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Ginés Pérez de Hita ¿Un morisco asimilado?

Ginés crece en una sociedad heterogénea, en la que cristianos viejos, conviven con una importante población morisca

23/09/2009 - Autor: Webislam - Fuente: CEMA
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Retrato de Ginés Pérez de Hita.
Retrato de Ginés Pérez de Hita

Hoy que se empieza a conocer la intra-historia de la España de los Austrias, y que en la existencia, frecuentemente en crisis, de los moriscos se va distinguiendo fases, áreas grográficas y diversidad de conflictos, es posible intentar un acercamiento a las circunstancias vitales concretas en que se produjo la singular y afortunada creación de Ginés Pérez de Hita.

Su mundo fue el de los artesanos y pequeños industriales de la región murciana. Por los años de la guerra de, la Alpujarra vivía en Lorca, y del taller de «Ginés Pérez, zapatero» salían carros e invenciones para las fiestas que celebraba la villa 1. Como el sastre toledano que colaboraba con Lope de Vega 2, este ministril también hacía versos y componía piezas dramáticas que en tales ocasiones se representaban. Muchos años después, habiendo publicado con éxito notable la Historia de los bandos de Ahencerrajes y Zegries 3 colaboró con ingenios de más alto rango en las exequias a la muerte de Felipe II celebradas en la ciudad de Murcia, donde se había avecindado 4. Representante, sin duda, el más eximio de la cultura popular, Pérez de Hita no logró superar como poeta —aunque compuso dos largos poemas— la falta de una formación humanística o cortesana, pero sí adquirió a través de sus lecturas una educación literaria fragmentaria: conocía bien, por ejemplo, el Orlando Furioso, influencia fundamental cuyo alcance y matices han sido perfectamente precisados por Máxime Chevalier 5; estaba familiarizado con libros de caballerías y con crónicas y relaciones sobre los últimos tiempos del reino de Granada, y, por supuesto, con el romancero 6 —el viejo y el nuevo—, otorgando a casi todo lo que hallaba impreso carácter de veracidad.

Tales lecturas, asimiladas con más sensibilidad que conocimiento, estimularon su fantasía sin poner trabas a la manera intuitiva en que su ingenio combinaba la verdad histórica y la verdad poética, borrando los linderos entre realidad y ficción, y dando un paso muy considerable hacia la creación de un mundo novelesco coherente y dotado de vida propia.

La modernidad de algunas de sus lecturas —Airosto, el romancero nuevo y la fecunda simbiosis que en la vida española de aquel momento existía entre la cultura más selecta y la más popular, pueden explicar los rasgos manieristas —bien observados por Enrique Moreno Báez 7— que paradójicamente se dan en la obra de este escritor, tan alejado de los círculos profesionales de hombres de letras.

En relación con el tema que trato, me parece interesante recordar que en la región donde transcurre la vida del Pérez de Hita las artes decorativas que practica tienen un sello mudéjar inconfundible. El gusto por el ornato, por la descripción precisa de las formas y colores de objetos pequeños, esa calidad de esmalte o de arabesco que se observa en tantas páginas de la Historia de los bandos revelan, en lo literario, una sensibilidad estética paralela a la que se manifiesta en las labores damasquinas, en los repujados y taraceas, o en los ornatos arquitectónicos que caracterizan el arte árabe-andaluz y el mudéjar. Ginés debía sentir una solidaridad de oficio y estilo con los alarifes y ministriles de raza mora, y dado el entusiasmo con que evoca el pasado esplendor de la Andalucía árabe, no es improcedente examinar la posibilidad de que él mismo fuese morisco. Pero ni esta suposición ha podido comprobarse, ni se compagina fácilmente con la actitud que manifiesta su libro sobre la rebelión de la Alpujarra. Sabemos que fue soldado en esta guerra por compromiso o conveniencia, ya que se alistó en sustitución de un vecino rico cuando la villa de Lorca recibió un segundo requerimiento de enviar un contingente de hombres hábiles, pero luego vivió con ardor las vicisitudes de la campaña. Hay constancia, además, de que en una ocasión se le encomendó que custodiara —por poético azar en casa de un caballero llamado Narváez— a algunos moriscos que pasaban por Lorca, camino del lugar de destierro. Es pues, evidente que Ginés no pertenecía a la clase de los «convertidos de moros», lo cual no excluye la posibilidad de que alguno de sus abuelos lo fuese. La suposición de que el escritor descendía del linaje hidalgo de los Pérez de Hita establecidos en Mula, no se apoya en textos anteriores al siglo XVII, aunque hay que advertir que alude en su obra a algunos miembros de esta familia, a la que se sentía de algún modo vinculado. Pudo tratarse de lazos de sangre o de una relación establecida al haber apadrinado uno de los Pérez de Hita que tomaron parte en la guerra de Granada, a un moro bautizado durante, la campaña o a raíz de la conquista.

