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Nota sobre el sufismo en la Granada de Ibn al-Jatib

Al-Jatib es característico por combinar un pensamiento religioso sufí con una actividad política maquiavélica

22/12/2009 - Autor: Luis d´Algaida - Fuente: ALgaida
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A pesar de la heterodoxia dentro de la heterodoxia, al-Jatib se ocupó a fondo para dar una imagen de ortodoxia, de acuerdo con las obligaciones propi
A pesar de la heterodoxia dentro de la heterodoxia, al-Jatib se ocupó a fondo para dar una imagen de ortodoxia, de acuerdo con las obligaciones propi

En plena forja morfológica de Granada hubo en la ciudad de la Sabika toda una cohorte de poetas, historiadores, filósofos y, en fin, hombres de letras que constituyeron «el eje poético de la época», según palabras del catedrático Ahmad Mujtar al-’Abbadi.

Hablamos de los siglos XIII y XIV. El rey Muhammad II (1273-1302) fundó la Diwan al-Insa, una escuela de poetas funcionarios que hacían, como en toda la antigüedad, de la imitación un arte. Una actividad que se tradujo en el alto nivel literario y arquitectónico de la época de Muhammad V (1338-1391). Todos los estudiosos confluyen en la opinión de que es Ibn al-Jatib (1313-1375) el erudito más destacado de la época nazarí, algo que en absoluto debe extrañar, puesto que fue primer ministro de Yusuf I y Muhammad V; y es que la poesía era una cuestión política de importancia tal que escapa a nuestras mentes prosaicas. De hecho, la pena que se le impuso por sus delitos de traición y demás, todos obedientes a intrigas políticas, incluía la quema de sus libros, un verdadero ataque a su dignidad sólo propio de una sociedad en la que tales cuestiones aún importan.

(Nada que ver, claro, con las recientes quemas de libros en Barcelona, que obedecen a la ignorancia y a la cerrazón sectaria propia de todo nacionalismo, sea litoral, peninsular o continental.)

Al-Jatib es característico por combinar un pensamiento religioso sufí con una actividad política maquiavélica (valga el anacronismo). Algunos podrán decir que son cosas incompatibles, pero era lo habitual en los círculos poético-políticos que rodeaban al soberano. Sin embargo, la apuesta de al-Jatib por el sufismo era algo heterodoxa. Su misticismo neoplatónico conllevaba la afirmación de la unión hipostática como último escalón del ascenso personal, logrando la Unidad en Dios, lo que no casaba del todo con el sufismo clásico.

A pesar de la heterodoxia dentro de la heterodoxia, se ocupó a fondo para dar una imagen de ortodoxia, de acuerdo con las obligaciones propias de su cargo.

Con todo, peca de la esquizofrenia en la que caen no pocos hombre de Dios. Mientras por un lado teoriza las bondades del sufismo, por otro practica la normalidad malikí de todos. Bien podría decirse que una de las dos posturas era fingida. La mayoría se dirigen, como es obvio, contra la teoría. Nosotros, en cambio, apostamos por un sufismo realmente sentido y practicado, que no le alejó de una práctica ortodoxa según el madhab del reino. Al no ser excluyentes, ¿qué sentido tenía oponerse al común de sus correligionarios? Felipe II, unos siglos después, se plantearía la misma pregunta.

El problema del sufismo es que no era aceptado con benevolencia por todos los reyes. Muhammad V, después de convocar una reunión de sufíes para aprovechar sus ventajas para el alma (que siempre se celebraban en el mismo Alcázar), llamaba a su doctrina «venenosa peligrosidad», «enfermedad» y a los sufíes «enemigos». Pero no por oposición a sus ideas, sino por pura política. La corte nazarí estaba imbuida de esas doctrinas que marcaban la diferencia con el pueblo y ahí radicaba su principal ventaja respecto a él.

Pero esa visión del mundo era también cuna del pensamiento contestatario. Un rey no podía más que situarse entre ellos como iniciado principal, o sucumbir. Lo que algunos hicieron fue, además, denigrar la estructura de la escuela de cara al pueblo, para robar legitimidad a cualquier golpe inspirado por ellos, para inmediatamente después recoger a los sufíes y organizarlos de nuevo en torno a él mismo. Es una operación muy usada en política.

La política de al-Jatib, como buen hierócrata, tenía como elemento fundamental la casta aristócrata, la corte espiritual y culta. Frente al pueblo, que quizá comenzaba ya a presentarse como parte soberana, afirmaba que «la gente no hace sino estorbar nuestros esfuerzos; nunca queda contenta ni satisfecha», lo que cristalizaría en una máxima un tanto despectiva: «la masa es la masa». Por encima de ella, la élite social, la jerarquía religiosa, culminada por el soberano, que al fin y al cabo se presenta como rey filósofo.

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