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Terrorismo: historias recurrentes

Durante los gobiernos de los Bush, Estados Unidos pareció no percatarse de que los musulmanes no son una hermandad ni una secta, sino una civilización

19/01/2010 - Autor: Jorge Gómez Barata - Fuente: El Mercurio
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Obama se ha aproximado al legado de Bush y asumido una extraña estrategia para combatir a Al-Qaeda.
Obama se ha aproximado al legado de Bush y asumido una extraña estrategia para combatir a Al-Qaeda.

Las simplificaciones son socorridas porque son cómodas y se digieren fácilmente; sin embargo casi siempre son falsas. La idea de que los musulmanes odian a Estados Unidos por las matanzas de Iraq y Afganistán son simplificaciones, también lo es identificar a Al-Qaeda y al Talibán con el Islam.

En las zagas de las guerras, además de las calamidades materiales que generan, están presentes el luto y el dolor, como también los rencores, reservas y en no pocos casos los deseos de venganza. Esos sentimientos se atenúan con la comprensión del carácter de las luchas, con el tiempo y con la diplomacia.

A pesar de la violencia y la pobre justificación militar, las incursiones de la aviación norteamericana sobre Tokio en la noche del 10 de marzo de 1945 con mil aviones y bombas incendiarias que dejaron más de 100 000 muertos en cuestión de horas, los inútiles bombardeos angloamericanos que pulverizaron a Dresde, Colonia, Hamburgo, Núremberg, y otras ciudades alemanas y ni siquiera el holocausto nuclear en Hiroshima y Nagasaki, como tampoco las guerras de Corea y Vietnam generaron un odio visceral.

Lo que ocurre ahora puede ser resultado de fenómenos diferentes, de tipo ideológico y no vinculado exclusivamente a las guerras, sino a un enfoque en el cual las posiciones imperialistas se han mezclado con el racismo, el desprecio y la discriminación y también con el nacionalismo y la defensa de la identidad, en lo cual, en el caso islámico, lo mismo que en el judío, la religiosidad tiene una connotación especial. Se trata de circunstancias que Al-Qaeda y el Talibán manipulan para sus propios designios, como mismo Bush, Rumsfeld y Cheney manipularon el 11/S.

Probablemente todo comenzó cuando al finalizar la Primera Guerra Mundial el presidente norteamericano Woodrow Wilson, auspició la piñata mediante la cual Inglaterra y Francia se repartieron los despojos del imperio otomano, apoderándose del Medio Oriente. En ese reparto Gran Bretaña recibió a Palestina como un botín. A esos antecedentes se suma el holocausto judío y la creación por medios sumamente violentos del Estado de Israel.

Percibidos en conjunto, aquellos eventos dieron lugar a la expulsión de los palestinos de su tierra, la ocupación de territorios árabes y la conspiración de occidente para dotar al Estado hebreo de capacidad nuclear, creando una correlación de fuerzas inalcanzable para los árabes que por cincuenta años han sido humillados.

Esos y no la estúpida idea de una Yihad islámica contra occidente explican el clima de violencia de matriz política, no religiosa, en el cual Estados Unidos se ha implicado con asombrosa torpeza. Baste recordar el modo como la CIA conspiró para derrocar al gobierno liberal y moderado de Mossadeg e introdujeron al Sha, proceso que a la larga condujo a la revolución islámica y llevó al poder a los ayatolas.

Por breve que sea, el sumario, no podría excluir el modo como se dio la espalda al drama del pueblo kurdo, el colosal error de la administración Reagan que, para combatir a los soviéticos en Afganistán, encumbró al talibán, abriéndoles el camino al poder en Afganistán, la forma en que se instigó la guerra entre Irán e Irak, en la cual Estados Unidos apoyó a Saddam Hussein, la invasión a Iraq aprovechando la anexión de Kuwait y por último la estrategia trazada para vengar el 11/S, con invasiones a Irak y Afganistán, sin omitir el actual contencioso nuclear con Irán.

