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Los mártires moriscos: una resistencia espectacular

Los inquisidores y su ostentación impresionante no consiguieron someter a muchos moriscos que seguirán afirmando su fe hasta el umbral de la hoguera

17/08/2010 - Autor: Hicham Zalim - Fuente: Webislam
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Un morisco es sometido a uno de los tormentos de la Inquisición.
Un morisco es sometido a uno de los tormentos de la Inquisición.

Es claro que la Inquisición fue una institución eminente y eficacísimamente represiva, un instrumento policial de gran utilidad para “la creación y el mantenimiento de una sociedad teocrática cerrada” (1)

Ciertos moriscos, condenados por herejía a la hoguera, mueren delante de todo el mundo, con todos los aspectos externos de la fe cristiana y no se puede dudar de la sinceridad de su arrepentimiento.

La Inquisición puede entonces felicitarse del trabajo cumplido porque no sólo acaba de “reclutar” el alma de un hereje por el catolicismo, sino, sobre todo, su salvación se consigue merced a la Iglesia.

Esta conversión pública no deja de servir de predicación para todos los que asisten al auto de fe, moriscos y cristianos. Así, la política represiva de la Inquisición está más que justificada ante todos. Conscientes de su papel, los inquisidores no fallan la oportunidad de añadir la constancia escrita de la muerte de los supliciados a los resúmenes de los procesos enviados a la suprema Inquisición. Estos actos espectaculares de contrición justifican ampliamente la misión inquisitorial.

El 16 noviembre 1579, el morisco Mastre Miguel Hernandez, de Algemia, es condenado a muerte. Dos monjes que están cerca de el y le asisten en sus últimos momentos escriben un emocionante relato: “muere como Cristiano, el último de todos. Desde que salió de la Inquisición hasta el mercado, fue siempre diciendo paternóster para que Dios le alumbrase (…) Detestaba y abominaba de Mahoma y de su secta y de todas las sectas, sacada la de J.C y de todos los errores que contra ella había tenido y que quería morir y vivir con esta fe y que contestásemos nosotros todo lo que quisiésemos, que de esta manera él lo creía y le penaba de haber ofendido a Dios y que él ya no podía decir más, que se desmayaba, y así en haber hecho esta protestación con la cruz arrimada a la boca, desmayado, sin poder hablar palabra y casi sin ningún sentido y así le dieron luego el garrote”. (2).

Los vecinos de la ciudad de Zaragoza han sido también testigos de estos espectáculos de auto-acusación. En el año 1578, Juan Alax acepta la muerte en una situación de sumisión total a la Iglesia de Roma después de haber sido convencido por los inquisidores que el único camino para rescatar su triste vida herética es de morir en el fuego purificador: “…después confesó sus pecados con mucho dolor y sentimiento como sus lágrimas manifestaban y vino a tomar con tanta paciencia la muerte, que tenía mucho contento de aquella y esperando que por allí caminaba al cielo. Item en el cadalso estuvo con muchas lágrimas rezando el rosario y adorando la cruz, y oyó su proceso con mucha humildad y declarándole por relajado, abajando su cabeza dijo poca pena es esta para lo que merecía”. (3).

Sin embargo, no todos los moriscos se plegaran tan fácilmente a la Inquisición. Mientras unos escapan totalmente a su control, otros seguirán afirmando, a pesar del tormento, su fe coránica y morirán públicamente como verdaderos mártires del islam. Para ellos, si la Inquisición domina sus cuerpos, no puede someter sus almas. Negándose a ser considerados culpables perpetuos, rechazaran, ante los jueces, el código inquisitorial y así se negarán a jugar el juego de culpa y de arrepentimiento tan querido de los inquisidores y que constituye su ánimo durante el proceso (4). El término “confesar”, que forma parte del contexto religioso de sumisión a la ley de la Iglesia, es rechazado categóricamente. Los moriscos no “confiesan” ser musulmanes, sino declaran serlo en voz alta y con orgullo.

