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Réquiem para Jesús

Relato del libro inédito Cuando los guanayes dejaron de volar

18/07/2010 - Autor: Abel Samir - Fuente: Webislam
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Decían que era una tradición en el ejército chileno de embrutecer el entendimiento de los soldados con una mezcla de alcohol con pólvora.
Decían que era una tradición en el ejército chileno de embrutecer el entendimiento de los soldados con una mezcla de alcohol con pólvora.

 ¡Es el fin del mundo!— exclamó Jesús García Ochoa con una voz terriblemente cansada, mientras observaba a través de la mirilla para apuntar —que había entre los sacos de arena—, como los soldados enemigos se aprestaban para atacar de nuevo. Estaban tan cerca que podía percibir el olor repugnante que despedía el alcohol que habían bebido en abundancia.

Decían que era una tradición en el ejército chileno de embrutecer el entendimiento de los soldados con una mezcla de alcohol con pólvora, bebida conocida en la jerga popular como “la chupilca del diablo”; y de esta forma perdían toda conciencia de lo que es humano y lo que es inhumano, para proceder con mayor brutalidad, peor que carniceros. Claro está, que los jefes a eso llamaban “valentía”, aunque nadie podía ignorar que había muchos que no necesitaban de esa terrible mezcla química para ser “valientes” y matar por los intereses “patrióticos”, es decir, los intereses egoístas y la avaricia de los ricos encubierta en esos subterfugios. Eran los que sólo se enteraban de los sucesos de esa fratricida guerra por intermedio del telégrafo y la prensa; muchos de los cuales jamás habían puesto sus pies en el desierto.

Se contaban historias terribles de sus asaltos a la bayoneta y de sus cuchillos corvos, que con dos tajos en cruz, podían abrir el abdomen y desparramar los intestinos. "Sí, es el fin del mundo, pensaba observando con mucha lástima, a pesar de su propia miseria, los cadáveres de muchos de sus amigos de la infancia que yacían tendidos por doquier. Allí, entre ellos, sin moverse, se encontraban los cuerpos de Pedro y de Jorge, con los cuales habían correteado de lo lindo por esas alturas y terminaban siempre sentándose cerca del acantilado a observar el mar infinito que se perdía allá tan lejos por la lontananza. Ese mar, bellamente azul y sólo a veces un poco violeta. Quisiera haber sido un pintor y sentarse por las tardes a pintar esa magia de los atardeceres.

Ja, ja, ja... rió despacio, sin emitir ruido, casi mecánicamente, cuando recordó la pesada broma que una vez le hicieron a Jorge, en la infancia. Siempre eso le había causado gracia, pero ninguna a Jorge. ¡Era tan serio! ¡Era un joven viejo! Estaban caídos con sus rostros congestionados por el calor y el dolor, luchando contra el poder insuperable de la muerte. ¿Habrá algún “Juicio Final”?, se preguntaba. ¿Llegará algún día? Entonces, tendrían que ser enjuiciados los culpables de esa guerra fratricida. Trató de acomodarse de otra forma porque le dolía el cuello. A lo mejor es el estrés, pensó. ¿Y si eso no llegase a ocurrir? Eso del “Juicio Final” lo había escuchado tantas veces y nunca le había tomado el peso a ese asunto. No podía aceptar que todo eso no fuese más que un mito entre tantos otros que le habían metido en su cabeza desde la niñez.

Miró a su alrededor y pudo comprobar que cerca de dos tercios de su unidad yacían tendidos sobre la arena caliente de ese morro infértil, pero imponente; un verdadero monumento de la Naturaleza. Comprobó con la mirada que una gran parte de sus camaradas todavía seguían con vida, pero la mayoría de ellos estaban dando la última batalla para no dejarla. Tantas veces había escuchado la profecía: “que el año 1900 sería el fin del mundo”. Así lo anunciaban algunos curas de la iglesia católica y también la mayoría de las sectas religiosas y ahora pensaba que tenía que ser en ese instante, en ese año 1880. Ahora pensaba que se habían equivocado: es ahora, pensó.

— Agua por favor— dijo una voz exhausta a su lado, que le pareció que venía de lejos con la brisa que soplaba desde el mar y que levantaba la arena que se filtraba entre las aberturas de la ropa, se introducía en las narices resecas y enceguecía los ojos irritados y enrojecidos por la falta de sueño y de descanso.

