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Los moriscos: una comunidad entre las dos orillas del Mediterráneo

Ningún país europeo cuenta con un patrimonio como el legado de Al-Andalus y ello no redunda en mengua de nuestro europeísmo. Somos europeos distintos, europeos en más

26/04/2010 - Autor: Achouak Chalkha - Fuente: genocidiomorisco.blogspot.com
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Calle de Chauen (Marruecos).
Calle de Chauen (Marruecos)

Resumen

El Mediterráneo es, por excelencia, el mar en el que se han encontrado, con frecuencia de modo conflictivo, las civilizaciones y culturas que han dado forma al mundo actual, es el lugar en el que las diversas culturas y religiones (cristianas, musulmanas y judías) han vivido en continua convivencia y enfrentamiento.

Las dos orillas del Mediterráneo han sido históricamente escenario de grandes movimientos migratorios, el caso de Al Andalus, por citar un ejemplo refulgente:

♦ Migración voluntaria desde el norte de África hacia Gibraltar para instalarse al final en Al-Andalus.

♦ Migración forzada desde la orilla europea hacia la norteafricana como consecuencia de la conquista castellana del litoral del mediterráneo andaluz a finales del siglo XV (1492) que culminaría con la expulsión de los moriscos en dos fases (1571 desde el reino de Granada, 1609 desde el resto del territorio de la Monarquía Hispánica).

A lo largo de esas migraciones hubo un encuentro e intercambio de culturas, ideas, leyendas, hábitos, tradiciones y costumbres a través del estrecho de Gibraltar.

Esta comunidad morisca activa y movediza dejó honda huella en la civilización de los países en donde se había refugiado pero también nos legó un patrimonio cultural y una identidad irrepetible que es Al-Andalus.

Tratando de los países que acogieron a los moriscos expulsados, nos interesaríamos por el caso de Marruecos. Dado que la sociedad marroquí, más que cualquier otro pueblo árabe e islámico, considera a Al-Andalus como parte de su civilización y de su historia. Ya que cabe señalar que no sólo Córdoba gobernó durante cierto tiempo diversos territorios del norte del Marruecos actual, sino que durante más de siglo y medio Marrakech fue la capital de todos los territorios islámicos de Al-Andalus.

Así las comunidades árabes, descendientes de aquellos moriscos que hoy viven en ciudades de tradición andalusí, como Fez, Rabat, Salé o Tetuán, han mantenido tradiciones de su origen hispánico, así como sus apellidos hispánicos que son una importante señal de identidad, pero se han integrado totalmente en las nuevas sociedades de acogida. Como lo es, igualmente, que los españoles viven en contacto permanente con lo árabe, a través del uso continuado de una lengua moldeada con vocablos andalusíes, o de costumbres populares y artes tradicionales.

La vecindad y las influencias mutuas crearon un patrimonio común lingüístico, literario, artístico, arquitectónico considerables, pero más allá de esas obras públicas y arquitectónicas, y los prodigios científicos y culturales, lo que mejor caracteriza el patrimonio hispanomusulmán es su espíritu de la tolerancia y la convivencia en su seno en un ambiente de libertad y mutuo respeto entre cristianos arrianos, nestorianos, monofisitas y coptos, judíos, budistas, zoroastrianos, maniqueos e hinduistas, cuyas creencias y tradiciones eran garantizadas por el Islam por el estatuto de Ahl al-Dhimma, es decir, la "Gente del Pacto".

Introducción

"A mí, Hassan hijo de Muhammad al- Alamín; a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, me llaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el granadino, el fasí, el zayyati ,pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la mas inesperada travesía...

Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen, más yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano”.

Amin Malouf, 1988 (1)

Me parece totalmente lógico iniciar esta ponencia, que pretendo desarrollar hoy bajo el título de: "Los moriscos: una comunidad entre las dos orillas del Mediterráneo”, con estas famosas palabras tan sublimes como reales pronunciadas por León el Africano, el héroe de la novela del autor libanés Amin Malouf.

Dicho libro, que engancha desde el primer capítulo y que os recomiendo leer, nos ofrece una visión panorámica del mundo Mediterráneo, nos muestra la vida del Mediterráneo como lugar de encuentro de pueblos y culturas, espacio de intercambio cultural, pero también de lucha y pugna por el poder, por el dominio ideológico, religioso, político y económico.

