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Mitos y logos en el Corán

Pretender que el Corán está de acuerdo con los descubrimientos científicos es desconocer la naturaleza del Corán, tratar el Libro de Al-lâh como un libro profano

22/10/2009 - Autor: Abdennur Prado - Fuente: Blog Abdennur Prado
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El Corán conmina a la investigación científica, pero no es un libro de ciencia.
El Corán conmina a la investigación científica, pero no es un libro de ciencia.

El Corán conmina al ser humano a observar y estudiar la creación, como lugar en el que los Atributos de Al-lâh actúan y se muestran. Una y otra vez, mirar es el mandato y ver es comprender que todo lo creado significa, manifiesta un Poder y la Belleza creadora que es anterior a lo creado:

¿No ves que es Al-lâh quien hace caer agua del cielo,
y luego le abre camino en la tierra
hasta que brota en manantiales.
Y por medio de ella hace crecer cultivos de variados colores,
que luego se marchitan,
y los ves amarillear;
y al final los convierte en rastrojo.
¡Ciertamente, en todo esto hay en verdad un recordatorio
para los dotados de perspicacia!

(Corán 39: 21)

El mandato coránico de vivir y ser participes de una Creación que se renueva a cada instante, como signos y amantes, haciendo del conocimiento un acto de adoración y de servicio. El Corán se presenta una y otra vez como “un mensaje para los dotados de razón”, nos invita a observar y a explorar la Creación de Al-lâh para descubrir sus secretos. A partir de esto es comprensible el amplio desarrollo de las ciencias naturales en el islam de los primeros siglos tras la hégira. También se entiende que ibn Rushd (Averroes) considerase a Aristóteles como un muÿtahîd, quien hace iÿtihâd (un esfuerzo interpretativo) sobre el Libro de la Naturaleza.

En este punto no debemos confundirnos: el lenguaje coránico sobre la Creación es paralelo al de otras cosmologías primigenias, y tiene poco que decir en materia de investigación científica. Una cosa es el conocimiento empírico de la naturaleza (objeto de la ciencia) y otra es el conocimiento del lugar de los humanos en el cosmos, de su modo de relacionarse con la naturaleza como manifestación de Al-lâh, y de las implicaciones éticas de esta relación. Confundir el Corán con un libro de ciencia no solo es pueril, sino una forma de desarticular el mensaje del Corán.

Cuando un Libro sagrado nos habla del caos primigenio, de la separación de los cielos y la tierra, de las montañas puestas como estacas para aguantar el cielo, ¿nos es lícito pensar en términos científicos? Esta es la tentación en la que han caído algunos autores modernos, en su afán apologético. Al hacerlo, parecen no darse cuenta de que han perdido el sentido original de la palabra revelada, confundiendo los planos fáctico y simbólico, el reino de la cantidad y el reino de los signos. Las referencias naturistas del Corán son vagas y alusivas, su ambigüedad es característica. Como descripción científica del cosmos, sería de un primitivismo extremo, totalmente desfasado. Como libro de ciencia, no pasaría de ser clasificado dentro de la “sabiduría natural de los pueblos salvajes” de Alexander von Humboldt y otros naturalistas del siglo XVIII. Pretender que “el Corán está de acuerdo con los descubrimientos científicos” es desconocer la naturaleza del Corán, tratar el Libro de Al-lâh como un libro profano. Es, propiamente hablando, profanar el Corán, forzarlo a adaptarse a un lenguaje impropio.

El tema es mucho más común (y grave) de lo que parece. La pretensión de que el Corán contiene una completa embriología se repite una y otra vez. Hemos leído textos en los cuales se afirma que el ayat an-Nur (24: 35) se refiere a la electricidad: una hermosísima parábola sobre la Luz de Al-lâh reducida a la banalidad más absoluta. Textos que afirman que los versículos 85:4-8 y 36:41-42 son un anuncio de los trenes. Otros en los cuales se dice que la creación por pares (base de la cosmología coránica) es una alusión a la existencia de protones, positrones y electrones. Y otros en los cuales se dice que Corán 27:83 anticipa el virus del SIDA… Lo peor de esta clase de afirmaciones es que son realizadas para probar la autenticidad del Corán como revelación de Dios, cuando lo único que logran probar es hasta que punto los creyentes han perdido la medida, situando la ciencia como paradigma de todo conocimiento verdadero y forzando al Corán a adaptarse a ella. Tenemos que denunciar esta tendencia como el signo de la perdida del sentido de la revelación, una muestra de que el Libro de Al-lâh ya no procura sentido ni apertura a lo incondicionado, sino que es citado como arma para demostrar una supuesta superioridad del islam frente a otras religiones (1).

