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Burocracia espiritual (2)

¿Cómo aspiramos a entender el budismo, el hinduismo, el taoísmo u otras religiones, cuando no hemos entendido, de entrada, lo que tenemos delante, y detrás, de nuestras narices?

25/07/2010 - Autor: Fernando Mora Zahonero - Fuente: Yoganatural
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La realidad es secreta por naturaleza. El objeto de la enseñanza es descifrar y desvelar compasivamente ese secreto.
La realidad es secreta por naturaleza. El objeto de la enseñanza es descifrar y desvelar compasivamente ese secreto.

Abundando en la idea de burocracia o materialismo espiritual, me gustaría desarrollar algunos puntos adicionales. Téngase en cuenta, antes que nada, que quien esto escribe padece —o ha padecido— todos los vicios que critica. Por eso, estas palabras, y todas las que figuran en otros escritos, deben leerse en clave de autocrítica.

Una de las paradojas que más llama la atención sobre la búsqueda espiritual es que haya que ir tan lejos, viajar a lugares exóticos, desplazarse en pos de enseñanzas especiales, para llegar a la postre al conocimiento de uno mismo. Como decía el filósofo Blaise Pascal: “El hombre se evitaría muchos problemas si se quedase tranquilamente en su casa”. Y creo que esas palabras se aplican especialmente al campo del espíritu. ¿Cómo es que aspiramos, por ejemplo, a entender el budismo, el hinduismo, el taoísmo u otras religiones más o menos lejanas, cuando no hemos entendido, de entrada, lo que tenemos delante, y detrás, de nuestras narices?

Solemos confundir erudición con religión. Creemos que, cuanto más sepamos, más textos leamos o de más datos dispongamos, seremos mejores acólitos del sistema espiritual que hayamos elegido, pero lo único cierto es que, en el momento de caer dormidos —no digamos ya durante el proceso de la muerte—, no sólo nos olvidamos de todos los datos intelectuales que alberga nuestra mente, sino que siquiera sabemos cómo nos llamamos. En los momentos de crisis y descomposición total, sólo vale aquello que emerge espontáneamente en el fondo de la no-conciencia, sin mediación del pensamiento o del juicio. Lo único verdaderamente nuestro es aquello que podemos conservar en el “sueño profundo” sin ensueños. Lo demás es pasajero.

Nos gustan las enseñanzas especiales y “secretas”. Sin embargo, una enseñanza que no es universal y no sirve para liberar del sufrimiento a todos los seres —incluidos los más ignorantes e indignos— no merece el nombre de enseñanza, ya sea abierta, esotérica o de cualquier tipo. Toda enseñanza es, por esencia, compasión. La enseñanza pretende llevarnos más allá del sufrimiento, ¿cómo puede alguien rehusar a guiar a otro ser más allá del sufrimiento porque le falten credenciales sociales, personales e incluso económicas? Debemos desconfiar de aquellos que ofrecen enseñanzas supuestamente secretas. La realidad es secreta por naturaleza. El objeto de la enseñanza es descifrar y desvelar compasivamente ese secreto. Por tanto, una "enseñanza secreta" es una contradicción en los términos.

Al igual que ocurre en la vida ordinaria, la ambición espiritual suele pagarse con el "timo espiritual". El hecho de creer que, por compartir una enseñanza secreta y maravillosa, pertenecemos a un club privilegiado no es sino otra muestra de inflación del ego. El hecho de considerar que, por practicar una técnica meditativa supuestamente "superior", tenemos mejor karma o estamos más cerca de la verdad, constituye un serio caso de mezquindad espiritual. El buen karma consiste en practicar cualquier enseñanza, secreta o abierta, alta o baja, en tener la voluntad suficiente para persistir en la práctica cotidiana a lo largo de los años. Cuando Gampopa le pidió al gran yogui y poeta Milarepa que le transmitiese la enseñanza secreta última, éste se levantó el faldón y le enseñó los callos de sus santas posaderas, un signo de que se había dedicado años y años a la meditación sedente. Tal era, y no otra, la verdadera enseñanza secreta.

