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El diálogo cultural euromediterráneo y euroárabe

Fragmento del libro Europa por el Mediterráneo

16/01/2010 - Autor: Bichara Khader - Fuente: Webislam
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Portada del libro Europa por el Mediterráneo.
Portada del libro Europa por el Mediterráneo.

La relación euroárabe está marcada por estereotipos y representaciones negativas. Bichara Khader propone en su último libro, Europa por el Mediterráneo, un enfoque humanista mediterráneo que incluya el pasado, la evolución de las religiones y las transformaciones producidas por la inmigración.

Más allá del entusiasmo lírico que se desprende de las grandes reuniones diplomáticas sobre “la solidaridad y la fraternidad euromediterráneas”, asistimos a una realidad desoladora: la relación cultural euromediterránea y euroárabe está resquebrajada. Hoy más que nunca es necesaria una plataforma cultural en el Mediterráneo. Si la descontaminación ambiental del Mediterráneo es necesaria, la descontaminación mental es primordial. Es hora de romper con las retóricas inculpatorias así como rechazar las ideas preconcebidas y los análisis simples que imputan a una cultura o religión la causalidad inmediata de los problemas económicos, sociales y políticos que atenazan sobre todo la orilla sur del Mediterráneo y envenenan las relaciones de vecindad.

No puede abordarse un verdadero diálogo cultural entre los pueblos del Mediterráneo sin una lectura crítica de una historia común, pasada y reciente, para comprender la construcción de los imaginarios colectivos a ambos lados, pero también y especialmente sin la función instrumental de una lectura del pasado que procede de una voluntad de sacralizarlo más que de la necesidad de superarlo. De esta forma, el diálogo cultural pasa en primer lugar por el trabajo de los historiadores para cerrar las páginas sombrías de la historia e inventar una nueva modalidad de convivencia. Sin embargo, de nada servirá pretender cerrar el pasado antes de haberlo abierto a todos, ya que la batalla del futuro también se libra sobre el terreno del pasado.

La relación cultural entre Europa y su Sur, sobre todo el árabo-musulmán, está marcada por una serie de estereotipos y representaciones negativas. El estereotipo obedece a un proceso simple de fabricación: la confusión de lo accesorio y lo esencial, de lo general y lo concreto, y, en el ámbito sociológico, de lo singular y lo colectivo. Portador de una definición del “otro”, el estereotipo es el enunciado de un saber colectivo que pretende ser válido en cualquier momento histórico. Por ejemplo, colgar a ciertos pueblos del Sur la etiqueta de fanáticos, integristas y terroristas se corresponde con esas imágenes estereotipadas que desvelan el rechazo al diálogo y, sobre todo, una cultura tautológica en la que se excluye cualquier análisis crítico.

Paradójicamente, cuanto más cercano está alguien, más estereotipos alimenta. ¿Nos hemos preguntado por qué el Oriente turco-árabe obsesiona a Occidente desde hace tanto tiempo? Sin duda, porque es “la diferencia de lo más cercano”, “el extranjero más íntimo”. Un elemento constitutivo del Yo europeo. Comprenderlo ya es romper con esos binomios traumatizantes (Oriente/Occidente, islam/cristianismo, Norte/Sur, lo semejante/lo diferente, ellos/nosotros) para inventar nuevas modalidades de una connivencia mediterránea.

En Europa, el problema de la alteridad (árabe y musulmana, sobre todo) se plantea con gran crudeza precisamente a causa de las complicidades de la historia y de la proximidad geográfica. Catorce siglos de continuos roces han generado un imaginario colectivo europeo que continúa intoxicando las relaciones entre ambas orillas y entorpeciendo la comunicación intercultural. Un buen número de los estereotipos actuales son heredados del periodo colonial (fanatismo, rechazo de los valores occidentales y la supuesta incompatibilidad del islam con el desarrollo y la democracia). La percepción se torna aún más negativa tras el fin del sistema bipolar. Al peligro amarillo (japonés o chino), al peligro rojo (la Unión Soviética), parece seguir, en las mentes occidentales, el peligro verde, el del islam, como si Occidente sólo pudiera afirmarse oponiéndose.

Dichas representaciones denotan una indigencia de pensamiento y una postura perezosa, pero especialmente perniciosa. El papel de los medios de comunicación en la reproducción de dichos estereotipos no puede pasarse por alto. Refleja la dictadura que ejerce la audiencia sobre la información que, con frecuencia, obliga a los medios a servir el mismo plato, aderezado con clichés que abren brechas irreparables en la coexistencia armoniosa entre los pueblos y en el interior de cada uno de los Estados.

