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El islam y los musulmanes en el panorama actual

Uno de los debates más acalorados que concierne a los musulmanes, pero en el que interviene principalmente occidente, es el de la necesidad de adaptación del islam a dictados de la modernidad

21/07/2009 - Autor: Muhámmad Escudero Uribe - Fuente: Webislam
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Encuentro de musulmanes en Trípoli (Foto de Webislam)
Encuentro de musulmanes en Trípoli (Foto de Webislam)

En primer lugar*, creo que es conveniente agradecer a Jesús y a su Asociación Multiculti-Radio haberme invitado a venir aquí hoy al estudio desde donde desarrolla y produce su actividad radiofónica. Es para mi una gran alternativa poder expresarme a través de un medio como la radio. Por eso mismo, también aprovecho este momento para agradecer a la Casa de la Juventud de Córdoba la adecuación y la concesión de estas instalaciones, como espacio donde fomentar y promover el diálogo entre la diversidad de culturas y formas de pensamiento que pululan por los escenarios que conforma la sociedad global. Por último, doy la bienvenida a los oyentes por su interés y atención.

El tema que hoy nos reclama y que atrae nuestro interés es el islam. Es decir, el islam y algunas de las consideraciones y perspectivas que giran en torno al mismo como un fenómeno que va más allá de lo que es una “simple” religión.

Como bien sabrán los oyentes, independientemente de sus creencias o sus afinidades culturales, el islam se entiende como una más de las religiones monoteístas que se instauran en el mundo desde tiempos históricos. Es así, otra más de las tradiciones reveladas a la humanidad por medio del Profeta Muhammad (qué la paz y las bendiciones sean sobre él). Sus principales fuentes de referencia son el Corán y la Sunna, en ellas se pueden encontrar todo el saber y el conocimiento que origina el islam como tal. El Corán es el mensaje que Dios revela al Profeta durante una serie de experiencias vitales a lo largo de una etapa madura de su existencia. Un mensaje que sería transmitido de forma gradual a sus cercanos y allegados, quienes constituirían la primera comunidad propiamente islámica de la historia. El Corán, como libro sagrado para los musulmanes, contiene todos los principios y fundamentos que conforman y rigen el islam. Lo que se viene a llamar Dín del islam.

Ahora bien, la sunna se refiere a la vida del Profeta. Esta última,  recogida y formulada por los tradicionistas, sus compañeros y seguidores, por medio de unos mecanismos y reglas complejos, que han llegado a constituir la conocida Ciencia del Hadiz. Algunos de esos seguidores dedicaron gran parte de su vida a compilar los dichos y hechos del Profeta Muhammad (saw), que fundamentalmente se muestran en conformidad con la misma revelación, pero que están completamente diferenciados de la misma.

Tal es la naturaleza del islam en su más prístina concepción. No es posible atribuir divinidad a algo distinto de Dios, no ya por cuestión de idolatría, asociación o fanatismo, sino porque colisiona por completo con la naturaleza del mensaje que éste integra. He ahí que el profeta tiene una condición netamente humana y, por tanto, no es posible atribuirle ninguna cualidad o característica divina.

Pues bien, acabamos de señalar que el islam como tal es, en consonancia o analogía con el judaísmo o el cristianismo, una las tradiciones reveladas. Eso es algo de común acuerdo desde un punto de vista histórico. Por otra parte, siempre se producen disputas y debates sobre el carácter ontológico del Corán; no obstante, ese es un terreno movedizo, donde sólo la fe puede ofrecer respuestas. No vamos a entrar aquí en los entresijos de un debate teológico. Quizás, sí podemos recordar brevemente que el surgimiento del islam iría, inevitablemente, acompañado de una serie de procesos intrínsecos que desembocarían en el nacimiento de un nuevo esquema sociológico, de una nueva estructura antropológica, de una nueva organización social y un nuevo orden político.

