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Voces de origen árabe salpican el español de América

Cayeron en desuso en España mientras se consolidaban en los virreinatos

21/11/2009 - Autor: Yusuf Cadelo - Fuente: Webislam
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El español que se habla en las calles de la América hispana no difiere nunca sustancialmente del que se habla en España.
El español que se habla en las calles de la América hispana no difiere nunca sustancialmente del que se habla en España.

Los primeros nativos que halló Cristóbal Colón en el Caribe eran indios taínos. Realmente serían otra cosa pero, cuando encontraron a los españoles en sus cálidas y plácidas playas, inquietos ante la superioridad de lo desconocido e incapaces de hacerse entender, se señalaron a sí mismos diciendo “¡Somos buenos, somos buenos!”, es decir “¡taínos, taínos!” No eran muchos, y quedaron aún menos cuando fueron contagiados por las primeras gripes de la historia de América llevadas por los europeos en sus carabelas. Poco se sabe de aquellos primeros americanos descubiertos por los españoles: que eran pacíficos, amables y dados a la buena vida. Prueba de ello es que las palabras de su lengua que han llegado al español de nuestros días (hamaca, barbacoa, tabaco, canoa...) son apacibles y ociosas. Con ellos intercambiamos palabras y, por desgracia, también enfermedades (les llevamos la gripe y la viruela y nos trajinos la sífilis), además de cuentas de vidrio, espejos, plantas, animales, poesía, liturgia y soluciones medicinales.

El intercambio de palabras fue frecuente a lo largo de los siglos que sucedieron a la conquista americana. Las lenguas autóctonas del continente se fueron poblando de voces hispanas y el español que se hablaba en la metrópolis se contaminó de términos indígenas, sobre todo de aquellos que servían para denominar objetos y productos hasta entonces desconocidos en el Viejo Mundo (tomate, batata, guacamole, cacahuete...). Los colonos españoles que se establecieron en la Nueva España, la Nueva Granada o el Virreinato del Perú hicieron evolucionar su castellano en direcciones diferentes a la del castellano que se hablaba en la Península, y así, con el paso de los años y el relativo aislamiento, aparecieron en los virreinatos nuevos dialectos y diferentes hablas del español.

En muchas regiones, esos nuevos dialectos derivaron directamente de las hablas importadas por los colonos de sus lugares de origen. Por eso, es fácil todavía descubrir en determinadas regiones americanas particularidades del habla andaluza, o de la canaria o de la extremeña. Los vocablos árabes, por tanto, frecuentes en el español que se hablaba en Al-Ándalus en el siglo XVI se exportaron a Ultramar (junto a estilos arquitectónicos arábigo-andalusíes, artes menores, música...). En muchos otros casos, como el de Buenos Aires, el viejo español se contamina más adelante de un acento extranjero, el de los colonos italianos en este caso, dando lugar a un curioso fenómeno no poco estudiado.

Hoy por hoy, el español que se habla en América tiene, en ocasiones, diferencias significativas con el que se habla en España; pero en ningún caso se hace difícil la comunicación intercontinental. Puede que haya algún problema para que se comuniquen fluidamente dos personas de regiones americanas alejadas si hacen uso de un lenguaje excesivamente coloquial o familiar. Sin embargo, en un nivel diastrático culto o neutro, en libros o conferencias, apenas se aprecian diferencias entre el español de unas zonas y otras por alejadas que estas se encuentren. No tienen esa suerte, desde luego, los angloparlantes; la diversificación de la lengua inglesa ha dado lugar a formas acriolladas incomprensibles para hablantes de diferentes regiones. Un londinense no se puede comunicar con un habitante del interior de Belize. Ni un blanco de Boston lo puede hacer sin problemas con un rastafari jamaicano, aunque todos digan que hablan inglés.

El español de América es hoy, básicamente, una evolución particular del español que se hablaba en la España del siglo XVI (del que conserva voces ya en desuso en España: vos, edecán, jalar...) al que hay que añadir algunos anglicismos –préstamos-debidos a la influencia y proximidad de los Estados Unidos (chance, clutch, freezer... ) y algunas voces indígenas (choclo, atole, escuincle, zopilote, ají...) que fueron incorporadas a la lengua desde los primeros años de colonización. Esto, en diferentes medidas y con acentos resultantes de la evolución de los que llevaron los primeros pobladores, es lo que se habla hoy en la América de habla hispana. Por supuesto no debe olvidarse que el campo semántico de muchas voces evolucionó de manera diferente a como lo hizo el español que se hablaba en Castilla (carro sirve en América para nombrar al automóvil, pendejo se convirtió en voz soez, etc.).

Se dio el fenómeno también de que muchas voces árabes que formaban parte del castellano del siglo XVI arraigaron bien en el habla americana mientras iban perdiendo uso en la Península. Así, a día de hoy, son frecuentes en México o Perú determinados vocablos que eran frecuentes en el español de los siglos XV y XVI y que, habiendo caído en completo desuso en España, siguen vigentes en el español de determinadas regiones de América. La lista completa y la etimología de estos vocablos supera las pretensiones de este artículo, pero podemos ilustrarlo con algún ejemplo: albur (juego ingenioso de palabras con finalidad sarcástica), alfeñique (delicado), fayuca (artículo de --: artículo de contrabando).

Ya hemos visto la frecuencia con que es posible encontrar voces de las lenguas nativas americanas (nahuatl, maya, taína e inca fundamentalmente) en el español actual. Lo que no es tan frecuente es que las palabras se crucen y, como ha sucedido por lo menos una vez, en España se use una palabra americana para nombrar una cosa y en América se use una palabra del español antiguo para nombrar lo mismo. Sucede con la palabra tiza, tan común en el español actual de España. Tiza es una palabra de origen nauhatl (tizatl, que significa cal), la lengua que hablaban los aztecas, con la que los españoles de la Península empezamos a llamar a esas barritas calizas con las que se escribe en las pizarras y que, hasta entonces, se llamaban gis (del latín gypsum, de la que deriva yeso). Al parecer, a los habitantes de la Península les gustó más el nombre de tiza. Y a los españoles que ya vivían en México les pareció mejor gis. Por eso hoy, en España llamamos tiza a lo que hasta que se descubrió América fue gis, y allí llaman gis a lo que hasta que llegaron los españoles, siempre fue tiza.

 

 

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