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Acerca de las tres estaciones de la religión del islam

Epístola 57 del libro Ziyâdatu-l-Yawahir (Incremento de las esencias)

06/09/2010 - Autor: Ibrahim Niass - Fuente: Epístola Ziyadat al-yawahir
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Una lectura de las estaciones de la religión (Foto de Muhammad Escudero Uribe)
Una lectura de las estaciones de la religión (Foto de Muhammad Escudero Uribe)

La Risala

En el Nombre de Dios, el Misericordioso y Compasivo.

Que Dios derrame Sus Bendiciones sobre Su Noble Mensajero, Muhammad, el mejor de entre los hombres, así como sobre su Familia y sus Compañeros, las Estrellas.

Alabado sea Dios, quien es llamado la Paz, el Creyente, el Excelente -¡Glorificado sea!– Él es el Rey, El que acepta el arrepentimiento (Tawwâb), el Compasivo, el Observador (Raqîb), el Dominador (Muhaymin),

Que las dos Paces estén sobre aquél que es el Camino Recto, el piadoso, el puro, el verídico, el sincero, dotado con la naturaleza inmensa (al-juluq al-‘adhîm), el vigilante (murâqib), el contemplativo, fuente de todas las ciencias ortodoxas, el siervo, el señor, caracterizado con los Atributos del Señor Supremo,

Y que Dios esté enteramente complacido con el que hace triunfar la Verdad por la Verdad, el Guía hacia el Camino Recto, y con su Familia, según el rango y la medida inmensa que le corresponden.

A continuación:

¡O estimado y queridísimo maestro (qudwa) ‘Umar ibn Mâlik, que el Detentor Universal (al-Mâlik) sea dulce con tu padre y contigo! He leído atentamente tu noble escrito, cuyo discurso me ha parecido muy justo, y me he detenido a considerar tu pregunta sobre las tres estaciones de la religión (maqamât al-dîn), sobre cuántas moradas (manâzil) encierran éstas, y sobre la realidad esencial de estas disposiciones (yisâl).

El Maestro, el Gnóstico ‘Ubayda ibn Anbûÿâ dijo sobre esta cuestión que la solución se encuentra en una larga búsqueda que no tiene descanso. Y he aquí de mi parte lo que puedo escribir de aquello a lo que se aferra mi espíritu, que es la fórmula “No hay Dios sino Dios” (lâ ilâha illâ Allâh).

Las estaciones de la religión son tres: la sumisión (islâm), la fe (îmân), y la excelencia (ihsân). El islâm es decir “No hay Dios sino Dios”. El îmân es saber que “No hay Dios sino Dios”. Y el ihsân es recorrer todas las implicaciones de “No hay Dios sino Dios”, lo que significa que hables según el lenguaje de tu estado (kalâm hal) y la palabra de Dios (maqâl Allâh).

La noble palabra “Lâ ilâha illâ Allâh” es la palabra del arrepentimiento, la palabra de la piedad, la palabra de la sinceridad, la palabra de la unidad y la palabra pura (tayyiba).

Posee tres grados: el primero corresponde a la estación del islâm, que es cumplir con las exigencias del Sabio Discurso Divino en el mundo corpóreo (hadhrat al-nâsût). El segundo grado es el conocimiento de ello, y corresponde a la estación del îmân. El tercer grado es decir “Allâh”, y corresponde a la estación del ihsân. Estas tres estaciones son distintas sin ser distintas (mutabâyinât ghayra mutabâyinât), en la medida en que todo gira en torno al eje único que es “Lâ ilâha illâ Allâh”.

En cuanto a las moradas espirituales (manâzil), suman en total nueve:

a.1) La Tawba

La primera morada del islâm es el retorno a Dios o arrepentimiento (tawba), que es dejar de renegar la Gracia de Dios. A toda Gracia (ni’ma) le corresponde una acción de gracias o reconocimiento (shukr), dispuesto para la satisfacción del Benefactor (Mun’im). Lo contrario del agradecimiento (shukr) es la ingratitud y la infidelidad (kufr). Los Sabios de la iniciación musulmana dicen que la tawba es eliminar de sí cualquier comportamiento vil y despreciable (danî) para reemplazarlo por un comportamiento noble y elevado (sanî).

Y yo digo: lo despreciable, en lo que rige al común de los fieles (‘âmma), es el abandono de las obligaciones y la práctica de lo prohibido; en lo que rige a la Élite (jâss), es el abandono de lo recomendado y la práctica de lo desaconsejado; y en lo que rige a la Élite de la Élite (jâss al-jâss), es alejarse de la Presencia Divina, lo que precisamente conforma la negligencia (ghafla).