— ¿Agua? No me queda ni una gota hermano— contestó casi automáticamente sacudiendo la caramayola, sin llegar a enterarse quién era el que le había hablado. No podía darse vuelta, ya que estaba en la única posición posible que impedía la hemorragia de la herida que tenía en el muslo izquierdo. Había sido herido durante la defensa de la penúltima trinchera. Cojeando había logrado retirarse con un puñado de sobrevivientes. Eso había ocurrido sólo veinte minutos atrás, pero a Jesús García le parecía toda una eternidad. El tiempo había perdido su significado. Había dejado de existir. Vio que su herida estaba sangrando de nuevo, aunque no era muy abundante.

―¡Por este rojo manantial se me escapa la vida! dijo suspirando. Apretó la venda con más fuerza y eso le produjo un dolor increíble que casi lo hizo perder el conocimiento. Se vio obligado a apretar los dientes con tanta fuerza que se mordió los labios y casi no sintió el dolor. Sólo una tremenda fuerza de voluntad lo mantuvo despierto. Sabía que si se desmayaba, no iba a servir para nada cuando el enemigo atacase, y todo el mundo tenía que pelear. Ya no era un problema de ganar o de perder, era simplemente un problema de cumplir con el honor de defender hasta el último ese pedazo de tierra que fuese en un tiempo lejano el escenario de sus correrías infantiles y de sus atardeceres de enamorados. Sí, todavía se acordaba de aquel atardecer, cuando su negra y él observaban absortos el crepúsculo del día y el sol con colores anaranjados parecía querer enviarles un mensaje de aprobación a ese amor que surgía entre ellos. Fue la primera vez que besó a su linda mujercita, a su adorada mujercita. Fue muy cerca de donde yacía ahora mismo. ¡Quién habría pensado en aquel tiempo lo que llegaría a suceder sólo 10 años más tarde!

Todos los heridos que habían quedado atrás habían sido ultimados a bayonetazos y él no quería correr la misma suerte. Un escalofrío recorrió su extenuado cuerpo. Los pocos enfermeros de la ambulancia de campaña no daban abasto con tanta gente herida, la mayoría luchando entre la vida y la muerte. Cuando escuchaba los lamentos de los heridos le producía una terrible angustia. Era la impotencia de no poder ayudarlos, de no poder mitigar sus sufrimientos. En ese momento hubiera querido ser sordo y ciego para no enterarse de tanto sufrimiento.

El enemigo los triplicaba en número y estaba envalentonado por la captura sucesiva de todas las trincheras. "Nos queda este último reducto; tal vez no van a atacar de nuevo. Tal vez se irán para no volver más. A lo mejor Dios hará algo para impedir una masacre inútil", pensó tratando de conformarse de alguna forma. “¿Por qué Dios no detiene la carnicería?, toda vez que la razón y la justicia están de nuestra parte y lo único que hacemos es defender nuestro suelo, nuestras ciudades, nuestros pueblos".

Al otro lado estaba el acantilado y el mar. La inmensa mar, aquella bella y peligrosa mar, con sus olas que se estrellaban para convertirse en espuma acariciadora de las arenas que tanto amaba durante esos veranos inolvidables. Volvió a la realidad y vio un poquísimo retazo de la mar, allá en el horizonte. "Los que idearon esta defensa son unos idiotas. Debían haber pensado en una posible retirada", pensó.

Las nubes habían desaparecido por completo del cielo, la brisa las había trasladado hacia el este, hacia la Cordillera de los Andes, de manera que el sol había establecido su reinado sin competencia alguna. Los gaviotas y los alcatraces volaban a gran altura, indiferentes a la tragedia que se estaba desarrollando en la cima del cerro. El olor de la pólvora quemada y el ruido de las armas de fuego los mantenía a prudente distancia.

El soldado Jesús García buscó con la mirada ansiosa la figura de Francisco Benítez —su vecino y amigo de toda la vida— que se había alistado junto con él, tres meses antes de que se desarrollase el combate del Morro. De manera que la preparación militar que ellos habían recibido era muy superficial. El uniforme de los soldados tenía la virtud de igualar exteriormente a los hombres y por eso le fue difícil ubicarlo. Cuando lo vio y sus miradas se cruzaron, lo llamó.

Los sobrevivientes de la última trinchera se habían distribuido para cubrirla completamente. Pero sólo eran una cincuentena. Se palpó el bolsillo de la camisa y comprobó que allí estaba la carta que le había escrito a Marisol —su adorada y fiel mujercita— el día anterior. Pensaba mandársela con un suboficial, pero a última hora habían suspendido los permisos. Total ella no habría podido hacerle llegar ni la azúcar ni el té. Además se había terminado el agua y de nada habría servido. Tenía unos deseos terribles de beberse una taza de té grande y tibia.