Cualesquiera que fuesen sus antecedentes familiares, Ginés crece en una sociedad heterogénea, en la que cristianos viejos, cuyos padres y abuelos habían combatido y tratado en un plano de igualdad con los moros fronterizos, conviven con una importante población morisca. Sobre ésta poseemos hoy conocimientos bastante precisos, gracias a la serie de valiosas monografías que, a partir del libro fundamental de Caro Baraja sobre los moriscos de Granada, han dedicado a la materia historiadores como Lapeyre, Domínguez Ortiz, Garrad, Cabanelas, Gutiérrez Nieto y en particular Ladero Quesada 8. Los convertidos de moros murcianos comprendían a los descendientes de los mudéjares viejos del reino de Murcia, que fueron bautizados a principios del siglo XVI, así como a numerosas familias procedentes de Granada que se hallaban en grados muy diversos de asimilación y que representaban los varios estratos de la sociedad del reino moro. La convivencia no planteó allí conflictos graves.

De hecho, la huerta murciana se benefició de la inmigración granadina y la industria de la seda prosperó hasta el punto de ofrecer seria competencia a los acreditados fabricantes de la antigua capital nazari. Cuando, a consecuencia de la rebelión de los moriscos de Granada, tuvo lugar su deportación a otras partes de España, se acordó que ninguno se estableciera en Murcia, por ser allí muy alto el número de nuevos convertidos.

La realtiva placidez de la zona en que vivía Pérez de Hita fue alterada por la guerra de la Alpujarra primero, y luego por esta saca de moriscos, ya que afectó a lugares próximos a Lorca que habían pertenecido al reino moro. Entre los expulsados habría amigos y conocidos de nuestro autor, quien años más tarde fue a visitarlos a la Mancha con el fin de documentarse para escribir su historia de la rebelión. Algunas familias permanecerían en su tierra, acogiéndose a antiguos privilegios concedidos a sus mayores por los Reyes Católicos o a la disposición de que se considerasen cristianos viejos los moros que se hubieran convertido voluntariamente antes de la conquista, así como sus descendientes. La situación de estas gentes tenía que ser de continua zozobra: una real orden de 1585 recuerda a las autoridades locales que tales ejecutorias ya no son válidas, y que aun los cristianos nuevos que se consideran con derecho a llevar armas han de ser tratados como los demás moriscos. Con todo, siguió habiendo excepciones, y al fin se autorizó en 1610 a los prelados de Andalucía, Granada y Murcia para que pudiesen eximir de la orden de destierro a los descendientes de familias que hubiesen recibido el bautismo antes de la reducción general, siempre y cuando no hubiesen participado en el levantamiento. La excepción debía aplicarse en particular a «los que se han tratado con Christianos Viejos en la lengua, en el hábito y en los actos de la religión, y a los que sirvieron en la guerra de la Alpujarra» 9.

Esta pequeña concesión, así como la orden que permitía quedarse en España a las moriscas casadas con cristianos viejos, se debió indudablemente a la insistencia de ciertos individuos y corporaciones. Entre éstas figura el Ayuntamiento de Murcia, que, antes de hacerse público el decreto de expulsión, pidió que se reprimiera a quienes atemorizaban a los moriscos oriundos del reino de Granada establecidos en la ciudad, la mayoría de los cuales habían nacido o se habían criado allí y se sentían ofendidos «de ser tenidos por descendientes de Christianos nuevos». Dicha solicitud sirvió de poco y también fue inútil que don Luis Fajardo demorase la salida de España de los moriscos murcianos, pero no cabe duda de que el documento citado representa un modo de pensar que muchas personas de la región compartían, y dentro de ese espíritu escribe Pérez de Hita.

Como detalle significativo mencionaré que uno de los regidores que suscriben la petición del Ayuntamiento pertenecía a una familia —los Almodóvar— que se nombra varias veces en el libro sobre la rebelión, haciéndose constar que no por haberse casado varones de tres generaciones con cristianas nuevas habían perdido su nobleza «ni el uso de llevar sus armas, las quales continuamente llevaban, por ser, como digo, Cristianos viejos y por tales conocidos» (11,55).

Durante las dos últimas décadas del siglo XVI, época en que Ginés compone los dos libros tan dispares que quiso englobar bajo el título de Guerras civiles de Granada, regresarán disimuladamente muchas familias granadinas a su tierra natal. Por entonces algunos moriscos urdieron la falsificación de los llamados libros plúmbeos, con lo cual pretendían restablecer el prestigio de un abolengo moro, creando el mito de una fabulosa prehistoria árabe y de unos santos protocristianos de la región 10.

