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Reflexiones sobre un tiempo sagrado (II)

La Realidad se compadece de nosotros iluminando ese vacío, llenándonos de luz

27/08/2010 - Autor: Webislam - Fuente: Webislam
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Sabemos que está ahí y aquí aunque no podamos verLe, creemos en Él y Le adoramos.
Sabemos que está ahí y aquí aunque no podamos verLe, creemos en Él y Le adoramos.

Reflexiones sobre un tiempo sagrado (II)

Selección de textos de Hashim Cabrera sobre el tiempo del ayuno de Ramadán*

Con el Nombre de Allah, el Más Compasivo, el Más Misericordioso.

El islam es nuestra acción de someternos a la Realidad y el imán nos hace conscientes de ello. El islam y el imán abren nuestros corazones a Allah, y nos conducen, insha Allah, a la experiencia del ihsán.

Allah se nos revela como Al Muhsi, el que nos ve, el que lleva la cuenta, el que conoce cada rincón, cada detalle de nuestra inacabada identidad, el que nos hace conocer la totalidad cuando nos hemos roto en las palabras, en las barreras, en los ídolos, cuando nos hemos librado del shirk atravesando las alambradas.

El ihsán es nuestra excelencia, nuestro mejor estado. Cuando vivimos sometiéndonos a la Realidad, abriéndonos a Su Revelación, encontramos el sentido pleno de nuestra existencia, un estado de conciencia claro, de percepción pacificada.

Los musulmanes —muslimún— somos unas criaturas extrañas dentro de la humanidad. Somos seres libres que decidimos someternos a aquello que no conocemos y no podemos ver ni imaginar. Tratamos de someternos a esa Realidad que se nos escapa, a pesar de ser lo Único que se nos muestra. Por medio de nuestro entendimiento y de nuestra voluntad, sirviéndonos de esa ámana que Allah nos ha confiado, con ese imán nos dirigimos consciente y voluntariamente hacia Él. Así vamos haciéndonos mu’minún, mientras nuestros corazones se ensanchan despertando al sentido. Y nos damos cuenta ahora de que es Allah quien decide cada respiración, cada latido, todo suceso, cada significado que conforma nuestra misteriosa existencia.

Un solo movimiento del corazón, una súbita comprensión es suficiente para que nos alcance el ihsán, para que ahora seamos muhsimún, unos seres humanos que rasgamos el velo de la duda, que traspasamos el muro de la incertidumbre y adquirimos seguridad, certeza —yaqín— en medio del tiempo que nos envuelve y constituye, de los otros corazones que nos reclaman desde los rincones de nuestra creación.

El imán sirve al propósito de guiarnos hasta su verdadero Dueño. Aquí estamos a solas con la Realidad Omnisciente, vivos en la subsistencia. Aquí ya no necesitamos creer porque estamos sabiendo la Verdad, viviendo y paladeando la Realidad. Él es el Mu’min, el que guarda nuestra conciencia de Él, el que nos la presta por un tiempo. ¿Cómo podríamos nosotros ser mu’minún si Allah no nos la hubiese confiado?

El islam, el imán y el ihsán son los mayores tesoros que podemos obtener en la tierra de Adam, que es ahora la tierra de Muhámmad, la paz sea con ellos, una tierra donde la creación del ser humano y del mundo tienen ya sentido, y una clara finalidad consciente.

Ahora el ayuno nos recuerda que vivimos en precariedad, aún cuando disponemos de todo lo necesario para subsistir. La privación nos ayuda a ser conscientes de nuestra pobreza y vacío interiores, nos deja a solas con la Realidad, y cuando nos damos cuenta de Ella, la Realidad se compadece de nosotros iluminando ese vacío, llenándonos de luz.