Si Amin Malouf, en su libro, pone de manifiesto la particularidad del Mediterráneo a través de su personaje León el Africano ofreciéndole la posibilidad de moverse en varios espacios recibiendo así la influencia de su lengua, cultura, costumbres, en pocas palabras, su civilización, los organizadores de este prestigioso encuentro, a quienes doy mis sinceros agradecimientos, nos ofrecen, hoy mismo, a todos los jóvenes investigadores del Mediterráneo, esa posibilidad de acercarnos y de abrirnos el uno al otro con el afán de crear un espacio de conocimiento y reflexión conjunta, así como de promover el intercambio, la movilidad y el diálogo entre nosotros.

Mi interés por el tema de los moriscos remonta a cuando formaba parte del alumnado de la Unidad de Formación e investigación Al-Andalus: estudios pluridisciplinares. En dicha Unidad de estudios de post-grado, se ha intentado captar mediante diversas materias (historia, arte, literatura, traducción, etc.) la multiplicidad y la riqueza de los saberes y de las culturas de Al-Andalus, en cuanto que espacio de confluencia Norte/Sur y Oeste/Este, y en tanto que lugar simbólico donde se ha elaborado un pensamiento de la modernidad y de la simbiosis de culturas; partiendo de la reflexión sobre conceptos como: Occidente musulmán, Oriente, Mediterráneo, tolerancia, mestizaje, lo mudéjar, lo morisco, interculturalidad, etc.

Y siempre en el mismo marco y por ser un tema candente hoy día le he dedicado un estudio en mi tesis doctoral especializándome en la cuestión morisca con el objetivo de resucitar la historia de esta minoría mediante el estudio profundo de los manuscritos aljamiados que nos han legado (me detendré en la definición del concepto aljamiado en el segundo apartado: El legado de Al-Andalus tras la expulsión definitiva de los moriscos).

Hoy, y en representación del Instituto de Estudios Hispano-Lusos de cuyo amable equipo tengo el honor de formar parte, que trabaja por la promoción del espíritu y del legado andalusí, intentaré acercaros un poco más a la vida de los moriscos en tanto que comunidad activa entre las dos orillas del Mediterráneo y cuya impronta sigue visible hasta hoy en día, dejando, así, honda huella en la civilización de los países en donde se había refugiado pero también legándonos un patrimonio cultural y una identidad irrepetible que es Al-Andalus.

Ante todo, sería conveniente empezar mi intervención aclarando conceptos, ¿qué se entiende por el vocablo morisco?

Para definir el concepto, os propongo una presentación sucinta de los hechos históricos. Con la rendición de Granada en el año 1492 la Reconquista fue llevada a término y una numerosa población vino a quedar bajo la dominación cristiana. Mediante capitulaciones especiales les fue permitiendo a los musulmanes permanecer en España y seguir practicando libremente su religión, sus hábitos culturales y sus costumbres. Estos fueron los mudéjares. Las capitulaciones de Granada fueron violadas pronto, y posteriormente, la situación de los mudéjares se agravó en toda España. Se practicó entonces una política de conversiones, sobre todo a partir de 1526. Los musulmanes españoles fueron urgidos, y aun forzados, a abrazar el catolicismo. A estos cristianos nuevos se les llamó moriscos.

El historiador Míkel de Epalza delimita, con gran precisión, el concepto enfocándolo desde dos puntos de vista complementarios: la hispanocéntrica entiende por morisco a “un grupo específico de la sociedad peninsular, diferenciado por su origen islámico y su forma de vida musulmana, cuya especifidad se estudia en función de su integración en el conjunto de la sociedad española”. En cambio la visión islamológica lo considera como “el último grupo musulmán de Al-Andalus, inserto en la sociedad hispánica que le es hostil porque es diferente; aquí lo islámico y andalusí es lo central, y la sociedad española europea es su circunstancia vital”. (De Epalza, M., 1994, 35-36) (2)

En definitiva, los moriscos son los últimos musulmanes de los reinos peninsulares que fueron obligados a convertirse al cristianismo por los decretos promulgados entre 1525 y 1528 y expulsados definitivamente en 1609, en tierras islámicas del Magreb o de Oriente Medio.

