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Expulsados 1609: la tragedia de los moriscos es la nueva miniserie histórica de TVE

Sin fecha de estreno previsto de momento, esta es un proyecto de Casa Árabe coproducido por Sagrera Audiovisual, Televisió de Catalunya, Televisión Española, Aragón Televisión y Canal de Historia

21/04/2009 - Autor: Gema Martín Muñoz - Fuente: Pizquita
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La expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII es un episodio trascendental en la historia de España.
La expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII es un episodio trascendental en la historia de España.

La expulsión de los moriscos a principios del siglo XVII es un episodio trascendental en la historia de España. En 1609 el rey Felipe III firmó el decreto de expulsión de todos aquellos españoles conocidos como moriscos. Descendientes de los andalusíes musulmanes que los Reyes Católicos forzaron a la conversión cristiana para poder seguir viviendo en su país, esta minoría fue siempre vista con sospecha y definida como “inasimilable”. Los moriscos se consideraban españoles en un sentido amplio y profundo, pero la sociedad hizo de ellos una minoría marginada y perseguida porque se dudaba de su fidelidad hispana y sinceridad cristiana. La pervivencia de costumbres, tradiciones, modos lingüísticos y una literatura aljamiada (castellano escrito con grafía árabe), en lugar de considerarse como uno más de los ricos regionalismos culturales existentes en los diversos reinos españoles, se valoró como la expresión de una “quinta columna” amenazadora y extraña a una españolidad liderada por un aparato represor religioso inquisitorial. La expulsión no fue un hecho exigido por la dinámica interna de nuestra historia, ni ocurrido por ninguna presunta fatalidad histórica, fue un acto de odio civilizacional y religioso, liderado por la propia esposa del monarca, Margarita de Austria, algunos consejeros del rey que les consideraban un peligro militar y para la seguridad, por los fanáticos de la pureza de sangre y por ciertas personalidades eclesiásticas, como el arzobispo de Valencia Juan de Ribera (si bien el Papa, Paulo V, no aprobó la expulsión y aconsejó que se continuase su catequización).

Entre las exageraciones de la escuela minimalista y maximalista, la opinión historiográfica más consensuada habla de 300.000 expulsados, más unos diez o doce mil muertos en el proceso de destierro, lo que equivalió a un 4% de la población total. Este porcentaje tenía, además, un gran valor cualitativo porque en su mayoría constituía una muy trabajadora población activa que dominaba como ninguna otra las artes agrícolas, el uso del agua y aportaba importantes dividendos a las arcas del estatales y los nobles terratenientes. De ahí que las consecuencias demográficas y económicas de su expulsión fueron graves y en algunos casos catastróficas (como en los reinos de Valencia y Aragón donde constituían la tercera y sexta parte de la población respectivamente), y en general una pérdida sustancial de vitalidad económica y demográfica para España. Fue, sin duda, un factor de peso, aunque no el único, en la aguda recesión española del siglo XVII. Esta preocupación material y práctica, junto a otras circunstancias de tipo humanitario, motivó resistencias y desacuerdos con la decisión de la expulsión, dándose intentos de evitarla o no cumplirla.

Calcular cuántos se quedaron, o incluso volvieron clandestinamente tras la expulsión, ha sido muy difícil de evaluar. No obstante existen fuentes documentales suficientes para considerar que el componente morisco no desapareció en España a consecuencia de la expulsión.

Los moriscos españoles se desperdigaron por el Mediterráneo, e incluso por Africa subsahariana (como Yuder Pachá, originario de Almería, y cuya influencia política y cultural llegó hasta Tombuctú) y el continente americano, pero donde sin duda se instaló la mayor parte fue en la costa magrebí (Marruecos, Argelia y Túnez). Allí llevaron su rico componente cultural español, su sabiduría agrícola y ganadera, su patrimonio artístico, sus apellidos hispanos, y sus huellas quedan hasta hoy día visibles. Sin embargo, su adaptación no fue fácil. El desarraigo y las dificultades para acostumbrarse a un mundo muy distinto del que venían les llevó tiempo y esfuerzo. Y no siempre fueron bien recibidos. Ellos eran españoles, y su lengua, costumbres, modo de vida e incluso práctica religiosa (unos se habían convertido en verdaderos cristianos y los que habían conservado secretamente su vínculo con la fe islámica la practicaban de manera más simple o imperfecta) distaban mucho del medio norteafricano al que llegaban deportados.