Algunos escritores, como Luis de la Cueva, autor de unos Diálogos de las cosas notables de Granada, y poco después el historiador Bermúdez de Pedraza, contribuyeron a difundir aquellas fantásticas invenciones, a las que también dio crédito el obispo don Pedro de Castro. Creo que todo ello revela una secreta simpatía por la tesis implícita en los textos falsificados. Al fin y al cabo, en casa de don Pedro de Granada, noble de notoria ascendencia mora, se reunía el más selecto cenáculo literario de la ciudad. A él asistía el letrado y poeta Gonzalo Mateo de Berrio, quien había estudiado en la universidad que fundó fray Hernando de Talavera con el principal objeto de educar a los hijos de los caballeros y mercaderes granadinos. Fue este ingenio quien escribió en 1598 la aprobación para Castilla de la Historia de los vandos de los Zegríes y Abencerrajes: tres años antes la obra había visto la luz en Zaragoza, dedicada por un editor veneciano allí establecido a don Juan de Aragón, el cual era yerno de un duque de Villahermosa que tiempo atrás había hecho cuanto estaba en su mano para evitar que la Inquisición de Aragón controlase la vida religiosa de los moriscos 11.

El libro sobre la guerra de la Alpujarra se terminó a fines de 1597 y el autor debió intentar publicarlo en los años siguientes, pues en un documento de 1604 se hace mención de «tres libros originales de las guerras civiles de Granada» que había entregado al librero de Murcia Juan Dorado, quien los había hecho llegar al impresor madrileño Serrano de Vargas con objeto de que gestionase la licencia de impresión, que le fue negada.

Aquellos tres libros eran probablemente los mismos que aprobó en 1610 después de introducir ciertas enmiendas, un doctor Molina, capellán del rey, nombre y titulo que corresponden a los de un eclesiástico granadino que se ocupaba en 1626 de hacer imprimir un Manual para los curas de la diócesis 12. A pesar de esta aprobación, debieron surgir dificultades, pues no hay otros indicios de ediciones anteriores a las que salieron de imprentas de Cuenca y Barcelona en 1619, fecha en que, sellada ya la suerte de los moriscos, el libro no podía contar como pieza polémica. Y sin embargo, también parece que intervinieron en la publicación personas más o menos interesadas en la defensa de los nuevos convertidos. La edición de Barcelona está dedicada al duque del Infantado, quien —según datos que dio a conocer Henri Lapeyre— habló en el Consejo de Estado el año 1612 a favor de los mudéjares de Murcia 13. Los duques, eran, además, señores de algunos pueblos de moriscos en el reino de Valencia. Muy ligada a la Casa del Infantado estaba también la zona rural de la diócesis de Cuenca que fue parcialmente repoblada —y de ello se benefició económicamente— por moriscos, algunos de los cuales procedían de lugares próximos a Lorca. Allí visitó a algunos de ellos, como sabemos, Pérez de Hita, y es posible que estableciese entonces contacto con el editor conquense Cristiano Bernabé, cuya actividad se registra en 1592 puesto que fue un individuo del mismo nombre quien dedicó la edición de Barcelona al duque del Infantado, habiéndose extendido también por requerimiento suyo la tasa de esta impresión y de la de Cuenca, que se tiene por príncipe 14.

La ya citada licencia del doctor Molina, fechada el 10 de abril de 1610, suscita otro interrogante. El censor especifica que el libro de las Guerras civiles de Granada tiene tres partes, y que «en los originales que se me entregaron, la primera y la tercera parte están escritas de mano; la primera en 559 hojas y la tercera en 466, y la segunda parte impresa en Alcalá de Henares por Juan Gracián, año de 1604». Paula Blanchard-Demouge deducía de esto que aquella segunda parte impresa era una edición perdida del libro sobre el levantamiento de los moriscos, pero en ese caso, ¿qué pudo contener la tercera parte? Teniendo en cuenta que la referencia dada por Molina del volumen impreso corresponde a una de las ediciones complutenses de la Historia de los bandos, parece lógico concluir que, animado por el éxito de este libro, Pérez de Hita no sólo escribió sus Memorias de la guerra de la Alpujarra, sino también otra obra hoy desconocida, que debía constituir la primera parte de una trilogía sobre historia de Granada, más o menos embellecida. Dado, además, el gran desorden y vaivén cronológico que caracteriza sus escritos, podemos suponer que el autor no vio un inconveniente insuperable para el nuevo plan en el hecho de que ya había resumido la historia antigua y medieval del reino nazarí al comienzo del volumen que iba a pasar a ser segunda parte. Me pregunto si no se daría cabida en el manuscrito perdido a los mitos que lanzaron las láminas del Sacromonte, o si pudo tratarse de una nueva serie de encuentros de moros y cristianos y de episodios novelescos, entre los cuales pudiera bien estar incluida la historia de Abindarráez.

Conjeturas aparte, lo que podemos afirmar es que los dos libros impresos de Pérez de Hita se insertan en una línea de opinión favorable a los moriscos, que representan en un plano social más elevado los Mendoza o los Granada Venegas —véase sobre esto la reciente biografía de don Diego Hurtado de Mendoza por Erika Spivakovsky 15—, y que originalmente se relaciona con la labor evangelizadora del arzobispo fray Hernando de Talavera, encaminada a lograr la conversión religiosa sincera, pero no necesariamente la asimilación cultural del pueblo vencido, según pusieron de relieve los estudios de Caro Baroja y de Márquez Villanueva 16.