Es decir, el islam primigenio existente en la comunidad de Medina, en su inercia y en su afán por trascender las fronteras del desierto y sus habitantes, fue extendiéndose por otras regiones de la península arábiga y allende esas fronteras, pero no ya a modo de conocimiento filosófico o metafórico exclusivamente, sino como una idea, primero vaga y rudimentaria  y, posteriormente, con el paso de los años y las sucesiones dinásticas, desarrollada de lo que debía ser una sociedad, un gobierno, un sistema en su conjunto.

Esa transición inapelable, fruto de los procesos históricos que afectan a la humanidad, no ha dejado de modificar la idea del “islam” a lo largo de los siglos. Durante todas las épocas ha habido planteamientos de todo tipo e intentos de describir el islam como un todo, como un mensaje completo y definitivo; sin embargo, el resultado que acaba imponiéndose siempre es similar, interpretaciones más o menos validas, más o menos oportunas, más o menos aceptadas. Por eso mismo, todavía hoy hay discrepancias y diferencias entre los propios musulmanes, como las hay entre los propios judíos en su reflexión sobre lo que es el judaísmo o entre los cristianos. Eso es porque la religión no se puede entender ni desplegar fuera de un contexto, sino que toda vez que se intenta describir o definir el islam, la dialéctica no ofrece más que múltiples posibilidades.

¿Es el islam lo que piensa y hace una persona que se identifica como tal? ¿Es islam lo que dice o enseña un imam en una mezquita? ¿Es islam lo que leemos y entendemos en el Corán? ¿Es islam la forma en que se organiza el gobierno en Arabia Saudí o Irán? ¿Es islam la forma de vivir de los egipcios? ¿Es islam lo que los turcos dicen que es islam? ¿Es islam la forma en que se relaciona un musulmán de Europa o EEUU con la sociedad que le rodea? ¿Es el islam una religión atrasada?

Las reflexiones que uno se puede llegar a hacer si desea profundizar en el asunto son tantas y tan diversas que no terminaría nunca. Así que podemos centrarnos en la última pregunta para proseguir esta intervención.

No deja de llamar la atención que después de 1400 años, desde que surgiera el islam, uno de los debates más acalorados y frenéticos que concierne a los musulmanes, pero en el que interviene principalmente occidente con sus esquemas de pensamiento y sus precedentes, es el de la necesidad de adaptación del islam, la mentalidad y el pensamiento de los musulmanes a los dictados de la modernidad tal y como se entiende en algunos de los países industrializados.

¿Es el islam apto para la modernidad? ¿Se puede conciliar el islam con los principios y valores, los derechos y deberes de una sociedad moderna? ¿Es el islam compatible con las leyes de un Estado moderno?

Algunos de esos planteamientos son objeto del debate al que hemos aludido, y por eso ahora los traigo a colación. Desde luego, las respuestas que se pueden ofrecer a estos interrogantes no son definitivas, ni unívocas, ni determinantes. Es más, hay múltiples formas de abordar estos cuestionamientos y de responder a estas dudas.

Sin embargo, mi interés está en apuntar al hecho de que el islam, aun siendo una religión con un importante e inalterable "acento árabe" y un insoslayable "sustrato oriental", este presenta una cada vez mayor o más evidente presencia en otros países, fuera del continente asiático o africano. Los musulmanes de Europa, Estados Unidos y America Latina también forman parte de la Umma.

En ese sentido, sus proyecciones, sus aportaciones e intervenciones representan una capa más de ese vasto sedimento que comporta el islam. Es más, en esa carrera por entender el islam desde el prisma de los medios y las instituciones académicas y científicas sitas en tales países, el discurso de los musulmanes pertenecientes a esas mismas sociedades debería comportar una repercusión y un referente mucho más significativo e influyente, sobre todo si se persiguen resultados que arrojen algún tipo de luz sobre el “islam contextualizado”.