Como poética, la descripción coránica de la Creación conserva toda su capacidad de sugerencia. La Creación es el marco, el ser humano toma suelo en la tierra y observa el horizonte, adquiere una espacialidad y se hace conciente de su temporalidad, de las generaciones sucesivas que vivieron y perecieron en el mismo marco. ¿Primitivismo? Ciertamente, en medio de la sociedad tecnificada y de la especialización creciente de unas disciplinas científicas separadas en compartimentos estancos, la imagen de la naturaleza como un todo nos remite a las épocas fundacionales de la cultura humana. Nos remite a las grandes tradiciones y sus cosmogonías, a un universo en el cual todo se presenta conectado por la idea del tawhid.

La dicotomía entre el discurso lógico-científico (como propio de la cultura occidental) y el discurso mítico-religioso (como propio del resto de culturas) constituye una ideología que tiene por objeto la dominación de las llamadas “culturas primitivas” y que conduce a la destrucción de la naturaleza. Esta dualidad tiene su origen en la Grecia clásica, en la época del nacimiento de la filosofía, y la distinción aristotélica entre mito y logos. Según esta visión, las sociedades de discurso lógico-científico estarían caracterizadas por el cambio, la singularidad y la linealidad de los discursos. Las sociedades de discurso mítico-religioso se caracterizarían por la permanencia y la repetición de acontecimientos arquetípicos, la integración cósmica del hombre y la multiplicidad paradigmática de sus manifestaciones.

La lucha de Aristóteles contra el pensamiento mítico crea una fractura en la historia de la filosofía. El mito se refugia en el arte, en la religión, en la poesía, mientras la ciencia se desarrolla en paralelo, ocupando poco a poco el centro y desplazando hacia la periferia cualquier otra forma de conocimiento. Platón sueña con sustituir la Materia prima originaria por un Dios de la razón, en el cual el elemento femenino-acuático haya desaparecido. No es extraño que de su República ideal (“cuyo arquetipo está guardado en el cielo”, República 592) los poetas fuesen desterrados. Aunque el propio Platón no dejase de calificar muchas de sus propias teorías como mitos (2).

En este punto, es necesario escuchar el lenguaje de la revelación y reconocer lo que nos dicen. Los versos “naturalistas” del Corán nos ofrecen la imagen de la naturaleza similar a la de otras cosmologías ancestrales. No en vano, el propio Corán nos informa de que no contiene nada nuevo:

Y, ciertamente, esta revelación se encuentra también
en verdad en los libros antiguos de sabiduría.

(Corán 26: 196)

En efecto, se trata de una palabra primigenia, en el sentido de que no hay nada anterior a ella. Se trata de una Palabra antigua: kalâm qadîm, de la cual el Corán es un recordatorio. Recordatorio de algo que es interior al ser humano y también de algo que ya había sido revelado antes. Anterior e interior son aquí lo mismo: al rememorar el origen mítico del cosmos nos vinculamos con el Todo. La naturaleza en el Corán no es a-histórica, tiene un origen y aparece abocada a su desaparición. Aún así, existen unas recurrencias que dan estabilidad a la vida fugaz del ser humano: el sol y la luna siguen un curso, el cielo permanece arriba y la tierra abajo. Imágenes de lo inmediato, una imagen en la cual la humanidad puede tener un desarrollo. La estabilidad del cosmos es el marco del cual esta historia es inseparable.

Los mitos son narraciones poéticas a través de la cual el ser humano se vincula al todo. Por eso el mito siempre se vuelve hacia el origen del mundo y de la vida, haciendo así presente la potencia divina que nos crea y por ello nos devuelve a esa potencia, nos hace potentes, capaces de realizar de nuevo ese paso de la potencia al acto. Literalmente: vivir nuestra propia creación en un presente siempre renovado. Un mito nunca es científico, sino más bien a-científico: se mueve en una esfera propia, propicia un conocimiento diferente al de la ciencia. No se trata de un conocimiento anti-científico. Más bien, el mito impulsa al ser humano hacia la investigación científica, lo conmina hacia la experimentación y el descubrimiento de los mecanismos particulares. La confrontación entre una visión poética y científica es ilusoria, tanto como la pretensión de hacer pasar la una por la otra.