Al trazar su brillante estampa de la Granada de Boabdil, el autor de la Historia de los bandos introduce desde los primeros capítulos ciertos motivos, reveladores del desconcierto interno del reino, que más adelante se orquestan en los temas de la matanza de abencerrajes y la calumnia a la reina mora. A la hora de la muerte o de la adversidad, los inocentes abrazan la fe de los cristianos, pues entre éstos «nunca entre ellos hay semejantes maldades y lo causa estar fundados en buena ley» (1,189). A una motivación similar responden las conversiones de otros personajes: al Malique Alabez «yendo considerando el valor del buen don Manuel y del Maestre, le vino al pensamiento ser Christiano, entendiendo que la fe de JesuChristo era mejor y de más excelencia, y por gozar de la amistad de tan valerosos caballeros como aquéllos» (I, 123). Herido de muerte en el combate singular con el maestre Albayaldos pide el bautismo 17; Sarracino, decepcionado con el mal resultado que le da un voto a Mahoma, llega a la conclusión de que la religión cristiana es superior a la musulmana 18, y así se lo comunica a su desposada, Galiana, quien responde ejemplarmente:

«Vos sois mi Señor y marido a quien yo di mi coraçón; no podré hazer menos que seguir vuestros motivos y passos. Quanto más yo, que sé que la fe de los Christianos es mejor que el Alcorán...» (I, 150).

El mismo camino seguirán otros galanes y damas, así como linajes enteros de caballeros: los abencerrajes, que siempre practicaron la virtud de la caridad (6,8 ó 9) en su trato con los cautivos (1,134), y también los Vanegas y Aldoradines (I,298,285-86). Viene por lo tanto, a ser razón de la con quista una voluntaria anexión de la mejor nobleza de Granada a la ejemplar sociedad caballeresco-cristiana que presiden los Reyes Católicos.

Doble lección dirigida a los criptomusulmanes, que Ginés conocía muy bien, y a quienes se creían con derecho a menospreciar a los descendientes de los conversos. Aplicada a Albayaldos moribundo —cuya oración en ese trance es el único pasaje de tono religioso del libro— la frase «el nuevo christiano don Juan» (I, 123) conlleva una resonancia valorativa y afectiva perfectamente antitética de las connotaciones que encerraba a fines del siglo XVI la expresión «cristiano nuevo». Sentido parecido tiene la exclamación, varias veces repetida «La fe de moro hidalgo!» (I, 223, 225): y no se trata aquí de la tradicional valoración del buen musulmán del pasado, compatible con el sistemático rebajamiento del nuevo convertido, pues Pérez de Hita nos sorprende más de una vez con el singular sintagma de «Christianos Abencerrajes» (I, 255) 19, añadiendo por cierto en una ocasión que más de 50 combatieron a las órdenes del marqués de Cádiz. Que pueda tratarse en este caso de un dato verídico no quita valor a su significación como índice de la postura que el autor adopta. Abunda, además, en la obra este tipo de noticia en que se amalgaman verdad y ficción: la reina Isabel hace a las moras nobles damas de su estrado (I, 209); Sarracino será teniente de don Manuel Ponce de León; Abenámar, de don Alonsode Aguilar, Reduán, de Portocarrero (ibid.). El nuevo arzobispo casará a Zelima y a Muza (I, 289); Gazul y Lindaraja se transformarán en don Pedro Anzul y doña Juana (I, 298); el Malique Alabez se llamará don Juan Avez (I, 290). Y antes un pariente suyo, alcaide de Vélez Rubio, había tomado de su padrino el apellido Avalos, y «el rey don Fernando le hizo grandes mercedes por su valor, y le dio y otorgó grandes privilegios en que pudiesse tener armas y tener a hidalgados officios en la República» (I, 274). ¿Dónde estarían cuando se escribieron estas líneas los descendientes del converso don Pedro de Ávalos? ¿En la Mancha con los otros moriscos del mismo pueblo, a quienes fue a ver Pérez de Hita? Más probable parece que permanecieron en Granada o en Murcia, escudándose tras su litigada hidalguía, por la que rompe una lanza el buen Ginés, en cuya obra ¿cómo no ver un testimonio más de la escisión de espíritu y la difícil postura social que aquejaba a sectores importantes de la clase hidalga en la época que don Américo Castro ha calificado de «edad conflictiva» 20.