Se impone con urgencia entender a Oriente (árabe y musulmán) de otra forma que no sea en términos de amenaza o invasión. Estos fantasmas se expresan ya en las novelas, los panfletos, incluso en los trabajos universitarios. El Partenariado Euromediterráneo, iniciado en 1995, no parece haber exorcizado los temores de Europa. Por otra parte, los discursos alarmistas sobre la inmigración, sobre todo la ilegal, tienden a transformar el Mediterráneo en una serie de límites, rodeados de cordones sanitarios que separen la Europa “civilizada” de los “alborotadores” del Sur.

Desde este punto de vista, acoger en la Europa del mañana a un país de gran mayoría musulmana (Bosnia, por ejemplo) no sólo ayudaría a cambiar el paisaje de las representaciones geopolíticas del Mediterráneo rompiendo la idea de una fractura étnico-religiosa en dicha región, sino que también supondría un magnífico elemento pedagógico para el diálogo cultural.

El trabajo de deconstrucción del imaginario colectivo negativo sobre el “otro” debe también aplicarse a los países del sur del Mediterráneo, sobre todo a los Estados árabes. Al igual que los europeos, ellos también tienen una visión deformada, especialmente del Occidente próximo y lejano. Esta visión no es unívoca, obviamente, puesto que Occidente fascina y repugna a la vez, ya que es al mismo tiempo afectuoso y excluyente. Atrae por su arte de gobierno, las libertades de sus ciudadanos y los avances técnicos, económicos y sociales y repele por el hecho de que se percibe demasiado seguro de sí mismo y dominador.

Hoy en día el mundo árabe vive en una situación defensiva tal que ningún esfuerzo serio de autocrítica parece posible. De hecho, cuando leemos textos árabes sobre la identidad, nos llama la atención constatar que no es tanto la identidad en sí lo que preocupa, sino la identidad en relación con los demás: con Israel, Europa, Occidente, con los no musulmanes y con los países vecinos no árabes. Es, por tanto, el binomio «yo-el otro» el que define la identificación cultural árabe, como si la existencia del otro presupusiera la conciencia de sí mismo, como si el otro (en este caso, Occidente) fuera en realidad un segundo yo mismo. Todo esto nos lleva a una paradoja: el mundo árabe pretende ser el artífice independiente de su propia historia, pero al mismo tiempo se manifiesta “incapaz de pensarla de otra forma que no sea en referencia a ese otro que se combate”.

Hay que reconocer que la historia del mundo árabe ha estado jalonada desde hace varios siglos por acontecimientos dolorosos de los que Europa no puede quedar exenta de responsabilidad (expedición de Napoleón en Egipto y Palestina 1798-99, balcanización del mundo árabe periodo colonial, colonización de Argelia, establecimiento de un Estado judío en el corazón del mundo árabe 1948, guerra de Suez 1956, sin contar con todas las demás guerras que han ensangrentado a sus poblaciones en el transcurso de las últimas décadas). Occidente, desde hace varios siglos, ha dominado, ocupado y dividido el espacio árabe y ha adquirido una superioridad técnica, científica y militar. El hecho de que Occidente haya sido, hasta hace poco, menos sensible al sufrimiento del pueblo palestino y que haya perseguido defender sus intereses, aunque fuese al precio de ignorar los intereses legítimos de los árabes (en el norte de África y en Oriente Próximo) constituye, para la mayoría de los árabes, casi pruebas fehacientes.

Sin embargo, lo que resulta pernicioso en cualquier representación colectiva, sobre todo la que tienen los árabes de Occidente, sobre todo de Europa, es el fantasma de la conspiración, como si la única preocupación de Occidente fuera sojuzgar a los árabes para tomar el control de su espacio y sus recursos. Esta actitud, que podría explicarse en parte por la relación del pasado entre Europa y el mundo árabe, entraña sin embargo el riesgo de una rigidez doctrinal, de una crispación irreversible de las posturas, incluso de una escalada de la violencia que no beneficia a nadie.

La reafirmación identitaria es, sin duda, una de las formas de resistencia cultural de árabes y musulmanes. Sin embargo, no debe necesariamente implicar el rechazo del otro, sobre todo de Occidente. Al contrario: debe tender aún más a valorar su propia herencia, enriquecida por la contribución positiva de otras culturas y la negociación de una nueva relación con Europa, basada en el respeto mutuo.

