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Muchos egipcios pobres venden sus órganos, pero las mafias estafan a donantes y receptores

A Mohamed le extirparon un riñón cuando creía que le hacían un chequeo

22/05/2009 - Autor: Carine Mansour - Fuente: El Periódico
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Mohamed Alí Ahmed pensaba que había encontrado la panacea. Dejaría de ser pobre. Podría mantener a su familia, pagar la boda de su hermana, comprar una casa mejor y mayor que la del deteriorado barrio de Dar el Salam, en El Cairo. Podría, por fin, pedir la mano de la mujer que quiere, Dalia, con la que sueña hace años sin que ella lo sepa, porque no se atreve a decírselo dada su posición social. Podría volver a la escuela, que dejó para trabajar.

Dejaría de ser mensajero en el Café Husein, donde cobraba 20 libras al día (2,6 euros). Se iría a la zona turística de Sharm el Sheij a trabajar, y a cobrar 3.000 libras al mes (400 euros). Así se lo había propuesto Mahmud Zaki, que acudía al café al volante de un BMW.

Siete hojas de contrato

No se equivocaba: su vida iba a cambiar para siempre. Al cabo de un par de días, Zaki le hizo firmar --Mohamed no sabe ni leer ni escribir-- siete hojas de su supuesto contrato, y le llevó a un gran hospital para que le hicieran, le dijo, unos exámenes y le pusieran unas vacunas. «Me sorprendí, porque tenía buena salud. Nunca había ido al hospital. Pero me contestó que era un chequeo que debía hacerme para viajar», explica.

Le dieron unas pastillas y le pusieron un suero. Mohamed no recuerda nada de lo que ocurrió después. Al despertarse, se sentía muy débil y tenía una herida en el costado. «Me dijeron que se había roto una botella de alcohol de la mesilla de noche, me había cortado con los cristales y me habían operado para sacármelos».
Mohamed, que no tiene móvil ni teléfono en casa, se quedó cinco días en el hospital sin que nadie preguntara por él. Hasta que vino Zaki y le citó a la orilla del Nilo. Aquel día, Mohamed esperó cinco horas. Zaki nunca llegó. El tiempo pasaba y Mohamed seguía débil. Al mes siguiente, se desmayó y cayó por la escalera de su casa. Lo que le había pasado lo supo cuando, al examinarlo con rayos X, su médico le informó de que le faltaba el riñón derecho.

La historia de este joven de 21 años es solo un caso entre varios centenares en Egipto, el tercer país del mundo en tráfico de órganos, tras China y Pakistán, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Esta estima que entre el 5% y el 10% de los 63.000 transplantes efectuados cada año pasan por las redes paralelas.

Unos 3.000 visitantes extranjeros --del Yemen, Arabia Saudí, Libia y Jordania-- acuden cada año a Egipto para hacerse un trasplante. Están dispuestos a pagar un precio alto por un órgano sano.

En Egipto, la venta de órganos está prohibida. Pero la elevada demanda alimenta un mercado negro donde intermediarios, clínicas y cirujanos hacen su agosto. Por un riñón el donante recibe entre 1.300 y 2.600 euros, pero al que lo necesita le puede costar hasta seis veces más.

Los compradores están al alcance de la mano. Basta mirar los pequeños anuncios en los diarios, por internet, o en la calle. La pobreza extrema incita a muchos a vender parte de su cuerpo.

Aunque eso no cubre la demanda. En las chabolas de El Cairo, los ojeadores reclutan a donantes potenciales. En noviembre, 15 oenegés presentaron una denuncia contra una mafia que engañaba a menores y mayores de la calle. Una de ellas, Nur al Hayat, difundió un vídeo en el que dos adolescentes contaban sus historias. Como Mohamed, firmaron papeles para ceder sus órganos. «Es difícil hacerles justicia. Es muy triste», lamenta Taleb Abdel Salam Bjeit, su presidente.
Las mafias no solo engañan a los donantes, sino también a los receptores. «Solo les importa el dinero. Ni siquiera miran si hay compatibilidad entre donante y receptor. Es inmoral», denuncia Mohamed Higazy, médico de 29 años, que se convirtió en activista tras haber visto casos que le conmovieron.

«Le mataron los médicos»

Uno es el de Mohamed el Ayadi, de 44 años, que compró un riñon a una chica pobre del Cairo y se hizo un trasplante en el 2008. Los médicos le operaron pese a que su cuerpo había rechazado los medicamentos preoperatorios. Tras la intervención, su cuerpo se hinchó, y falleció al cabo de cuatro meses. «A mi marido le mataron los médicos», dice, entre lágrimas, su viuda. «Es un comercio que saca provecho de los seres humanos. Ya no tengo vida», lamenta.

En este mercado de la desesperación, el cuerpo de los pobres se convierte en piezas de repuesto para los ricos. Sin embargo, desde los donantes a los receptores, las historias tienen en común la desgracia, la discapacidad o la muerte. Mohamed acabó poniendo una denuncia y espera la investigación. Ya no puede trabajar: su cuerpo no se lo permite. Pasa los días tumbado. «Qué hice yo para merecer esto?», se pregunta. Lleva tres meses sin pagar el alquiler (20 euros al mes). «Ni siquiera puedo comprarme un té. Tengo miedo de que me encarcelen, por mis deudas. No sé qué hacer. Lo he perdido todo: mi trabajo, mis amigos y mis sueños. Tengo la sangre quemada».

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