La tawba de la Élite de la Élite constituye la tawba propiamente dicha, es decir su realidad misma. Puesto que desde el punto de vista de la realidad esencial, se trata de matar al ego, como lo declara Dios en la aleya: “Retornad hacia vuestro Creador, matando a vuestro ego” (2, 54), de manera que en esta morada, uno ni ve la tawba, ni ve de ella acción, estado o estación que se le pueda atribuir. Y esto es el retorno del retorno a Dios, o arrepentirse del arrepentimiento (al-tawba ‘an al-tawba): “Y Dios ama a los que se arrepienten” (2, 222), es decir: “a los que se arrepienten del arrepentimiento”.

a.2) La Istiqâma

La segunda morada del islâm es la Rectitud (istiqâma), que es recorrer (sulûk) el Camino Recto sin desviarse, siguiendo la disposición misma (binyât) de la Vía y del Camino Recto en las diez conductas que Dios - ¡Exaltado sea! – ha enumerado en la sura de los Rebaños con su palabra:

“Di: «Venid, voy a recitaros lo que vuestro Señor os ha prohibido:

1. No Le asociéis nada,

2. Sed buenos con vuestros padres,

3. No matéis a vuestros hijos por miedo a la pobreza - Nosotros os proveeremos a vosotros y a ellos,

4. No os acerquéis a la depravación, pública o secreta,

5. No matéis, sino es con razón, a la vida que Allâh ha consagrado, ¡Esto es lo que Él os ha ordenado. Quizás, así, razonéis.

6. No toquéis los bienes del huérfano, sino de manera conveniente, hasta que alcance la madurez,

7. Dad con equidad la medida,

8. Y el peso justos, No pedimos a nadie sino según sus posibilidades.

9. Sed justos cuando habléis, aunque se trate de un familiar cercano,

10. Sed fieles a la alianza con Allâh.

Esto es lo que Él os ha ordenado. Quizás, así os dejéis amonestar».

Y: «Éste es Mi Camino Recto (sirâtî mustaqîm). Seguidlo, pues, y no sigáis otros caminos, que os desviarían de Su camino” (6, 151-153).

Éste es el Camino Recto propiamente dicho. Lo que se espera de uno es que actúe conformándose a lo que exigen las conductas mencionadas: no asociarLe nada, no matar a la vida que Dios ha consagrado, no matar a los niños por miedo a la pobreza, abandonar las depravaciones públicas y secretas, etc. La Rectitud es pues tomar el Camino Recto. Ésta es la Rectitud del común de los fieles.

La Rectitud de la Élite es recorrer el Camino Recto, que para ellos es el Mensajero de Dios (SAWS) en persona, lo que significa extinguirse en él y en el amor por él, imitando sus maneras, caracterizándose con sus atributos, exterior e interiormente, volcándose completamente en la rememoración de su vida, dichos y actos, invocando las bendiciones de Dios sobre él, y suplicando a Dios en su favor en cada soplo de vida.

Ésta es la Rectitud de la que habla Dios - ¡Exaltado sea! – cuando dice: “Aquellos que dicen: “Nuestro Señor es Dios”, y luego son rectos” (41, 30).

a.3) La Taqwâ

La tercera morada del islâm es la piedad (taqwâ), que significa cumplir con las prescripciones divinas y alejarse de las prohibiciones divinas exterior e interiormente, en privado y en público.

La Rectitud de la Élite de la Élite es eliminar de ti toda mala costumbre y toda conducta que necesite ser ocultada. Esta morada es más elevada que la simple Rectitud, puesto que aquí las prescripciones engloban lo obligatorio, lo aconsejado y lo lícito; y lo ilícito engloba las prohibiciones, lo desaconsejado y todo lo contrario a las prescripciones, de modo que se trata de cumplir con las prescripciones de manera absoluta, e igualmente alejarse de lo ilícito de manera absoluta.

Esto representa también la piedad del común de los fieles.

Para la Élite, la piedad es que Lo recuerdes y no Lo olvides, que Le obedezcas y no Le desobedezcas. Ha dicho - ¡Exaltado sea! - : “¡O vosotros que creéis! Temed (ittaqû) a Dios según el temor que Le corresponde” (3, 102). Ésta es la piedad (taqwâ) de la Élite, del mismo modo que la aleya que dice: “Temed a Dios según vuestras posibilidades” (64, 16), corresponde al grado del común de los fieles.

La piedad de la Élite de la Élite es la desaparición de todo pensamiento otro que Dios en el espíritu, ni siquiera por un instante.

