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Ascendientes gitano y morisco

Habrá que rastrear los intrincados caminos de la historia del flamenco y los núcleos sociales donde se manifestaron las más remotas muestras de cantes y bailes que hoy conocemos

12/06/2009 - Autor: José Manuel Caballero Bonald - Fuente: users.skynet.be
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Los gitanos han hecho siempre las veces de muy hábiles -e interesados- transmisores del folklore de los pueblos.
Los gitanos han hecho siempre las veces de muy hábiles -e interesados- transmisores del folklore de los pueblos.

La desarabización de Andalucía fue tenaz e implacable. Hay sobrados testimonios sobre los decretos de erradicación sistemática, no ya de los focos sociales que hubiesen podido escapar de la expulsión, sino de cualquier rastro cultural. Lo mismo podría argumentarse en el caso de los judíos. No es excesivo suponer que, al hilo de tan fantásticas ordenanzas cristianas, la supervivencia de ese embrión musical del que surgiría el flamenco atravesó por muy serios peligros. Pero no todo llegó a ser extirpado, sin embargo. Al menos, eso es lo que parece deducirse de los datos que pueden manejarse en este sentido. Habrá que rastrear, para comprobarlo, los intrincados caminos de la historia del flamenco, referidos ya a los núcleos sociales donde se manifestaron las más remotas muestras de cantes y bailes que hoy conocemos. Las anteriores tentativas por esbozar unos precedentes musicales prácticamente basados en conjeturas, entran ya en un terreno bastante más propicio a las comprobaciones.

Como primera y forzosa medida hay que remontarse al siglo XVI para encontrar algunas pistas útiles a este respecto. Según es notorio, después de la expulsión de los judíos y la conquista del último reducto árabe -hechos que coinciden aproximadamente con la llegada de las primeras tribus de gitanos-, fueron creándose en la España renacentista algunas previsibles y poco menos que clandestinas comunidades, formadas desordenadamente por individuos de muy distinta procedencia y cultura: moriscos y judaizantes, gitanos y campesinos sin tierra, truhanes y aventureros, gentes todas ellas marginadas y errabundas, perseguidas por los tribunales religiosos y civiles. Unos y otros debieron agruparse a veces -incluso por razones contradictorias- en la desgracia común, y la misma sociedad que los segregó de su seno fomentó en ellos el vagabundaje y la violenta lucha por la vida. El hecho de que gitanos y moriscos -pueblos larga y tenazmente acosados- se asociaran con alguna de aquellas bandas de maleantes y pícaros es algo perfectamente comprensible desde una doble perspectiva social e histórica.

Se ha insistido más de una vez en que los gitanos españoles son, en cierta medida, un producto de los cruces verificados entre esos densos reflujos sociales errantes por el país, tan sometidos a los códigos del hampa en muchas de sus obligadas formas de vida. No es descabellado suponer que, en efecto, ciertas ramificaciones de la raza gitana propiamente dicha se propagaron por España -al menos en lo que se refiere a Andalucía-, a través de esos enlaces. Luego, por extensión, se habría dado a veces el nombre de gitanos a los descendientes de éstos y de aquellas desheredadas familias de huidos de la Inquisición y de la justicia ordinaria. Sea como fuere, esos heterogéneos grupos de tránsfugas -entre los que abundarían gitanos y moriscos- acabarían por mezclar en un mismo crisol sus viejas reminiscencias culturales, intercambiando poco a poco los atávicos frecuerdos de sus respectivas costumbres y tradiciones.

Recuérdese que los gitanos han hecho siempre las veces de muy hábiles -e interesados- transmisores del folklore de los pueblos en cuya vecindad merodeaban. La literatura picaresca y, especialmente, las "Novelas Ejemplares" de Cervantes, dan buena cuenta de los bailes y canciones -seguidillas, jácaras, romances, zarabandas, etc.- ejecutados por los gitanos de los siglos XVI y XVII. Resulta evidente que se trata de la música popular castellana asimilada y reelaborada a través de los conductos expresivos y de la extraordinaria capacidad interpretativa de los gitanos, cuyos aduares y albergues debieron convertirse entonces en algo muy parecido a los improvisados centros de readaptación de numerosas danzas y tonadas de la época.

A poco de extender sus correrías por España, los gitanos tienden efectivamente a hacer de los distintos folklores musicales que encuentran a su paso, un fácil y habitual medio de vida. Podría afirmarse que ya profesionalizaron hace cuatro siglos -en la plaza pública, en los mesones, en las fiestas privadas donde eran contratados- el uso y abuso de diferentes canciones y bailes tradicionales españoles. Claro es que dentro de esos mismos reajustes artísticos, no dejarían de filtrarse e incluso de remozarse las remotas herencias musicales de los propios gitanos y, en cierta medida también, de los moriscos.