— ¡Pancho! Ayúdame con la venda— le dijo a su vecino en cuanto éste se aproximó. Las manos de Pancho temblaban cuando intentaba desatar el nudo de la venda.

— ¿Tienes miedo compadrito?— le preguntó Jesús.

— ¿Miedo de morir crees tú? No lo sé, en verdad que no lo sé. Creo que hasta sólo unas horas atrás tenía mucho miedo, en tanto que ahora, con lo que estoy viendo, morirse no puede ser peor que esto. El miedo que siento es a la sangre, es el temor a las heridas que nunca he podido sobrepasar. Me cuesta verla fluir. Cuando niño me desmayaba al verla y mira hombre, si ahora, pues, todito no es más que un mar sangre.

— Sí, Panchito. A mi también me produce repugnancia, pero hay que saber sobreponerse. Lo que me preocupa mayormente es mi familia y me pregunto si saldremos de aquí con vida— dijo Jesús.

— Yo también quisiera saberlo— respondió Francisco con una voz muy insegura que mostraba su aprehensión.

El soldado Jesús García observó por la mirilla a los soldados enemigos y vio que estaban asomados sobre la trinchera de sacos, con las bayonetas en alto, señal de que pronto reiniciarían el asalto. Entre ambas trincheras cuyo espacio era menor de quince metros había un montón de cadáveres y de soldados heridos de gravedad. Los lamentos y los quejidos de los heridos que llegaban hasta él, le erizaban los cabellos. Había que tener una gran fuerza y dominio de si mismo para no quebrarse como una ramita seca. "Si existe el infierno, éste debe serlo, no puede haber otro peor", pensó. Era todo un espectáculo dantesco.

Uno de sus compatriotas se encontraba arrimado contra la penúltima trinchera y en vano trataba de volver sus intestinos dentro de su abdomen. Extenuado como estaba por la pérdida de sangre, fue deslizándose lentamente hasta quedar semisentado, sosteniendo sus vísceras con ambas manos. Una y otra vez sus intestinos se resbalaron hasta quedar en contacto con la arena y con sus manos torpes y cansadas, apartaba la tierra y la arena para volverlos a su lugar, pero ya no se quejaba porque el estado conmocional lo había insensibilizado. Tampoco sus brazos tenían fuerzas para sostener sus tripas y, al final, se dio por vencido al ver lo inútil del forcejeo. De pronto, su mirada apática se clavó en el infinito y sus párpados dejaron de moverse. Sus brazos resbalaron lacios al costado de su cuerpo, en tanto que los intestinos fueron a reposar entre sus piernas sobre el charco de sangre mezclándose con la arena fina del Morro. ¿Qué pensamiento había pasado por su cabeza en ese instante? ¿Pensaría en su gente? ¿En su amada?

El fuego de la fusilería y de las ametralladoras había hecho una corta pausa y Jesús García pudo escuchar casi nítidamente el canto de las olas al estrellarse contra las rocas del acantilado bajo «El Morro». "¡Oh la vida a pesar de todo es hermosa y vale la pena vivirla intensamente! Si esto sólo fuese una horrible pesadilla y me despertase en mi casa al lado de mi mujer", dijo susurrando.
El soldado Jesús del Carmen García, del Cuarto regimiento de línea, estaba casi embriagado con la «Chupilca del Diablo», pero de todas maneras se conservaba en su sano juicio. "La vida tiene caminos muy extraños", pensó. Le parecía que sólo el día anterior había ingresado a regañadientes a las filas del regimiento. Él era un pacifista desde tiempos muy lejanos. Cuando comenzó el litigio con Bolivia y Perú por la cuestión de las salitreras y del guano, se había opuesto a la guerra y se lo había dicho a todos sus alumnos en la escuela secundaria de Valparaíso y a todos sus amigos y conocidos. Hasta se había atrevido a escribir un artículo para un periódico de Valparaíso que se negaron a publicar. Muchos lo escuchaban porque él era un hombre conocido por su gran entereza y además buen profesor. Jesús del Carmen comprendía que detrás de todo eso se escondían los apetitos de los burgueses, de los capitalistas; intereses que jamás pueden coincidir con los de los pueblos. Cómo hacerles entender que no es lo mismo un trabajador que un burgués que es dueño de todo, menos de su vida. Pero existen medios por intermedio de los cuales obligaban a la gente simple a servir a los intereses de los ricos, medios disfrazados de patriotismo y cosas parecidas. Lo calificaron de traidor, de vendepatria y de renegado. Se inició una campaña contra su agitación.