Ahora bien, os preguntaréis ¿qué tiene que ver el morisco con la interculturalidad en el Mediterráneo?, pues cuando hablamos de interculturalidad, nos referimos a la convivencia, en un territorio, de dos o más culturas diferentes. En este sentido, Al-Andalus fue un lugar en el que convivieron varias culturas y en el que se hablaron varias lenguas. Esta convivencia condujo a la interculturalidad, y como veremos más adelante, tuvo como resultado la introducción y el intercambio de ideas, leyendas, hábitos, costumbres, etc. Así que es fuerza admitir que un español no puede abrir las páginas de una historia de su país sin encontrarse de frente con la presencia árabe, una presencia, para algunos, abrumadora, e incluso, ominosa. Basta citar a Ortega y Gasset que insiste en la herencia romano-germánica y dice que los árabes no fueron un ingrediente esencial de la cultura española.

I. Movimientos migratorios en las dos orillas del Mediteráneo (711-1614)

El Mediterráneo es, por excelencia, el mar en el que se han encontrado las civilizaciones y culturas que han dado forma al mundo actual, es el lugar en el que las diversas culturas y religiones (cristianas, musulmanes y judías) han vivido en continua convivencia y enfrentamiento.

Las dos grandes orillas del Mediterráneo han sido históricamente escenario de grandes movimientos migratorios, y de modo profundo desde el comienzo de Al-Andalus, en el siglo VIII. Ese vaivén Sur-Norte (desde el siglo VIII hasta el XIII) y Norte-Sur (entre el XIII y el XV) lo podemos resumir en dos movimientos:

a. Migración voluntaria (711-1492)

Recordar aquí la historia de los casi ocho siglos de la población de Al-Andalus, en territorios peninsulares bajo dominio político musulmán, desde la toma del poder a partir de 711 hasta la pérdida final de ese poder, con la pérdida de la ciudad de Granada en 1492, es indispensable para comprender la de los moriscos.

A partir del año 711 la Península Ibérica recibió la invasión histórica de un pueblo ultramarino mediterráneo: los árabes. Tariq Ibn Ziad, a la cabeza de un ejército en el que domina la etnia beréber de la que él forma parte (los árabes eran menos de 300), cruza el estrecho que llevará a partir de entonces su nombre, para desembarcar en la antigua Hispania de los visigodos, llamada Al-Andalus por los árabes. El cambio de poder fue fácil porque los musulmanes no imponían por la fuerza su religión y sólo exigían un pacto de sometimiento, así que los cristianos y los judíos podían continuar profesando su religión.

Pacificaron la Península en menos de dos años y establecieron un estado islámico integrado por cristianos y judíos que llegó a durar casi ocho siglos, hasta 1492, y usaron el árabe como lengua de la cancillería, fomentando así la arabización e islamización de Al-Andalus.

Los habitantes autóctonos de la Península Ibérica, al menos sus élites, se dieron cuenta de que los árabes ya no iban a regresar a Oriente e iniciaron un diálogo político y cultural que terminó con su conversión al Islam, porque era el medio de prosperar e incluso de no perder lo adquirido.

Cabe señalar que durante ese período, Al-Andalus no ha roto sus lazos con Oriente, dado que se realizaban peregrinaciones, viajes culturales y comerciales. Además, con frecuencia llegaban orientales a Al-Andalus, comerciantes cultos, aventureros, que también transmitían sus conocimientos y de esta forma la corriente cultural entre Oriente y Occidente era continua.

Tras la conquista almorávide de los reinos de taifas (siglo XII) se inició la emigración de andalusíes hacia los otros países del Norte de África y entonces el fenómeno, que tuvo lugar en época del califato (siglo X), se invierte: ahora son los andalusíes los que exportan cultura árabe, y si Al-Andalus se había africanizado, el Norte de África se “andalusizará”.

Pero quedaban, aún, musulmanes en la Península Ibérica: unos permanecieron en sus tierras de origen, sometidos al poder cristiano, como mudéjares, encerrados en sí mismos en las comunidades llamadas aljamas, conservando la religión, pero perdiendo progresivamente la lengua, especialmente las comunidades de Castilla y Aragón.

A finales del siglo XIII sobrevivió un estado musulmán independiente, un resto de Al-Andalus, cuya capital era Granada desde el año 1237 y que perduró hasta 1492, más precisamente el 2 de enero, fecha de la caída del Reino de Granada en manos de los Reyes Católicos, lo que supuso el comienzo del fin de la cultura islámico-andalusí y el punto de partida del fenómeno morisco.

b. Migración forzada (1609-1614) e instalación en Marruecos (a partir del siglo XVII)

Los moriscos se vieron forzados a emigrar desde la Península hacia la orilla norteafricana, como consecuencia de la conquista castellana del litoral mediterráneo andaluz a finales del siglo XV, que culminaría con su expulsión.