Es lógico suponer que las cruentas persecuciones y la incesante animadversión a que se vieron sometidos los gitanos -desde los Reyes Católicos a Carlos III y desde Carlos III a nuestros días-, los fue marcando social y espiritualmente con muy profundas huellas. Hostigados por la amenaza del hambre y las actitudes hostiles, llegaron a cometer -según dicen- muy reiterados desmanes. Todo cuanto se relacionaba de algún modo con la gitanería -incluidas sus seductoras versiones de cantos y danzas-, fue asociado a la delincuencia y a los bajos fondos, denominador éste que suele reflejarse todavía en ciertos extemporáneos prejuicios en torno al flamenco. En líneas generales, ese desordenado y multiforme almacén musical recogido por los gitanos, ya fuese por razones artísticas o económicas, mereció con harta frecuencia la prevención de los más, cuando no fue considerado como un señuelo que ocultaba la superchería o las malas artes propias del hampa. Sólo en casos muy específicos sería aceptado como un espectáculo pintoresco o una llamativa diversión en fiestas y reuniones.

A lo largo de sus azarosos vagabundajes, los gitanos llegados a Andalucía van a encontrar allí, si no precisamente una tierra de promisión, al menos algún provisional refugio donde no fueron rechazados del todo y donde pudieron sortear en parte las condenas oficiales o atenerse a las leyes que les prohibían vagar. Casi al mismo tiempo que ciertos aislados focos moriscos, numerosos grupos de gitanos se instalan de hecho -o se diluyen- en la mísera vecindad de algunos recodos del bajo pueblo andaluz. Allí ensayaron sus primeras y furtivas posibilidades de convivencia, y allí empezaron a adaptar a la vida sedentaria sus escasos oficios y beneficios, habituándose pronto -aunque sin perder sus hábitos tribales- al carácter humano de la región. Consta que, a partir de las dos últimas décadas del siglo XVIII -coincidiendo con la nada efectiva "amnistía" promulgada por Carlos III en 1783-, no pocos clanes de gitanos aparecen ya establecidos en distintas poblaciones meridionales.

Ya se sabe que el andaluz posee una notable capacidad para asimilar las más variadas influencias externas, transformándolas a la larga en auténticas manisfestaciones de su propia y ancestral encrucijada de culturas. Incluso hay quien aventura -en términos retóricos- que cada uno de los pueblos que, desde la más remota antigüedad, se asentaron en el sur de la Península, fueron convirtiéndose lenta y gustosamente de civilizadores de Andalucía en civilizados por los andaluces. Aunque se trate de una idea bastante literaria, algunos resultados no parecen desmentirla. En el caso de los gitanos al menos, aunque desde otra escala de valores, iba a producirse algo que tiene mucho que ver con todo eso. Si bien sus aportaciones culturales se limitaron a un muy específico modo de canalizar los aluviones artísticos del pueblo, no tardarían mucho en identificarse más o menos con sus nuevos convecinos andaluces, expresamente con los moriscos y campesinos pobres. Quizá para compensar, también algunos de estos últimos debieron en cierto modo agitanarse. No sólo fue como un pacto de no agresión, sino la efectiva consecuencia de un recíproco y natural intercambio de actitudes. En bastantes ocasiones, los términos "gitano" y "flamenco" -e incluso "moruno"- han llegado a asociarse a la más arquetípica figura de exportación del andaluz, que es también -indudablemente- la más parcial y falsificada.

Ya se ha recordado que los gitanos incorporaron a sus propios sedimentos folklóricos muchas danzas y canciones castellanas de los siglos XVI y XVII, localizadas por nuestros autores clásicos dentro del variopinto mundo de la picaresca. En lo que se refiere a Andalucía sucedió -por supuesto que con más singulares impulsos- otro tanto. Los abigarrados grupos de gitanos que empezaron a convivir con el bajo pueblo meridional, tuvieron que encontrarse por algunos de aquellos recodos con ciertas manifestaciones musicales no del todo ajenas a sus propios legados artísticos, aparte de cualquier otro repertorio de aires populares que habían ido reajustando a lo largo de sus correrías. Debió ocurrir algo parecido a un redescubrimiento: lo que entonces empezaron a oír los gitanos a su alrededor podía identificarse de alguna soterrada manera con sus más íntimas memorias y, sobre todo, con sus gustos y necesidades expresivas. Si no, ¿por qué fueron ellos, y sólo ellos, esos pocos gitanos asentados en la Baja Andalucía, los únicos que hicieron florecer una semilla de tan preclara y hermética personalidad?

Aunque sólo sea atendiendo a la recreación de todos esos dispersos factores de la música oriental latentes en Andalucía, la intuitiva gestión de los gitanos resulta a todas luces excepcional. Sus consecuencias iban a ser fundamentales en la secreta elaboración de lo que luego se llamaría flamenco, es decir, en la lenta soldadura de tantos viejos residuos rítmicos y melódicos. Y no hay que perder de vista, a este respecto, la natural convivencia que tuvo que verificarse entre los gitanos bajoandaluces y los moriscos refugiados por esas trochas, a partir sobre todo de la expulsión decretada por Felipe II en 1609. No parece dudoso que también los gitanos aprenderían de ellos muchos básicos atributos expresivos, paulatinamente integrados en ese inmemorial reducto de la música oriental andaluzada que hizo las veces de claustro materno del flamenco.

José Manuel Caballero Bonald: "Luces y sombras del flamenco". Datos recopilados por el Carruc.

 

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