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Musulmanes con nombres cristianos en la tripulación de Colón

Padecieron las mismas o incluso mayores penurias que el resto del pasaje

08/11/2009 - Autor: Yusuf Cadelo - Fuente: Webislam
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Los naufragios, la sed, el escorbuto o el tifus causaron numerosas bajas entre tripulantes y pasaje.
Los naufragios, la sed, el escorbuto o el tifus causaron numerosas bajas entre tripulantes y pasaje

Aquellos musulmanes que, en el siglo XV, para eludir la expulsión, simularon convertirse al cristianismo transcurrían su existencia bajo una pesada espada de Damocles. En cualquier momento podían ser descubiertos guardando ayuno en Ramadán, evitando la carne de cerdo o postrados en oración hacia el Oriente. Y no eran pocos los vecinos dispuestos a elevar una denuncia a las autoridades. En la Península hubo numerosos procesos documentados contra moriscos (musulmanes convertidos al cristianismo que, en muchos casos, sólo fingían dejar el Islam). En la América Hispana no constan testimonios de ese tipo pero la razón lleva a pensar que hubo falsos moriscos en la región desde los primeros momentos, pues es lógico que huyeran de la metrópoli en busca de territorios alejados del control inquisitorial. La arquitectura arábigo-andalusí de muchos templos virreinales americanos es una prueba más de esa presencia islámica, casi siempre andalusí, en los primeros momentos de la colonización. Las disposiciones inquisitoriales promulgadas por las monarquías cristianas para velar por la pureza de la doctrina prohibieron expresamente, desde el primer momento, proceder contra los habitantes nativos del Nuevo Mundo, al considerarlos víctimas de su propia inocencia y, por tanto, incapaces de contrariar dolosamente magisterio alguno. Al amparo de esta disposición muchos moriscos (musulmanes conversos al Evangelio al menos en apariencia) encontraban en los nuevos territorios un espacio de tranquilidad que en la Península jamás hubieran conocido.

Penurias de la mar

En el puerto de Sevilla se procuraba que no escaparan hacia las Indias ni musulmanes ni judíos ni gentes con deudas. Los primeros musulmanes que se embarcaban hacia América tenían que hacerse pasar por cristianos, con nombres falsos, o sobornar a los armadores, a quienes el delito de transportar pasajeros no autorizados podía acarrearles penas de prisión. Y a bordo nadie disfrutaba de comodidad alguna. Todos los pasajeros eran a la vez tripulantes de las naves y los viajes se prolongaban uno o varios meses. Nadie contaba con un espacio propio en aquellos pequeños cascarones de madera: dormían en cubierta, donde encontraban un hueco, cubiertos con jergones. Sólo los oficiales tenían en su camarote algo parecido a una cama y una cobija de lana. Pronto se instalaron hamacas en las bodegas: colgadas longitudinalmente de proa a popa, gracias a su oscilación pendular, amortiguaban notablemente el vaivén de la nave y reducían la fatiga. Casi nadie se aseaba ni cambiaba de ropa durante el viaje, por lo que el entretenimiento favorito de los viajeros, además de pescar, era despiojarse la cabeza unos a otros, y cazar ratas. El agua estaba racionada, igual que la comida (siempre la misma y una sola vez al día): bizcocho, carne salada, arroz o legumbre. Cuando un caballo u otro animal se moría todos disfrutaban de carne fresca. Era frecuente que los gusanos se hicieran los dueños de las despensas. Las galletas, el queso y el tocino se comían con estos animales en la mayoría de los trayectos. Hay que pensar que quienes evitaban el tocino en su dieta se exponían a una carencia nutricional a sumar a la que ya padecían generalmente todos los viajeros. Cuando no había agua, porque se terminaba o porque se pudrían las botas de cuero, cabía el recurso desesperado de ingerir pescado crudo, pero la pesca casi nunca era suficiente para prolongar la vida de los tripulantes. También optaban, en la agonía, por a beber agua de mar. Pero, en cualquier caso, si pronto no aparecía tierra a la vista, no tardaban en morir uno tras otro víctimas de terribles fallos multiorgánicos. La crónica de Pigafetta describe muy gráficamente cómo eran de duros aquellos viajes: “Comíamos galleta: ni galleta ya, sino su polvo, con los gusanos a puñados, porque lo mejor habíanselo comido ellos; olía endiabladamente a orines de rata. Y bebíamos agua amarillenta, putrefacta ya de muchos días, completando nuestra alimentación con los cellos de cuero de buey, que en la cofa del palo mayor protegían del roce a las jarcias; pieles más que endurecidas por el sol, la lluvia y el viento. Poniéndolas a remojo del mar cuatro o cinco días y después un poco sobre las brasas se comían no mal; mejor que el serrín, que tampoco despreciábamos. Las ratas se vendían a medio ducado la pieza (...)”