La búsqueda de una enseñanza “superior” o compleja tal vez sólo sea un signo de que nos consideramos de algún modo “superiores” a quienes no tienen, supuestamente, la fortuna de acceder a tan supremo conocimiento. Pero lo que más necesitamos, probablemente, es una enseñanza sencilla, simple, directa, humilde, que no inflacione el ego, sino que lo debilite. El problema es que el ego, con su apetito voraz y su infinita capacidad de adaptación, es capaz de aparecer como el ser más humilde y santo del mundo. Una enseñanza sencilla, que no esconde secreto alguno, es la enseñanza del Buda Sakyamuni sobre el sufrimiento, el origen del sufrimiento, el más allá del sufrimiento y el camino para ir más allá del sufrimiento. Otra enseñanza del mismo tipo es el Sermón de la Montaña de Jesús. No obstante, lo sencillo suele ser lo más complicado para un ego que está acostumbrado a la complejidad. Es muy común, en determinadas tradiciones, coleccionar “iniciaciones”, enseñanzas y visitas a maestros. La cuestión es que, a pesar de todas esas iniciaciones y enseñanzas especiales, todavía seguimos sumidos en la ignorancia y repetimos hasta la saciedad las mismas pautas de conducta y pensamiento mecánico. Cuando el pandita indio Atisha arribó al Tíbet se sorprendió ante la gran cantidad de deidades meditativas que practicaban los tibetanos. Entonces dijo: “Es curioso, nosotros los indios conseguimos todas las realizaciones con una sola deidad, y vosotros, los tibetanos, no conseguís ninguna realización practicando todas esas deidades”. Dedicarse a coleccionar enseñanzas sin llevarlas realmente a la práctica, se parece a alguien que permanece siempre en la superficie del agua sin atreverse a sumergirse para ver los tesoros que se esconden en el fondo del océano.

Asimismo, parece una regla de oro que, cuando más espirituales queremos aparecer ante los ojos de los demás, menos lo somos realmente. La auténtica espiritualidad es tan humilde que ni siquiera es consciente de su propia bondad. ¿Por qué etiquetar unas acciones como espirituales y otras como lo contrario? Sin haber oído hablar de espiritualidad en su vida, la madre o el padre que se sacrifica por sus hijos, los amantes que se entregan el uno al otro, las personas que trabajan abnegadamente en una institución benéfica, pueden estar más cerca de la “santidad” que quienes se consideran a sí mismos personas religiosas y se entregan a prácticas y retiros espirituales sofisticados. La espiritualidad no es algo que se venda en los supermercados ni en los centros de yoga, por más que también pueda hallarse en esos lugares, así como en cualquier otro. La espiritualidad no vale dinero. Cuesta todo: la vida, el cuerpo, los sentimientos y el alma del buscador. Es curioso que hoy en día sean los supuestos maestros quienes vayan a la caza de discípulos cuando tradicionalmente fueron los discípulos los que fueron a la búsqueda de maestros. Los auténticos maestros no parecen tales, y nunca hacen proselitismo. En cierto modo, un maestro espiritual tendría que desempeñar un oficio diferente que le permitiese ser independiente de sus discípulos (como el caso de Marpa, maestro del célebre Milarepa). Al igual que los políticos y los artistas, los maestros profesionales son peligrosos para la enseñanza y para la libertad individual. En mi humilde aunque obcecada opinión, los mejores maestros son aquellos que también tienen otra profesión: zapateros, profesores, pescadores, incluso prostitutas (la tradición budista nos habla de grandes bodhisattvas que asumieron esa extraña manifestación), pero nunca maestros profesionales que viven de sus discípulos, de la enseñanza o de la institución a la que pertenecen. Por último, el culto a la personalidad no es sinónimo de devoción al maestro.

Otra idea peligrosa, a mi entender, es la de “acumulación”. Así, tenemos la idea de acumulación de prácticas, ya sean horas de meditación o millones de mantras. Es notorio que el budismo promueve la meditación más que ninguna otra tradición. Los retiros meditativos de varios meses e incluso años de duración son moneda común en todas las tradiciones, desde el Theravada, pasando por el Zen, hasta el budismo tibetano. A pesar de que es imprescindible, en el contexto del budismo, meditar muchas horas, hay que tener en cuenta, no obstante, que no meditamos para ser otra cosa que lo que ya somos, para aceptar lo que es. Siempre hay que tener presente a la hora de acumular lo que sea que, como reza el Tao Te King: “El hombre ordinario cada día acumula algo, el hombre del Tao cada día pierde algo”. Las posesiones, materiales o espirituales, son al fin y al cabo posesiones y han de ser tratadas como tales, es decir, con desprendimiento y desapego.

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