Los padres volvieron a sus alumnos contra él. ―¡Por qué no apoya a Chile, señor? Mi padre dice que usted no quiere a Chile―, era algo que muchos le decían en el colegio. ―Usted es un cobarde que se oculta detrás de un fingido pacifismo― le decían algunos profesores. Pero hay que ser muy valiente para ir contra la corriente y defender principios correctos y justos aunque uno se enfrente a medio mundo.

―Patria, les contestó, no es sólo el territorio en donde vivimos. Mi patria es toda Latinoamérica. Mi patria es la patria grande y allí todos somos hermanos.

De todas maneras lo expulsaron del colegio porque un hombre como él no era digno de enseñar a la "juventud patriota". Y él se preguntaba si en verdad había traicionado a Chile. Si él estaba en contra de una guerra sin sentido, estaba, entonces, cumpliendo con sus principios. Él, que siempre apoyaba al pueblo en sus demandas sociales y económicas, sabía que no era un traidor al pueblo ni a la patria. No eran los intereses del pueblo chileno los que estaban en juego; viajar a otras tierras lejanas para masacrar otros pueblos hermanos y crear un abismo muy profundo entre ellos no era el interés de nadie, a no ser de los que iban a llenarse los bolsillos y aumentar sus cuentas bancarias. Además estaba el problema moral de apoderarse de la propiedad ajena. Y todo el sufrimiento que ocasiona la guerra, porque la guerra no se reduce a sólo números estadísticos. La carne de cañón, los que iban a colocar el pecho para parar las balas no iba a ser los burgueses. Pero la gente no quería oír, parecían idiotizados por las arengas y la fiebre guerrera creada por la prensa de la que eran dueños los señores capitalistas.

―Papá, usted puede estar equivocado, le dijo su hijo mayor. Ahora mis amigos me evitan porque no quieren juntarse con el hijo de un renegado y cobarde, dicen.
Eso fue demasiado. Ni siquiera su familia quedaba fuera de la compulsión colectiva, compulsión muy bien urdida para alienar a la gente sencilla; a la gente que se ganaba el pan de cada día vendiendo su fuerza de trabajo. Lo maltrataron, cuando pasaba por la calle, los chicos le tiraban piedras y le gritaban:

¡Despatriado! ¡Cobarde! ¡Cobarde! Paradojalmente, los valores se habían invertido. Lo que era realmente valor se había convertido en cobardía. Aquellos que se sumaban servil y mansamente a los intereses de los poderosos eran los verdaderos cobardes. Así que, en un momento de debilidad, de cobardía, se había enrolado. Pero Jesús del Carmen no renunciaría a sus principios. Había disparado en muchos combates, pero como no quería manchar sus manos con sangre, nunca apuntaba contra los cuerpos de los soldados enemigos, sino que muy por encima de sus cabezas.

El clarín del Cuarto regimiento tocó «a degüello», era la señal del asalto. Los soldados saltaron por sobre las trincheras de sacos de arena aullando y vociferando y se precipitaron como una manada de fieras hambrientas sobre los últimos defensores del Morro. Muchos tropezaban con los cadáveres, las tripas al aire, los excrementos y los vómitos mezclados con los charcos de sangre coagulándose; y volvían a levantarse aún más embrutecidos para seguir hacia adelante más que nada por fuerza de la inercia. Cuando Jesús del Carmen García pasó sobre la última trinchera con el fusil apuntando hacia adelante sin haber disparado ni un tiro todavía, fue que recibió un proyectil que le atravesó el pulmón derecho y cayó sobre el soldado Jesús García Ochoa atravesándolo con la bayoneta.

―¡Perdón! Dijo mirándolo a los ojos. Luego se desplomó a su lado quedando con la vista clavada en una pequeña nube que extrañamente se parecía mucho al rostro de su amada.

“¡Qué extraño! Juraría que me pidió perdón, pensó Jesús García Ochoa. Y la palabra perdón rebotaba como un eco en sus oídos, mágicamente repitiéndose. “En sus ojos ni en su voz no había odio; era como un lamento de quién hace algo por equivocación”. Una sensación difícil de interpretar quedaba danzando en el aire.

El soldado Jesús García Ochoa no pudo incorporarse aun cuando se esforzó en hacerlo. "Ahorita me muero", pensó y observó de reojo al chileno, cuyo cuerpo se convulsionaba violentamente. "Pobre diablo, son los estertores de la agonía. De tan lejos que vino para morir de esa manera", se dijo susurrando. Extrañamente ya no sentía odio contra ese hombre. En cierta manera se sentía reconfortado con la idea de que ellos también pagaban con sus vidas.