Esta experiencia de intolerancia, fanatismo y racismo sociocultural y religioso está muy escasamente presente en la memoria colectiva e histórica de la España actual. Junto a la de los judíos, esta es la otra expulsión (cuantitativamente mucho mayor) menos conocida, publicitada y denunciada como algo que nunca deberá volver a ocurrir. En este año, 2009, se cumple su IV centenario y ha de ser la ocasión para crear una nueva conciencia y sensibilidad sobre esas otras oscuras páginas de nuestro pasado. Como decía recientemente el escritor José Manuel Fajardo “el Cuarto Centenario de la expulsión de los moriscos debería jugar el mismo papel que desempeñó en 1992 la conmemoración de la expulsión de los judíos: una ocasión para reconciliar a la sociedad española con su propia Historia” (El País, 2 de enero de 2009). Y más aún cuando en los momentos actuales se experimenta un proceso creciente de islamofobia en las sociedades occidentales, que a su vez está alimentando el anti-occidentalismo musulmán. Nuestros moriscos, y su tragedia, pueden aún rendir un inapreciable servicio simbólico a favor de la reconciliación.

Por todo ello Casa Árabe ha querido contribuir a ese reencuentro con la historia, a esa recuperación de la memoria contra la intolerancia y para el aprendizaje del valor de la interculturalidad, llevando a cabo un proyecto de gran divulgación social con la producción de un documental-ficción que narra aquel trágico acontecimiento, y que su difusión televisiva y cinematográfica sirva para tomar ampliamente conciencia de lo que ocurrió en el pasado y su necesaria lectura actual.

Gema Martín Muñoz Directora general de Casa Árabe

Los moriscos y su historia

Desde finales del siglo XV y comienzos del XVI, España experimenta un profundo cambio con la unificación territorial realizada por los llamados Reyes Católicos y el nacimiento de una entidad con fuerte expansión ultramarina y proyección imperial en Europa. En ese contexto, no se podía permitir en la península la existencia de una minoría religiosa diferente que se contemplaba como una rémora vergonzosa del pasado. Por tanto, los musulmanes españoles llamados mudéjares, como los judíos, fueron obligados a bautizarse. A partir de ese momento, a esos “nuevos cristianos de moros” se les llamó popularmente moriscos, apelativo despectivo que acabó imponiéndose como el término por el que los conocemos actualmente. Los derechos que tenían los antiguos mudéjares y sus aljamas, los perdieron los nuevos moriscos sin ganar nada a cambio. La igualdad con los cristianos viejos no se dio en ningún momento.

Se puso en práctica, mediante la catequesis y la educación de los niños, una progresiva cristianización de las diferentes comunidades moriscas; se elaboraron una serie de proyectos asimilacionistas encabezados por los erasmistas, planes que fueron más teóricos que reales, más represivos que efectivos. El resultado fue una errática y contradictoria política que negaba la realidad e inventaba un monstruo: el morisco inasimilable. Los bienes de las antiguas mezquitas y aljamas fueron entregados a los señores o a la iglesia para financiar las necesarias nuevas parroquias. Pero se destinaron a otros fines. Las cátedras de árabe de las universidades, que servirían para educar clérigos capaces en ese idioma, nunca se crearon. Los colegios destinados a los niños moriscos se convirtieron en escuelas de la elite cristiana. Al mismo tiempo, la inquisición comenzó a perseguir a los dirigentes de la comunidad morisca acusándolos de ser los nuevos alfaquíes y perpetuar la transmisión de la fe musulmana.

La segunda mitad del siglo XVI, con el fin del erasmismo y la llegada de las nuevas tendencias del Concilio de Trento, se acentuó la tendencia represora expresada claramente en las normas emitidas por el Concilio de Guadix (1554). Se realizó un minucioso estudio antropológico de los elementos de la vida cotidiana de los moriscos para erradicar cualquier costumbre de origen musulmán: celebración de fiestas en el mes de Ramadán, circuncisión, oraciones o respeto del viernes. Pero la represión se extendió a todo tipo de manifestación cultural o folclórica: se prohibieron el uso de la henna, las zambras, las reuniones familiares extensas, los vestidos tradicionales, los baños e incluso ciertos alimentos. A pesar de las protestas, como el emblemático Memorial del aristócrata Núñez Muley, las ordenanzas se impusieron, acompañadas de la expropiación de tierras en complicidad con la nueva administración granadina, lo que provocó finalmente la rebelión de las Alpujarras en 1568 y la primera expulsión parcial de 1570.