Lo de comer cuero, por desagradable que nos parezca, siempre fue un recurso conocido por los navegantes para evitar la muerte por inanición en circunstancias extremas. También las expediciones fluviales sufrieron privaciones alimenticias graves en muchos casos. Sobre el viaje de Orellana por el Río Napo junto a cincuenta y siete hombres, moribundos tras un periplo de 800 kilómetros, escribió Carvajal: “no comíanos mas que cuero, cinturones y las suelas de nuestros zapatos condimentadas con hierba (...) Tan grande era nuestra debilidad que no podíamos estar de pie y algunos a gatas y otros con muletas iban al bosque a buscar algunas raíces para comer. Estaban como locos y carecian de sentido”. A las penurias de aquellos viajes, además, había que sumar la insoportable humedad de la selva y, sobre todo, las terribles picaduras de los insectos. Algunos hombres llegaban a enterrarse completamente en lodo para evitar el ataque de auténticas nubes de mosquitos.

Asechanzas y enfermedades

Otro de los graves problemas en los viajes transatlánticos fueron las enfermedades: el escorbuto, producido por la falta de vitamina C, hizo estragos hasta bien entrado el siglo XVIII, cuando se descubrieron las vitaminas. Hasta entonces se consideró una enfermedad de la mar, un mal contagioso propio de navegantes que tenía que ver con la humedad salada respirada durante semanas y semanas. La muerte sobrevenía en pocos días una vez que se iniciaban los síntomas. Gonzalo Zaragoza la describe así en Rumbo a las Indias: “Las encías se hinchaban de tal forma que los dientes quedaban ocultos en una masa de tumores que producía un hedor insoportable. Para aliviar el sufrimiento había que rajar el tumor y vaciar el líquido negro y fétido de su interior. Se enjuagaba la boca del enfermo con vino o con vinagre, pero la enfermedad avanzaba y caían los dientes. Pasaba entonces la infección de la boca a los miembros. Los tendones agarrotaban las piernas, que se ponían negras al igual que las nalgas, como si estuviesen gangrenadas; la única solución era hacer incisiones en los miembros hinchados, para extraer la sangre putrefacta. Al llegar a esta etapa los enfermos sufrían dolores terribles y, aun si pasaban un hambre espantosa, les era imposible tragar nada, con lo que se hacía más dramática su situación. La debilidad crecía gradualmente, y al fin llegaba la muerte al estallarles las venas o entrar en una crisis mortal de fiebre aguda y delirios”. Era el barbero del barco, que solía tener algún conocimiento de traumatología, el que se ocupaba del cuidado de los enfermos. Quienes sobrevivían a la enfermedad quedaban casi siempre inválidos e incapaces por lo que acabarían sus días acogidos a la caridad. Los oficiales, pilotos y contramaestres no contraían el escorbuto, pues aunque no contaban con fruta fresca -al igual que ninguno de los miembros de la tripulación y el pasaje-, en su dieta sí se incluían ciertos caprichos como higos secos, pasas y confituras que aportaban suficiente vitamina C al organismo. Es probable que algunos musulmanes formaran parte de la oficialidad en aquellos viajes: tesis hay al respecto que demuestran la ascendencia islámica documentada de algunos de los que comandaron los cuatro viajes de Colón. El pasaje, por lo general, no accedía a las frutas confitadas y casi el único aporte de vitamina C lo recibían del vino (que conserva casi todas las vitaminas de la uva). Podemos suponer, por otra parte que los que despreciaban el vino, fueron las primeras víctimas del escorbuto.