La nota elegiaca de la nostalgia del desterrado, que en el primer libro aparece con el motivo del suspiro del moro, se proyecta en la historia de la rebelión sobre ciertos pasajes, en que el autor describe, por ejemplo, el sentimiento de soledad y melancolía que aqueja en ciertos momentos el reyecillo don Hernando de Valor —o Abenhumeya— (II, 29); o alude al ansia por volver a sus casas de los moriscos que se han hecho fuertes en las montañas; a la alegría que sintieron ante las nuevas de paz (II, 343); a la mortal decepción y congoja que les produjo la orden de abandonar su tierra, terminando el relato con un sentido comentario sobre aquel doloroso destierro y el perjuicio que trajo al país (II, 352-53). El motivo de la añoranza se glosa también en las divisas y canciones de las fiestas que Abenhumeya celebra en Purchena, a las que ponen una nota final sobrecogedora las endechas de una mora joven huérfana. Pérez de Hita no simpatizaba en absoluto con la causa morisca en lo que tenia de pertinacia religiosa y de odio, pero habla con profunda compasión de los que son arrastrados al levantamiento por las circunstancias en que viven, y atribuye a los excesos de la soldadesca el fracaso de la política de conciliación que llevó al comenzar los disturbios el marqués de Mondéjar. Con acento de gran sinceridad, con pena y con rabia, describe las horribles matanzas y rapiñas que se cometieron por ambas partes en aquellas «civiles guerras» de «Christianos contra Christianos» (II, 10) —son sus palabras—. Un motivo que se reitera en la obra casi con carácter obsesivo es el de la joven asesinada por los soldados de uno u otro bando, cuyo cuerpo, cubierto de ricos ropajes que realzan la belleza del rostro, flota en el agua o yace entre escombros y cadáveres.

Si la figura épica más realzada del libro es la del marqués de los Vélez, a los moriscos se adscribe el tema del amor: amor más allá de la muerte en la trágica historia de El Tuzaní, que atraería también a Calderón 21; amor acendrado en la adversidad en la de Albaraxi, que reproduce parcialmente, en tonos de crudo aguafuerte, sobre el fondo de la guerra vivida, la maladanza y la buena ventura de Abindarráez 22. Al autor le cuesta trabajo no demorarse en aquellos lances; «y si no fuera» —nos dice— «porque esta Historia es toda coscorrones y armas y batallas, tratáramos las ternezas de estos dos amantes y sus extremados amores» (II, 153).

Aunque sin idealizarlo, también se trata como materia de novela, según ha mostrado Albert Mas ", el relato básicamente histórico de los amores y la muerte de Abenhumeya. Es curioso que ninguno de los protagonistas de estos núcleos de ficción, en que se concreta el destino de dolor y desconcierto de la población morisca, sea un criptomusulmán consecuente.

Aun El Tuzaní, cuya amada fue muerta por un soldado cristiano, declara: «He de morir Christiano, que en esta fe también murió mi señora» (II, 336). Abenhumeya y el Habaquí, capitán de los rebeldes que trató de negociar la paz, proclaman su fe cristiana al morir a manos de los suyos, y el segundo es enterrado por orden de don Juan de Austria en la iglesia de Guadix, su pueblo natal (II, 352).

Se siente al leer a Pérez de Hita que en el efímero reino de la Alpujarra renacen las discordias y traiciones que precipitaron el fin del de Granada.

El propio Reyecillo, incómodo entre los suyos, y llevando, por cierto, él mismo una vida muy poco ejemplar, «tenía aquella gente morisca por mudable, y sin fe ni ley a la verdadera amistad» (II, 33). Pero los rasgos positivos de los granadinos también perduran. Las fiestas de Purchena, descritas con la misma atención a detalles de indumentaria y gestos de ceremonia que caracterizan la Historia de los bandos, se celebran a imitación de las de Vivarrambla. Las damas lucen atavíos «hechos con tanta vizarria como en aquel tiempo se podía usar» y van «tocadas todas curiosa y maravillosamente a la moderna de su usança» (II, 157)24. Los caballeros desfilan con sus galas, armas y emblemas y acompañados de su cuadrilla, pero —triste limitación— tienen que presentarse a pie por no haber allí caballos. A algunos capitanes —jóvenes andaluces diestros en juegos de toros y cañas—, una de las pruebas de fuerza en que han de competir les parece «cosa de animales». La galantería, la mesura, el fino sentimiento de estos moriscos se inserta en la tradición caballeresca, aunque el autor da siempre una nota de llaneza y no pierde de vista la trágica perspectiva de aquel epígono: «El capitán Maleh se tenía por muy dichoso en tener tan bella dama a quien sonreír, a quien después no le sucedió bien... porque fue muerta a manos de Christianos, no parando mientes en su belleza» (II. 181).