El proceso de Francisco Pérez, alias Ali, acaba de empezar, y sin demora manifiesta su fe islámica ya que se niega a jurar sobre la cruz porque no se considera cristiano: “él es moro, no jura sobre la cruz”. Al fin los inquisidores le hacen jurar “por Ala en forma de moro!” (5). Seis años de cárcel no le cambian de opinión:”Siempre persevera en su pertinacia” (6).

Diego Lopez, Castellano de Villarubia de los Ajos, se quedará 18 meses en las cárceles inquisitoriales de Toledo sin cambiar su actitud de rechazo: “En todas las audiencias que con él se han tenido, habiendo entrado en 20 de noviembre de 1613, ha estado siempre pertinaz, perseverando en lo que los testigos deponen contra él, de que es moro, y lo ha de ser y vivir y morir en la dicha secta de Mahoma” (7).

Abdela Alicaxet endosara, él también, toda la responsabilidad de sus actos y de sus creencias sin ningún sentimiento de culpabilidad. Seguros del destino atroz que le espera en la tierra, los inquisidores se inquietan, sin embargo, por el destino espiritual de su alma, por ello, exhortan a Abdela a convertirse al cristianismo: “fuéle dicho que por amor de Dios nuestro Señor mire por si y su ánima y se convierta a nuestro Señor de puro corazón y buena voluntad para salvarla” (8). Su respuesta no dejará lugar a dudas: “Que si ha de vivir, ha de vivir moro y que si ha de morir, ha de ser moro” (9). Abdela no deja de repetir esta frase a lo largo de su proceso.

Aquella falta de colaboración es también predominante durante las sesiones de tormento que padecen los moriscos “in caput alienum”. Negándose a facilitar la tarea inquisitorial y hacer malo a otros, pagan muy caro esta resistencia pero consiguen no denunciar otros correligionarios moriscos.

Así, a pesar de los medios utilizados por los inquisidores de Zaragoza, el morisco de Tortoles, Alejandro Catejon, resistirá el tormento: “ejecutóse el tormento in caput alienum y se le dieron cinco vueltas de mancuerda y seis de garrote. En el potro insistió negando que no había visto hacer ceremonias de moros, ni cosa que fuese contraria a la Santa Fe Católica a ninguna persona” (10).

Aquella fuerza móral indestructible queda intacta hasta el umbral de la muerte; ciertos moriscos que agonizan en la cárcel impiden al clérigo de asistirles. Es el caso, en mayo 1603, del vecino de Cañamero, Bernabé Garcia, de 70 años de edad, cuyo la salud ha empeorado después una sesión de tormento: “se votó a relajar y tormento in caput alienum, según sus fuerzas que eran pocas por ser muy viejo y enfermo; confiscación de bienes y visto por V.S. mandó se le diese el tormento sobre lo testificado y con lo que resultase, vuelto a ver, se hiciese justicia; ejecutóse el tormento y no dijo nada en él; en este estado le apretó su enfermedad y murió sin querer confesar, antes a los que le decían que lo hiciese les respondia, que no se cansasen en predicarle que él sabía lo que había de hacer” (11).

Luis Pérez, Alfaqui de Cañamero, confiado él también en la fuerza dada por su fe, morirá fuera de la iglesia : “Cayó enfermo y estando próximo de la muerte se le dio confesor aunque él no le pidió para que le aconsejase lo que convenía y el confesor hizo relación de que no sólo, no quiso confesar pero que conoció de él que deseaba le dejase así morir” (12).

Pero la forma más espectacular de la resistencia morisca a la opresión inquisitorial se manifestará durante los autodafé. Los inquisidores y su ostentación impresionante no conseguirán someter a algunos moriscos que seguirán afirmando su fe hasta el umbral de la hoguera. Negándose humillarse hasta el final, proclamarán públicamente por la última vez que son musulmanes y morirán como mártires del Islam.

Es el caso del aragonés Juan Alexos Zat que, antes de ser estrangulado, arroja lejos la cruz que tiene en signo de rechazo: “antes de ahogarle, arrojó la cruz de las manos” (13).

