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Laicidad y libertad

¿Cabría imaginar la demolición del minarete de la mezquita Abdelaziz-Saud de Marbella o ver recubierta por una yedra la única torre-campanario que se pudo financiar de la Catedral de Málaga?

23/12/2009 - Autor: Francisco J. Carrillo - Fuente: Diario Sur
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Campanario de la iglesia de San Nicolás y, al fondo, minarete de la mezquita del Albaycin, en Granada.
Campanario de la iglesia de San Nicolás y, al fondo, minarete de la mezquita del Albaycin, en Granada.

Una iniciativa de la derecha populista suiza sobre la prohibición de construir mezquitas con minaretes en todo el territorio de la Confederación Helvética ha sido aprobada por un 57,5% de la población. Los analistas de los sondeos de opinión son unánimes: esa cifra no quiere decir que más de la mitad de los suizos sean de extrema derecha. Mi apreciado amigo Jean Ziegler, destacado sociólogo de la Universidad de Ginebra, ha reaccionado ante dicho resultado: «Esto me avergüenza». El Gobierno de la Confederación se ha visto sorprendido con el resultado de dicha consulta popular. La reacción proveniente de algunos países arabo-musulmanes no se hará esperar, entre ellas la de retirar todos los depósitos bancarios de la banca suiza, lo que no es poco en tiempos de salida de la crisis financiera global. Y se presiente un impacto negativo en un turismo de alto standing proveniente sobre todo de los países del Golfo.

El resultado de esta iniciativa suiza abre una serie de interrogantes, por no decir la caja de Pandora, sobre el funcionamiento de las democracias en Europa y sobre el ejercicio de la libertad, incluida la religiosa. No vale decir: si en muchos países arabo-musulmanes, dotados de Estados teocráticos, se prohíbe construir iglesias, sinagogas o templos budistas, reaccionemos, por reciprocidad, con las mismas medidas. Europa dejó muy lejos la etapa del Estado teocrático medieval. La superación de la teocracia en estados modernos, democráticos, pluralistas, no significó una negación de las religiones y de las creencias, ni la exclusiva legal al agnosticismo. Más bien dejó vía libre a la libertad de expresión que incluye a la religiosa.

La defensa del principio de laicidad de un Estado democrático como regulador de todas las sensibilidades de una sociedad no significa la anulación por decreto de la libertad religiosa y de sus expresiones. De ser así, la laicidad se convertiría en laicismo agresor. Tampoco significa negar por ley las tradiciones culturales que nada tengan que ver con la barbarie o la conculcación de los derechos de la persona humana. En este terreno existe una gran confusión, por no decir ignorancia, muchas veces alentada por razones de identidad nacional harto discutibles, que rozan o se colocan de lleno en el terreno de las fobias; e la islamofobia y la judeofobia, por no citar que dos ejemplos.

La semántica ayuda a esclarecer y a desbrozar las amalgamas: la inmensa mayoría de musulmanes practican su creencia en paz y no se les puede o no se les debe confundir con los minoritarios fundamentalistas, con los islamistas radicales que ponen bombas o utilizan aviones como bombas para implantar un Califato universal en todo el planeta.

En 2005, la UNESCO, es decir, los Estados Miembros de esa Organización internacional aprobaron la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales. En ella se habla expresamente de las creencias y de sus expresiones. Estamos de lleno en los tejidos culturales más profundos de las tradiciones de la Humanidad que no contradigan a la Declaración Universal de los Derechos Humanos, columna vertebral de las Constituciones y Cartas Magna de los Estados democráticos. Si se prohíbe la construcción de lugares para el culto (mezquitas, sinagogas, templos budistas y protestantes, iglesias católicas u ortodoxas.), así como los símbolos (la cultura vive de simbologías) y las expresiones de religiones y creencias, se está suprimiendo la libertad del ciudadano y atizando fracturas sociales de incalculables repercusiones entre los diversas comunidades y sectores de la sociedad, en particular las alimentadas por las migraciones (los emigrantes traen con ellos sus tradiciones culturales y tienen derecho a expresarlas a condición de no conculcar los derechos humanos fundamentales). Esto significara tomar posición contra todo proyecto de integración social en el que se respete la diversidad cultural y sus expresiones, con repercusiones imprevisibles que, en lógica restrictiva, laicista y antidemocrática, llevaría a suprimir toda manifestación pública de carácter religioso (Semana Santa, belenes, cruces en fachadas de catedrales, exvotos callejeros, escaparates de comercios públicos de estampitas, medallas religiosas, estatuillas de santos, orfebrería y arte religioso, biblia (el libro más vendido del mundo), evangelios, coranes, vidas de santos, y tanta otra simbología que se perpetúa y que encuentra poco a poco su aggiornamento en la evolución de la sociedad).

Me avergonzaría, con Jean Ziegler, si algo semejante a lo ocurrido en Suiza aconteciera en la Europa comunitaria. ¿Cabría imaginar la demolición del minarete de la mezquita Abdelaziz al-Saud de Marbella o ver recubierta por una yedra la única torre-campanario que se pudo financiar de la Catedral de Málaga?

Las religiones, las creencias o las no creencias, con sus símbolos, ritos y mensajes son ingredientes culturales de capital importancia para la vertebrar las sociedades y para sustentar opciones personales y comunitarias. El discurrir del tiempo lo ha demostrado. Son fibras básicas en la socio-dinámica cultural y en la memoria del tiempo de los pueblos.

El gran pensador Claude Lévi-Strauss, que era agnóstico, lo comprendió porque sabía de qué hablaba y, sobre todo, porque estaba revestido de una amplitud de miras y de una indudable apertura de espíritu democrático. Era un enamorado de la libertad, consciente del precio que a veces hay que pagar por preservarla.


 

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