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La aceleración que nos mata

Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad

17/06/2009 - Autor: Alfredo Tamayo Ayestarán - Fuente: Diario Vasco
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Portada del libro Elogio de la lentitud
Portada del libro Elogio de la lentitud

Elogio de la lentitud, éste es el título que ha dado el editor español al libro del periodista canadiense Carl Honoré In Praise os Slow, un éxito de lectura en el mundo anglosajón, una de las obras que más me han impactado en los últimos años. La razón de ello la veo en el hecho de que su autor da en el clavo de nuestra patología social más grave. Nuestra enfermedad es la prisa, la velocidad, la aceleración constante, la precipitación, la tensión nerviosa que de ello se deriva, el incansable afán de ganar tiempo, de ahorrar tiempo. Frente a esta grave pandemia de nuestro tiempo Honoré hace el panegírico de la calma, de la lentitud, del sosiego, del hacer las cosas despacio y bien, de andar despacio, comer y beber despacio, leer despacio, hablar despacio.

Una anécdota chistosa y que pone de relieve la locura en que todos nos movemos y nos contagiamos mutuamente figura en las primeras páginas del libro. Dos colegialas esperan por la mañana en la parada del autobús. Las dos tienen en su mano izquierda una agenda. Y una le dice a la otra: «Bueno, si te parece, retrasaré una hora la clase de ballet y cancelaré por hoy la clase de piano. Tu cambia tu hora de violín del jueves y sáltate el deporte. Así el viernes 16 podemos hablar y jugar de 15.30 a 16.30. ¿Te parece bien?». Es más que un chiste. Es un signo de una psicosis general de vértigo que nos afecta a todos en esta sociedad de la competitividad, del afán de hacer dinero, de la convicción de que el tiempo es oro. Pero la realidad es que a la postre nos hemos hecho más pobres. Hemos perdido el placer de la conversación sosegada, el arte del saber estar sin hacer nada, del silencio, el apagar la televisión o la radio y darle un tiempo al pensar, al recordar, al entrar dentro de uno mismo. Cuando vamos en tren tenemos necesidad de leer algo, de levantarnos para ir al bar, no sabemos disfrutar de la belleza del paisaje, todo nuestro afán es llegar y llegar cuanto antes. Seguramente estamos perdiendo la capacidad de escuchar: escuchar a nuestra pareja, a nuestros hijos cuando vuelven del colegio. En las tertulias radiofónicas por lo regular nadie escucha al otro ni le interesa lo que piensa, las voces se entrecruzan, se superponen y al final aquello se parece más a un gallinero que a una conversación entre personas. Es típico de nuestro tiempo el interés y el afán por los medios de comunicación más rápidos, por los que «te ahorran tiempo». Gandhi solía decir -y lo recoge el autor- que «en la vida hay algo más importante que incrementar la velocidad».

Honoré no sólo alude al empobrecimiento que como personas experimentamos en la cultura de la velocidad y del ahorro de tiempo. También hace alusión a los traumatismos serios que dicha cultura del «turbocapitalismo» produce en nuestra condición psicosomática. Son de todos conocidos los síntomas de insomnio, de trastornos digestivos, de jaquecas, de un incremento inusual de la agresividad, del mal humor. Se echa mano de somníferos, de drogas (anfetaminas, cocaína) para «mantener el nivel». Las bajas laborales se incrementan, se llega a odiar el trabajo y a estar obseso por las vacaciones. Los japoneses, maestros en la laboriosidad a todo precio y en el ahorro de tiempo han creado, dice el autor, una palabra terrible: Karoshi. Karoshi es la muerte por el exceso de trabajo. Es paradigmático entre ellos el caso de un joven llamado Kamei Shuji, una mente superdotada, el más famoso agente de bolsa que llegó a trabajar noventa horas semanales, Kamei Shuji murió de repente a los 26 años de resultas de un infarto cardíaco.

El libro de Carl Honoré lleva por subtítulo: Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad. No es sólo un diagnóstico y una consigna. La reacción contra la cultura de la aceleración está tomando cuerpo en ciudadanos de todo el mundo. Son cada vez más aquellos que se niegan a aceptar la dictadura del vértigo y la aceleración. Y dar crédito a la falsedad de que lo más rápido es lo mejor. Se trata de sustituir la ideología funesta del turbocapitalismo por la filosofía del sosiego. Frente a la comida rápida Carlo Petrini ha ideado la slow food o comida lenta. En el Japón se ha creado el sloth o club de la lentitud, en Estados Unidos ha surgido el movimiento slow schooling o escolarización lenta que propugnan el sosiego en la actividad docente.

El autor concluye su libro confesándonos que su lucha personal contra la aceleración de la vida ha acabado por darle un resultado muy positivo. Y nos revela que la auténtica prueba de su historia sobre esa vía mala la vivió cuando tras leer el cuento de la noche a su hijo de cuatro años, su esposa le dijo: «De veras, Carl, has vencido tu aceleración. Eres otro».
 

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