El ayuno durante el mes de Ramadán es también una parábola de la peregrinación espiritual. El principio, los diez primeros días de ayuno, son el ayuno del musulmán, el sometimiento voluntario que implica una autonegación. Comenzamos el ayuno contradiciendo nuestras inclinaciones. Tenemos hambre, sed y deseo sexual, pero también tenemos la capacidad de decidir. Los animales no pueden ayunar, no saben. Cuando sienten sed, si tienen agua, no pueden reprimirse. Nosotros sí. Y Allah nos hace obligatorio el ayuno para que nos demos cuenta de que somos diferentes al resto de las criaturas, de que tenemos algo distinto, algo que no nos pertenece, un préstamo de conciencia y de libertad que sólo es de Allah.

Cuando nos sometemos al mandato divino del ayuno estamos caminando hacia lo real contra toda lógica, presintiendo a Allah en nuestros corazones. Sabemos que está ahí y aquí aunque no podamos verLe, creemos en Él y Le adoramos.

Casi sin darnos cuenta hemos cruzado la mitad del ayuno, que es ahora ayuno del mu’min, un ayuno fácil y lleno de conocimiento. Y en las últimas noches, Allah nos regala el ihsán, la excelencia, el sentimiento vivo, la presencia, el poder. Este es el ayuno del muhsim.

El profeta, sala Allahu alehi wa salem, dijo que su misión entre nosotros es perfeccionar nuestro buen carácter, indicarnos la vía por la que alcanzamos la excelencia en el comportamiento como seres humanos. En un hadiz transmitido por Ibn Hanbal y por Tabari, al Hasan oyó decir al Enviado de Allah:

“No os vistáis con la lana sino cuando vuestros corazones sean puros. Los que se visten con la lana mientras que aún se encuentra en ellos trampa y perfidia, se exponen a la enemistad de Aquel que sostiene los cielos.”

Al Sulami nos cuenta lo siguiente:

“El Arcángel Yibril vino a buscar al profeta y le dijo: Oh Muhámmad: Te traigo el Ihsán, que consiste en que perdones al que ha sido injusto contigo, que des al que niega tu dádiva, que visites al que se ha alejado de ti, que no te apartes de quien da pruebas de incomprensión hacia ti y que practiques el bien aún con el que actúa contigo por el mal.”

Islam, imán e ihsán tienen como correspondencia en nosotros, la voluntad, el conocimiento y el recuerdo. Y el Qur’an, que es el mejor recuerdo, sólo se nos revela en toda su profundidad cuando somos muhsimes, cuando recordamos la Realidad, cuando sentimos Su presencia en nosotros.

Allah nos procura una pura experiencia de la Realidad cuando se nos revela como Al Muhsi. Así nos hace conocer las formas de vivir el sometimiento, el din del islam, a través de nuestra condición, de nuestro carácter. La dimensión interior la guarda para los hombres y mujeres justos, para los gnósticos, la gente de la vía, para aquellos cuyos corazones Él purifica haciéndolos capaces de la revelación.

El ayuno nos saca del sueño de la inconsciencia y de la muerte, y nos deja un poco más cerca de Allah, un poco más conscientes de Él. Ese poco más, ese pequeño incremento de nuestra taqua es suficiente para que conozcamos el ihsán. Cuando el recuerdo de Allah inunda nuestro corazón, nuestra visión ya no nos muestra nada y presiente ya nada más que a Allah, aunque no podamos verlo.

¡Allahumma! Purifica nuestras visiones, ennoblece nuestras almas y haz que nuestras palabras y nuestras acciones sirvan a Tu propósito. Protege a todos aquellos que hoy ayunamos por ti en todos los lugares del mundo. Protege y alienta a tantos seres sometidos que sufren injusticia y persecución. Tú sabes más, pero nosotros te pedimos misericordia, perdón, guía, luz, amor, claridad, unión, calor y alimento. Amin
 

* Textos extraidos del libro de Hashim Cabrera "Jutbas de dar as Salam". CDPI. Junta Islámica. Almodóvar del Río. 2007.
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