Dijo un Gnóstico:

Si mi espíritu deseara en su olvido otra cosa que Tú,

Pronunciaría al instante la sentencia de que ha apostasiado.

Sin embargo, esto es un estado (hâl) en el Gnóstico, y una estación (maqâm) para el Polo único y sintetizador (al-Qutb al-fard al-ÿâmi’). El poeta habla de su estado, pero esto no es una condición esencial del Gnóstico. Ésta es la piedad a la que hace alusión Su palabra: “Ciertamente Dios ama a los piadosos” (9, 4).

b.1) El Sidq

La segunda estación de la religión es la fe (îmân), y la primera morada del îmân es la veracidad (sidq), que supone hacer el bien (birr) buscando la Faz de Dios - ¡Exaltado sea! – : “La piedad (birr) no está en girar vuestro rostro hacia el Oriente o hacia el Occidente, sino en creer en Allâh y en el Último Día, en los Ángeles, en los Libros Sagrados, y en los Profetas, en dar de sus bienes, por mucho amor que se les tenga, a los parientes, a los huérfanos, a los necesitados, al viajero, a los mendigos y para liberar a los esclavos, en realizar la oración ritual y dar la limosna, en cumplir con los compromisos contraídos, en ser pacientes en el infortunio, en la aflicción y en tiempo de peligro. ¡Ésos son los hombres sinceros, ésos los piadosos!” (2, 177).

La veracidad de la Élite es la veracidad en el amor de la Esencia Suprema (al-Dhât al-‘Aliyya), hasta el punto de que llegar a la unión (wusûl) en la Esencia Suprema le es más querido que cualquier otra cosa existente, de que Su Nombre le es más querido que cualquier otro nombre, de que Su Palabra le es más querida que cualquier otra palabra, de que Su Satisfacción le es más querida que cualquier otra satisfacción, de que Sus Amados le son más queridos que sus propios amados. Y ésta es la veracidad de la Élite, de la que Dios ha dicho: “Estad con los verídicos” (9, 119). En esta estación, el espíritu del que la realiza no se aferra a nada más que lo que Dios quiere existenciar, de modo que el espíritu del verídico no se aferra a una cosa de la que Dios no desea la existencia: “Y ésta es la Gracia de Dios. La da a quien Él quiere, y Dios es el Detentor de la Gracia Inmensa” (62, 4).

La veracidad de la Élite de la Élite es la confirmación (tasdîq) de lo que la Presencia Divina ha proyectado en la Presencia Profética de ciencias, estados, secretos, comportamientos, derechos y ritos. Quien lleva su veracidad hasta este nivel, ha realizado la forma superior (sigha mubâligha) de la veracidad.

b.2) El Ijlâs

La segunda morada del îmân es la sinceridad (ijlâs), que es cumplir con todas las prescripciones buscando la Faz de Dios, el Generoso, y dejar lo ilícito con la misma intención. Y si encuentras en ti afán de sorprender, o de ser visto u oído, entonces no has alcanzado la sinceridad. Ésta es la sinceridad del común de los fieles.

La sinceridad de la Élite consiste en obrar sin esperar una recompensa, ni por miedo a un castigo, ni para alcanzar una estación espiritual, pero simplemente por adoración (‘ubûdiyya) y amor ardiente de Dios. La adoración (‘ubûdiyya) es que actúes sin causa alguna, si no es el hecho de que Dios es el Dios cuya dignidad supone que le adoremos, y tú el siervo al cual conviene únicamente servirLe, de modo que obras para Él, sin imaginar que tienes derecho alguno sobre Él, ni siquiera en el momento de la contemplación de la Gracia que Él te ha acordado, que es aquí la contemplación de tus acciones, que Dios ha creado de Él para ti, y que te ha atribuido como Favor y Gracia.

La sinceridad de la Élite de la Élite es excluir de tu relación (mu’âmala) con Dios todo lo que es otro que Él, de manera que ves que tus actos vienen de Dios, son para Dios, y se hacen por Dios, sin que puedas participar ni dejar de participar en ello. Y debes saber que Dios ama a los sinceros.

b.3) La Tuma’nîna

La tercera morada del îmân es la serenidad (tuma’nîna), que es la quietud del corazón, la suficiencia en Él y la permanencia en Él, hasta el punto de que no queda en tu corazón ni el deseo de echar una mirada hacia lo que puede resultar útil para el ego o perjudicarle. En vez de esto, capitula rindiéndose ante Dios, de modo que deviene el lenguaje de su estado: “¡O Dios mío! Tú tienes la carga de mi subsistencia”.

