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Reseña: Historia de la inmigración árabe en el Perú

Reseña periodística de la obra de Leyla Bartet, una narración sobre los movimientos migratorios árabes a este país de América Latina

28/12/2009 - Autor: Alonso Rabí Do Carmo - Fuente: Webislam
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Leyla Bartet.
Leyla Bartet.

Nunca, como en los últimos años, se ha concedido tanta importancia a narrar la historia de las inmigraciones hacia el Perú. En poco más de una década, han aparecido sólidos estudios que han abordado, desde diversas perspectivas, la llegada de extranjeros a nuestro territorio y el establecimiento de sus colonias. Se podrían aventurar, seguramente, muchas hipótesis sobre este entusiasmo ensayístico, pero por el momento queda claro que la narrativa de las inmigraciones permite configurar una imagen más precisa del Perú como país diverso y mestizo, en la medida en que estos relatos ofrecen, además de un derrotero de viaje, la historia de una adaptación y una integración.

La primera parte de Memorias de cedro y olivo analiza con detenimiento, entre otros temas, las primeras huellas de los árabes en el Perú, que por cierto se remontan a la época colonial. En su mayoría, los árabes que arribaron a nuestro territorio en estos años fueron artesanos especializados -y su trabajo fue además altamente valorado-, lo que de algún modo facilitó su adaptación al medio, ya que al parecer esta actividad no competía económicamente con otras que dirigían los conquistadores. Por otra parte, un importante contingente de mujeres moriscas ingresó en la dinámica de la esclavitud. Sin embargo, Bartet pasa revista a algunos personajes de origen árabe que lograron posiciones importantes, ocultando para ello su verdadera identidad: Emir Cigala, quien bajo la identidad de Gregorio Zapata llegó a ser capitán y labró una cuantiosa fortuna en Potosí; Cristóbal de Burgos, regidor de Lima y rico encomendero; Francisco de Talavera, también concejal limeño y amigo del mismísimo Francisco Pizarro; Lorenzo Farfán de los Godos, primer alcalde de San Miguel de Piura, y Nicolás de Ribera el Viejo, primer alcalde de Lima.

La razón del ocultamiento era sencilla: la presencia árabe durante los primeros años de la colonia, como señala Bartet, no tuvo carácter legal. Baste recordar que la Santa Inquisición percibía del mismo modo la apostasía, fuera esta judía o musulmana. El que estos árabes asumieran un nombre español y el hecho de que su aspecto físico los hiciera pasar por españoles del sur, sin duda favoreció su permanencia en el Perú. Ello no fue óbice para que ocurrieran hechos como el que refiere el historiador Juan José Vega: que al morir Diego de Almagro -que había sido acusado de moro en más de una ocasión- Hernando Pizarro -su estrangulador- ordenó que se desnudara el cadáver para comprobar si había sido circuncidado. Aunque no se encontró la marca, los rumores de que su madre era morisca fueron persistentes.

En la segunda parte de su libro, tras revisar las causas de la inmigración árabe por el mundo -la decadencia del Imperio otomano es a todas luces un factor clave de ello-, Bartet sitúa la llegada de los árabes en el Perú -ya no "presencia", sino ola migratoria- en tres momentos históricos muy precisos: 1) de fines del siglo XIX al estallido de la Primera Guerra Mundial (hasta 1914), 2) el período de entreguerras (1919-1940) y 3) de la creación del Estado de Israel en adelante (1948). En efecto, la llegada de los primeros árabes al Perú -la gran mayoría de origen palestino, como hasta hoy- empieza a ocurrir en los últimos años del siglo XIX. De acuerdo con la investigación de Bartet, entre 1860 y 1890, unos 600 mil árabes abandonan Medio Oriente, siendo los países de América Latina un destino corriente para estos inmigrantes.

A mediados de 1920, ya existían en el Perú varias casas comerciales cuyos propietarios eran árabes. Arequipa, Cusco, Puno, Lima -sin embargo sus rutas dentro del país incluían otras ciudades, mientras decidían establecerse en alguno- fueron los lugares en que se formaron los núcleos principales de inmigrantes árabes, caracterizados por su rápida adaptación al medio y su integración social, aunque mantuvieran en un comienzo muchas de sus tradiciones. La inmigración árabe al Perú conoce una segunda etapa al fundarse el Estado de Israel, en 1948. Desde sus comienzos, señala Bartet, la inmigración árabe tuvo un componente familiar muy importante. Una vez llegado un miembro de la familia, este abría el camino a sus hermanos y otros parientes. Y este rasgo se ha mantenido hasta la actualidad, en que la comunidad árabe ha pasado a ser una de las más activas y pujantes colonias de migrantes.

*Memorias de cedro y olivo. La inmigración árabe al Perú (1885-1985) de Leyla Bartet, editado por el Fondo Editorial del Congreso de la República.

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