Éstos, partiendo de los puertos asignados, se dirigían a Orán desde donde se repartirían por los destinos finales en Marruecos, Argelia y Túnez. Bastantes moriscos aragoneses y castellanos cruzaron los Pirineos para entrar en Francia, desde donde tomaron la ruta de Italia, el Norte de África o el Imperio Otomano.

El escritor tlemcení Al-Máqqari presentó en su libro Nafh-at-tîb el resumen de la inmigración de los moriscos por este itinerario: “Salieron millares para Fez y otros millares para Tremecén, a partir de Orán, y masas de ellos para Túnez... Ellos construyeron pueblos y poblaciones en sus territorios deshabitados; lo mismo hicieron en Tetuán, Salé y La Mitidja de Argel. Entonces el sultán de Marruecos tomó a algunos de ellos como soldados armados. Se asentaron también en Salé. Otros se dedicaron al noble oficio de la guerra en el mar, siendo muy famosos ahora en defensa del Islam. Fortificaron el castillo de Salé y allí construyeron palacios, baños y casas, y allí están ahora” (Al-Máqqari, 1629, 149) (3).

Los moriscos fueron acogidos generosamente en sus nuevas patrias, aunque se presentaron algunos fenómenos de rechazo e inadaptación.

Me interesaría, en este caso, por la suerte de los moriscos que arribaron en gran número a Marruecos, por razones geográficas evidentes, y se instalaron en sus ciudades marítimas de Rabat, Salé, Chefchawen y Tetuán, y también en Fez —la que fue capital del reino durante casi un milenio— y en la que la influencia morisca se palpa, hasta hoy en día, en uno de sus barrios que lleva el nombre de los andalusíes.

Y para entrar de lleno en el tema, intentaría contestar a unos interrogantes un poco preocupantes: los moriscos, una vez fuera de su contexto geográfico e histórico, ¿llegaron a perder su esencia hispana y a adaptarse fácilmente; a acomodar sus modos de vida y su cultura al mundo africano y a participar en la vida cotidiana, en las estructuras económicas, sociales y políticas en el país que les albergó?

Una vez en Marruecos, los moriscos encontraron un Islam bastante diferente del que ellos pretendían practicar ocultamente en la Península. Habían olvidado el árabe, vestían a la europea, sus mujeres iban descubiertas y, naturalmente, sus costumbres diferían, de una manera sustancial, a las de la nueva patria.

Al tener muchas dificultades de adaptación, en cierto período, se concentraron en comunidades independientes. Como modelo significativo de lo que fue el exilio citamos a los hornacheros de Rabat, llamada entonces Salé la Nueva. Esos moriscos procedentes de un pueblo de Extremadura, llamado Hornachos, se instalaron en la desembocadura de Bou Regreg y una vez bien implantados en la ciudadela, proclamaron su independencia y constituyeron una república dedicada a la piratería que se convirtió en un activo centro comercial. Gracias a los beneficios que obtenían de su actividad del saqueo de barcos españoles y portugueses, consiguieron vivir de manera autónoma al sultán de entonces y se aliaron con pilotos holandeses para esta actividad corsaria en venganza por la expulsión.

No obstante, los moriscos sí que llegaron a asimilarse y a formar parte de la sociedad que les acogió sin perder su esencia hispánica. Prueba de ello lo dicho por el libanés Najib Abu Mulham reflejando ese cambio de situación cuando el refugiado se convierte en profeta de la tierra que le acogió: «Amigo, yo soy aquél huésped que se ha convertido en anfitrión, aquel visitante que se ha vuelto residente, aquel extraño que ya es un familiar más... Amigo, yo soy cautivo del embrujo andalusí...» (Cal de. J.C, 2006) (4).

No sólo se adaptaron a la sociedad marroquí sino que participaron en la refundación de algunas de sus ciudades donde jugaron un papel relevante y prolongaron la nostalgia de su patria perdida. El caso concreto de Tetuán, la ciudad que fue refundada, bajo el influjo de lo granadino y llamada la hija de Granada, por un grupo de moriscos comandados por el capitán nazarí Al-Mandari —originario del pueblo granadino de Piñar— después de que permaneciese deshabitada durante casi un siglo tras su destrucción por las tropas enviadas por Enrique III de Castilla, en 1399.