En esta obra está muy claro que los moriscos se consideran españoles. Abenhumeya arenga a sus soldados llamándolos «leones de España» (II, 67); y él mismo, en su pundonor exagerado, se manifiesta de mentalidad muy española. Consciente de la escisión de su vida e incómodo entre los suyos, lamenta la suerte de sus familiares «que fueron de mi bien y mal testigos, / a vezes siendo moros y Christianos» (II, 29). También apuntaré, y lo más curioso es que sea en relación con los moriscos, el goticismo —cuya gran difusión en la época ha señalado Carlos Claveríarelatando una de las pruebas atléticas en que compite un capitán granadino con un turco, el autor comenta que «la fuerca del bravo español era más dura, y él era nacido en mejor clima que el turco, y con ella avía acompañada una gran soltura y ligereza, como sabemos que tenían aquéllas gentes del reyno de Granada, y finalmente de nación española y de sangre rebuelta con la goda» (II, 161)25. Repetidamente se apunta que el autor ha conocido a uno o a otro de los personajes «moros» —término usado más frecuentemente que el de «morisco»—, y que éste tiene o ha tenido un lugar en la sociedad española. Ginés vio a don Fernando de Válor cuando era Veinticuatro de Granada (II, 8); como de persona conocida habla del capitán Gironcillo que había sido montero del marqués de Mondéjar; hizo un viaje para conocer al Tuzaní, a propósito del cual se afirma que en la zona de los Vélez, tan familiar a Pérez de Hita, todos los Christianos viejos entendían la algarabía (II, 334). A su vez él no despertaba sospechas en el ejército de don Juan de Austria, gracias «a su hablar claro y cortesano», cuando ayudaba secretamente a los rebeldes (II, 325). Después de ser perdonado, en gracia a su aplomo, su inteligencia y su trágica historia de amor, sirvió en Flandes en el tercio de don Lope de Figueroa, su protector, cuyo apellido adoptó (II, 339). También Albexarí, el cautivo enamorado, fue leal criado del marqués de los Vélez, quien durante la guerra misma le había encomendado la guarda y protección de un grupo de mujeres en que iba su dama; cuando Ginés escribe, estos moriscos viven casados, felices y «ricos de bienes de fortuna», aunque no en su tierra, sino en el pueblo manchego de Villanueva de Alcardete (II, 127), al que por cierto también se retiró El Tuzani después de la muerte de don Lope (II, 339), para terminar sus días entre su gente.

Un caso notable es el del capitán Abenayx, que, aunque acabó por sumarse al levantamiento (II, 168), había optado al comienzo de la guerra por la lealtad al rey y defendió contra El Maleh la plaza de Cantoria.

Pérez de Hita nos dice que en su tiempo esta batalla se conmemoraba todos los años; y efectivamente, en los parlamentos que pone en boca de ambos capitanes, se reconoce un texto anterior versificado de reto y respuesta sumamente característico del tipo de representación popular que más tarde se llamó «fiesta de moros y cristianos» 26. Lo singular en este caso es que el capitán cristiano sea un morisco que prevee el triste desenlace del levantamiento y deplora que su pueblo haya abandonado la fe de Jesucristo (II, 52-55).

Escrito trece años antes de la expulsión de los moriscos, el último libro de Pérez de Hita hace comprender la situación desesperada del nuevo convertido y las contradicciones de su paradójica personalidad.

El propósito del autor me parece fundamentalmente el mismo que subyace en la peripecia novelesca de la Historia de los bandos. Para el español con preocupaciones de linaje y para el criptomusulmán Ginés tiene un mensaje —fruto tardío de la predicación de fray Hernando de Talavera— que invita a la conciliación dentro de la fe católica y del respeto al converso. Y es posible que esas Guerras civiles de Granada que, dentro y fuera de España, hicieron soñar a tantas generaciones de lectores, deban mucho de su singular atractivo a la carga emotiva y la fuerza de convicción que volcó en el libro un hombre sencillo, inteligente y bueno, que hubiese querido salvar la integridad de un huerto mudéjar cristianizado que fue su cuna.

