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Breves observaciones de urgencia sobre Pensar fuera de la caja laica. La izquierda y el Islam de Gilad Atzmon

El racionalismo político-filosófico que Atzmon parece criticar no está ciego frente a los límites de la propia razón

02/09/2009 - Autor: Salvador López Arnal - Fuente: terc3ra
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Gilad Atzmon.
Gilad Atzmon.

Vale la pena. Como todo lo que escribe Gilad Atzmon. El artículo lo publicó rebelión el 21 de julio de 2009 (http://www.rebelion.org/noticia.php?id=88930). Como lo señalado y argumentado apunta –o pretende apuntar- al corazón del proyecto ilustrado y a cosmovisiones político-filosóficas a veces afines, quizá sea oportuno apuntar, con urgencia no deseable pero inevitable en este caso, dudas y algunos comentarios críticos:

1. Después del chiste sobre la revolución de las mujeres en Afganistán que, efectivamente, como señala el propio Atzmon, es una mala ocurrencia muy mal intencionada, el admirado músico de jazz apunta: “(…) tendemos a interpretar y, en la mayoría de los casos, a malinterpretar culturas remotas que emplean nuestro mismo sistema de valores y código moral. Esta tendencia tiene unas consecuencias graves. Por alguna razón “nosotros” (los occidentales) tendemos a creer que “nuestra” superioridad tecnológica junto con nuestra querida “ilustración” nos proveen de un “sistema antropocéntrico laico racional absolutamente ético ” de la más alta calidad moral”.

Sin embargo, la tendencia señalada es universal. No parece que sea singularidad de los “occidentales” o de los partidarios -o críticos- de la Ilustración. El sendero que permite controlarla y, en algún caso, disolverla consiste en tener consciencia de ello con el objetivo de alcanzar el menor número de interpretaciones sesgadas, con el menor sesgo cegador que nos sea posible.

Sea como fuere, la forma de decir de Atzmon, la creencia en que nuestra supuesta superioridad tecnológica y nuestra Ilustración nos proveen de un sistema antropocéntrico absolutamente laico, está lejos, muy lejos, de las creencias habituales de los partidarios ilustrados temperados (una amplia mayoría probablemente) de la herencia de la Ilustración. ¿Ilustrados que escriban apologías de nuestra superioridad tecnológica? ¿Dónde? ¿Quiénes? ¿Sistema laico racional absolutamente ético? ¿”Absolutamente” ético? ¿Y qué puede significar aquí “absolutamente”? ¿De la más alta calidad moral? ¿Quién duda de la existencia de personajes laicos, ateos o agnósticos (nociones que parecen intercambiables en Atzmon), tecnológicamente potentes y sin duda competentes, racionales en algún sentido (pobre) de la expresión, que son absolutamente idiotas, torpes, y que presentan una absoluta carencia de inteligencia moral, acompañada, por acción u omisión, de un inadmisible comportamiento poliético?

2. Atzmon habla, en un segundo momento, de “izquierdistas” que tenderían a creer que están en posesión de un instrumento “científico social” que les ayuda a identificar quién es “progresista” y quién es “reaccionario”.

No se ve bien a qué remite exactamente la noción izquierdista en su escrito. Parece vislumbrarse un ámbito en el que marxistas y neomarxistas no están ausentes. Si fuera así, y su comentario les tuviera como referentes aunque fuera parcialmente, tampoco parece de recibo el comentario. En primer lugar, porque esa tradición bebe precisamente –y no dejado de beber nunca- del texto del joven Marx que precisamente Atzmon tanto alaba. En segundo lugar, porque el término “progresista”, y la cosmovisión que le alimenta, ha sido fuertemente cuestionado en la misma tradición marxista, aunque haya sido un pelín tardíamente. Y en tercer lugar, porque poseer instrumentos teóricos del ámbito de las ciencias sociales o naturales que ayuden a determinar lo que se cree correcto de lo que resulta menos correcto, o más incorrecto, no parece una locura racionalista atemperada, ciega para la reflexión y la ampliación de ámbitos de comprensión. ¿Qué problema teórico-moral existe en señalar que el desarrollismo tecnológico occidental transita por un sendero “no progresista”, cubierto eso sí de falsos ropajes progresistas, que puede conducir a la Humanidad al desastre, a un auténtico regressus histórico-social, y que, por ello, esa arista “progresista” –“revolucionaria” conservadora si se quiere- es, en el fondo e incluso en su fenotipo, netamente reaccionaria, en el uso extendido de esta expresión? ¿Hay aquí un exceso de racionalismo, un uso inadecuado de algún instrumento científico aportado por la ciencias sociales y/o naturales?