Dichas consideraciones sobre las representaciones colectivas no sólo plantean la relación con el otro, sino también la relación de cada cultura con el pasado y la memoria. Porque las identidades mediterráneas constituyen una acumulación de experiencias cuyas raíces se hallan en el fondo de la historia, de traumas antiguos y más recientes, de heridas aún abiertas; nos encontramos frente a comunidades encerradas en su propia desgracia. El testimonio de la memoria es tan fuerte, de Serbia a Argelia, pasando por Bosnia y Palestina, que los pueblos del Mediterráneo parecen anclados en su pasado.

Los pueblos tienen una memoria colectiva, y ésta es un elemento constitutivo de la identidad. El diálogo cultural en el Mediterráneo, ya sea entre su orilla Norte y su orilla Sur o incluso en el interior de cada Estado, pasa por un trabajo sobre la memoria para integrar la memoria del otro. Esto se puede aplicar a los países de la antigua Yugoslavia, pero sobre todo al conflicto árabe-israelí, que estructura la problemática relación entre los árabes (e incluso los musulmanes) y Occidente en el sentido más amplio, y que sigue siendo un obstáculo fundamental para un diálogo cultural renovado. Ahora bien, este conflicto permanecerá sin solución mientras no se establezcan claramente las responsabilidades en las tragedias cuyo poder traumático no depende únicamente del recuerdo, sino también de la vivencia cotidiana de las poblaciones afectadas.

La persistencia del conflicto árabo-israelí no sólo ha tenido efectos devastadores en los imaginarios cruzados, sino que ha llevado a sus protagonistas, sobre todo desde 1948, a construir una legitimidad, negando radicalmente la del adversario. Los pueblos palestino e israelí deben inventar otro camino emancipador que les permita salir de la vorágine.

Los palestinos no pueden seguir batallando con clichés del tipo “Israel acabará por desaparecer, como desapareció el reino latino de los Cruzados”. Los mitos movilizan a las masas, pero inmovilizan el pensamiento y ponen trabas a un discurso adecuado. Ha llegado el momento de esforzarse por lograr despertar la conciencia crítica, mejor informada sobre los auténticos desafíos y las auténticas opciones.

El conflicto palestino-israelí enfrenta a dos pueblos de larga memoria, que reivindican, cada uno a su manera, una especie de monopolización victimista. El reconocimiento del sufrimiento del otro y los temores que lo atormentan es una condición esencial del encuentro lógico, la única susceptible de lograr que se replantee el uso instrumental de una historia-alegato, invocada, con demasiada conveniencia, no tanto para aclarar el pasado como para afianzar el presente.

Si le atribuimos tanta importancia a una solución equitativa del conflicto palestino-israelí y, por extensión, del árabe-israelí, es porque dicho conflicto ocasiona un sufrimiento incalculable e injusticias flagrantes, tiene secuelas trágicas desde hace más de 60 años, sigue marcando de forma duradera la relación de Europa con el Mediterráneo del sur, va más allá de su especio geográfico, envenena el clima en la región y en otros lugares, al tiempo que contribuye en gran parte a la dilapidación de recursos considerables, humanos y financieros, tan necesarios para la construcción de un futuro compartido.

El descarrilamiento del proceso de paz y el endurecimiento de las posturas han bloqueado cualquier avance significativo del Partenariado Euromediterráneo, sobre todo en el aspecto político y cultural. La perpetuación del conflicto y su agravamiento podrían suponer importantes trabas para el proyecto de Unión por el Mediterráneo. Y Europa es consciente de ello. De ahí que insista en la necesitad y la urgencia de resolver ese conflicto. Debería dar muestras de una política más proactiva, para adelantar una solución pacífica respetando las resoluciones de las Naciones Unidas.

Es verdad que la UE no ha demostrado gran coherencia, aun cuando la solución equitativa del conflicto palestino-israelí es una de las claves, si no la única, de la paz en el Mediterráneo y en la región árabe. Por tanto, la UE debe demostrar más audacia. La Política Exterior y de Seguridad Común (PESC) de los próximos años se valorará, entre otras cosas, a tenor de los resultados obtenidos en la negociación árabo-israelí.