Otra ciudad fundada por un grupo de moriscos llegados de España es Chefchawen y su semejanza con algunos pueblos del sur de Andalucía es asombrosa. La propia Alcazaba parece una copia diminuta de la majestuosa Alhambra, aloja una mezquita llamada «de los andalusíes» y su laberinto de calles está surcado de nombres en castellano que evocan la grandeza del «paraíso perdido».

Pues, ya se puede confirmar que los inmigrantes moriscos embebieron la sociedad árabe islámica del Magreb con su herencia peninsular. Por una parte eran herederos de los nueve siglos de la civilización islámica de Al-Andalus e hicieron partícipes de su herencia a los países que les recibieron en su destierro. Pero por otra parte transmitieron a esos países parte de su herencia específica hispánica, diferente de la cultura tradicional magrebí en lengua, costumbres y técnicas.

II. El legado de Al-Ándalus heredado por los moriscos

a. Patrimonio material

— Monumentos: la primera imagen que se nos viene a la memoria cuando hablamos del legado heredado de la civilización andalusí es la de algunos monumentos muy conocidos como el palacio-fortaleza de la Alhambra de Granada, la Mezquita de Córdoba o la Giralda de Sevilla, metas principales de la mayoría de los turistas que llegan anualmente a España. Además de estos monumentos, tenemos una multitud de pequeñas construcciones que jalonan el territorio andaluz como son las mezquitas convertidas en iglesias, las torres, los baños, aljibes, albercas y antiguas acequias que aún quedan, algunas de ellas en uso, así como casas y palacios de la época que han sufrido restauraciones posteriores.

— Manuscritos aljamiados: un fondo importante se encuentra bien conservado en las bibliotecas del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial y la Nacional de Madrid. Y hasta la actualidad se siguen descubriendo manuscritos moriscos tras la demolición o reparación de algunas casas antiguas.

¿Qué es una literatura aljamiada? Aljamiada es una palabra de origen árabe “ajamiya” y designa a cualquier lengua no árabe, y un texto aljamiado es un texto escrito en lengua romance con caracteres árabes. La mayoría de los tratados aljamiados tienen una temática religiosa o jurídica, pero también hay composiciones poéticas y algunas obras de imaginación en prosa. Los moriscos utilizaban estos manuscritos aljamiados como arma de resistencia política, religiosa y cultural frente al continuo embate inquisitorial que les aquejó, para defender su identidad, su religión, su lengua y su civilización.

b. Patrimonio inmaterial

— La toponimia: en el caso de la toponimia está clara la procedencia andalusí de multitud de nombres de los pueblos, ciudades, ríos, lugares, etc., ya sea directamente del árabe, o bien a través de la arabización de un topónimo anterior o de la corrupción de una palabra árabe o latina al arabizarse. Citamos como ejemplos: Guadalquivir, Almería, Toledo, Castilla, etc.

Podemos resaltar la importancia de dicha toponimia a través del ejemplo muy ilustrativo, el de Andalucía.

Está claro que el nombre de Andalucía viene del término Andalus, al que se le añadió el artículo árabe “al”.

— La lengua: el castellano tiene un 30% de términos derivados del árabe: naranja, limón, azúcar, jarabe, sorbete, julepe, elixir, jarra, azul, arabesco, sofá, muselina, bazar, caravana, tarifa, aduana, almacén, almirante, rambla, etc.

— La idiosincrasia: los habitantes de Al-Andalus eran amantes de la vida y de sus placeres, a través de las fiestas, de la música, de la poesía, de la comida y la bebida. Eran muy fiesteros y amantes de la naturaleza. En cuanto a su carácter, Al-Maqqarî se refería a ellos diciendo que "los habitantes del al-Andalus tienen en su conversación una forma de bromear, decir las cosas, con determinada dulzura y de dar réplicas tan espontáneas, que reducen al silencio al interlocutor" (Al-Maqqarî , 27)(5).

Cabe admitir que más allá de las obras públicas y arquitectónicas, y los prodigios científicos y culturales de Al-Andalus, lo que mejor caracteriza el legado hispano-musulmán es su espíritu de tolerancia, dado que, en el seno del territorio musulmán que se extendía de España hasta la China, entre los siglos VIII y XIV, convivían en un ambiente de libertad y mutuo respeto cristianos arrianos, nestorianos, monofisitas y coptos, judíos, budistas, zoroastrianos, maniqueos e hinduistas, cuyas creencias y tradiciones eran garantizadas por el Islam por el estatuto de Ahl al Dhimma, es decir, la "Gente del Pacto".