La interlocución con los musulmanes de tu propio pueblo no sólo te llevará a conocer el islam, sino a tu propio pueblo. Los pueblos están llenos de culturas, todas igual de válidas y legítimas. Además, las culturas no son, en el fondo, discontinuas, sino que se infiltran unas en otras y se funden en las vidas de las personas, en una especie de continuum cultural. De ahí que no se puedan confrontar el islam y occidente. Digamos que una cuestión es que exista una determinada coyuntura en la que ciertas corrientes políticas de corte islámico rechazan o se oponen los modelos y los esquemas propuestos por occidente como estandarte de la modernidad y otra cuestión muy distinta es que el islam, en su espíritu y en su quintaesencia, albergue una inquebrantable incompatibilidad con la modernidad. Una cosa es una coyuntura, una propuesta política y otra totalmente divergente es un mensaje universal, el cual debe estar abierto al devenir de la humanidad, al vaivén de los tiempos y al influjo de la inteligencia y la razón. Si fuera de otra manera, su universalidad se diluiría y su ecumenismo se desvanecería.

La imagen, la idea, el concepto o el modelo del islam no se construyen sólo con la realidad de los musulmanes que viven en la India, Indonesia, Malasia, Egipto o Marruecos, por mencionar algunos de los países esencialmente islámicos, sino que la percepción del islam debe, y va, a estar motivada por el quehacer y el transcurrir de los musulmanes de todo el mundo.

De hecho, una de las grandes problemáticas y contradicciones con las que se han topado países occidentales como España, Francia, Inglaterra, Alemania, Holanda o Bélgica, ha sido el desarrollo histórico de un orientalismo ideológico, calculado, marcadamente influenciado por el imperialismo y la colonización y, por tanto, desnaturalizado. Y puesto que ahora el islam se ha extendido, y sigue expandiéndose, en estas sociedades de una manera emergente y vívida, ya no se puede seguir manteniendo esa imagen sui generis, uniforme, ajena, controvertida, resultante del estudio y la descripción de analistas, académicos y misioneros del siglo XIX.

Antes por el contrario, la misma realidad es la que rompe y desmitifica esas crónicas y caracterizaciones, y demuestra que el criterio para construir un islam monolítico y convicto como punto de referencia cultural, resulta insatisfactorio para construir sociedades modernas y productivas. Es más, todo esto nos lleva a descubrir cómo el islam también es compatible en el paisaje social y cultural de nuestros pueblos y ciudades.

No quiero referirme ahora a la particular historia de España, donde el islam ya ha jugado precisamente un papel protagonista en el pasado. Prefiero dejar ese tema, tan manoseado por cierto, para otra ocasión.

Asimismo, con el innegable crecimiento y evolución de las comunidades musulmanas en Europa y EEUU, tanto en el ámbito territorial como en la misma red, que a su vez van adaptando sus creencias y sus intereses religiosos y espirituales a los mecanismos y parámetros de la administración y la política del Estado actual, asistimos de forma invariable a un nuevo orden mundial, al nacimiento de un nuevo paradigma. Un panorama mundial donde el islam, al igual que otras religiones, tiene que coexistir con las vertiginosas y desbordantes contingencias de la modernidad. Pero no como una entidad independiente, sino como fenómenos intrincados, en tanto que los sujetos y protagonistas de la historia no pueden quedar excluidos de esa órbita y ese contexto, principalmente, revolucionario. Aun más, cuando somos conscientes de que ese paradigma se está desencadenando en la llamada era de la globalización.

Aprovechando ese planteamiento, y dejando a un lado la idea, de que ya hemos entrado en una etapa más allá de la modernidad (lo que se viene llamando postmodernidad o transmodernidad), uno de los retos que tiene la sociedad mundial es hacer frente a los obstáculos y reveses del sistema socioeconómico en el que vivimos. Y dentro de ese marco de transformación de la sociedad, se encuentran los musulmanes de todo el mundo, quienes tienen que afrontar las fuerzas y las contingencias de ese cambio, sin renunciar a sus referencias éticas, morales, religiosas, espirituales e, incluso, políticas y nacionales. En ese ámbito, también debemos reconocer que la vida de los musulmanes oscila entre esos extremos, donde no existe un consenso, ni una imagen consensuada.