Ésta es la serenidad, y no pertenece sino a la Élite, sin que el común de los fieles pueda alcanzarla.

La serenidad de la Élite de la Élite es el conocimiento certero e intuitivo (yaqînan) de que lo otro que Dios no posee existencia alguna, de manera que uno no reside sino es en Él, y no hace retorno, sino es hacia Él, y habla según la aleya: “¡O alma serena! Vuelve hacia tu Señor” (89, 27).

c.1) La Murâqaba

La tercera estación de la religión es el ihsân, y la primera morada del ihsân, la vigilancia (murâqaba), que es la concentración continua en Dios y el conocimiento de que Dios se manifiesta en la totalidad del siervo, sin que cese en el siervo este pensamiento, hasta el punto de que percibe la Realidad esencial (haqîqa) detrás de un fino velo, por medio de una comprensión intuitiva (fahm dhawqî). Y puede ser que alguien que no posee un discernimiento perfecto escuche hablar al que ha alcanzado esta estación, y lo tome como realizado (wâsil), sin que lo sea realmente, puesto que en verdad percibe la Realidad esencial detrás de un fino velo y toma las ciencias por comprensión (fahm) e intuición (dhawq), y no por contemplación (mushâhada). Ésta es la vigilancia de la Élite, que adviene antes de la contemplación.

Sin embargo, la vigilancia después de la contemplación (mushâhada) constituye la vigilancia de la Élite de la Élite. La vigilancia es la más preciosa de las estaciones de los iniciados, ya que conforma el término de la Gnosis.

C.2) La Mushâhada

La segunda morada del ihsân es la contemplación (mushâhada), que es la visión directa (‘iyânan) de la Realidad por medio de la Realidad (ru’yat al-Haqq bi-l-Haqq), sin que intervenga duda, incertidumbre o ilusión alguna, puesto que no permanece nada sino es la Realidad con la Realidad en la Realidad. Y si continúa permaneciendo de la existencia del siervo, ni siquiera un solo pelo, entonces significa que no ha alcanzado esta estación, puesto que en ella se extingue el siervo a sí mismo, a lo otro y a la alteridad, de modo que deviene el lenguaje de su estado:

Y no permanece sino Dios, y nada más que Él

Sin que quede algo unido o separado

Porque no hay nombre, ni calificación, ni forma, ni límite.

Ésta es la visión sin cómo, ni limitación, ni unión, ni dirección, ni cara a cara, ni comienzo, ni junción, ni separación, ni invocación, ni invocador, ni invocado: “Vino la Verdad y desapareció el Error. Y ciertamente el Error está destinado a desaparecer” (17, 81). Y éste es el grado más bajo de la apertura espiritual o iluminación (fath). Por lo tanto, lo que viene antes no es la iluminación. La iluminación constituye la puerta de la Gnosis, pero no es la Gnosis propiamente dicha. Todo Gnóstico es iluminado, pero el contrario no es cierto: no todo iluminado es gnóstico.

C.3) La Ma’rifa

La tercera morada del ihsân es la Gnosis (ma’rifa), que es la consolidación y el establecimiento del espíritu en la presencia contemplativa a través de la perfecta extinción y la permanencia en Dios.

Para la Gente de la iniciación musulmana (tasawwuf), el Gnóstico es quien ve lo otro en lo mismo, hasta que contempla Dios (al-Haqq) en lo otro que Dios.

Pero para mí, el Gnóstico es quien se ha extinguido en la Esencia Divina una vez, en el Atributo dos o tres veces, que se ha extinguido en el Nombre una vez, que ha establecido su ser en las tres realidades esenciales y ha consolidado los Nombres con el Nombre.

Esta estación exige una gran virtud y supone gran dificultad. No se obtiene sacrificando generosamente bienes e hijos. Y el detentor de esta estación está perfectamente despierto en Dios, posee una certidumbre completa en lo que se refiere a Su Sabiduría y Sus Decisiones, y está siempre complacido y sumamente satisfecho, hasta la cúspide de la satisfacción, con el curso de los eventos predeterminados por Dios (al-aqdâr), de modo que con razón puede dirigirse a sí mismo con la palabra de Dios - ¡Exaltado sea! : “Entra entre Mis servidores y entra en Mi Paraíso”.