III. La herencia andalusí en Marruecos desde la instalación de los moriscos

a. Legado lingüístico y literario

— Antroponimia: hay un campo lingüístico donde las huellas de los moriscos se ha mantenido tradicionalmente en Marruecos. Es el de la antroponimia de los apellidos o nombres de familia de origen hispánico. El hecho de la pervivencia de esos apellidos indica el aprecio de esas familias por su origen andalusí, pero indica sobre todo que la sociedad marroquí en la que esas familias han vivido ha sabido respetarles con esos nombres extraños que constituían una señal de identidad. No se pueden citar aquí todos los apellidos recogidos por los investigadores, pero se pueden mencionar unos cuantos: Abril, Blasco (Blachco), Carmona, Denia, Escalante, Federico, Galán, Hornachos, Jerezano, Luque, Maldonado, Orgaz, Bergach, Padilla, Ríos, Segura, Turmo, Valenzuela, Zapata, entre otros más.

— Lenguaje: los moriscos trajeron también palabras prestadas del romance que se encuentran en el árabe andalusí que hablan, pero también del incipiente español. A modo de ejemplo citamos: babor, bachdor (del español embajador), bendir (del español del español pandero), cabot (del español capote), rueda, cantina, carro, guerra, manta, bermil (del español “barril”), taba (del español “tabaco”), chilya (del español silla), etc.

— Manuscritos: cuando se habla de manuscritos moriscos se piensa automáticamente en los que proceden de la época anterior a la expulsión, en versión aljamiada, tal como lo hemos visto en el apartado anterior. No obstante, un número muy reducido nos ha llegado del norte de África y están en castellano o en árabe, dado que había desaparecido ya el medio hostil que condicionó la literatura aljamiada como expresión o necesidad clandestina. Se puede hablar, aquí, de un renacimiento o resurgimiento literario de los moriscos en tierras norteafricanas. Para apoyar lo dicho, cito dos ejemplos: el manuscrito de la Biblioteca Universitaria de Bolonia, conservado bajo la signatura D. 565 de su autor morisco Ahmed Bencacim Bejarano, originario de Granada y establecido en Marruecos.

Otro ejemplo relevante, es el manuscrito de un anónimo morisco tunecino, un Kama Sutra español, y que es el primer tratado erótico escrito en español. A juicio de la escritora Luce López-Baralt, que publicó y realizó su trabajo en torno a dicho manuscrito, el autor de este códice “fue en el fondo un hombre que quiso seguir siendo musulmán en la España inquisitorial y que no pudo evitar seguir siendo español en su Túnez adoptiva” (López Baralt, 1995, 13) (6).

b. Legado material: indumentaria, arquitectura

— Indumentaria: es evidentemente en los vestidos de lujo, como son los bordados, donde más se notan, hasta hoy en día, ciertas influencias hispánicas que pueden remontarse a la época de los moriscos. Estos bordados suelen utilizarse en los ricos trajes de bodas de las novias marroquíes, especialmente en los dos principales centros andalusíes de Marruecos, Tetuán y Salé-Rabat. Los trajes de novias, por su naturaleza lujosa y por mantener las tradiciones vestimentarias más tradicionales, son seguramente el mejor «museo» del traje femenino andalusí que ha quedado en Marruecos.

Pero tampoco hay que descuidar las demás prendas de clases medias, tal como el albornoz, palabra que ha desaparecido del lenguaje hablado marroquí, pero como prenda sigue usada bajo otro nombre (selham), y que significa lo mismo que el albornoz, una prenda de abrigo con capucha.

Lo mismo ocurre con la babucha (belga: zapato ligero y sin tacón), chaleco (bid’ya, el vocablo tiene su raíz en bada’a que significa inventar, y para los habitantes del norte de África dicha prenda pudo significar una novedad), camisa (qamiya en árabe dialectal que deletrea casi la voz española, mientras que en árabe culto tenemos qamis), barretina (barreta o barneta), sombrero (samrir o chamrir), etc. Todos ellos han desaparecido como vocablo pero permanecen vivos en tanto que indumentaria.