Diálogo interreligioso e historia de las religiones

En la historia pendular del Mediterráneo, hecha de flujos y reflujos, de conquistas y reconquistas, de victorias y derrotas, la religión ha servido a menudo de estandarte para galvanizar las energías (guerras santas), para movilizar a los hombres y para legitimar las empresas de conquistas, de expansión, hasta de reconquista o de “regreso a la tierra ancestral”. Todo esto vale tanto para el islam (con la expansión islámica durante los primeros siglos) y el cristianismo (con las Cruzadas, la conquista de las Américas y la colonización), como para el judaísmo (con el establecimiento del Estado de Israel en Palestina). No obstante, si bien es cierto que la “religión” ha desempeñado y desempeña todavía un papel de legitimación y de movilización en las guerras pasadas y presentes, no es menos cierto que “la violencia religiosa” ha sido cebada aún más por las divergencias internas en el seno de cada gran religión monoteísta que por las divergencias entre religiones.

Es necesario dejar de hablar de “guerras de religiones” y zanjar esa retórica falaz y peligrosa sobre la “violencia estructural” consustancial a tal o cual religión. Así pues, afirmar que la religión cristiana ensalza la tolerancia es hacer alarde de una gran amnesia histórica. Afirmar, por el contrario, que el islam no es más que fanatismo y violencia, es injuriar siglos en los que esta religión brilló en todo su esplendor por su creatividad y su tolerancia.

Dicho esto, es cierto que en el Mediterráneo asistimos, sobre todo desde hace un cuarto de siglo, al recrudecimiento de los integrismos religiosos, en el seno de las tres confesiones monoteístas. Este extremismo refleja más la manipulación de la religión que la vuelta a lo religioso y es, en todo caso, el producto de una época marcada por las incertidumbres, la carencia de sentido y una globalización mal controlada y –en el caso de los países del Sur del Mediterráneo– por las crisis económicas, el cierre de los sistemas políticos y las injusticias flagrantes.

El diálogo interreligioso puede resultar igualmente útil. Sin embargo, no podrá aportar una contribución decisiva si no va acompañado de una enseñanza de la historia comparada de las religiones.

Occidente también debe llevar a cabo un esfuerzo de introspección, y tal vez de replanteamiento, dejando de ver únicamente la cuestión “religiosa” en los sobresaltos del mundo, y permitir a los otros participar en la producción de un sentido. Todo ello requiere dejar a un lado las ideas superficiales sobre religiones “eternas” e “inmóviles” y trasladar el debate hacia el análisis sociológico, antropológico y político de las sociedades, sobre todo musulmanas, en la diversidad de sus trayectorias históricas. El objetivo consistiría en demostrar, en oposición a los partidarios de la escuela culturalista, que las sociedades que bordean el Sur y el Este mediterráneos no sólo se transforman, sino que ofrecen una multitud de formas de articulación del aspecto religioso y de la política que permiten entresacar un espacio político, si no de laicidad, cuando menos de secularización y, por tanto, de democracia y pluralismo.

Admitir que las sociedades se transforman es también reconocer que el islam interpretado y vivido, el islam-contexto, no es siempre la copia calcada del islam-texto. El islam es capaz de abrirse a las nuevas ideas de libertad, de igualdad de sexos y de fraternidad entre todos los pueblos. Y precisamente porque esta modernización interna está en marcha, los integristas intentan desvirtuarla.

Considerar el islam “una religión retrógrada” y a las sociedades musulmanas “sociedades petrificadas” es hacer alarde de desconocimiento de la historia comparada de las religiones y, sobre todo, negar al islam cualquier capacidad de adaptarse a las exigencias de los tiempos modernos.

Migraciones y diálogo cultural

Las migraciones han marcado la historia de los pueblos europeos. Empujados por la miseria, la desgracia o el afán de conseguir nuevos horizontes, los europeos se dispersaron por los confines del universo, sobre todo por el Nuevo Mundo. La industrialización del continente europeo invirtió esta tendencia, sobre todo a partir de finales del siglo XIX. Polacos y, posteriormente, italianos, españoles, portugueses y griegos salieron de su país para ganarse el pan en los países europeos de vieja industrialización. Aunque de religión cristiana, esos emigrantes tuvieron que someterse al duro aprendizaje de la vida en otras sociedades. Ellos también experimentaron la angustia y sufrieron la hostilidad del país receptor. El hecho de ser europeos y cristianos no los salvaba de los prejuicios: en Francia y en otros lugares, ya por los años treinta, parecía que eran demasiados, que hacían reinar un clima de terror, que no se integraban.