La Gnosis es la última de las estaciones de la religión, y la tawba es la primera, pese a que la tawba es mejor que la Gnosis, ya que la culmina. En efecto, la esencia de la tawba es la desaparición de la tawba, lo que no se obtiene si no es a través de la Gnosis. Y por eso decía nuestro Señor el Sello Tiyânî -¡Que Dios esté complacido con él y con nosotros por él! ¡Âmîn!- : “¡Juro por Dios, fuera del cual no hay Dios, que jamás he alcanzado la estación de la tawba!”. Quería decir -Que Dios esté complacido con él!– que había retornado de su retorno a Dios, del cual ya no tenía conciencia. Mientras el siervo ve en sí mismo algo de su retorno a Dios, es que no ha alcanzado verdaderamente la estación de la tawba.

Conclusión

Hemos comentado aquí de manera muy sintética lo que son las moradas espirituales. Y si continuáramos exponiendo lo que encierra aún esta cuestión, no nos bastaría un solo y único volumen. Pero lo que hemos expuesto, como decíamos antes, es la esencia de las estaciones de la religión, que son el islâm, el îmân y el ihsân. El islâm es “Lâ ilâha illâ Allâh”. El îmân es saber que “Lâ ilâha illâ Allâh”. Y el ihsân es pronunciar el nombre “Allâh”, “que entienden únicamente los Sabios” (29, 43).

En total suman estas moradas nueve. Y si meditas sobre todo ello, verás que la esencia eterna de estas moradas espirituales se encuentra contenida en la Realidad última (al-Haqîqa), y que son un símbolo en un grado de realidad dado de las nueve Presencias (al-Hadhrât), que aunque a su vez suman nueve, no son sino una, puesto que si entras en la Presencia Divina y Eterna, realizas tu deseo de Dios, del Profeta y del Shayj; si alcanzas la Presencia Muhammadiana, realizas tu deseo de Dios, del Profeta y del Shayj; y si llegas a la Presencia Ahmadiana, realizas tu deseo de Dios, del Profeta y del Shayj; de modo que devienen las nueve Presencias tres en tres, como las moradas son nueve, tres en tres. La Presencia del Shayj es la estación del islâm, la Presencia del Profeta es la estación del îmân, y la Presencia Divina es la estación del ihsân. “Y ciertamente hacia tu Señor se encuentra el límite” (53, 42).

Anexo

A lo que precede sobre las tres estaciones de la religión, hay que añadir lo siguiente:

1) La realidad del arrepentimiento (tawba) es el arrepentimiento del arrepentimiento: “Y ciertamente Dios es el que acoge el arrepentimiento (Tawwâb), el Compasivo (Rahîm) (9, 104).

2) La realidad de la rectitud (istiqâma) es la permanencia después de la extinción: “Y ciertamente Dios establece lo que quiere” (5, 1).

3) La realidad de la piedad (taqwâ) todo pensamiento otro que Dios en el espíritu, ni siquiera por un instante: “Y eso porque Dios es la Realidad Última (al-Haqq)” (22, 62).

4) La realidad de la veracidad (sidq) es asolarse en la orientación hacia Él: “Y todo perece, menos Su Faz” (28, 88).

5) La realidad de la sinceridad (ijlâs) es que no veas tus acciones como viniendo de ti, o yendo hacia ti, o para ti: “Todo lo que hay en los cielos y la tierra proviene de Él” (45, 13), “¿Acaso no es hacia Dios que va el destino de todas las cosas? (42, 53), “Y a Él le pertenecen el Reino y la Alabanza” (64, 1).

6) La realidad de la serenidad (tuma’nîna) es no desear la no-existencia de lo que es, ni la existencia de lo que no es: “Y Dios sabe, mientras que vosotros no sabéis. Y no se Le interroga sobre lo que hace” (16, 64).

7) La realidad de la vigilancia (murâqaba) es el apego permanente del corazón a Dios: “Ciertamente Tu Señor está atento” (89, 4), “Y no hay situación en la que os encontréis ni recitación que de él hagáis ni acción alguna que llevéis a cabo sin que seamos Testigos de ello, cuando lo emprendéis” (10, 61), “Y sabemos lo que es sugerido al alma, y estamos más cerca de él que su vena yugular” (50, 16), “Y tres no pueden conversar sin que Él sea el cuarto” (57, 8), “Y Dios conoce lo que encierran los pechos”.

8) La realidad de la contemplación (mushâhada) es la visión (ru’ya) de la Realidad Última (al-Haqq) directamente (‘iyânan): “Allí hacia donde os volvéis, allí se encuentra la Faz de Dios” (2, 115).

9) La realidad de la Gnosis (ma’rifa) es la contemplación (shuhûd) de la Perfección de la Esencia Divina: “Y nada es como Él” (42, 11).

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