Hay musulmanes que ven en el islam una doctrina, un corpus jurídico de principios, reglas, normas y leyes rígidas que deben regir todos los sectores de la vida del individuo y de su interacción en el espacio social y religioso. Esta sería la concepción más parecida al islam como religión. Además, esta ideología va acompañada de la aceptación y la asimilación de ciertas especificidades políticas, otorgando al islam un rol político y una autoridad orgánica, con el riesgo que ello comporta en la construcción y la difusión de una imagen del mismo dominante, oficial y “ortodoxa”.

Pero también hay quien percibe el islam como un código de referencia de donde extraer respuestas y soluciones prácticas a las preocupaciones mundanas de la vida diaria. Preocupaciones que van desde cómo comportarse en la mesa, cómo actuar con los desconocidos, cómo afrontar tus responsabilidades hasta el modo en que corresponde hablar a las personas o tratar la higiene personal. En fin, un largo y variopinto abanico de procedimientos y actitudes que pueden favorecer el equilibrio físico y mental.

En ese orden, hay quien concibe el islam como una guía espiritual, donde solo interesa la vertiente espiritual, que va desde la oración al dhikra (oraciones supererogatorias de recuerdo y alabanza a Allah), llegando así incluso a rechazar otros aspectos conectados con esa intercesión ético-religiosa.

Por otro lado, cabe preguntarse lo siguiente a expensas de ese espectro fugazmente descrito: ¿los retos de la modernidad a los que tienen que hacer frente los musulmanes, van a alterar o difuminar todas esas variaciones? ¿Hay algún sistema que pueda minimizar o, incluso, uniformizar las disparidades existentes en el seno del islam?

Sostengo de manera palmaria que la naturaleza del islam, más allá del “mensaje” revelado que representa como consecuencia de un hecho histórico particular y concreto, opera como un nuevo orden de aspiración universal. Ahora bien, esa dualidad inherente al mismo obliga a comprender que, ni es posible un retorno al islam primigenio y prístino, tal y como unos elucubran, (al menos, en la forma en que algunos sugieren) ni será de ahí en adelante una posibilidad sustraerse a las fuerzas y los mecanismos de la historia, en tanto que esas fuerzas trascenderán las bases de ese mensaje universal.

Con todo ello, la evolución del islam es inextricable en el terreno de la comunidad islámica, pues ésta no vive aislada en un mundo paralelo. Esa evolución tiene lugar en muchos aspectos. No hablamos de la evolución de ese islam original, sino del sistema que este propicia. Las transformaciones, al igual que se produjeron en los primeros siglos del islam, donde apareció y se consolidó la jurisprudencia islámica, surgió un extenso aparato jurídico y se crearon las principales instituciones que todavía hoy juegan un papel crucial en la vida de los musulmanes y en sus sociedades, no han dejado de efectuarse con el paso de los siglos. Y cabe esperar que continúe habiendo cambios, mientras la historia siga avanzando.

A ese propósito, resulta poco probable la teoría de Francis Fukuyama acerca del fin de la historia, pues la historia es más bien cíclica y, por tanto, no tiene un final o un comienzo definido o definible. Asimismo, en ese constante proceso de adaptación, que afecta especialmente a los musulmanes y no tanto al islam, presumiblemente va preservando una idiosincrasia y un simbolismo inalterable en la consciencia de los propios musulmanes.

*Este texto es la base de una intervención radiofónica en el programa Mundo Islam, emitida en Multicultirradio, emisora con sede en Córdoba y dirigida por Jesús del Pozo.

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