La inmigración de los países árabes o de países musulmanes no árabes en Europa es más tardía: está relacionada con la descolonización, con la fase de reconstrucción europea tras la Segunda Guerra mundial y con el agotamiento de los yacimientos tradicionales de la inmigración inter-europea. Esta inmigración puede ser pakistaní o india en Reino Unido, turca y kurda en Alemania, magrebí en Francia, Bélgica o en Holanda y, más recientemente, en Italia y en España. Es complicado estimar el número, ya que muchos de estos inmigrantes árabes y musulmanes se nacionalizaron o nacieron como ciudadanos europeos y desaparecen de las estadísticas como extranjeros. Sin embargo, podemos aventurar la cifra de 15 a 20 millones en una población europea de 495 millones (en 2008). De estos 15-20 millones, los magrebíes, o las personas de origen magrebí, representan un total de entre cinco y seis millones.

Tras estas cifras, hay un cambio en la naturaleza misma del fenómeno migratorio, puesto que en 50 años hemos pasado de una inmigración de trabajo (fundamentalmente masculina, concentrada en los núcleos duros de la industria o en las minas de carbón y percibida como temporal) a una inmigración de permanencia. Con el cierre de las fronteras europeas a nuevos flujos a partir de 1974 y las primeras medidas destinadas a regularizar a los inmigrantes, asistimos a un cambio cualitativo (feminización, rejuvenecimiento, visibilidad, aumento de la tasa de dependencia y mayor visibilidad en los espacios públicos y la escuela) y cuantitativo (la reagrupación familiar hace crecer el número de extranjeros, mientras se desarrolla una inmigración ilegal que nada parece atajar).

Si la cuestión de la inmigración, sobre todo árabe y musulmana, nos afecta es porque se ha convertido, especialmente desde 1973, en el objeto privilegiado sobre el cual se opera la proyección fantasmal de los problemas de las sociedades europeas. Europa entera parece afectada por un reflejo del miedo frente a una inmigración vinculada al islam.

Esta angustia difiere en intensidad de un Estado a otro, pero afecta a todos los países que se hallan enfrentados a la inmigración extranjera, sobre todo musulmana, y se traduce en una reacción xenófoba que no perdona ni en los países que antaño se citaban como ejemplo por su tolerancia, como España u Holanda. Sin embargo, contrariamente al periodo anterior de las migraciones inter-europeas, el racismo actual ya no es un hecho marginal, sino social, que se centra en las diferencias supuestamente incompatibles y se ve favorecido por expresiones políticas gracias a partidos de extrema derecha.

Más que otros inmigrantes, los musulmanes y, sobre todo, los magrebíes de segunda y tercera generación son especialmente víctimas de un racismo ordinario “de piel”. Integrados culturalmente, los jóvenes que no son ni inmigrantes (puesto que con frecuencia han nacido en Europa) ni extranjeros (puesto que suelen tener la nacionalidad), se sienten excluidos socialmente. Este rechazo de la alteridad musulmana viene acompañado en la mayoría de las personas por una desconfianza, e incluso un desprecio hacia la religión de los jóvenes musulmanes. Estas actitudes, reaccionarias u hostiles, llevan a los jóvenes, en muchos casos, a replegarse sobre su cultura y herencia, lo que les causa “desviaciones de identidad” entre una comunidad de origen de la que se despegan (país de origen) y otra, que no los quiere (país de acogida).

Vemos que en el diálogo cultural entre la UE y el contorno mediterráneo la inmigración constituye el mayor desafío, porque afecta al núcleo duro de la identidad europea y demuestra relación problemática de la UE con la alteridad más próxima. La proliferación de partidos populistas y xenófobos, algunos de los cuales obtienen buenos resultados electorales, traduce las angustias ante el creciente mestizaje de las sociedades europeas. Sin embargo, Europa no puede encerrarse en sus miedos. La integración es una necesidad política, social y cultural para evitar que se constituyan guetos étnicos de pobreza, de exclusión y de ciudadanía de segunda.