Durante el autodafé celebrado el 21abril 1578, el Alfaqui de Brea, Miguel de Illueca, persevera, a lo largo del recorrido, en su rechazo de una religión impuesta por la fuerza: “…negaba el sacramento de la confesión y decía que él ya se había confesado con Dios, que si algún tiempo se confesó con su vicario había sido por cumplimiento, como también adoraba la cruz porque los otros lo hacían y no porque él creyese en aquello. Y trayéndole para que creyese todo esto que negaba, muchas razones y argumentos que hacían estas cosas evidentemente creíbles, concedente todo el antecedente a la consecuencia, no tenía otro reparo sino decir que no le encajaba y así perseveró siempre hereje pertinaz, hasta que se le dio el garrote y acabó” (14).

Jaime Izquierdo y el joven Juan Compañero escogen también morir con dignidad en la fe musulmana: “acabándose de pronunciar la sentencia de Juan Compañero, dejó la cruz en el suelo y alzó el dedo para arriba que es la señal que hacen los que mueren como moros y la hizo Jaime Izquierdo, relajado en el auto pasado que murió pertinaz” (15).

Esta opción ejemplar no carece de valentía porque, algunas veces, ciertos espectadores colaboran en la tarea inquisitorial y castigan los moriscos condenados: “Juan Compañero murió como moro públicamente y como tal, le apedrearon, arrastraron y dieron otros tormentos los muchachos villanos y otra gente que estaban en el quemadero que viendo su pertinacia, arremetieron contra él sin que nadie les pudiese resistir” (16).

El Fray Damián Fonseca ha descrito estas escenas horrorosas en que la gente reunida se vuelve el elemento más activo del castigo de los morisco: “desta suerte iban haciendo sus estaciones a las iglesias y lugares señalados de devoción que hay en la vuelta que daban hasta que llegaban al Mercado, que es lugar del suplicio, adonde les estaba aguardando un gran golpe de gente con piedras en las manos, que por la larga experiencia de cada día que tenían de otros, no les daban crédito, y les aguardaban amagando con las piedras para tirárselas, a la primera palabra que decían de Mahoma, o ademan heretical que hacían de Crucifijo, o del Rosario que llevaban en las manos, como de ordinario lo hacían: porque todos morían invocando a Mahoma. Y a los que el pueblo alborotado daba lugar para que subiesen al suplicio, echado el lazo, pedían muchas veces audiencia, que se les concedía ordinariamente, y las palabras que decían en nuestra lengua vulgar, eran éstas: Todos me sean testigos como muero en la ley de Mahoma, y al momento ellos mismos se arrojaban, y el verdugo en dos saltos salvaba la escalera, y se ponía en cobro, por temor de las piedras que llovían sobre el desventurado Apostata. Otras veces (y eran las más) que por el camino daba el sentenciado señales de que había de morir como Moro, en llegando al lugar del suplicio le desamparaban el Confesor, y ministros de justicia; bien seguros de que no se les escaparía con vida, porque era tan grande el diluvio de piedras que el pueblo descargaba en un punto sobre el maldito, que no sólo él quedaba muerto, y desfigurado, pero muchos de los circunstantes descalabrados. Era de grande admiración ver el ánimo que estos demonios mostraban en este paso, pues los vi estar mirando las piedras con los ojos fijos, haciéndoles rostro, con un denuedo tan extraño como si no vinieran contra ellos, hasta que perdían el sentido, y se caían muertos en tierra” (17).

Este rechazo al compromiso y esta increíble resistencia moral impresionan a los moriscos et les da razones para seguir siendo musulmanes. Las piedras que han servido para la lapidación serán recogidas durante la noche y conservadas como reliquias (18). Además, este fervor religioso influye también a los cristianos, delante de las miradas desesperadas de los inquisidores que ven la finalidad del suplicio publico evaporándose. Aquellos que miran morir estos hombres, a veces les consideran martirios y no siempre heréticos; es claro que ignoran los sutiles argumentos teológicos avanzados por San Agustino: “la cual (gente simple) no podía penetrar la diferencia que hay entre la fortaleza invencible que a nuestros Martyres comunica el Espíritu Santo, y la obstinación pertinaz que a estos herejes daba el demonio… y el glorioso San Agustín: los herejes no pueden tener muerte de Martyres, porque no tienen la vida de cristianos, pues la pena no hace martyres, sino la causa; En tanto, nadie se espante si viere al hereje tan pertinaz y tan inflexible en su obstinación, que padezca los tormentos, y la muerte con ánimo al parecer regocijando, porque ésta no es verdadera alegría, sino locura”. (19)