Desde ese momento se va apoderando del país un clima derrotista, coincidente con la crisis social y económica y con los fracasos en la política exterior imperial. Se acumulan los memoriales eclesiásticos o funcionariales, informes de la inquisición, de los jueces y de simples particulares que señalaban la imposibilidad de la evangelización y la asimilación de los moriscos debido a su radical pertinacia. Junto a esto, se crea una imagen estereotipada del morisco como un todo unificado, un único morisco, monstruoso, que es necesario erradicar y extirpar del país para purificarlo. Los problemas de la crisis española de comienzos del siglo XVII se proyectan como una pesadilla para los moriscos: la caída demográfica de la península provoca la sensación de una fertilidad morisca casi animal; la depredación de la moneda lleva a acusarlos de falsificarla o esconderla; las derrotas en el exterior inducen a pensar en una posible sublevación morisca con ayuda del turco o de los protestantes. Hasta el último momento, sin embargo, habrá arbitristas como Pedro de Valencia, o eclesiásticos, sobre todo jesuitas como el padre de las Casas, que lucharán contra la posible expulsión.

La realidad es que, a comienzos del siglo XVII, la situación de los moriscos es de una enorme riqueza y complejidad: existen diferencias notables según los reinos en que se encuentran, cultivando el regadío en Aragón o el secano en Valencia, siendo artesanos de la seda en Castilla o dedicándose al pequeño comercio en Andalucía. Se encuentran asimismo en diversos grados de aculturación, desde los que han conservado una tradición oral musulmana en las sierras valencianas hasta los que están totalmente cristianizados como los del murciano valle de Ricote. Sin embargo, la percepción exterior los ha unificado: “todos son uno en el mal”, afirma uno de sus principales perseguidores, el padre Jaime Bleda.

Finalmente se impuso la necesidad de compensar con una victoria espiritual la derrota política del imperio español frente a los rebeldes holandeses aceptando la Tregua de los Doce Años. El mismo día que el Consejo de Estado aprobó esta tregua, el 9 de abril de 1609, se decidió también expulsar a todos los moriscos de los reinos de España, comenzando por los del reino de Valencia. La suerte estaba echada.

Entre 1609 y 1614, unas trescientas mil personas fueron expulsadas de los diversos reinos españoles llevando su riqueza cultural e individual a los países del Magreb, donde muchos de sus descendientes viven actualmente.

José Mª Perceval Profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona y autor del libro "Todos son Uno. Arquetipos, xenofobia y racismo. La imagen del morisco en la Monarquía española durante los siglos XVI y XVII.

Sinopsis

La historia empieza cuando Juan, un joven profesor de Historia, encuentra en una alacena escondida en su casa de Almonacid de la Sierra (Zaragoza) unos antiguos manuscritos. Estos libros parecen escritos en árabe, pero tras intentar leer algunas páginas se da cuenta de que en realidad son textos aljamiados, una forma de escribir en español pero con la grafía árabe.

Uno de estos libros narra la historia de una familia del pueblo expulsada en 1609. Alentado por su abuelo, Juan decide investigar más sobre esa historia y para ello no duda en pedir la colaboración de expertos en la materia.

El diario relata lo sucedido en el verano de 1609 y las vicisitudes que los Aziz, una familia con profundas raíces en Almonacid, se ven obligados a vivir. Descubrirán, de la noche a la mañana, cómo su vida cambia de rumbo y pasan de ser una humilde familia de labradores a sentirse unos extraños en su propia tierra, viéndose obligados a partir hacia el exilio. Después de una larga travesía, que realizan bajo la custodia del capitán Larrasoana, llegan al puerto de Los Alfaques, donde junto con cientos de moriscos embarcarán rumbo a Túnez. Antes de marchar, la familia Aziz deja a su hijo menor, enfermo, al cuidado del capitán Larrasoana, con quien han entablado una fuerte amistad. En la despedida, el abuelo entrega su diario al capitán, pidiéndole que lo conserve para su nieto cuando crezca, y así éste no olvide sus orígenes, ni a aquéllos que se vieron obligados a dejarlo atrás. En el ocaso del día los Aziz abandonarán España rumbo a un incierto futuro.

Juan, nuestro joven historiador, tras conversar con varios expertos e investigar sobre la parte española del relato, decide viajar a Túnez. Parece ser que un gran número de los expulsados fueron llevados a esas tierras y él quiere ahondar más en su historia.