— Arquitectura: la herencia arquitectónica andalusí en Marruecos también ha sido muy visible. En efecto, la planta misma de la ciudad de Rabat está compuesta de calles rectilíneas en forma de parrilla, disposición urbanística ajena a la tradición marroquí y típica de las poblaciones de nueva planta de los moriscos en el Magreb. También se atribuyen a los moriscos algunas peculiaridades de los baños de vapor de Rabat, las mezquitas fechadas y casas con tejados y sin azoteas serían también, en la región de Tetuán, llamada en aquel entonces la hija de Granada, muestras de los restos arquitectónicos moriscos en Marruecos.

c. Legado artístico

— Música: la música andalusí llegó a Marruecos en dos etapas y tipos, la sevillana y la garnatí. Esta última llegó a perdurar hasta hoy en día. Prueba de ello son los encuentros y festivales de música garnatí que se organizan anualmente en la ciudad de Oujda. Los marroquíes llegaron a transformarla en una música clásica y prestigiosa, le añadieron bráwal o poemas marroquíes ligeros y populares y la entonaron en diferentes ocasiones: cantos de bodas, cantos religiosos, cantos de amor, cantos de nostalgia y de diálogo con la naturaleza, etc.

Conclusión

Como introducción a un debate, que espero enriquecedor para todo el mundo y dialogal, concluyo afirmando que el problema migratorio no es propio de nuestro tiempo, sino que siempre ha existido, y que durante tres o cuatro milenios las migraciones han creado la historia, la riqueza y la unidad del Mediterráneo.

Los estudios morisco-andaluces cobran hoy una nueva dimensión ya que están involucrando problemáticas fundamentales como el derecho a la diferencia y a la diversidad, la tolerancia, la libertad de cultos, etc. Abordar la cuestión morisca en esta época de la globalización es, pues, de suma importancia para extraer útiles enseñanzas del pasado, dado que los moriscos han convivido pacíficamente con las otras religiones, en ciertos momentos, y han participado en el enriquecimiento humano y cultural tanto del país que les expulsó como del que les acogió, acentuando así el significativo dicho popular: «A más moros, más ganancia» y «Huerta que cava un moro, vale un tesoro».

Para finalizar, quisiera apuntar que ojalá mi humilde aportación a este tema sirva para ilustrar la célebre máxima “el que no recuerda la historia está condenado a repetirla” ante una época actual que nos conduce de nuevo al encuentro y a la convivencia entre diferentes culturas. La convivencia entre las tres religiones en Al-Andalus es un modelo que podemos aplicar hoy en día en un mundo dominado por el terrorismo, la violencia, la injusticia y un desequilibrio internacional entre los prósperos y los hambrientos.

No quisiera concluir sin dejar de citar unas palabras que el escritor español Juan Goytisolo compuso para el prólogo de la obra La arquitectura del Islam occidental (Lunwerg): "Digámoslo bien alto: el complejo de inferioridad acerca del retraso histórico y nuestro pasado árabe ha perdido su razón de ser. En la Europa comunitaria a la que nos hemos incorporado, nuestra diferencia no ha de ser ya un recordatorio penoso ni causa de frustración: la huella musulmana en nuestro suelo, visible en todos sus ámbitos, es expresión al contrario de una riqueza y originalidad únicas. Ningún país europeo cuenta con un patrimonio como el legado de Al-Andalus y ello no redunda en mengua de nuestro europeísmo. Somos europeos distintos, europeos en más” (7).

Bibliografía
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— AL-MÁQQARI: Esplendor de al-Andalus. P 27.
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Notas
1. Amin Malouf. (1988): León el africano. Ed. Alianza. Madrid.
2. De Epalza, M. (1994): Los moriscos antes y después de la expulsión. Ed. MAPFRE. Madrid. PP. 35-36.
3. Al-Máqqari. (1629): Nafh-at-tîb. Egipto. P 149.
4. citado por Juan Carlos de la Cal, en su artículo “Los hijos de Al Andalus”, Webislam, 2006.
5. Al-Máqqari : Esplendor de al-Andalus . P 27.
6. López-Baralt, Luce. (1995): Un kama sutra español. Madrid. Libertarias/Prodhufi. P 13.
7. Jordi Esteva (2000). Mil y una voces, Cap. II: un pasado ocultado. Entrevista a Juan Goytisolo. PP. 125-126.
 
ACHOUAK CHALKHA. es investigador del Instituto de Estudios Hispano-Lusos. Universidad Mohammed V-Agdal.

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