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Un gato en Damasco

El arquitecto madrileño Fernando de Aranda se prodigó en la capital siria

04/01/2010 - Autor: Gonzalo Ugidos - Fuente: El Viajero de El País
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Mezquita omeya de Damasco (Foto de Lourdes D.R.)
Mezquita omeya de Damasco (Foto de Lourdes D.R.)

Como los ordenadores, tienen las ciudades una parte blanda -sus habitantes- y una parte dura -sus edificios-. Su alma está tanto en unos como en otros; por eso, cerca del zoco de Hamadiye reparo en un bello edificio historicista, de dos plantas y pórtico de columnas, que mezcla con sutil delicadeza la herencia arábiga con la arquitectura georgiana. Es la estación del Hedjaz, en cuyos trenes llegaban los peregrinos a Medina. Su arquitecto fue el madrileño Fernando de Aranda (1878-1969), a cuya obra han dedicado un libro Alejandro Lago y Pablo Fernández Cartagena editado por el Instituto Cervantes de Damasco. Su padre era músico y recibió la invitación del sultán Abdul Hamid II para dirigir su orquesta en Estambul. Mucha debió de ser la admiración del poderoso hacia el artista porque lo nombró director de las bandas militares del Imperio con rango de general. Con el desplome del sultanato, su hijo Fernando se instaló en Damasco y construyó mezquitas, hospitales, edificios oficiales y hotelitos particulares que dejaron su cuño sobre el tosco racionalismo del Damasco moderno. Cuando ya experimentaba el pregusto de la muerte solía subir al monte Qasium.

Junto con el restaurante giratorio del último piso del hotel Cham, es el mejor mirador de la ciudad porque atalaya tejados que podrían cubrir tanto el lazareto de los leprosos como las termas de las odaliscas. A la derecha se ve el monte Hermón, con nieves perpetuas. En el Ramadán, con el crepúsculo, un cohete da la señal, y la salmodia de un muecín crece como una ola y se multiplica en las plegarias que salen de miles de minaretes. Damasco, entonces, se vuelve redundante, se repite para que la oración, una y múltiple, taladre tu mente.

Si no es hora punta, un taxi te deja en 10 minutos en la ciudad antigua, la Ciudadela. Junto a los bastiones de la muralla con ocho puertas está el Nofara Café. Envidio cómo los árabes derogan el tiempo con un helado de sésamo y pistacho o fumando sus pipas de agua. No sólo el reloj está parado, también el calendario parece de huelga, porque un presente perplejo se trenza con un pasado inmemorial en el que por mucho que retrocedas siempre encontrarás Damasco.

Mercado sin límites

En el zoco Hamidiye no acaba uno de tener la sensación de encontrarse en uno de los vértices del eje del mal; de hecho, resulta una ciudad muy segura gracias, tal vez, a la invisible vigilancia de los mukhabarats, la policía secreta. Los artesanos soplan el vidrio, templan el latón, sacan de sus telares los tejidos. Con su depósito a la espalda, un cargador de limonada o agua de regaliz recorre un escenario más pintoresco que anacrónico. Damasco es un zoco sin la cortesía de los límites. Cuando has salido de Hamidiye y estás indeciso entre dos nuevos zocos, siempre encuentras un tercero en el que los gritos agudos de los mercaderes se mezclan con el guirigay de los paseantes entre antiguos caravasares otomanos que sirven todavía de almacenes. Los callejones desbordan un flujo inquieto de musulmanes o cristianos, beduinos, drusos o armenios; de mujeres veladas y muchachas con falda corta o vaqueros. Los hombres visten chilabas, galabiyas, uniformes militares o trajes oscuros. Se mezclan fulares con velos y turbantes con keffiehs.

Los tenderetes rebosan de ropa barata, tarros de saflower (el azafrán nacional), jabones de Alepo, especias y cigarrillos por unidades. A diferencia de otros zocos árabes, aquí no te acosan los vendedores de pacotilla; pero hay una virtud propia del buen viajero: la curiosidad por oler, probar, saborear.

Ecos de Bollywood

Quedan vestigios del propileo romano consagrado a Júpiter al lado de uno de los alminares de la Gran Mezquita Omeya. El patio de mármol blanco brilla como un espejo opalescente. Dos jóvenes, Yasser y Tarek, se me acercan y hablamos de religión y de política. Intentan convertirme al islam y tomo su interés en mi salvación como indicio de que les he caído bien. Pero declino su invitación. Como anotó Elias Canetti en Las voces de Marrakech, "los buenos viajeros son despiadados".

Damasco es un libro que se lee con los pies: paseando, por ejemplo, por La Souleimaniye. Antiguo hospicio para los derviches y ajorca voluptuosa en el tobillo de la ciudad, ahora es lugar de paseo para los que se aman. Ilustra el gusto de los sirios por la armonía de las formas y por las rosas damascenas: las hay de todos los colores.

El barrio cristiano, alrededor de Bab Tuma (puerta de Santo Tomás), es la milla cuadrada más liberal de Siria, aquí las chicas jóvenes visten shorts y t-shirts como conversas a costumbres exóticas. Camino de Damasco, Saulo de Tarso se convirtió en San Pablo, luego se escapó de la ciudad en una cesta suspendida de una cuerda en el lienzo de la muralla llamada Bab Kissan. O eso cuentan los guías de la cripta de San Ananías. En Damasco, cristianos y musulmanes conviven sin tensión aparente.

El Rabwa, al borde de uno de los siete brazos del río Barada, es un desfiladero entre dos barrios de la ciudad moderna. Está saturado de restaurantes al aire libre con el gusto kitsch de las películas de Bollywood. Fairuz, la Rocío Jurado libanesa, desgrana baladas de amor mientras cae la noche y huele a jazmín. De día, Damasco huele al cardamomo de antaño y a los tubos de escape de hogaño. Esta ciudad es un diálogo interminable entre sus deseos y sus recuerdos, entre lo que querría llegar a ser y lo que no puede dejar de ser: la encrucijada que fascinó al murciano Ibn Arabí, que quiso morir allí. Como el madrileño Fernando de Aranda, que se casó con una turca rica, se convirtió al islam y alimenta las raíces de las lechugas en el cementerio de Bab El Sgir.

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