Durante los gobiernos de los Bush, Estados Unidos pareció no percatarse de que los musulmanes no son una hermandad ni una secta, sino una civilización y una milenaria entidad cultural integrada por no menos de 1 500 millones de almas, la mitad de ellos concentrados en cuatro países: Indonesia, Pakistán, India, Bangladesh, con 16 millones en Europa y seis millones en Norteamérica. La mayoría de los musulmanes que viven en occidente, han nacido y crecido allí, es decir no son otro cosa que españoles, franceses, belgas, italianos, mexicanos, argentinos o alemanes que profesan un credo diferente.

No es difícil percatarse de que la mayoría de los musulmanes viven en países aliados de Estados Unidos que (aunque imperfecta) practican la democracia liberal que, si bien es cierto que algunos visten de modo peculiar y viven la fe con particular intensidad, ello no los hace enemigos de otras religiones ni de gobierno alguno. Hasta hace poco ser musulmán era menos problemático que ser judío y de hecho todavía hay más antisemitas (mil millones) que enemigos del Islam.

En esos ambientes, en las respuestas a cada coyuntura surgieron organizaciones sumamente violentas como los Talibanes que se apoderaron de un Estado y Al-Qaeda que adoptando una matriz islámica se vincularon a los sucesos del 11/S en Estados Unidos, el 11/ 3 en Madrid y en otras acciones terroristas en varios países. A ello se sumó la violenta y desacertada respuesta de Bush que inició dos guerras y fue a buscar a Al Qaeda donde no estaba y de una manera, además de brutal, errada.

Se trata de una suma de circunstancias y de errores y de una combinación de manipulaciones y oportunismo político con afanes hegemónicos que ha conducido a la presente situación, en la cual por otra parte no hay nada extraño ni nada insoluble. Al-Qaeda no es la primera organización de su tipo ni es invencible.

El hecho de que Bush, secundado por Blair, Aznar y Berlusconi, entre otros líderes occidentales asumieran el accionar Al Qaeda y el Talibán como si fuera una “guerra de civilizaciones”, enfoque que sin mayores sutilizas hicieron extensivo a sus conflictos con Irak e Irán, permitió a todas las partes, incluyendo a la ultra derecha norteamericana y a sectores islámicos extremistas, la manipulación del diferendo para darle la connotación que ha asumido.

Barack Obama, cuya sangre y estructura ideológica está sesgada por elementos pluriculturales, incluyendo islámicos y africanos, que hacen de él un raro espécimen en la alta política norteamericana y un fenómeno político enteramente nuevo, al hablar en la universidad Al- Azhar de El Cairo, impactó positivamente a los musulmanes que por primera vez sintieron que un presidente norteamericano los trataba como lo que son: hombres y mujeres, hijos de una gran cultura y creyentes en una fe respetable, diferentes, pero dignos.

No obstante, en los hechos, Obama se ha aproximado al legado de Bush y asumido una extraña estrategia para combatir a Al-Qaeda haciendo la guerra en Afganistán e implicándose militarmente en Pakistán. A todo ello se suma ahora la contradictoria reacción ante el intento de sabotear el avión que el día de Navidad cubría la ruta Ámsterdam-Detroit, lo cual arroja sombras y despierta el temor de que pueda haber un regreso al enfoque de Bush que de hecho asumió la compleja problemática como si fuera una guerra de civilizaciones.

A todo ello se añade ahora la extravagancia de incluir a Cuba en las medidas presuntamente antiterroristas adoptadas, sometiendo a los pasajeros que embarcan en La Habana rumbo a Miami, la mayoría de los cuales son cubanos residentes o ciudadanos de Estados Unidos que regresan luego de visitar a sus familias o cubanos que se quedarán a vivir allí, a procedimientos semejantes a los aplicados a quienes proceden de países con presencia de Al-Qaeda.

Ojala no ocurra que a Obama los arboles no le permiten ver el bosque y pueda percatarse de que Cuba pudiera ser parte de la solución y nunca lo será del problema.

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