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Oriente Medio: luces y destellos, entre sombras

La estrategia norteamericana para lograr un acuerdo israelí-palestino no logra comprometer a las partes, mientras se producen otros reacomodamientos en el mundo árabe

15/11/2009 - Autor: Marcelo Cantelmi - Fuente: Diario Los Andes
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Asentamientos
Asentamientos

Es probable que no exista una línea más rígida y a la vez más porosa que la que hasta hace poco ha venido separando ilusión de realidad sobre el futuro de la crisis en Oriente Medio.

Como si hubiera estallado una burbuja de cristal, no hay nada hacia adelante y casi todo lo que resuena respecto a un acuerdo es el eco de voces vacías que ya nadie escucha. Algunas han sido, y siguen siéndolo, honestas y esperanzadas, pero la mayoría sólo hace parte del ruido que oculta cómo en verdad son -y parece que serán- las cosas.

El grado de pesimismo crece en tanto mayor es el acercamiento al núcleo del problema. Si bien el gobierno de Israel ha proclamado un parate a los asentamientos de ciudadanos de ese país en tierras palestinas, y el presidente del país Shimon Peres le ratificó a este cronista en Jerusalén la decisión ejecutiva de cumplir con esa palabra, lo cierto es que donde se ponga la mirada se advierte en Cisjordania una actividad edilicia que contradice los mejores pronósticos.

Y que se combina con una rara ofensiva, también de asentamientos, en las barriadas palestinas de Jerusalén que están causando, por primera vez, la presencia de gente sin techo, árabes, viviendo en las veredas de la parte oriental de esa ciudad.

Este escenario, en la medida en que no se modifique, y nada parece que eso vaya a suceder, es el de una derrota para el presidente Barack Obama cuya antorcha de esperanza se ha apagado hace rato por estas tierras. No fue sólo su llegada al Salón Oval sino su notable discurso de junio en El Cairo lo que alimentó la ilusión ahora fallida de que había llegado el momento de una renovada voluntad política que iba a impulsar la resolución del conflicto con la fórmula de los dos estados.

El proyecto de máxima, desde el anuncio de la ambiciosa Iniciativa de Paz Arabe en Beirut en 2002 y antes, con la propuesta de Ginebra, consistía en el regreso de Israel a las fronteras de 1967 y la instauración de Jerusalén Este como capital de un Estado Palestino dentro del cual quedarían contenidas las nuevas colonias judías construidas en los últimos 20 años. Las fronteras serían parte de una larga negociación, pero ya con dos Estados imbricados y con un objetivo común.

En el caldero de fuego, muerte y obcecación que ha sido históricamente este espacio mundial, la propuesta de los dos estados moría cada vez que alzaba la cabeza. La actual circunstancia no parece diferir de esos antecedentes. Y es tal la frustración que crece aquí la percepción de que todo acabará en una nueva Intifada, la rebelión popular con piedras y palos.

"La gota que rebasó el vaso fue la postura de Obama", me comenta en un café de Belén el diputado oficialista palestino Fayez A. Saqqa: "La ilusión es aún peor que la realidad porque es como a un ciego que le prometen ver y descubre luego que nunca lo logrará".

Este legislador del partido Al Fatah, fundado por Yasser Arafat, siente que la dirección política palestina está titubeante porque no sabe cómo continuar en lo que ven como el peor momento de la historia para su causa. En Ramallah se reconocen cada vez más aislados, incluso entre los árabes y golpeados también por el fundamentalismo.

El último clavo en el féretro lo empujó la canciller de Obama, Hillary Clinton, cuando elogió como histórica la decisión de Israel de atenuar pero no detener los asentamientos. La renuncia del presidente Mahmoud Abbas a presentarse a las elecciones de enero, y la decisión final de levantar esa cita electoral, es una combinación explosiva que solo beneficia a Hamas, el partido ultrarreligioso que gobierna Gaza, y a sus aliados en Irán.

La crisis ha dejado desnudos a todos los jugadores, incluyendo a los gobiernos árabes, cuya influencia se comprobó de papel. Es por eso que la galera de sorpresas interminables en esta región acaba de alumbrar otro conejo imprevisible. Arabia Saudita ha decidido enterrar viejos rencores e impulsar un acercamiento con Siria, el aliado de Teherán, con el argumento de que un mundo árabe unido reavivaría su liderazgo. Hay más que eso, por cierto.

La movida tiene la bendición nada casual de Washington, el mayor socio mundial de Riad. EEUU necesita una buena noticia en Oriente Medio para, entre otros motivos, intentar que este rutinario desastre no vuelva a emitir furia antinorteamericana y deje de ser el socio simbólico de la rebelión en Afganistán-Pakistán, de cuya gravedad, visto lo que sucede en los territorios, no ha logrado convencer a Israel.

Hace pocos días, cuando el premier Benjamin Netanyahu visitó Washington, un tema sobre la mesa fue la presión de Obama para que Israel se encamine entonces a un rápido y visible acuerdo con Siria, cuyas relaciones con el país hebreo están destruidas desde la guerra de los Seis Días, hace cuatro décadas. Y que fue sometido a un largo e inexplicable congelamiento por parte de EEUU y Europa. ¿Es esto posible? Definitivamente.

El presidente sirio Bashar al Assad, un hombre educado en Londres y de mirada pragmática, le admitió a este cronista, en una entrevista hace dos años en Damasco, que fue ese aislamiento el que acabó por empujar a su país, una nación panarabista, hacia la panislámica Irán. Y dio claves, en esa charla, del interés de una apertura de Siria al mundo que la estrategia occidental e israelí le bloqueaba. Ese reportaje fue antes de la cumbre de Annapolis, el último agónico intento de EEUU por colgar alguna idea en el caos de Oriente Medio.

Siria participó de esa reunión, aún pese a que la agenda no incluyó su demanda por la devolución de la meseta del Golán, un riquísimo reservorio de agua que Israel tomó en aquella guerra del 67. Hace horas apenas, la cadena árabe Al-Arabiya sostuvo que Netanyahu dejó en París, escala de su vuelta a casa, un mensaje para Assad, quien llegó ayer allí, respecto a que considera la eventual retirada del Golán.

Para muchos puede ser una promesa de destino tan incierto como la reservada a los asentamientos en los territorios. Aún así, la Francia de Nicolás Sarkozy parece ya haber reemplazado a Turquía como el mediador en este complejo tejido que tiene intenciones que exceden a sus protagonistas.

No erran en el gobierno de Ramallah cuando perciben que ese acercamiento con Siria, que devorará los titulares de la prensa y rellenará parte de los vacíos aun muy visibles del Nobel de la Paz otorgado a Obama, se hará al costo de cerrar aún más el corredor en el que se debate sin solución el conflicto palestino. Una luz, al fin, que puede ser sólo otro destello en medio de tanta sombra

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