La integración significa también que dejemos de recurrir a tópicos que infunden terror, como el de “la invasión” de Europa por los pobres del Tercer Mundo o el de la “islamización” del Viejo Continente. Y es que, en realidad, no estamos asistiendo a una islamización de Europa, sino más bien al desarrollo de un islam europeo, con características propias. En primer lugar, se construye fuera de los países y culturas de origen, como una religión minoritaria, cuyos adeptos han dicho adiós al regreso y han optado por la instalación definitiva y que, además, piden ser considerados ciudadanos con todas las de la ley. Además, esta instalación perenne en un espacio laico europeo va transformando gradualmente el sistema de pensamiento de los musulmanes y sus comportamientos, en particular, en lo que se refiere a sus relaciones con las sociedades de acogida y su vínculo con la religiosidad.

Así se esboza subrepticiamente un acercamiento entre islam y cristianismo tal como se vive en Occidente. Como quiera que esas tendencias parecen irreversibles, ciertos grupúsculos integristas se afanan por invertirlas, en nombre de una supuesta “especificidad cultural”, pasando por encima de las miserias reales de ciertas franjas de la población de origen inmigrante.

Los países de la UE pueden fomentar aún más estas convergencias que dependen de la experiencia religiosa en un entorno definitivamente laico, aunque sólo sea a través de la denuncia de las amalgamas entre el islam (como religión) y los islamistas (como corrientes ideológico-políticas) o hasta los neofundamentalismos que reducen el islam a los rituales y las prohibiciones.

Si insistimos en una mejor integración de los musulmanes en el espacio europeo, es porque presentimos el peligro que pueden constituir los recovecos colectivistas que, disfrazados de respeto por las identidades, corren el riesgo de desembocar en sociedades tribalizadas y sociedades-mosaicos, en las que, por una especialización de las diferencias, acabaríamos por tener barrios, hasta escuelas étnicas. No es una perspectiva alentadora a escala de las sociedades europeas, ni tan siquiera a escala de todo el Mediterráneo.

Por un enfoque humanista

Todos los pueblos se crean un vínculo con el pasado y el espacio. La función de la memoria es precisamente volver sobre el pasado para seleccionar los acontecimientos, gloriosos o traumáticos, que sirvan de material para la creación identitaria. Por su parte, el territorio aparece como fundador del orden político moderno, en torno a conceptos como nación o soberanía. Y como repiten los geopolíticos contemporáneos, en la memoria selectiva, a veces deformada por el poder, el territorio es la referencia a partir de la cual el imaginario colectivo elabora una representación identitaria. De esta forma, en tanto que representación, la identidad es una creación social.

Nos remite a los vínculos con el pasado y con el territorio, pero también con la alteridad. Esto implica que cualquier definición identitaria es una demarcación que, desgraciadamente, a menudo se ha transformado en una afirmación arrogante de superioridad del “uno” con respecto al “otro”.

No obstante, ¿podemos negar que tanto individuos como sociedades desarrollan identidades complejas y múltiples bajo el efecto combinado del intercambio, de la inmigración o de la globalización? Los reflejos de repliegue que se constatan a ambas orillas del Mediterráneo ¿no traducen en gran parte el miedo que se siente frente a las “amenazas” del mestizaje inducido por la circulación de las ideas, los productos y, sobre todo, los hombres?

Hay que tener todos estos elementos en mente para comprender la degradación del clima cultural entre las dos orillas del Mediterráneo y hacer acopio de todas las energías posibles para una nueva pedagogía de la concordia y la comprensión. El planteamiento humanista exige que dejemos, en todas partes, de “fabricar” enemigos imaginarios y de demonizar a sociedades enteras, incluidas las “religiones”. Por tanto, alejar los estereotipos, denunciar las desviaciones de comportamiento o de lenguaje, extirpar el extremismo de nuestras sociedades, todo ello debe ser un combate que hay que librar en común. Para ello, en el Norte del Mediterráneo y en Europa entera se requiere otro enfoque sobre la alteridad; en el Sur del Mediterráneo, es necesaria otra gestión del pasado, una apertura diplomática y una nueva gobernanza para enfrentarse a los desafíos del tercer milenio.

Todo lo anterior nos lleva a estas tres últimas reflexiones:

El autor es profesor de la Universidad Católica de Lovaina, es director del Centro de Estudios y de Investigaciones sobre el Mundo Árabe Contemporáneo. Ha sido miembro del Grupo de Altos Expertos en la Política Exterior y de Seguridad Común y del Grupo de Sabios por el Diálogo Cultural en el Mediterráneo. Este texto resume el capítulo X de Europa, por el Mediterráneo: de Barcelona a Barcelona (1995-2009), editado por Icaria y Estudios de Política Exterior.

 

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