Notas
1 Los datos biográficos de más interés para el presente estudio en Joaquín Espin Rael, De la vecindad de Pérez de Hila en Lana desde 1568 a 1577 Lorca, 1922). El autor refuta algunas conclusiones mal fundadas de N. Acero y Abad, Ginés Pérez de Hita: Estudio biográfico y bibliográfico (Madrid, 1888). Cf. también estudios de Paula Blanchard-Demouge en los dos volúmenes de su edición de Pérez de Hita. Guerras civiles de Granada (Madrid. 1913-15), y art. de P. Festugiere, Bulletin Hispanique, t. XLVI(I944), p. 145-83. Remitimos en el texto del presente trabajo a la edición de Blanchard-Demouge indicando entre paréntesis el tomo y la paginación.
2 Varios contemporáneos aluden al poeta sastre, que se llamaba Agustín de Castellanos. Cf. Francisco de B. San Román. Lope de Vega, los cómicos toledanos y elpoeta sastre (Madrid, 1935), pp. XXXVII-CVIII.
3 La princeps apareció en Zaragoza. 1955. Sobre la bibliografía de Pérez de Hita consúltese la edición de Blanchard-Demouge.
4 Cf. Justas r certámenes poéticos en Murcia, ed. A. Pérez Gómez y M. Muñoz Cortés, tomo I (Murcia, Biblioteca de Autores Murcianos II. 1958).
5 Sobre la manera algo ingenua en que Pérez de H ita interpretaba a Ariosto véase Máxime Chevalier, LArioste en Espagne (1530-1650) (Bordeaux: Université, 1966), pp. 275-76.
6 Manuel Alvar eslima que no se ha valorado suficientemente la impronta del romancero en la creación novelesca de Pérez de Hita. Véase «El romancero morisco», ampliado en su libro El romancero: iradiciimalidad y perrivencia (Madrid: Planeta. 1970). Ofrece este trabajo apreciaciones interesantes respecto a la aparente paradoja de que el romance nuevo de tema morisco floreciese pocos años después de la guerra de la Alpujarra. Independientemente he examinado una cuestión paralela en mi comunicación: «El trasfondo social de la novela morisca: Notas sobre El Abencerraje y Ginés Pérez de Hita» (leída en diciembre. 1970. En la convención de la Modern Languaje Association —Spanish 2—) que saldrá a la luz en el Homenaje al profesor Emilio González López. Amplío datos con referencia a El Abencerraje en «Las cortes señoriales del Aragón mudejar y El Abencerraje». Homenaje a Casalrfuero (Madrid: Gredos. 1972). pp. 115-128. y con referencia a Pérez de Hila en el presente trabajo. Analiza de modo competente los procedimientos formales del romance morisco ULRICH KNOKE, Die Spanische Maurenromanze Dissertation. (Gottingen, 1966).
7 "El Manierismo de Pérez de Hita", Homenaje...Emilio Alanos García (Valladolid. Universidad, 1965-67), vol. II, pp. 353-367.
8 Julio Caro Baroja, Los moriscos del reino de Granada (ensayo de historia social) (Madrid, 1957); Henri Lapeyre. Géographie de FEspagne morisque (París, 1959); arts. de A. Domwnguez Ortiz en Miscelánea de esludios árabes y hebraicos. Granada, t. VIII (1959), fase. 1, pp. 55-65; t. XI (1962), fase. 1, pp. 39-54 y t. XII-XIII (1963-64), fase. 1, pp. 113-128; de K. Garrad en la misma revista, t. V (1956). pp. 73-104 y en Bulletin Hispanique. t. LXVII (1965), pp. 63-77: de J. I. Gutiérrez Nieto en Hispania, Madrid, t. XXIX (1969), pp. 25-116; Darío Cabanelas. El morisco granadino Alonso del Castillo (Granada: Patronato de la Alhambra.
1965). y Miguel Ángel Ladero Quesada, Granada: Historia de un pais islámico (1232- 157II (Madrid • Gredos. 1969). Cf. también B Vinrpnt en Mplanees de la Casa de Velázauer t. VI (1970), pp. 211-46 y t. Vil (1971), pp. 187-222 y 397-98, y A. Gallego y Burín, y A. Gámir Sandoval, ¿OÍ moriscos del reino de Granada, según el sínodo de Guadix de 1554 (Granada- Universidad. 1968).
9 Los documentos a que aludo pueden leerse en Ignacio Bauer y Landaucr. Papeles de mi archivo: Relaciones y manuscritos (moriscos) (Madrid, 1923). pp. 159-63, 167, 171, y en Florencio Janer. Condición social de los moriscos de España (Madrid. 1857). pp. 317-20.
10 Varios estudiosos, además de Caro. pp. 201-13. se han ocupado recientemente de este curioso fenómeno. Véase, por ejemplo, Cabanelas, op. cil.. James T. Monroe, Islam and the Arabs in Spanish Scholarship (Leiden: Brill, 1970), pp. 7-16; T. D. Kendrick. «An example of the theodicy motive in antíquarian thought» en Fritz Saxl... Memorial Essays. ed. D.J. Gordon (Edinburg: Nelson. 1957).
11 P. Blanchard-Demouge especifica en su introducción a las Guerras civiles de Granada (vol. 1 . p. Ixxxvi) que el don Juan de Aragón a quien Angelo Tábano dirige la obra de Ginés Pérez de Hita estaba casado con doña Juliana de Aragón, hija de don Martín, duque de Villahermosa. De este personaje me he ocupado en El problema morisco en Aragón al comienzo del reinado de Felipe II . Estudios de Hispanófila 11 (Valencia. 1969).
Datos sobre Berrio y otros hombres de letras de Granada en Francisco Rodríguez Marín. Luis Burahona de Solo (Madrid. 1903). y Nuevos dalos para las biografías de cien escritores... (Madrid, 1923); también en art. de R. del Arco. Revista de Archivos. Bibliotecas y Moriscos. tercera época, t. XX (1909). pp. 426-29.