Algunas veces, los mismos hombres de la iglesia no saben distinguir los mártires cristianos de los mártires musulmanes. Es el caso, en el año 1601, del Franciscano Juan Mateos que perturbara el orden del autadafé en que comparece el morisco de Pastrana Juan Lopez Uleyles cuando se arrodillara delante de él y dirá públicamente que se lo considera como un santo: “se llegó a él el dicho fray Juan, levantándose del lugar adonde estaba sentado y postrándose en el suelo besó los pies al dicho Juan López muy despacio hasta que los dichos testigos le quitaron y levantándose el dicho fray Juan, mirando al rostro a el dicho Juan López se puso la mano en la boca y le dijo: “hermano, lo dicho”, dicho como que le encargaba algún secreto y un testigo añade, que el dicho fray Juan dijo a algunas personas que estaban delante de él, que le dejasen llegar a besar los pies a Juan López y que reprendiéndole respondió, no se espanten que es un santo” (20)

Estos hombres que escogen morir públicamente en la fe musulmana, manifiestan esta elección a través sus sufrimientos y representan para los inquisidores una propaganda amenazadora “a contrario”, porque son el atestado del fracaso ideológico de la Inquisición. No sólo fracasaron a vencer su voluntad y convencerles del fundamento de la fe cristiana, sino estos hombres que desafían a toda una institución son considerados, a pesar de los argumentos teológicos avanzados por los hombres de iglesia, como mártires por los moriscos, y quizás, por otros miembros de la comunidad cristiana. Su muerte autentifica la fe musulmana y da a los moriscos razones para creer y esperar. Yendo en contra del objetivo buscado por los jueces inquisitoriales, son la última victoria del Islam en tierra cristiana. Puede uno preguntarse , siglos más tarde, si no son el fermento de la duda católica y una llamada a la tolerancia ya que estos hombres han preferido perder la vida que someterse a una religión impuesta por los colonizadores norteños. (21)

Bibliografía:
(1) Antonio Marquez, voz “Inquisicion”, en Diccionario de Historia eclesiástica de España. CSICII, Madrid 1972 p 1 199.
(2) Archivo Historico Nacional, inq lib 988 f° 468 v°.
(3) AHN, inq lib 988 f° 369.
(4) Tomas y Valiente (Francisco), “Relaciones de la Inquisición con el aparato institucional del Estado”. Symposium Internacional sobre la Inquisición española celebrado en Cuenca, 1978, pp 42-60.
(5) AHN , inq lib 938 f° 403 v°.
(6) Ut supra.
(7) AHN, inq leg 2106/15
(8)AHN, inq leg 548/1.
(9)Ut supra.
(10) AHN inq lib 990 f° 490 v°. ver tambien HC Lea ‘’A History of the Inquisition of spain” London , Macmillan, p 12, Tome III.
(11) AHN, inq leg 1988/57 B. ver tambien leg 1988/58 C. Isabel Jimenez
65n° (12) AHN, inq leg 1988/57 B, proces.
(13) AHN, inq lib 988 f° 399 r°
(14) AHN, inq lib 988 f° 368 v°
(15) AHN, inq lib 989 f° 7
(16) AHN, inq lib 989 f° 6
(17) Fonseca, Justa expulsión de los moriscos de espana. Pp 113-114
(18) Ut supra pp 117-118
(19) Fonseca, justa expulsión…. Pp 114.
(20) AHN inq leg 1988/57 B
(21) Jeanne Vidal “quand on brulait les morisques ». p 69-76.
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