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Miedo

Cuento. El temor se siente en presencia de los fascistas armados y su falta de respeto por las personas

16/06/2010 - Autor: Abel Samir - Fuente: Webislam
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Fotografía del Libro de A. Samir, del cuento Miedo.
Fotografía del Libro de A. Samir, del cuento Miedo.

Lunes 17 de septiembre. Seis días después de iniciado el golpe de Estado. Seis días y seis noches que parecen una pesadilla de la cual no puedo escapar. Hemos salido por las noches a atacar a las patrullas del ejército, pero no les hemos hecho mucho daño porque carecemos de todo. Sólo el valor y el odio nos mantienen en pie de guerra. Las explosiones de nuestras bombas de mano es lo único que los asusta. Después tenemos que escabullirnos aprovechando la oscuridad de la noche hasta algún lugar descampado en donde esperamos la luz del día para volver a nuestras casas a lavarnos, comer algo y dormir un poco.

Vivo oculto en un apartamento de la carretera panamericana norte. Es un barrio de la clase trabajadora. A trescientos metros de allí corren las aguas turbias y escasas del río Mapocho.

Todas esas mañanas desde el 11 han estado ejecutando gente antes que se rompa el toque de queda, que es a la seis. Las víctimas tienen las manos amarradas a la espalda con alambres de púas. En su mayoría son jóvenes adolescentes de ambos sexos. Casi todos están semidesnudos. Después dirán en los periódicos que ahora controla la dictadura, que las víctimas son muertas por otros extremistas que tienen confrontaciones entre sí. Probablemente hay gente que se traga esos embustes. Otros saben que eso no es cierto, pero no se atreven a hablar. Ya nadie confía en sus vecinos. No se sabe quién es capaz de irse de lengua. En el campamento en que vivía antes del golpe, el socialista que hacía de jefe se ha pasado al enemigo y ha delatado a varios compañeros que han sido apresados en una redada. También ese hombre desapareció. Al parecer, tampoco los soldados golpistas confían en su lealtad. El hombre desleal, siempre podrá seguir siéndolo.

Ya casi no se escuchan detonaciones y ráfagas de fusil ametralladoras como los cuatro primeros días después del golpe. Algún disparo rompe el silencio de la noche y eso nos mantiene inquietos durante horas.

Martes 18. Por la tarde, alrededor de las cinco, una columna militar de ocho camiones se detuvo en la panamericana y estacionaron sólo a cuatrocientos metros de nuestro edificio. Nos preguntábamos que hacía allí y porqué no seguía su camino. A las seis de la tarde se iniciaba el toque de queda y cualquiera que anduviese por la calle a esas horas podía ser muerto de un disparo. Por las rendijas entre las persianas vimos como repentinamente descendieron cientos de soldados y rodearon tres edificios al otro lado de la panamericana. Luego los allanaron y después de algunas horas se llevaron algunas personas que iban con los brazos en altos y apuntados por soldados nerviosos y aulladores. Después que se fue la columna, respiramos tranquilos.

Miércoles 19. Voy en bus pasando sobre el puente del río Mapocho cerca de la industria Sumar. Hay una pala mecánica sacando los cadáveres del río de los ejecutados esa madrugada. Una muchacha joven yace muerta en la arena de la orilla. Está casi desnuda caída como la rama de un sauce llorón todavía verde. Parece una florcita arrancada por manos torpes. Hay otros cadáveres más en la arena y tres más que están medio sumergidos en esas aguas sucias. Dos policías se empujan y ríen como si fuesen dos adolescentes, ausentes de la tragedia de esas pobres víctimas. ¿Quiénes serán me pregunto? ¿Serán trabajadores o estudiantes? Tal vez, extranjeros. Nadie puede saberlo, porque la gente cruza atemorizada casi sin dirigir la mirada hacia el río. Un piquete de pacos está en la carretera y se pavonean orgullosos del poder que han adquirido sobre la vida de las personas. Es un espectáculo desagradable ver la insensibilidad de esos pacos con sus impecables uniformes verdes y sus fusiles austriacos colgando de sus hombros. Parece una farsa de mal gusto. Los pasajeros del microbús parecen no ver ese repugnante espectáculo. De pronto, los pasajeros se han vuelto ciegos y sordos. A pesar del miedo, la indignación me hace perder la cabeza. Me pongo de pie, abro la ventanilla y grito a todo pulmón:

—¡Pacos asesinos!

En el microbús hay una atmósfera densa y extraña. Nadie se mueve en sus asientos. El conductor del bus me observa por el espejo retrovisor. Nuestras miradas se cruzan como un celaje y veo un alma sorprendida y asustada. Es el miedo que se puede transformar fácilmente en pánico. Tengo la impresión de que los pasajeros están hechos de arcilla cocida. También ellos están dominados por el miedo.

El autobús cruza el puente y llega a la primera parada para recoger a un pasajero que le ha hecho una seña al chofer. Vuelvo a la realidad y me doy cuenta de lo estúpido que he sido. No puedo confiar en nadie, ya que es posible que en el microbús haya algún partidario de los golpistas, y podría ser denunciado apenas se acerque alguna patrulla uniformada. Me bajo repentinamente y camino apresurado, mientras el bus parte y al pasar a mi lado sorprendo algunas miradas temblorosas que me observan estupefactas. Al llegar a la esquina, corro y corro como si que me llevase un tornado. Comprendo después, que sólo son valientes los que son capaces de vencer su propio temor y entonces, camino más normal, con paso seguro y hasta me detengo a leer los títulos de los periódicos en un puesto de diarios, con mi mente puesta en aquella pobre muchacha torturada, violada y asesinada, avergonzado de mí mismo.

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