12 Aludo al doctor Vicente Molina, mencionado en Cristóbal Pérez Pastor. Bibliografía madrileña, vol. III, p. 281. También pudo tratarse del obispo de León y capellán real don Juan de Molina, nacido y educado en Granada, que tomó posesión de la diócesis leonesa en 1623.
Pedro Suárez. Historia del obispado de Guailix y Baza (Madrid. 1696). p. 198. El documento aludido y la aprobación reproducidos por Blanchard-Demouge en Pérez de Hita. vol. I. p. ixxxix y preliminares, vol. II
13 Lapeyre, p. 195. Se trataba del duque consorte don Juan Hurtado de Mendoza, personaje de gran relieve, quien desempeñó entre otros cargos el de mayordomo mayor del rey, que se menciona en la dedicatoria. Información en Cristina Arteaga, La casa del Infantado, cabeza de los Mendoza (Madrid, 1940-44). Los señoríos de lugares de moriscos que poseían en el reino de Valencia y en la zona de Guadix los duques del Infantado eran anejos al marquesdo del Cénete. En 1570 Ruy Gómez, el conde de Bailen, y la marquesa del
Cénete habían solicitado que sus vasallos moriscos permaneciesen en territorio granadino, y, al no lograrlo, se los llevaron a sus posesiones de Castilla. Cf. Vernet en Mélanees, t VII (1971), pp. 397-98.
14 En la biblioteca de la Hispanic Society of America, Nueva York, se encuentra un ejemplar de la edición de Cuenca, Domingo de la Iglesia, 1619. que difiere del reproducido por P. Blanchard-Demouge en cuanto incluye la dedicatoria de Christiano Bernabé al duque del Infantado y no la dirigida al canónigo Alonso del Pozo Palomino por Andrés Miguel, ni los tres sonetos en elogio de este último. Bernabé imprime libros en Cuenca el año 1592 y costea ediciones de 1596 a 1603. Cf. Fermín Caballero. La imprenta en Cuenea (Cuenca, 1869). pp. 114-115.
15 Son oflfte Alhambra: Don Diego Hurtado de Mendoza (Austin, Univ. of Texas Press, 1970).
16 Cf. fray Hernando de Talavera, Católica impugnación. Est. prel. de F. Márquez (Barcelona: Espirituales Españoles, 1961).
17 El motivo del caballero infiel que en trance de muerte pide el bautismo al vencedor llega al romancero nuevo por influencia de un fragmento del Orlando lnnamorato (1, XIX, 12-17) de Matteo Boiardo que relata la muerte del rey pagano Agricán, según ha mostrado Máxime Chevalier, Los temas ariostescos en el romancero y la poesía española del Siglo de Oro (Madrid: Castalia, 1968), pp. 326-28. No puede asegurarse si el romance sobre la conversión y muerte de Albayaldos «De tres mortales heridas» preexiste a las Guerras civiles, donde aparece (I, 124), o si lo compuso Pérez de Hita inspirándose directamente en los romances de Agricán.
18 La decepción y la alusión a la promesa de hacer un Mahoma de oro quizá sea un eco del romance carolingio sobre la huida del rey Marsín «Domingo era de Ramos». La gran difusión de este romance en el siglo XVI puede comprobarse en Antonio Rodríguez Moñino, La silva de romances de Barcelona (1561) (Salamanca: Universidad, 1969).
19 Knokc. p. 158. opina cinc Pérez de Hita introdnio i-I verso «los Cristianos Bencerrajes» en el romance «Mensajeros le han entrado» (1, ¿I /-/»), que presenta como viejo.
20 Hoy parece ocioso recordar que don Amono» Castro publicó en 1961 De la edad confiiciiva. y que este libro fue seguido de diversas avikionos y nuevos estudios en los cuales fue ampliando y apretando el análisis de la circunstancia española de los siglos xvi y xvn. Valiosos ensayos sobre diversos aspectos del pensamiento de Castro en Esludios sobre la obra de Américo Castro (Madrid: Taurus, 1971).
21 Sobre la visión de la guerra de Granada, en parte derivada de Pérez de Hita, que ofrece Amar después de la muerte véase el estudio de A. Valbuena Briones en Homenaje a William L. Ficluer (Madrid: Castalia. 1971), pp. 735-44.
22 La impronta de El Abencerlaje es evidente en este episodio, pese al tono cronístico. Cf. comentarios de Francisco López Estrada. El Abencerraje: cuatro textos y su estudio (Madrid, 1957), pp. 230-33.
23 Les Tures ilans la liltérature espagnole du siécle ifOr (Paris: Centre de Recherches Hispaniques, 1967), vol. 1, pp. 274-77.
24 El valioso estudio de J. Martínez Ruiz, «La indumentaria de los moriscos según Pérez de Hita y los documentos de la Alhambra», Cuadernos de la Alhambra. t. III (1%7), pp. 55- 124, prueba que el despliegue de lujo y colorido que Pérez de Hita atribuye al morisco en momentos de regocijo es rasgo que coincide con la realidad.
25 Sobre la extensión de este tipo de preocupaciones de linaje cf. C. Claveria, «Reflejos del goticismo español en la fraseología del Siglo de Oro» Homenaje a Dámaso Alonso, t. I (Madrid. 1960). pp. 357-72, y Albert A. Sicroff, Les controverses des staluis de «purete» de sang en Espagne (París: Didier, 1960).

La obra de Ginés Pérez de Hita " Las Guerras Civiles de Granada", se puede consultar en la Biblioteca Cervantes AQUI

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