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Con la cruz a cuestas

Si yo fuera católico no tendría el más mínimo inconveniente en alegrarme de la protección que supone para mi creencia la sentencia dictada en Estrasburgo

20/11/2009 - Autor: Manuel Ruiz Zamora - Fuente: Diario de Sevilla
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Crucifijo presidiendo un aula española.
Crucifijo presidiendo un aula española.

Puede alguien extrañarse de la ola de indignación que ha embargado a los corazones más fervorosos y combativos del catolicismo después de que una sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos haya decretado que la presencia del crucifijo en las aulas es no sólo "una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones", sino, asimismo, de "la libertad de religión de los alumnos". Aunque el dictamen se refiere a la denuncia presentada por una ciudadana finlandesa residente en Italia, los católicos españoles, al ver las barbas de sus vecinos pelar, han puesto las suyas, sin mayor dilación, a remojar. No obstante, esta sentencia abre una posibilidad efectiva de que nuestro país pueda abordar por fin, de forma poco problemática, una serie de reformas encaminadas no, como se ha dicho, a excluir al cristianismo de la vida pública, sino, simplemente, a despojarle de un monopolio simbólico que no es sino el producto de una anomalía histórica.

Por supuesto, después del largo proceso de secularización que, tras la revoluciones ilustradas, experimentaron las sociedades occidentales, hubiera resultado un tanto anacrónico acudir a razones de carácter teológico para defender la permanencia de los símbolos religiosos en lugares carentes de cualquier otro significado trascendente que no sea el que se deriva de las virtualidades propias del conocimiento, de tal forma que los apologetas de la cruz se han visto obligados a envolverse principalmente en dos tipos de argumentos: los que inciden en la dimensión simbólica del crucifijo y los que apelan a su relevancia en la cultural occidental.

Empecemos por el plano simbólico, porque es, nunca mejor dicho, el clásico razonamiento que pide el principio. Desde luego que el crucifijo alberga una fecunda dimensión simbólica, pero su importancia es directamente proporcional al grado de creencia que se profese en la misma. Para quien desconozca el sentido de los mitos cristianos o para quien sea incapaz de sentirse conmovido por su carga ideológica y emocional, esa simbología no sólo carecerá de cualquier poder de sugestión, sino que podrá, incluso, suscitar su desagrado.

Todas las religiones han desarrollado un sistema de símbolos más o menos elaborado que puede ser esgrimido, en su caso, para defender su presencia pública, pero esas simbologías, no debemos olvidarlo, remiten a dogmas de fe que para imponerse han tenido que recurrir frecuentemente a la violencia y que son, por tanto, incompatibles con el carácter virtualmente racional que exige el debate en un ámbito democrático.

La apelación a la tradición cultural es, por su parte, casi una tautología, toda vez que la cultura se ha convertido en el sustituto contemporáneo de la religión. Que el cristianismo ha jugado un papel determinante en la conformación de Occidente es algo que nadie con un mínimo de conocimientos históricos se atreverá a negar. Que esa influencia se ha mantenido durante demasiado tiempo porque los propios cristianos han ahogado sin contemplaciones cualquier opinión que pusiera en peligro su monopolio ideológico es algo que éstos, en reciprocidad, deberían reconocer.

Pero no es esa la cuestión. La cuestión es que la cultura es siempre algo en permanente proceso de transformación y que la separación de los símbolos cristianos del espacio público no supone, como éstos se empeñan en afirmar, una pérdida irreparable, por ejemplo, en materia de moral, entre otras cosas porque los principios morales más reivindicables, por así decirlo, del cristianismo fueron incorporados a las éticas secularizadas, como ya denunciara el anticristiano por antonomasia: Friedrich Nietzsche.

Es precisamente esa conciencia de posesión exclusiva de la verdad, compartida por todas las religiones monoteístas, la que confiere su valor de oportunidad a la sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, sobre todo en unos tiempos de rearme teológico en los que ya se anuncia, por ejemplo, la creación de un partido islámico para concurrir a las próximas elecciones municipales. ¿Hay alguien lo suficientemente ingenuo para pensar que los musulmanes no apelarán también a las virtualidades simbólicas y morales de sus creencias religiosas o que renunciarán a poner de manifiesto las incuestionables tradiciones musulmanas de Al-Andalus, la tierra añorada, para exigir en su momento su correspondiente espacio (que no será nunca suficiente) en el espacio público?

Si yo fuera católico no tendría, ante tal perspectiva, el más mínimo inconveniente en alegrarme de la protección que supone para mi creencia esta sentencia, que entronca, ella sí, con la mejor y más reivindicable herencia de lo que conocemos como Europa.

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