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Lección de Kirguizistán a los pueblos árabes

Un pueblo que lucha con determinación contra la represión y el terrorismo con el fin de defender sus derechos fundamentales

03/05/2010 - Autor: Abdel Bari Atwan - Fuente: CEPRID
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Bishkek, capital de Kirguzistán
Bishkek, capital de Kirguzistán

Kirguizistán es un pequeño país en Asia Central, con una población mayoritariamente musulmana, donde hay dos bases militares: una estadounidense y otra rusa. Sus fuerzas de seguridad tienen fama de tener un alto grado de eficacia en la represión y, sin embargo, ni las dos bases ni las fuerzas de seguridad pudieron proteger al presidente Kurmanbek Bakiyev del descontento popular, que se apoderó de la calle con masivas manifestaciones.

Es la segunda vez en cinco años que el pueblo de Kirguistán se subleva; huye el presidente y el palacio presidencial es saqueado y quemado por los manifestantes. Inmediatamente la oposición se hace cargo del poder y promete convocar elecciones parlamentarias y presidenciales limpias en seis meses.

El gobierno del presidente Bakiyev es similar al de sus homólogos de varios países árabes e islámicos; constituye un ejemplo de corrupción y nepotismo, saquea los fondos públicos, utiliza las fuerzas de seguridad para reprimir los movimientos de la oposición, usurpa libertades y lo más importante de todo es que llegó al poder hace cinco años tras una revuelta popular, que los estadounidenses llamaron "la revolución de los tulipanes", falsificó los resultados electorales, colocó a los miembros de su familia en los puestos destacados y sensibles y preparó a su hijo mayor para heredar el poder; exactamente igual que nuestros gobernantes árabes.

El detonante de la revuelta actual que ha depuesto al presidente ha sido la subida de los precios de los carburantes; pero los factores para la revuelta se habían venido propiciando con el aumento del hambre hasta unos niveles insostenibles y una tasa de paro de más del 40%. El presidente Bakiyev es el ejemplo del oportunista político y del manipulador de la soberanía del país: lo alquiló al mejor postor, transformó la capital, Bishkek, en un burdel de las fuerzas estadounidenses -35.000 visitas al mes- procedentes del vecino Afganistán, que vienen a pasar unas tranquilas vacaciones y a trasladarse desde allí hacia otros destinos en el mundo.

Bakiyev hizo un guiño a Moscú al anunciar que estaba dispuesto a cerrar la base aérea estadounidense de Manas, próxima a la capital. Los rusos respondieron de inmediato y favorablemente a este gesto y ofrecieron una ayuda económica de 2.250 millones de dólares. Con esta oferta, Bakiyev se volvió hacia los EEUU que le ofrecieron triplicar el alquiler anual de la base (180 millones de dólares), un dinero que en su mayor parte iba a parar a los bolsillos de su familia.

Sin embargo, esto no le bastó. Una empresa propiedad de un pariente suyo obtuvo un generoso contrato para suministrar combustible a los aviones de EEUU, así como para cubrir las necesidades alimenticias. Lo irónico es que los estadounidenses, defensores de la democracia y la transparencia, paladines de la lucha contra la corrupción y el fraude, fueron los más felices con estos acuerdos.

La Administración Obama, al igual que la de Bush, conocía todas estas transacciones corruptas pero cuando EEUU tiene que elegir entre la estabilidad y la democracia con todas sus consecuencias, elige la primera en defensa de sus intereses por quedarse con la base. Esto es lo que explica su apoyo a las dictaduras más corruptas de la región árabe.

Kirguizistán tiene frontera con el mayor proyecto democrático de Occidente en el mundo, Afganistán, donde mueren soldados estadounidenses a diario bajo el título de la "defensa de la democracia" que no impide que Washington se calle ante la lista negra de violaciones de los derechos humanos del ex presidente de Kirguizistán como el asesinato de periodistas, el cierre de periódicos o el juicio a opositores bajo leyes de emergencia.

La pregunta que surge con fuerza es: ¿Por qué se producen estas revueltas populares que derrocan a gobernantes corruptos, como el de Kirguizistán en Asia Central o Bolivia en América del Sur, y no vemos ningún caso similar en el mundo árabe?

La situación de Kirguizistán es mejor que la de muchos países árabes, como Egipto, y aún así un pueblo poco numeroso, que no llega a los cinco millones, sale a la calle exigiendo el cambio y la reforma. Para no ser acusado de centrarme en Egipto, en la Ribera Occidental Cisjordania donde el pueblo palestino vive bajo la ocupación, se ve expuesto a todo tipo de humillaciones en los check-points y ve cómo sus lugares sagrados son judaizados a la luz del día no vemos una sola manifestación de protesta contra la Autoridad, o contra "la paz económica" que lleva a cabo el primer ministro Salam Fayyad. Alguno puede argumentar que la represión de los regímenes árabes y sus fuerzas de seguridad hace que las multitudes se rindan y sometan, y es cierto, pero las fuerzas de seguridad de Kirguizistán han demostrado ser todavía más represivas y brutales, pues abrieron fuego contra los manifestantes matando a un centenar de ellos. Sin embargo, los kirguises no cejaron y prosiguieron su marcha hasta asaltar el palacio presidencial y le prendieron fuego.

Los pueblos que están vivos desafían la represión y el terrorismo con el fin de defender sus derechos fundamentales e intereses y hacen sacrificios por este noble objetivo. El problema ya no está en los gobernantes árabes, sino en los pueblos árabes.

Lo que sucede en Kirguizistán es un fenómeno que debe ser analizado por los gobiernos y pueblos árabes. ¿Cómo un pueblo pequeño de cinco millones de habitantes es a la vez grande en su determinación de oponerse a la corrupción y al nepotismo, deponiendo al presidente, su familia y príncipe heredero al que quería delegar el poder?

Los gobernantes árabes, que piensan que la presencia de bases militares extranjeras les van a proteger de una sublevación popular contra ellos y su gobierno, deben extraer la moraleja e introducir reformas democráticas y la verdadera democracia.

Sentimos cierta angustia al contemplar nuestra situación árabe. Se vino abajo el Muro de Berlín y la mayoría de las dictaduras, de izquierdas o de derechas, se derrumbaron y pasaron a ser parte de la historia, la democracia ha llegado hasta las repúblicas bananeras y, sin embargo, el paisaje en el mundo árabe sigue siendo igual, o peor, ya que la mayor parte de los gobernantes árabes padecen de senectud o cáncer, o de ambos.

Traducido del árabe para el CEPRID  por Cristina Portales

 

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