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Chefchauen

Su luz clara y limpia, y sus casas blancas y azules, hacen de esta ciudad una de las más bellas de Marruecos

05/08/2009 - Autor: Josep Maria Cabayol - Fuente: Webislam
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Chauen
Chauen

Su luz clara y limpia, y sus casas blancas y azules, hacen de esta ciudad una de las más bellas de Marruecos. Por eso es un destino irresistible para buen número de pintores.

La leyenda cuenta que cuando España era territorio musulmán, Mulay Alí ben Rachid se enamoró de Zhora, una muchacha de Vejer de la Frontera. Cuando los cristianos los expulsaron de la Península, emigraron a Marruecos y allí, para paliar la añoranza que su amada tenía de su pueblo, el emir construyó uno a su imagen y semejanza: Chauen, o Chefchaouen, como también se le conoce.

Viajé por primera vez a Chauen en 1996, siguiendo las indicaciones de un amigo galerista. Conocedor de que mi pintura se basaba en los blancos de la arquitectura popular mediterránea de Ibiza, mi amigo consiguió despertar mi entusiasmo con sus descripciones de la ciudad. Y, efectivamente, nada más llegar quedé seducido. Tanto que, doce años después, sigue siendo el tema principal en mis exposiciones y alguien se ha atrevido a bautizarme como “el pintor de Chauen”.

Chauen se halla en un extremo de la cordillera del Rif, entre dos montañas con forma de cuernos. También denominada “La perla del norte”, es una ciudad de cautivadora belleza, a lo que contribuye su arquitectura de diseño popular mediterráneo, con los azules y añiles de sus puertas centenarias y los blancos añilados de las paredes, éstas cubiertas con capas, y capas y más capas de cal. Las gentes de Chauen pintan las paredes y los suelos de las casas varias veces al año, e incluso pintan el suelo de las calles –muchas de ellas con forma de irregulares escalinatas- coincidiendo con los cambios de estación y las celebraciones anuales. Este trabajo casi obsesivo, cuyo objetivo es purificar, higienizar, aportar frescor y ahuyentar a los insectos, ha forjado la singularidad de la población.

Las escobas y brochas atadas a palos se usan como prolongación de unos brazos extendidos al máximo. Las zonas más altas, donde no llega el pincel improvisado, quedan libres de pintura blanca o añilada y mantienen sus colores ocres, amarillos y rojizos propios de las paredes centenarias de tierra adobada. Lo mejor para el ojo del pintor es que, como las capas de pintura no se dan al mismo día, los habitantes de Chauen consiguen sin quererlo una variedad de matices de blancos, azules y añilados realmente sorprendente. Hasta el punto de que ha surgido una agrupación de vecinos que vela por que las casas y las calles se pinten con los tonos tradicionales de la ciudad.

Chauen no es una ciudad monótona. Las callejuelas esculpidas en la ladera de la montaña son retorcidas, difíciles, laberínticas, sin salida… En una palabra, bellísimas. Fueron construidas a partir del siglo XV por andalusíes expulsados de España y por ellas sólo lograron pasar dos o tres cristianos disfrazados de musulmanes hasta finales del siglo XIX. Uno de ellos fue el aventurero Domènech Badia, más conocido como Alí Bey.

Sensaciones y colores mágicos

La atmósfera de Chauen es de un azul puro, intenso. Las noches tienen un aire mágico, con el brillo de multitud de estrellas, de aromas de té a la menta, de cordero asado, de aires de la montaña, de madera cortada, de frescor apacible. Aunque mi obra sólo recoge el aspecto humano a través de esas calles y puertas que me fascinan, las plazas y los rincones de Chauen están llenos de personajes sorprendentes, tolerantes y respetuosos.

En Chauen, los días amanecen con luz pictórica: tranquilos, luminosos y claros. También con la llegada de los campesinos rifeños. Las mujeres, con sus faldas a rayas de colores fuertes y los sombreros de paja característicos del Rif, acuden a vender sus productos, exiguos, pero de intenso sabor y color. Paralelamente, los artesanos abren sus talleres, comienzan a tejer, a trabajar la madera, a cortar el cuero… En las plazas, los viajeros completan la imagen con el primer zumo de fruta, su café o té y tostadas. Se preparan para visitar los mercados y embriagarse con los olores de las especias, frutas y verduras, carnes y pescados, y, quizá lo más impresionante, las paradas que venden todo tipo de brebajes, amuletos, piedras y polvos para practicar hechizos. Ya un poco en desuso, aún forman parte del pintoresquismo de los mercados.

El agua es uno de los activos importantes de la ciudad. Un manantial, varias fuentes y la cascada de Ras el-Maa abastecen a la población con un agua buenísima. En las inmediaciones de la cascada, cada mañana las mujeres acuden a los lavaderos para hacer la colada.

Vida al compás de la oración

El agua es también el ingrediente principal de los hammams de Chauen, alguno de los cuales tiene más de cien años y sigue calentando el agua con grandes leños traídos de las montañas. El baño y el masaje purifican y relajan en un ambiente de recogimiento interior, mientras que fuera la vida sigue marcada con la llamada a la oración de la veintena de mezquitas que se reparten por la ciudad. La más grande, la de Yamaa el-Kebir, data del siglo XV y está en la plaza principal, Uta el-Hammam, punto de encuentro de la población. Por esta plaza pasarán con toda seguridad los músicos, amigos y familiares que recorrerán Chauen al celebrar una boda local. La tradición marca que la novia sea introducida en una caja de madera enrejada y paseada a hombros por la medina antes de la celebración. Los festejos suelen durar una semana y tienen lugar en verano, cuando las vacaciones permiten reunir a la familia que probablemente esté esparcida por Europa, y suele terminar con la pernoctación de los recién casados en uno de los hoteles más lujosos de la ciudad.

Colores, luz, tradición… Es lógico que Chauen haya inspirado a muchos pintores, como Eugène Delacroix, Marià fortuny y Henri Matisse. Para mi es una ciudad esencial, porque mantiene el sabor de la belleza sencilla y las características de la arquitectura popular mediterránea que está desapareciendo en otros lugares. En cambio, aquí es respetada y venerada por todo el pueblo.

Texto y pintura de Josep Maria Cabayol
Josep Maria Cabayol es pintor. La arquitectura popular mediterránea, en la que el color desempeña un papel vital, es su gran fuente de inspiración, de ahí su fascinación por Chauen.
“Texto y fotos publicados en la revista Lonely Planet Magazine nº 17”

 

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