3. Apunta también Atzmon que son estos dos preceptos laicos modernistas “actúan como guardianes de nuestra ética occidental” aunque, de hecho, han logrado lo contrario. Cada una de estas ideologías –el término es el usado por él- nos ha llevado a un estado de ceguera moral. Por ello, estos dos llamamientos denominados “humanistas” son los que o bien preparan conscientemente el terreno para las criminales guerras coloniales intervencionistas –es el caso de los liberales- o bien no logran oponerse a ellas al tiempo que emplean ideologías erróneas y argumentos falsos, el caso de la izquierda.

No entro en el asunto de los liberales, aunque no estoy seguro de que Atzmon sea justo con todos ellos ni que su valoración sea suficientemente ajustada a la singularidad, al todo concreto y complejo. Pero no acaba de verse las ideologías erróneas apuntadas y los argumentos falsos señalados sostenidos por la izquierda para oponerse a esas guerras coloniales. ¿Qué ideologías erróneas sostiene la izquierda, término no precisado, cuando se opone a esas guerras de dominación y exterminio? ¿Qué argumentos “falsos” –mejor incorrectos- ha esgrimido esa izquierda? Hubiera sido magnífico que Atzmon citara alguno para ejemplificar su crítica que, en mi opinión, si es certera, es excesivamente local o singular.

4. La solidaridad con Palestina, señala finalmente, es una buena oportunidad para revisar la gravedad de la situación, una solidaridad que no se ha convertido todavía en un movimiento de masas. Tiene razón Atzmon. Puede que nunca llegue a ser tal movimiento. Puede pero puede también que llegue a serlo. Dado el fracaso de Occidente de mantener los derechos de los oprimidos, los palestinos parecen haber aprendido la lección: eligieron democráticamente a un partido que les prometía resistencia. No parece que ese fuese el motivo determinante del apoyo a Hamás; admitámoslo sin embargo. Curiosamente, continúa Atzmon, muy pocas personas de izquierda estuvieron ahí para apoyar a los palestinos y su elección democrática. Pocas seguramente, pero las hubo aunque no fueran muchas.

¿Por qué, pregunta Atzmon, “con la plantilla actual de solidaridad política condicionada, vamos perdiendo compañeros a cada recodo de este camino plagado de baches”? Estas son las razones que esgrime: 1. El movimiento de liberación palestino es básicamente un movimiento de liberación nacional: perdemos a todos los cosmopolitas de izquierda, aquellos que se oponen al nacionalismo. 2. Con el ascenso de Hamás la resistencia palestina es considerada islámica: ahí estamos perdiendo a los laicos y los ateos furibundos que se oponen a la religión, lo que los catapulta a ser PEP (progresistas excepto acerca de Palestina).

Acaso suceda así en Estados Unidos o en el mundo anglosajón; lo desconozco. No es el caso, desde luego, en otros lugares. Ningún no nacionalista o antinacionalista hispánico, por ejemplo, aun siendo cosmopolita, mucho más si es internacionalista (que es el valor propio de la izquierda), ha dudado en apoyar el movimiento palestino por tener una arista esencial de resistencia nacional (desde luego, ni que decir tiene que a muchos nacionalistas centralistas o periféricos les importa un moco la resistencia palestina; ellos son apologistas entusiastas del civilizado, democrático, pro-occidental y etnicista Estado de Israel). Nunca ha sido así que se sepa. Ningún ateo, agnóstico, laico o descreído no cegado –y son legión pacífica y numerosa- se acerca a las turbulentas y serviles aguas de los PEP, de aquellos que luchan por causas justas pero no por Palestina porque Hamás, una fuerza político-religiosa, sea un movimiento apoyado masivamente en territorios palestinos. ¿Quién ha esgrimido alguna vez un argumento similar para justificar su ausencia de compromiso, por mínimo que este fuere, con la justísima, admirable y tenaz causa palestina?

Atzmon recuerda la conocida reflexión del joven Marx con la que inicia su artículo: “La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón del mundo sin corazón y el alma de la condición desalmada. Es el opio del pueblo”. Sin embargo, permítaseme la conjetura arriesgada, él parece detener su lectura en el primer punto y seguido, y no reparar en la conclusión joven marxiana: el opio del pueblo, lo que le adormece, lo que a un tiempo le permite seguir existiendo y, si se quiere, resistiendo. Todo ello va en esa frase conclusiva.

Por lo demás, el racionalismo político-filosófico que Atzmon parece criticar no está ciego frente a los límites de la propia razón. La razón no es ninguna Diosa omnipotente pero puede ser –puede: insisto- un procedimiento liberador. Aún habiéndolos desde luego, no hay muchos más. Y no es conquista marginal y de escasa entidad que esa misma razón sea consciente de sus límites, consciencia que no siempre acompaña en la medida adecuada a otras aproximaciones cognitivas y político-morales que acusan de prepotencia e inflexibilidad a una Razón ilustrada -no siempre analizada y comprendida- y a sus tradiciones herederas.

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