Desde el punto de vista tradicional, todo lo visible constituye una manifestación de lo sagrado, una hierofanía (o teofanía, en la concepción teísta). Todo ritual tiene por finalidad el repetir los actos primordiales, y lograr así la manifestación (el retorno) de lo sagrado. En el centro de las sociedades tradicionales se halla la idea de la Unicidad de todo lo creado, según la cual toda criatura permanece unida al resto de las criaturas por su origen en lo incondicionado. Todo está en todas partes, lo cual choca con las leyes de la lógica aristotélica. En las palabras del gran jefe duwamish Seattle al presidente de los EEUU: “Todas las cosas están estrechamente unidas, como la sangre que une a una familia. Todo está enlazado. Todo lo que le ocurra a la tierra, les ocurrirá a los hijos de la tierra”, y el hombre no tiene como misión el dominio de la naturaleza, sino la comunión con ella (3).

Desde la antropología estructural, Claude Levi-Strauss ha mostrado como los elementos aparentemente ilógicos de culturas mítico-religiosas constituyen un cosmos unitario. El nulo desarrollo tecnológico de algunas culturas no impide que sus instituciones y formas de socialización estén presididas por complejos sistemas de pensamiento. Todas las culturas surgen como respuestas a inquietudes que son universales, y han generado los mecanismos necesarios para el pleno desarrollo de sus miembros. Levi-Strauss ataca la base del etnocentrismo: “No hay pueblos infantiles, todos son adultos”  (4). Algunas culturas valoran el desarrollo tecnológico o económico, y otras la espiritualidad y el equilibrio con el cosmos, y cada una de ellas debe ser valorada según sus propios parámetros. No considerarlo así sería desconocer el propio mecanismo de cohesión de una cultura, como medio de integración del hombre con su entorno.

Desde este punto de vista se comprenderá el flaco favor que le hacemos al Corán si pretendemos leerlo como un libro de ciencia, como un libro de leyes o como un catecismo. Pretender hacer pasar como científico o jurídico a un libro en el cual Al-lâh habla a las nubes antes de ser creadas resulta no solo temerario: constituye la prueba más palpable de que hemos perdido el oído con el cual escuchar el lenguaje de la revelación, degradándola al reino de lo cuantitativo. Sin darnos cuenta de que es en ese reino que la revelación está atrapada, como un mero comparsa, a lo sumo un antecedente venerable, al lado de la física presocrática de los elementos. No vemos con el ojo del corazón, sino con la mirada dominante de la ciencia.

La imagen de la Creación como un todo integrado tiene como objeto al ser humano: ¿acaso no veis…? Y sin embargo, si se trata de una descripción pre-científica de los comienzos del cosmos, ¿cómo podría el ser humano verla? Pero podemos verlo, vemos en la lejanía como el cielo y la tierra tienden a fundirse, volviendo a lo indiferenciado. Y vemos como de esa infinitud surge la aurora, separando el cielo de la tierra, el día de la noche. Y esta visión nos mueve a realizar la travesía de la noche: superar las tinieblas de la dispersión y amanecer a la conciencia de la Unicidad. El sueño es esa masa amorfa en la que nos sumimos, espejo de nuestro origen en la nada. Cada día y cada noche cruzamos esa puerta: “el sueño es una segunda vida”, dice Gerard de Nerval. Se trata de una experiencia cotidiana del origen mítico del cosmos, de un recordatorio puesto en los horizontes y en los ciclos, en medio de la suerte de este día. El origen del mundo en un instante de quietud, reminiscencia alada, poder ver en el surco del tiempo nuestra mano.

En el Corán se muestran las potencialidades fundamentales de la naturaleza, reducidas a un esquema significativo. Esta reducción no es una muestra de primitivismo, ni la muestra de un pensamiento pre-científico, sino el ofrecimiento de una imago mundi, a través de la cual Al-lâh nos habla y a través de la cual nosotros hablamos con el mundo. Hablar a través de una imagen significa habitar el mundo como signo, lugar que muestra a Al-lâh y a través del cual Al-lâh se nos revela.

El blog del autor admite comentarios: http://abdennurprado.wordpress.com/2009/10/21/mitos-y-logos-en-el-coran/

Notas
(1) En los últimos años han circulado varios libros y textos en esta dirección, como los de Maurice Bucaille y Harum Yahia. Este último se ha destacado como enemigo acérrimo de la teoría de la evolución, conectando el islam con el oscurantismo religioso evangelista, y desvinculándolo de la tradición islámica.
(2) Iris Murdoch, El fuego y el sol: por qué Platón desterró a los artistas, México, D.F., Fondo de Cultura Económica, 1982.
(3) Citamos la famosa Carta al presidente de los Estados Unidos, Franklin Pierce, enviada en 1855 por el jefe Seattle, como respuesta a la petición de compra de sus tierras.
(4) Raza e historia.

 

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