquellos instantes toda la majestad de la creación nos hablaba en suaves susurros, y nuestros corazones cantaban, declamaban, o lloraban.

Noches negras del desierto. ¡Cuánto os debo!

Heridas, sueños, anhelos… todo abierto y en carne viva se nos mostraba.
Valles verdecidos y montañas blancas con la ultima nieve-primavera.
Almas de luz. Manzanas verdes de un Paraíso alcanzable.
Ciencia pura.

Un grupo es una experiencia inolvidable, porque es para siempre. Un grupo contigo dentro hace que quieras estar todo el tiempo con los otros en la magia del amor y el momento.

Un grupo como el que allí y entonces conseguimos no se detendrá nunca, porque al regresar a Madrid, a Barcelona, a Bilbao, a Málaga, a Donostia, a Sigüenza, o Almería, nada se ha separado. Por el contrario, la red de relaciones invisibles, como tela de araña mágica, ha quedado ya trenzada para siempre.

En las mezquitas de los Santos de Marrakech recuerdo un par de lugares con baraka aquella última mañana. En la mezquita de Sidi ben Abbas había una docena de ciegos rezando en un lateral del patio. En sus rostros veíamos un misterio insondable. Un halito de belleza sobrecogedor. Cuando alguien del grupo entregaba una moneda, sus suplicas se volvían cantarinas y entonaban una y otra vez sus peticiones de bien para la compañera que pedía ayuda.

En la mezquita de Sidi Youssef Ben Ali hay una cripta subterránea en donde estaba el santo enterrado. No recuerdo su nombre pero si su vibración. Era un lugar especial que irradiaba rotundos destellos de paz. Todos abajo lo rodeábamos en silencio. Gozamos de su halito poderoso, que una vez se expresó en un cuerpo que se movía por aquellas calles de Marrakech.

Me he quedado a vivir en Marrakech para siempre.
He abierto casa para pasear todas las tardes por mi Plaza, para ver bailar a las tribus del desierto y para dejar que me pongan en el cuello cobras silenciosas, mientras otras bailan con la música de la flauta.

Marruecos guarda tesoros para los buscadores.

Hay un pálpito espiritual en esta tierra, que nos devuelve la esencia perdida de la otra orilla.

Dos orillas, pero un solo mar que hay que circunnavegar de nuevo,
para que las secretas ánforas del Sahara alcancen su destino final.

Almería, 18 de abril 2010

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