En Túnez descubrirá cuál fue la acogida dispensada por los tunecinos a los moriscos, las consecuencias de esta inmigración y se sorprenderá al descubrir que aún hoy, existen algunas familias descendientes de los expulsados. Estos descubrimientos le llevarán a visitar Testur, villa creada para acoger a los moriscos. Allí encontrará más huellas del pasado y hablará con esos descendientes de españoles.

De regreso a España, Juan repasa lo averiguado junto a su abuelo. La pregunta que le ronda desde su viaje a Túnez aflora en sus labios y la respuesta que obtiene por parte de su abuelo es una sonrisa, una de esas sonrisas que no dice nada y lo dice todo.

Reconstruyendo la expulsión

La mayoría de personajes están basados en personas reales de la época y sus acciones se basan en documentación obtenida en diversos archivos. Jerónimo Cardona predicaba en contra de los moriscos y dejó muchos escritos al respecto. Sus libros concentran todos los arquetipos negativos y prejuicios sobre la comunidad morisca.

El Conde de Aranda, Don Pedro de Leiva y el Capitán Miguel de Larrasoana también fueron personajes reales, con un papel clave en la expulsión de los moriscos en Almonacid. Hay otros protagonistas que responden a personajes populares que la literatura de la época reflejó, como el pícaro.

Entre las localizaciones escogidas para el rodaje se encuentran escenarios naturales de Almonacid de la Sierra, Calatorao, Épila, Santuario de la Virgen de Rodanas, Delta del Ebro, Túnez y Testur.

En Túnez se han elegido localizaciones reales donde recalaron los moriscos tras su expulsión de España, destacando la plaza porticada del Zoco de Tertuba, los restos del palacio de Cárdenas en Grombalia o algunas casas moriscas, como Dar Balma (casa de la familia Palma) o Dar Kastalli (Casa de la familia Castilla). Otros monumentos que forman parte de las localizaciones son el palacio de Dar Haddad en Túnez capital y la mezquita de Testur.

La escena del embarque de los moriscos en Los Alfaques se filma en el delta del Ebro. Las naves se reproducen en 3D y el plano general se filma con tres cámaras. Posteriormente, en postproducción se unen las tres imágenes de forma que se obtiene una gran panorámica y se le integran los detalles en 3D (grupos de gente, barcos, fuegos...).

Un proyecto de Casa Árabe coproducido por Sagrera Audiovisual, Televisió de Catalunya, Televisión Española, Aragón Televisión y Canal de Historia. Con la ayuda de: ICIC-Generalitat de Catalunya y Gobierno de Aragón.

Los personajes

Juan (interpretado por Pablo Derqui)

Tiene 25 años y es profesor de Historia en Educación Secundaria. Su Abuelo le ha dejado una casa en Almonacid y la está restaurando para vivir con su novia.
Juan ha estudiado árabe, por eso reconoce los textos aljamiados. Juan es alarife y agricultor.

Diego Aziz, abuelo (interpretado por Fernando Guillén)

Hombre de 70 años retirado en una residencia, posee una amplia cultura y propicia la investigación de su nieto en el mundo de sus antepasados moriscos. Diego, padre de Juan, fue maestro y es el autor del diario. Depositario del legado y la cultura árabes.

Isabel (interpretado por Alba Pérez)

La hija de María Aziz y Juan

María Aziz (interpretado por Ana Alonso)

El matrimonio de María y Juan es expulsado junto a su familia: una niña de 7 años y un bebé de pocos meses. María es partera y tiene conocimientos médicos.

Miguel de Larrasoana (interpretado por Juli Fàbregas)

Es el capitán encargado de conducir a la familia hasta el puerto de Los Alfaques. Es un hombre serio que llega a plantearse la justicia de la expulsión.

Pícaro (interpretado por Juan Carlos Vellido)

Personaje que recoge los mensajes antimoriscos y los propaga mediante los Romances de cordel de pueblo en pueblo. Alborotador, ladrón y vividor.

Jerónimo Cardona (interpretado por Javier Aranda)

Es el cura de Almonacid, principal enemigo de los moriscos del pueblo. Él fuerza la expulsión de la familia Aziz

Padre Domingo (interpretado por Pablo Rivero)

Joven jesuita, que no comparte la conveniencia de expulsar a los moriscos.

Conde de Aranda (interpretado por Gabriel Latorre)

Noble que recibe la orden de expulsar a sus vasallos moriscos.

Marta la cabrera (interpretado por Laura Plano)

Es un personaje lleno de vitalidad, una mujer que afronta los cambios del destino de forma directa. Habladora y algo chismosa. Viuda de Jucer “el cabrero”, de ahí su apodo. Es madre de un muchacho de 10 años.

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