En un momento de congoja y de vacilación pidió en voz alta: "Virgencita del Carmelo, ayúdame". Sabía que la virgen, además de ser la patrona del ejército peruano, era también la patrona del ejército chileno. "No tienes que ayudarlos a ellos, virgencita", susurro. Después se sintió tan estúpido y tonto. "¿Cómo puede ser eso? ¿A quiénes les debe lealtad la virgencita? ¡No es todo esto más que nada el absurdo de los absurdos!"

La última trinchera había caído en manos de los atacantes y sobre la cima se habían reunido los pocos sobrevivientes. El soldado Francisco Benítez observaba con aprehensión a sus enemigos que a todas voces pedían que fuesen ejecutados. Un oficial se opuso y aunque la tropa lo insultó, logró detener ese terrible crimen. Buscó con la mirada a su amigo y no pudo distinguirlo en medio de tantos cadáveres y heridos. "Debe de haber muerto", pensó.

Los minutos le parecieron horas a Jesús García Ochoa. No quería morir y sabía que la vida se le escapaba, sin poder detener esa evasión. "Seguramente que Dios así lo quiere", pensó. "Pero, ¿por qué lo quiere así? No lo entiendo". Sentía un cansancio enorme y el terrible dolor del abdomen se confundía con una sed aún más imperiosa. "¿Qué ocurrirá con mi mujer y mis hijos?" se preguntó. Luego, como por un milagro, la vio. Estaba allí de pie, a su lado, muy hermosa con su traje color canela que él le dio para su cumpleaños. Ella sonreía como siempre, con esa dulzura que le era tan peculiar y que siempre había tenido un efecto mágico sobre él. Hasta en los instantes en que estaba muy enojado, esa sonrisa lo derretía como la manteca cuando se encuentra sobre el fogón. Se palpó la camisa y comprobó que todavía tenía la carta que le había escrito.

— Toma la carta— le dijo y se la extendió. Ella sólo sonreía.

— Llévame a casa— le dijo a su mujer. Ella asintió con la cabeza y él se sintió más reconfortado. Cuando le extendió los brazos los sintió muy pesados y ella pareció no poder levantarlo. Luego su figura se desvaneció.

Abrió los ojos y vio que todavía estaba con vida, pero ya casi no sentía ningún dolor. Alcanzó a contemplar como una veintena de «gallinazos» volaban en círculos sobre las trincheras del Morro. "Dios quiere llevarme consigo, pero lo único que deseo es volver a mi hogar y a mi familia, pensó. No puedo entender las razones que tiene nuestro Señor para no detener toda esta masacre inútil y todos estos crímenes".

Había permanecido inconsciente sólo unos minutos, pero a Jesús García Ochoa le pareció que su ausencia había demorado varias horas. Sentía voces de gente extraña que pasaba muy cerca, pero él no podía distinguirlos. Le extrañó que la luz del día fuese tan tenue. De pronto la luz se negaba a penetrar por sus ojos aun cuando los tenía muy abiertos. "Debe ser de noche", pensó. "¡Tanto que he dormido!" La tensión acumulada durante esas horas había desaparecido como por encanto y ahora se sentía relajado. Ya no podía pensar en nada, no podía concentrase en ninguna cosa, como si su cerebro se negase a trabajar o lo hiciese a marcha muy lenta. Las voces cada vez las sentía más distantes y apagadas. Hizo un último movimiento y se acomodó sobre la arena revuelta con su propia sangre coagulada y con la de Jesús del Carmen. Luego su respiración se volvió más lenta, entrecortada y tenue. Respiró tratando de llenar de aire sus pulmones y lo expulsó lentamente, cada vez más lentamente, hasta que ya no pudo pensar más y, entonces, Jesús García Ochoa acomodó su cabeza por última vez sobre la arena; sus ojos azabaches quedaron muy abiertos tratando de descubrir la luz del atardecer y sus labios dibujaron una sonrisa dulce.

El sol se escondía allá lejos en el horizonte y sus últimos rayos anaranjados rebotaban juguetones sobre las aguas azul-violetas de la playa. Las gaviotas ya habían iniciado su vuelo hacia sus nidos en el desierto, en donde pernoctaban desde hacía una infinidad de siglos, mientras que los alcatraces junto a los guanayes se habían posado sobre la isla “El Alacrán” conviviendo en armonía en busca de la paz de la noche.

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