Ya hemos visto lo poco que tenía que ver el viaje de los ocupantes de aquellas solitarias carabelas con quienes hoy cruzan el charco a lomos de un 747. Había que estar hecho de una pasta especial para zarpar de Sevilla en una pequeña embarcación de palo; había que dar por hecho que, además de las inmensas incomodidades de la vida a bordo, la posibilidad de sufrir un naufragio o morir de sed en mitad de la travesía era rotundamente real. Noticias de ese tipo llegaban a la Casa de Contratación todos los meses, y circulaban de boca en boca por el puerto: carabelas de las que no volvía a saberse nada, tripulaciones que arribaron diezmadas por el escorbuto o el tifus, expediciones sucumbidas por las tempestades o naves que recibían la terrorífica visita de los fuegos fatuos, considerados espíritus malignos, que hacían llorar de miedo a los hombres más rudos de la mar. En ese ambiente subían la escala del barco los marineros y los pasajeros, que exponían sus vidas a cambio de la posibilidad de encontrar fortuna o, simplemente, como en el caso de los falsos moriscos, tranquilidad en el Nuevo Mundo.

Todos los que se embarcaban en una expedición o pretendían zarpar como pasaje en una nave a las Indias desde el puerto sevillano eran minuciosamente seleccionados, y se evitaba así, entre otras cosas, que ningún fugitivo se hiciese a la mar. Los hombres casados que viajaban solos necesitaban un permiso de su esposa y estaban obligados a regresar antes de tres años. La mayoría de los musulmanes viajaban con sus familias, pues era otro el espíritu que les movía.

La tripulación no tenía descanso durante el viaje. Había que reparar velámenes y cabos continuamente. Los carpinteros y calafates se pasaban la jornada arreglando grietas y untando brea en el casco. Pronto, estos frágiles cascos fueron recubiertos hasta la línea de flotación por una capa fina de plomo que impedía que las hierbas y los moluscos se adhirieran a la madera y la perforaran. Los buzos también hacían lo que podían por la cara exterior del barco que, al contrario de lo que muchos creen, iba alegremente pintada con colores vivos, apreciables desde muy lejos. Un temible molusco conocido como la broma se adhería a los tablones de la nave y acababa agrietándolos. Los arreglos no eran nunca suficientes, y sin descanso, había que achicar agua de las bodegas con cubos y bombas manuales.

Los pilotos se orientaban con las constelaciones y con la brújula magnética, inventada por los chinos y usada ya por Colón en su primer viaje. Cada media hora se le daba la vuelta a un reloj de arena y se gritaba la hora y una oración a la Santísima Trinidad seguida de un Padrenuestro y un Avemaría. No era la ampolleta de arena un reloj muy preciso en alta mar a causa de los oleajes y los despistes de los grumetes pero, a mediodía, cuando el sol llegaba su punto más alto, se retomaba el orden temporal.

Cuando llegaba la noche, todo se preparaba convenientemente teniendo en cuenta que la nave quedaba totalmente a oscuras. Si la luna no brillaba ese día o el cielo estaba cubierto, la penumbra era absoluta ya que el uso de velas y antorchas estaban totalmente prohibidos a bordo por temor a los incendios. Sólo los oficiales se permitían alumbrar sus mapas y cuadernos de trabajo durante la noche. Y la nave capitana portaba en popa un farol rojo para evitar que el resto de la flota se perdiera. El hacinamiento en cubierta era habitual pues en una nao podían viajar más de cuarenta hombres, y algo menos en una carabela. Las disputas por el lugar donde dormir también fueron frecuentes. Las órdenes a voces y los gritos de nave a nave eran continuos durante toda la madrugada y, por supuesto, si llovía o arreciaba tormenta el lujo de poder disfrutar de descanso se aplazaba para otro momento.

Así, entre penurias y miserias, los barcos se echaban a la mar rumbo a un continente del que se conocía aún muy poco. A aquellos marinos y aventureros, jóvenes en su mayoría, les haría falta mucho más que resistencia y perseverancia para terminar dignamente su éxodo indiano. A pesar de lo que se oía hablar en muchas ciudades andaluzas sobre oro y riquezas, muy pocos de aquellos que se embarcaban regresaban a puerto con la fortuna necesaria como para poder vivir sin trabajar el resto de sus días. Otros, entre quienes se hallarían la mayoría de los musulmanes, se quedaban para siempre en las Indias y pasaban entonces a formar parte de la nueva América mestiza. Su aporte a la arquitectura, la artesanía, las artes decorativas o la música es todavía objeto de investigación de los académicos americanistas.


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